Otras aguas Mi Vietnam
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Mi Vietnam

En 1969, cuando yo tenía trece años, mi primo Sonny, recién llegado de Vietnam, vino a pasar el verano con nosotros. La turbulencia en el país no había arribado a nuestro pueblo adormecido de Carolina del Norte hasta la llegada de Sonny. Y a partir de entonces, nada volvería a ser igual.

Sonny había sobrevivido escasamente a un ataque con mortero en el delta del río Mekong —«había muerto tres veces» durante la evacuación médica— y, tras pasar varios meses en hospitales de Guam y Hawái, regresó a Nueva Jersey con su cuerpo marcado por la metralla y una placa de acero en la cabeza.

No estoy seguro de lo que ocurrió en sus primeros meses después de regresar, pero al parecer se metió en algunos líos, y por eso mis tíos pensaron que le convendría pasar algún tiempo con su familia en el sur.

Mi mamá no estaba muy contenta con la idea, pero Sonny era hijo de la única hermana de papá, una mujer culta a la que mi mamá admiraba. Además, no era alguien que retrocediera ante un desafío. Estaba segura de poder reformar a Sonny.

«Siempre fue un chico problemático —decía mamá—, mucho antes de Vietnam. Solo que ahora está peor».

Mamá quería encasillarlo antes de su llegada, antes de que él pudiera definirse a sí mismo. Pero su estrategia no funcionó; yo ya lo admiraba. Con seis años más que yo, era a la vez el hermano mayor que nunca había tenido y ese exótico desconocido que por azar compartía mi sangre.

Como vivíamos tan lejos, yo solo había estado pocas veces con él.

Mi primer recuerdo suyo fue una Navidad en casa de los abuelos en la que los niños, al igual que animales amaestrados, teníamos que hacer una presentación.

Después de que mis hermanos menores y yo cantáramos un vergonzoso Noche de paz, Sonny y sus dos hermanos alborotadores representaron una pequeña obra.

Un hermano suyo salió corriendo: «¡Sonny acaba de caerse del vigésimo piso!»

. Y el otro: «¡Sonny acaba de caer por la ventana de mi décimo piso!»

. Luego salió Sonny. Miró hacia arriba. Miró hacia abajo. Y dijo: «Hasta ahora, todo bien».

Otro recuerdo que tengo fue el de un día que montamos a caballo.

El mío era manso y lento, en cambio el de Sonny era brioso e intratable.

Y Sonny no iba a permitir que se saliera con la suya.

Mientras mi caballo avanzaba desanimado, vi al caballo de Sonny mucho más adelante, galopando y saltando sobre árboles caídos y a Sonny jalándole las riendas.

Regresó echando espuma y con sangre en el freno.

***

Cuando llegó aquel verano como un guerrero valiente y herido, me preocupó no estar a su altura, que me rechazara por ser un mocoso aburrido, un boy scout con afiches de deportistas en la pared. Me sentí aliviado cuando me trató como a un igual.

El primer día lo llevé al club campestre, donde trabajaba como jardinero de verano en el campo de golf.

Sonny no tardó en seducir a las mujeres.

Sus rasgos físicos, por separado —pelo rojo y crespo, nariz y mentón prominentes—, no eran demasiado atractivos, pero en conjunto producían un efecto impactante.

Incluso su leve cojera, antes que un defecto, parecía el pavoneo de un guapo.

«¿Cómo te fue?», le pregunté a Sonny esa noche mientras jugábamos billar en el sótano.

Más impresionante aún que su habilidad como jugador era su complexión fuerte y viril.

Inclinado sobre la mesa, con una mirada amenazadora y un cigarrillo colgando de sus labios, deslizaba el taco con suavidad por un dedo largo y enroscado de su mano grande y pecosa.

«Me encantan estas bellezas sureñas», decía con esa voz profunda y acento de Nueva Jersey. «Este verano va a ser agradable. Solo les digo que soy el sobrino de tu distinguido padre y me tratan como a una celebridad».

Pero cuando me dijo que estaba saliendo con Bernadette Eyerman, sentí un vuelco en el corazón. Bernadette, una rubia voluptuosa de dieciocho años, era objeto de mis fantasías mientras yo cortaba el pasto de su casa. La había imaginado invitándome a una copa.

«¿Y tú? —quiso saber Sonny—. ¿Tienes a alguien en la mira?».

Procedí a hablarle de Darly Watts, una chica de mi edad que iba a la piscina.

«¿Qué estás esperando?», preguntó Sonny.

Le expliqué que su padre era un hampón. Buddy Mac Watts, el fanfarrón del club, un tahúr y un buscapleitos. Ahora que su hija se había desarrollado, no le quitaba el ojo de encima.

«Cáele», me aconsejó Sonny.

Eso me impresionaba de él: su absoluta falta de precaución.

De repente oímos el sonido de unas pantuflas en las escaleras.

«¿Qué está pasando aquí? —preguntó mi mamá—. Estamos intentando dormir. Y no permito fumar en esta casa».

Intercambié miradas con Sonny.

***

Era un verano de un calor sofocante, que ondulaba como un espejismo del desierto; el camión fumigador de zancudos que pasaba por el barrio al anochecer lanzaba nubes fragantes y nocivas, entre las que los niños corrían con júbilo.

El pavimento tosco y caliente te quemaba los pies descalzos y las luciérnagas titilaban en la oscuridad.

Yo tenía mi trabajo en el campo de golf y Sonny utilizó la influencia de papá para que lo contrataran como camillero en el hospital.

Por la noche, mientras jugábamos billar, me ponía al tanto.

No le entusiasmaba afeitar y bañar a los pacientes ni empujar sus sillas de ruedas, pero sí le gustaba coquetear con las enfermeras.

Ya había conquistado a varias, incluida la enfermera con la que se casaría mi padre.

Yo siempre había creído que el matrimonio de mis padres era estable, y solo ese verano vi las grietas. Voces enojadas y portazos, miradas hoscas y comidas silenciosas. «¿Tus padres se llevan bien?», preguntó Sonny.

Mamá ya no se conformaba con su papel como esposa de médico; se había unido a la lucha por los derechos femeninos y a la oposición a la guerra de Vietnam.

Su nuevo proyecto era corregir a Sonny. Lo interrogó sobre sus actividades.

Desaprobaba su amistad con Gregory Wilfong, el hijo de un colega de papá, «vago y marihuanero».

Lo regañaba por llegar tarde a casa y por no ir a la iglesia.

Para poder vivir aquí tendría que seguir las reglas.

Lo instó a unirse a Alcohólicos Anónimos —pensaba que cualquiera que bebiera necesitaba tratamiento— y le sugirió un grupo de apoyo para veteranos.

Mientras le echaba tiza a su taco, Sonny hablaba de Bernadette, lo que me producía corrientes de placer y dolor.

«Es muy ardiente», decía Sonny. Su padre, un ginecólogo, la había «puesto a tomar la píldora».

Yo asentía con la cabeza como si estuviera versado en este y otros temas como los rellenos de sostenes, el punto G y las técnicas de seducción.

En su primera cita con una mujer, le entonaba una canción con guitarra (la única que sabía tocar), y con piano (igualmente), y le preparaba su comida especial, lasaña (la única que sabía preparar), precedida de una fresca ensalada. Bien fresca, insistía.

Con él aprendí a hacer anillos de humo, tomar cerveza y mentir con descaro (a mi madre).

Sonny me ayudó a ampliar mi léxico de palabrotas, mi interés por el jazz y mi deseo de ver el mundo.

Me contó sus aventuras en Nueva York y San Francisco y, en raras ocasiones, en Vietnam.

Nunca hablaba de la parte angustiosa, solo de los amigos, las drogas y de una práctica que él llamaba «el polvo del canasto», en el que una prostituta se columpiaba en un canasto arriba de ti y luego te caía justo encima.

Sonny me abrió los ojos a un mundo de posibilidades. Tenía un amigo en California, un tipo de su pelotón. Podíamos ir al oeste y parar por el camino para ganar algo de dinero. También podríamos quedarnos un tiempo en San Francisco, o viajar por la costa hasta México.

Aunque, para empezar, planeamos un viaje a los Bancos Externos. Gregory Wilfong nos prestaría su carro. El cabo Lookout estaba desierto, salvo por un puñado de cabañas de pescadores. Un barco pesquero te dejaba allá y solo regresaba tres días después.

***

Envalentonado por Sonny, perseguí a Carly Watts.

Primero, comprobaba que Buddy Mac estuviera en el club, envuelto en una nube de humo y de chistes vulgares, y luego iba a la piscina con mis jeans recortados y mis botas, bronceado y sintiéndome varonil, y decía las frases ingeniosas que me había enseñado Sonny.

Carly, que lucía radiante en su bikini amarillo, caminaba de puntillas, dejando un rastro de gotitas como una invitación en clave. El fuerte aroma a cloro era vigorizante. El segundo día me dio un chicle de manzana con una pequeña nota en el envoltorio: 335-7289 / 12-1 p.m.

Esa noche, mientras esperaba para compartir la buena noticia, practiqué tiros de banda y fumé Kools de Sonny en un lugar del sótano diseñado originalmente como un refugio antinuclear.

Sonny llegó tarde, borracho y balbuceando. Empezó a gemir y a hacer sonidos ahogados. De repente, se desplomó en el piso, retorciéndose y apretando los dientes. Entrecerró los párpados y puso los ojos en blanco.

Papá estaba trabajando y no tuve otra opción que llamar a mamá. Me indicó pausadamente que le trajera una manta, la cual extendió sobre el pecho convulso de Sonny. Por fin dejó de temblar y su cuerpo quedó inmóvil. Su respiración se hizo más lenta hasta que pareció dormirse.

«Ha estado tomando —dijo mamá—. Sabe que no puede mezclar eso con sus medicamentos para las convulsiones».

Sonny, pálido y agotado, tenía la mirada perdida. Tomó pequeños sorbos de agua y preguntó qué había pasado. Parecía avergonzado de que lo hubiéramos visto así, y decepcionado de mí por haber llamado a mamá.

***

A la hora del almuerzo, pedaleé en mi bicicleta con sillín largo para ver a Carly Watt.

Solo estaban ella y su poodle en casa. Me llevó a su dormitorio y bajó la persiana.

Luego me besó con su lengua húmeda y penetrante, y procedió a desabrocharme la correa.

Yo no sabía en dónde había adquirido esa pericia, pero me alegré de que uno de los dos la tuviera.

El poodle se alborotó y Carly lo sacó, pero él siguió gimoteando y arañando la puerta.

«¿Así que ahora tomas cerveza?», me preguntó mamá esa noche tras sentir mi tufo en la cocina.

«Sí —respondí—. No soy abstemio como tú».

«No me gusta tu actitud, jovencito. Y tampoco me gusta el control de Sonny sobre ti».

«¿Qué quieres decir?».