Otras aguas Negocio de familia #2
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Negocio de familia #2

A fin de cuentas, ¿cómo se suponía que debía ser un buen matrimonio?

Claro, la gente gritaba, levantaba la voz, se tiraba zapatos, pero ¿acaso eso era anormal?

No recuerdo haberlos visto abrazarse, besarse, tocarse o sonreírse. Aunque tal vez mi memoria me falla.

Sin embargo, la construcción de la casa del lago estaba muy avanzada, lo que parecía presagiar tiempos mejores.

Todos anhelábamos el día en que vendiéramos la casa rodante y pudiéramos pasar los fines de semana en la casa del lago; tendría una gran sala con techos abovedados, y una gran terraza en madera roja con vista al lago.

Allí cocinaríamos a la parrilla y veríamos pasar los botes. Y entonces todos seríamos felices.

Un viernes por la noche fui allá con unos amigos y tomamos vino Cold Duck en el embarcadero.

En un momento dado, el muelle nos pareció demasiado estrecho y decidimos regresar arrastrándonos en cuatro.

Mientras intentaba abrir la puerta de la casa rodante, rompí la llave.

Tuvimos que dormir en el carro, envueltos en una nube de zancudos porque hacía demasiado calor para cerrar las ventanas.

Luego abrimos las puertas para poder acostarnos sobre los asientos y sacar la cabeza para vomitar.

A la mañana siguiente nos despertamos con un sol abrasador, el canto de los pájaros y el golpeteo de los martillos resonando en el lago como disparos de rifle.

Con el pelo enmarañado y el aliento acre, mi amigo se acercó a hablar con los obreros.

Como un típico adolescente, intentó hacerse el interesante utilizando todas las groserías de su repertorio.

Cuando me acerqué, vi que el trabajador con el que hablaba era Waylon. No fui capaz de mirarlo a los ojos.

Después de que papá se fue de nuestra casa la noche de mi graduación, pasé el verano en la casa del lago, que estaba recién terminada. Conseguí un trabajo nocturno en una pizzería y ocupaba los días leyendo bajo el sol. Inspirado por las figuras de la generación perdida, decidí hacerme escritor.

Era bueno escapar de la tormenta que se vivía en nuestra casa y tener la del lago para mí solo.

De vez en cuando, lograba llevarme a una chica del restaurante.

Sin embargo, Waylon iba los fines de semana.

A veces mi mamá también venía. Ahora que papá ya no estaba y que mamá era dueña de nuestra parte, las fricciones entre ella y Waylon aumentaron.

Mamá necesitaba a Sally más que nunca, y Waylon, en ausencia de papá, necesitaba aún menos a mamá.

Lo de Sally se convirtió en un tira y afloja.

Mamá maquinaba formas de estar a solas con ella, pero Waylon no lo permitía.

O Sally no podía visitarla, o él iba con ella.

Esto condujo a una serie de tardes bochornosas, mientras los esquiadores pasaban zumbando y ellos tres se sumían en sus recriminaciones.

Pero eso no impidió que mamá fuera al lago.

No le importaba enfrascarse en disputas con Waylon; parecía disfrutarlo.

Cada uno se sentía superior al otro y estaba decidido a demostrar que tenía la razón.

Waylon, que se había contenido por el bien de mi padre, ya era libre de lanzar su desprecio sarcástico.

Por desgracia para Waylon, era 1974, y todas las miradas estaban puestas en las audiencias del Watergate.

Waylon maldijo a John Dean y defendió el derecho de Nixon a conservar sus cintas.

Mamá tildó a Nixon de criminal. Sally, quien en secreto estaba de acuerdo con mamá, mantuvo una prudente neutralidad.

En julio, cuando Nixon finalmente dimitió, mamá se regodeó mientras Waylon se lamió sus heridas.

Cuando mamá despotricó contra papá y su joven enfermera, Waylon la acusó de haberlo ahuyentado.

Mamá le replicó diciendo que él lo había puesto en su contra.

Y sin importarle los problemas de dinero de Waylon, insistió en que le pagara lo que le debía.

De lo contrario, empezaría a cobrarle intereses.

Obviamente, mamá estaba destrozada por su fracaso conyugal, pero lo que empeoró las cosas fue el éxito del matrimonio de Sally, aunque bajo los términos del tío Waylon.

Con sus hijos ya grandes, Sally empezó a hacer un doctorado en Educación.

Una vez, durante una gran cena familiar, Waylon dijo guiñando un ojo: «Será la clase de doctora que no le hace bien a nadie».

Mamá sentía que Sally debía enfrentarse a Waylon o, de lo contrario, divorciarse. Prometió que la apoyaría. La atormentaba que Sally hubiera desperdiciado su vida con un borracho pendenciero y reaccionario. «Es cruel —dijo mamá—, y mezquino». Sally comenzó a llorar.

Esta era la casa del lago con la que habíamos soñado.

***

Mientras tanto, mi abuelo ya tenía muchos años y se hablaba de quién lo sucedería.

Cuando mis primos y yo terminamos la universidad, mamá supo que ellos estaban interesados en hacerlo y me dijo que yo lo merecía más.

Al fin y al cabo, ella era la primogénita del abuelo y, al ser la mayor, yo era el heredero natural.

Comprendí que ella quería eso, no solo por mí, sino porque así consolidaría su posición en la familia, y al mismo tiempo se la negaría a Waylon y a sus hijos.

A pesar de mi falta de interés, mamá no dejó de insistir en el asunto.

Apeló a mi ego y a mi codicia potencial, pero, ante todo, a mi deber para con mi linaje.

Yo sabía que ella se lo tomaría mal si me negaba.

Se trataba de una estrategia que nos uniría para siempre y le daría el mando a través de mí.

Pero yo no era un hombre de negocios y destrocé sus ilusiones. Mis primos, por su parte, aprovecharon la oportunidad. Tras varios años de preparación, asumieron como vicepresidentes. Con el tiempo, y gracias a los encantos de Sally, mi abuelo cedió una parte de su poder.

Me pregunté qué pensaría Waylon al respecto.

¿Estaba feliz?, ¿se sentía orgulloso de sus hijos?

De ser así, dudé de que se los hiciera saber.

¿O acaso se sentía indignado porque, después de todo su maltrato, habían pasado por encima de él?

Había ido a la universidad con una beca de fútbol, y el hecho de que manejara hombres y máquinas no significaba que no fuera capaz de sentarse detrás de un escritorio.

Cuando mis primos tomaron las riendas, la empresa despegó. Mientras el abuelo invertía sus ganancias en bonos de bajo riesgo en preparación para la Segunda Gran Depresión, mis primos pidieron prestado dinero para hacer mejoras y expandirse. Las ganancias empezaron a dispararse.

Los años ochenta fueron un boom para las gaseosas en general, y la empresa pronto compitió con Coca-Cola y Pepsi en la región. Incluso las reemplazó en varias cadenas de comida rápida.

Así que mis primos consiguieron aumentos salariales, y Waylon el suyo, aunque bastante menor que el de sus hijos.

¿Le molestaba la facilidad con la que habían tenido éxito, evitando el duro camino que él se había labrado?

, ¿estaba contento de que ellos hubieran abierto la billetera del anciano y le mostraran de lo que se había perdido por ser tan avaro?

, ¿le alegraba que la fortuna hubiera pasado a sus hijos, así fuera por vía matrilineal?

Waylon empezó a darse la buena vida. Sacaba tiempo libre, tomaba whisky Jim Beam, y dejó que su barriga creciera, lo que hizo que su andar de cotero fuera aún más pronunciado. Remodeló su casa, a la que añadió una piscina, y le pagó a mi madre cada centavo que le debía.

Por esa época, me fui a vivir a Colombia, en parte para distanciarme de mamá, lo cual fue una derrota más que ella debió soportar: Waylon no solo seguía casado, sino que también podía ufanarse de ser más cercano con sus hijos.

Internacionalmente, mamá me mantenía al tanto de los asuntos familiares, siempre a través del prisma de sus batallas con Waylon.

En términos de comprensión de los acontecimientos mundiales, ella estaba «años luz por delante de él».

Cuando le decía sexista e intolerante, Waylon contraatacaba, haciendo llorar a mamá.

Más tarde ella compartía su versión con nosotros, y sugería que llamáramos a Waylon o a Sally para manifestarles nuestro rechazo. Creo que mi hermana lo hizo.

Aun así, mamá no podía enemistarse con él, pues eso habría significado reconocer la derrota.

La casa del lago era tanto suya como de Waylon, y ella pensaba que era él quien debía irse.

Y en realidad, mamá no tenía otro lugar adónde ir.

Su marido se había ido, sus hijos también y, después de todo, esta era su familia.

A veces me preguntaba qué estaría pensando Sally.

¿Se arrepentía de haberse casado con Waylon?

¿O acaso él era diferente cuando estaban solos?

Al fin y al cabo, había engendrado a sus hijos y la amaba indefectiblemente a su brusca manera.

Tal vez ella aún lo veía como el chico con ropa desgastada que le había pedido ayuda con sus tareas escolares.

«¿Cómo está Sally?», le preguntaba yo a mamá.

«Dejamos de hablar», decía. Y explicaba que había reservado un sitio para alguna reunión familiar y que después supo que Sally había alquilado otro lugar. Ella estaba segura de que Waylon andaba detrás de eso.

Aun así, a menudo se alegraba con el éxito de Mint Cola: con la novedosa campaña publicitaria, con las ventas crecientes y con el senador que decía que era su bebida favorita.

Entonces Waylon hizo su jugada. Como nuestra familia casi nunca usaba la casa del lago, él ofrecía comprarle la mitad a mamá y nosotros podríamos seguir usándola.

Mamá se ofendió con su oferta. Él no solo estaba alardeando de su nueva prosperidad (los ingresos de mamá se desplomaron cuando dejó de recibir la manutención de menores), sino que, además, Waylon le estaba recordando que sus hijos no la visitaban.

Pero mamá no era tonta, sabía muy bien que el valor de las propiedades había aumentado debido a la expansión de Charlotte, que quedaba a media hora del lago.

Fijó un precio que le produjo risa a Waylon.

Lo puso en el lugar donde quería. Al hacerle creer que podía convencerla de bajar el precio, le dio un incentivo para ser amable con ella. Pero el contraataque de Waylon fue suspender las reparaciones. Se negó a mover un dedo hasta que la casa fuera suya.

Mientras tanto, Charlotte acogió a dos nuevos equipos deportivos y reformó el circuito de carreras de la NASCAR.

Todos los nuevos habitantes querían casas frente al lago, y se construyeron varias mansiones al otro lado.

El valor de las propiedades siguió aumentando.