Otras aguas Mi Vietnam #2
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Mi Vietnam #2

«Le dije que se ajuiciara o se largara».

«Pero él nos necesita».

«Bueno, tendrá que comportarse».

***

Ese viernes después del trabajo, Sonny me recogió en el Chevy de Gregory Wilfong. Nuestras bolsas de dormir estaban en el baúl, junto con las cañas de pescar y una neverita con cervezas. No le pedí permiso a mamá porque sabía que no me lo daría.

Llegamos a la costa a medianoche, dormimos en el carro y tomamos el primer ferry hacia el cabo.

El horizonte se iluminaba con tonos rojos y dorados y las gaviotas graznaban y se zambullían a nuestro paso.

Dado que la mejor época para pescar era cuando los peces azules migraban en otoño, teníamos la isla solo para nosotros.

Nuestra cabaña, vacía salvo por dos camarotes y una estufa, estaba a pocos metros de la marea creciente.

Podías salir por la puerta y lanzar un nailon.

Los peces se alimentaban frenéticamente: corvinas y pargos rojos, algunos peces globo y tiburones.

Los sacábamos de las olas y los echábamos a la sartén, donde chisporroteaban en la grasa caliente.

Habíamos llevado papas y repollo para la ensalada.

Y muchos limones para exprimirle al pescado.

Las olas rompían, el viento azotaba y la noche era por completo negra, salvo por la luz intermitente del faro.

Prendimos velas para jugar cartas y planear nuestros viajes futuros.

***

Cuando llegamos a casa, mamá escasamente dijo una palabra. Habría sido más dura si no hubiera estado tan peleada con papá.

No sé si, de ahí en adelante, se ensañó con Sonny o si acaso él estaba enredado con las enfermeras, pero empecé a verlo con menos frecuencia.

Mientras tanto, Carly y yo habíamos llegado a esa etapa de pasión al rojo vivo en la que todo lo demás te importa un carajo y estás a merced del deseo.

A altas horas de la noche, yo iba a su casa en bicicleta con una erección incontrolable que se clavaba en mi pantaloneta, haciéndome virar como el timón de un barco mientras intentaba controlar los pedales, golpeaba la ventana de Carly, contigua a la de Buddy Mac,

y ella me recibía bajo la luz de la luna en su camisón.

***

Después de que Sonny cometiera un montón de infracciones —el viaje a la costa, las ausencias de la iglesia, la bebida, las travesuras y las cuentas de llamadas de larga distancia—, la gota que rebasó la copa fue la fiesta que organizó mientras mi familia y yo estábamos por fuera.

Volvimos y encontramos lámparas rotas, alfombras manchadas y una pipa de agua.

Al día siguiente, Sonny había desaparecido.

«¿Lo echaste?», le pregunté enojado a mi madre.

«No —respondió ella—. Él mismo se echó».

«Pero, adónde…».

«Se está quedando con una mujer».

***

Una mañana antes del trabajo, los jardineros jugábamos una ronda temprana de golf.

Cuando nos acercábamos al segundo green, una bola pasó zumbando frente a nuestras cabezas.

«¡Hija de puta!» grité, mientras corría hacia el lugar donde había caído.

Y con un poderoso swing, la devolví a su lugar de origen.

Mis amigos se rieron y chocamos los cinco.

Entonces, un carrito de golf llegó a la cima de la colina. Al volante, con su polo Izod y el ceño fruncido, estaba Buddy Mac Watts. Corrimos a escondernos en el cobertizo. Podíamos oír a los hombres gritar: «¡Los atraparemos, malditos mocosos!»

***

Hice todo lo posible para localizar a Sonny. Supe que había abandonado su trabajo y nadie sabía con qué enfermera estaba. Sin embargo, él seguía en contacto con sus padres, que estaban preocupados. Le dije a mamá que le pidiera su número telefónico a mi tía, pero no lo hizo.

***

Una tarde bochornosa, poseídos por el deseo, oímos el sonido de un carro.

Yo había ido en bicicleta a la casa de Carly durante la hora del almuerzo.

El motor del carro se apagó y la puerta de la cocina se cerró de golpe.

Me metí debajo de la cama, jadeante y desnudo como un mandril.

Podía oír la voz áspera de Buddy Mac Watts.

Carly se puso una levantadora y salió a recibirlo.

«¿Quieres que te prepare un sándwich?», le preguntó.

Parecía extrañamente serena. Fue entonces cuando sentí algo húmedo en la mano.

El poodle me lamía los dedos. Mi pene se encogió hasta reducirse al tamaño de un gusano.

«¿Qué tal de pavo con queso suizo? », preguntó Carly, engatusando a Buddy Mac para que entrara a la cocina.

Pensé que él nunca terminaría ese sándwich.

***

Encontré el número de mi tía en la agenda de mamá. Dijo que llevaba una semana sin saber nada de Sonny, desde que había terminado con su novia. Me pidió que le avisara en caso de encontrarlo. Incluso llamé a Bernadette, la voz débil por mi anhelo, pero no pudo ayudarme.

Un día, mientras salía de la casa de Carly abrochándome con torpeza la correa, vi un carro que me pareció inquietantemente familiar.

Se detuvo con brusquedad e hizo un giro en U.

Subí a mi bicicleta, salí disparado por un lote vacío y luego tomé un camino lleno de huecos, escapando por el momento, pero sabiendo que todo había terminado.

Buddy Mac le prohibió a Carly toda relación conmigo.

Dijo que si él me veía, me cortaría las pelotas.

Y no parecía hablar en sentido figurado.

La llamada terrible provino de la mamá de Sonny.

La enfermera lo había encontrado tirado en el piso, junto a un frasco de pastillas y su pulso era casi imperceptible.

Gracias a su experiencia, logró reanimarlo.

Lo pusieron en cuidados psiquiátricos. Una versión decía que él había querido que la enfermera lo encontrara, pero ella había llegado tarde.

No lo visité enseguida porque pensé que estaría deprimido o demasiado avergonzado para verme.

Y cuando decidí ir, ya había regresado a Nueva Jersey.

La emprendí contra mamá, y le dije que ella tenía la culpa.

«No es justo —protestó—. Hice todo lo que pude. Sonny nunca tendrá una vida normal».

***

El verano del 69 había llegado a su fin.

Y poco después llegó el final del servicio militar obligatorio, librándome así de la desgracia de Sonny.

Inmerso en la escuela y los deportes, me dejé llevar por la vida provinciana.

En algunos aspectos parecía como si Sonny nunca hubiera estado.

En otros, como si nunca se hubiera ido. Mis padres se divorciaron y yo me fui a la universidad, donde esa pasión por los viajes que compartía con Sonny quedó en suspenso.

Estudié con fervor, ansioso por aprender y demostrarme a mí mismo que estaba a la altura.

Sin embargo, cuando las recompensas por mis esfuerzos estaban a mi alcance, opté por dejarlos escapar.

En lugar de seguir una carrera, salí en busca de Sonny.

Las noticias sobre él provenían sobre todo de mamá y servían para validar su sombrío pronóstico.

Pero una vez más, él demostró que ella estaba equivocada.

Como el gato con nueve vidas, Sonny había aterrizado de pie.

Conoció a una dulce joven hippie con la que se casó, solo para descubrir (eso decía la historia) que era heredera de la fortuna de Union Carbide.

Sonny viajó con ella alrededor del mundo, estableciendo su residencia en París y Hawái.

Bromista empedernido, una vez sorprendió a su mamá al volar a Nueva York y aparecerse en la celebración de su cumpleaños.

Tras pagarle al mesero para que le prestara su chaqueta, atendió a su mamá de forma grosera y torpe, derramándole el agua encima y llevándose su plato.

Mientras ella se daba vuelta para protestar, él estalló en risas y lágrimas.

Sonny se estaba dando la gran vida. No necesitaba trabajar.

Tenía carros, amigos, drogas y mujeres. «Demasiados de cada uno —me dijo después—. Me cagué en todo».

Su suegro, siempre opuesto al matrimonio, amenazó con emprender acciones legales si no se divorciaban.

Su chantaje fue endulzado con un acuerdo considerable, que Sonny dilapidó en unos meses, ahogando sus penas en Waikiki.

Preocupados, los padres de Sonny enviaron a su hermano a buscarlo. Él me dijo que Sonny estaba «fuera de sí», que lo había retenido a punta de pistola durante tres días seguidos, amenazándolo con volarle los sesos.

«Fue bastante intenso», dijo su hermano.

***

Cuando terminé la universidad, llamé a Sonny. Estaba viviendo en San Francisco y me dijo que lo visitara. Yo esperaba que emprendiéramos finalmente nuestros viajes. Él estaba feliz de verme, pero algo frustró nuestros planes: vivía con una mujer llamada Nicole, que sería el amor de su vida.

Una vez más, Sonny había superado todos los pronósticos.

Nicole tenía un trabajo como ejecutiva de mercadeo y un apartamento con vista a la bahía.

Sonny dijo que él estaba «entre trabajos», así que éramos libres de pasar nuestros días tranquilamente: escuchábamos jazz, fumábamos marihuana y frecuentábamos las cafeterías de North Beach.

Me mostró Haight-Ashbury y la librería City Lights, además de otros lugares frecuentados por Kerouac y Ginsberg.

Sonny era una fuente inagotable de conocimientos.

Cuando se mudaba a una ciudad, llegaba a conocerla tan bien como un guía turístico.

Con Nicole, paseábamos por Fisherman’s Wharf, con una energía que palpitaba entre nosotros, y Sonny ardiendo en el centro.

Los fines de semana íbamos al Golden Gate Park y parábamos en la base militar para comprar en el economato.

Debido a las heridas que había sufrido, Sonny tenía los mismos beneficios que un oficial retirado, incluida la atención médica y vuelos gratuitos a cualquier destino en aviones militares.

Sin embargo, Sonny había desarrollado cierta antipatía por los militares.

Había perdido a sus compañeros de combate y detestaba recibir tratamiento en el Hospital de Veteranos. Poco a poco, dejó de ir al economato.

Sonny leía tres periódicos diariamente, pero no podía conservar un trabajo.

Durante un tiempo vendió cuadros a restaurantes y bancos; sin embargo, debía comprarlos antes y se quedó encartado con el inventario.

Luego lo contrataron como representante de ventas, pero no funcionó porque los tratos siempre se hacían en medio de licor.

Nicole se ocupó de su vestuario y «maquilló» su hoja de vida, destacando su Estrella de Bronce.

Más tarde, Sonny trabajó en los muelles como «inspector de uvas».

Tal como había descubierto con otros trabajos manuales, las bromas eran agresivas.