Otras aguas Negocio de familia #3
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Negocio de familia #3

Cuando mamá estuvo convencida de que el mercado había tocado techo, hizo una nueva oferta y Waylon la aceptó.

Mamá recibió el precio que quería, pero Waylon obtuvo la propiedad y siguió adelante con las renovaciones.

Añadió un salón de juegos, remodeló la sala y construyó un quiosco elegante.

Compró una casa flotante que sacaba en las tardes, cuando empezaba a refrescar, y navegaba —tomando whisky— con su esposa y, en ocasiones, con otra pareja, aunque rara vez estaba con alguien ajeno a la familia.

Para nosotros, los hijos, la casa del lago nunca fue la misma.

Sin embargo, mamá siguió yendo tal como antes, haciendo que Waylon cumpliera su palabra, aunque él alcanzara a pensar que su orgullo no se lo permitiría.

A veces mamá iba con amigas e incluso organizaba retiros allá, algo que debió hacerle hervir la sangre a Waylon.

Pero él tenía el consuelo de que la propiedad seguía valorizándose.

Aunque el activismo de mamá aumentó su autoestima, aún se sentía infravalorada por sus padres.

Siempre trataba de impresionarlos. No podía evitarlo, así como una lengua no puede dejar de hurgar en una llaga.

Un día, mi abuela, mientras canalizaba al abuelo, le advirtió a mamá que podría perder su herencia si la desperdiciaba en sus «causas liberales».

Cuando mi abuela murió, mamá aprovechó la oportunidad para acercarse a su padre.

Aunque tenía más de noventa años, todavía manejaba su carro hasta la fábrica, donde leía el correo y almorzaba antes de regresar a casa.

Mamá encontraba platos sucios escondidos en el horno y ropa sin lavar debajo del sofá.

Instó al abuelo a darles dinero a sus nietos en vez de pagar una fortuna por concepto de impuestos.

Intentó involucrar a Sally en esta iniciativa.

Waylon se burló de la idea. «Sería un milagro», murmuró.

Entonces, un día, mientras regresaba a casa del trabajo, el abuelo chocó contra un carro en el que iban una madre y sus dos hijas.

Aunque les dio un gran susto, las niñas no resultaron gravemente heridas (eso esperé, aunque no pregunté demasiado).

El abuelo sufrió una perforación pulmonar, y su vista y audición quedaron afectadas.

Le revocaron la licencia de conducción y, como debía someterse a una convalecencia, lo internaron en una casa de retiro luterana.

A pesar de la agradable decoración y del televisor de pantalla ancha, el abuelo tuvo dificultades para adaptarse. Durante un tiempo, un empleado lo llevó a la fábrica. Sin embargo, pasaba la mayor parte de sus días hundido en el sillón, dormitando entre programas de concursos y campeonatos de golf.

Waylon, libre por fin del yugo de mi abuelo, quien nunca había dejado de mirar con malos ojos sus humildes orígenes, no tuvo mucho tiempo para disfrutar de su nuevo estatus.

Mientras cortaba el prado de su casa, sufrió un infarto y, tras pasar varias semanas en la clínica, el pelo se le volvió tan blanco como una tiza.

Durante su recuperación, mamá lo visitó con frecuencia.

Lo hizo en parte para estar con Sally, pero también porque le gustaba hacer obras de caridad a personas que no la querían.

Era un complejo juego de martirio y malicia, cuyas reglas solo comprendía ella.

Y tal vez lo hacía para apaciguar sus malos pensamientos: un fallo en el marcapasos de Waylon y Sally sería toda suya.

Antes de su operación, según Sally, Waylon se puso muy sentimental. «Si me muero —le dijo—, te dejo todo lo que tengo». Pero cuando se recuperó, todos los nobles sentimientos se desvanecieron y volvió a ser el mismo cascarrabias de siempre.

Con el paquete de jubilación que recibió de sus hijos construyó un taller en el sótano y se dedicó a tallar patos de madera.

A muchos les sorprendía su inclinación artística, pero yo siempre había percibido sus contradicciones.

Aunque proyectaba la imagen de un tipo desgraciado y sardónico, asistía regularmente a la iglesia luterana de San Juan, donde cantaba himnos con sincera devoción.

Y hasta donde yo sabía, a pesar de sus chistes de mal gusto, nunca le fue infiel a Sally.

Cuando mamá se enfermó de cáncer y supo que le quedaba poco tiempo, organizó un último viaje familiar a la playa.

Me escribió para invitarme: «Será un momento para que la familia se reúna. Kat, John y yo somos los más viejos que quedan. Kat está recibiendo quimioterapia…».

En la cabaña, Waylon tenía un aspecto senatorial.

Con su pelo blanco como la nieve y un cojear en su paso, se levantaba antes del amanecer, hundido hasta el pecho en las olas, haciendo sus lanzamientos de caña hercúleos.

Luego se sentaba en su silla de playa para estar pendiente de sus cañas.

Sally, a su lado con un sombrero de ala ancha, su rostro pálido y arrugado, pero sus ojos de un azul impresionante, leía una biografía de Hillary Clinton, oculta con la sobrecubierta de una novela romántica.

Una noche, mamá sacó una caja que contenía recuerdos familiares.

Mostró cada uno de los objetos y nos preguntó qué queríamos.

Entre ellos había una foto de su matrimonio, en la que aparecía Waylon con su esmoquin, otra de un camión de Mint Cola en sus inicios, y una tercera con la condecoración del abuelo en el Club Cívico.

Waylon estuvo callado; examinó las fotos y se abstuvo de hacer comentarios sarcásticos.

Ya en los últimos meses de su vida, mamá se fue a vivir a una comunidad de jubilados cerca de Jill. Recibía pocas visitas, exceptuando las de Sally y Waylon. Durante una de ellas, él le llevó un regalo a mamá: un ánade tallado emprendiendo vuelo.

Me pregunto de qué hablaban por esos días. ¿De los viajes familiares en la casa rodante?, ¿de la casa del lago, de la playa, o de los parientes que habían fallecido? En cierto sentido, era apenas lógico que mamá fuera la primera en fallecer. Siempre había sido la que mostraba el camino.

En la recepción funeraria, observé al tío Waylon.

Con su mejor traje, parecía refinado. Me pregunté si me saludaría como lo había hecho en presencia de papá, y no como la vez que partí la llave de la casa rodante.

Y por un segundo lo vi bajo una luz diferente, como ese intruso cohibido con ropa vieja, como ese burdo impostor que se había esforzado por ocultar, y que era, de hecho, su faceta más entrañable.

Como de costumbre, no me hizo preguntas personales, ya fuera por discreción o por falta de interés. O acaso para mostrar compasión al ahorrarme sus pullas.

Después de un silencio incómodo, le agradecí su asistencia.

«¿Qué? —dijo Waylon en su tono habitual de mal humor—, ¿pensabas que no vendría?».

Al oír esto, Sally me llevó aparte. Me dijo que siempre había admirado a su hermana mayor y que había tratado de emularla.

Luego dijo que Waylon había quedado destrozado por la muerte de mamá.

Que siempre se habían tenido en la más alta estima.

Que cada uno había anhelado ganarse el respeto del otro.

Aturdido por esta primicia, miré a Waylon.

Estaba de pie junto a la jarra del ponche, examinando las fotos y los artículos de prensa de mamá con estudiada indiferencia.

Parecía perdido. Su gran contrapeso, la poderosa némesis de su vida, había desaparecido súbitamente.

Ya no había nada contra lo cual presionar, como cuando uno se apoya en una puerta que se abre de golpe.

***

Ahora, una vez más, oigo al loro gritar: «¡Waylon!».

Después de la muerte de mamá, Waylon no viviría mucho tiempo. Se le notaba en su rostro esa tarde. Su corazón volvió a fallar y murió en los brazos de Sally.

«¡Waylon!», grita el loro.

En la calle, el vigilante está barriendo las hojas.

«Disculpe —le digo—. ¿Oye ese loro? ¿Puede entender lo que dice?».

El hombre ladea la cabeza y escucha.

«Pedro», responde.