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Negocio de familia

El loro de mis vecinos repite la misma palabra una y otra vez. Suena como Waylon. Dice: ¡Waylon!, ¡Waylon!, con varias entonaciones. Esperanzadora ¡Waylon! Inquisitiva ¡Waylon! Juguetona ¡Waylon! Urgente ¡Waylon! Quejumbrosa ¡Waylon! Desesperada ¡Waylon!

Al escucharlo desde el balcón en mi mecedora de mimbre, recuerdo al tío Waylon, a quien vi por última vez en las exequias de mi madre.

Alto y fornido a pesar de su barriga prominente, tenía brazos largos y musculosos, con las venas brotadas.

Su pelo ahora era blanco y su cara de estrella de cine estaba ya arrugada y envejecida.

Durante más de cincuenta años, Waylon fue el archienemigo de mi madre.

Todo empezó después de involucrarse con Sally, su hermana menor.

Aunque musculoso, apuesto y practicante de dos deportes, Waylon era un estudiante de apenas 3,5, mientras que Sally no bajaba de 5.

Comenzó a ayudarle con las tareas, y mis abuelos, que pertenecían a la clase alta, se enteraron.

Waylon no tenía padre, y su madre, con sobrepeso, criaba a una cuadrilla de niños.

Tenía ropa desgastada y un comportamiento tosco y evasivo a tono con su gramática incorrecta.

La tutoría se intensificó. Y como sabían que nunca recibirían la aprobación de mi abuelo, decidieron escapar. Luego, Waylon tuvo el descaro de pedirle trabajo al abuelo.

El decepcionante matrimonio de Sally hizo que el de mi mamá adquiriera una mayor importancia.

Esta vez el prometido contó con la bendición de los padres.

Mi papá, un estudiante de Medicina con voz melodiosa, era hijo del rector de la universidad local.

Mi abuelo materno, un magnate de los refrescos, era miembro del consejo directivo de la universidad.

Mi abuela paterna le insistió a mi padre para que invitara a salir a mamá.

Papá la conocía vagamente desde la época en que él trabajaba en parques recreativos durante el verano.

Ella era más joven que él, enérgica y competitiva.

Salieron por poco tiempo antes de casarse con bombos y platillos.

La dama de honor fue Sally, y Waylon parecía Clark Gable con su esmoquin.

Desde niña, la tía Sally había venerado a su hermana mayor. Y estar casada no hizo más que fortalecer ese vínculo. Ambas se trasladaron al oeste cuando sus maridos prestaron servicio militar, antes de establecerse de nuevo en Carolina.

Nuestras familias siguieron siendo inseparables.

Yo tenía un primo un año mayor, así como mi hermano y mi hermana tenían primos que eran un año mayores que ellos.

Cada uno tenía su propio compañero. Nos reuníamos en la casa de mis abuelos todos los días festivos, pasábamos varias semanas en la casa de nuestros primos, y el día de Acción de Gracias asistíamos al partido entre los dos grandes rivales del fútbol americano.

Mis primos eran luteranos y su universidad local era metodista, mientras que nosotros éramos metodistas y nuestra universidad local era luterana.

Además, la mascota de su equipo eran los Indios, y la nuestra eran los Osos.

Ambas universidades utilizaban el mismo cántico: «¡Queremos carne de oso!» , aunque con una connotación diferente.

Y luego estaba el paseo anual a la playa, la compra de una casa rodante para viajar al oeste, un terreno en el lago donde dormíamos en la casa rodante, y después el bote, así como los planes para construir una casa en el lago.

En cada uno de estos proyectos, nuestras familias compartían los gastos.

Mi padre ponía el dinero y Waylon se lo pagaba.

Ahí radicaba la tensión bajo la superficie.

No por parte de mi padre —estaba encantado de hacerlo— sino por la causa detrás de los apuros de Waylon.

Después de todo, él trabajaba para su suegro.

Dirigía a los trabajadores y reparaba las máquinas.

Mantenía la línea de producción en funcionamiento; las botellas bajaban por la cinta, iban de la lavadora al surtidor y de la taponadora a los camiones, pero su sueldo era una miseria.

¿Era esto una expresión del resentimiento de mi abuelo?

¿O era el viejo, marcado por la Depresión, un tacaño impenitente?

Pero una cosa era tratar así a Waylon, el intruso, y otra maltratar a su propia hija y a sus nietos.

Los viajes por carretera, la casa rodante, el terreno del lago, el bote…

nada de eso habría sido posible de no ser por mi papá, y esto les incomodaba a ellos (mamá nos pidió que no les mostráramos los regalos de Navidad a nuestros primos).

Y aunque Waylon debió sentir deseos de enfrentarse a su diminuto jefe, Sally lo convenció de que dejara las cosas en sus manos.

Entonces pasaron los años y Waylon se llenó de ira.

Para mí, el tío Waylon era una figura intimidante.

Era un maestro del menosprecio y un rey del comentario cáustico.

Una vez, en la playa, estábamos pescando en el muelle y Waylon pensó que había atrapado un verdadero monstruo, pero su nailon se había enredado con el de un muchacho.

Por lo que pareció una eternidad, mientras sacábamos baldados de jureles y merluzas, se sentó allí para desenredarlo furiosamente, con el vapor visible saliendo de su frente.

Cuando por fin lo logró, le gruñó al muchacho: «¡HAY UN BUEN SITIO PARA TI UNOS CIEN METROS MÁS ABAJO!» .

Incluso en presencia de mi padre, un médico renombrado, Waylon parecía encontrarse en una posición de ventaja.

Eso se debía a que siempre estábamos en su feudo, ya fuera al navegar, construir o arreglar un carro.

Recuerdo mi angustia al ver a papá mirar fútilmente mientras Waylon reparaba el bote lejos de la orilla, o cuando, durante la construcción del muelle, pisó una tabla que rebotó y golpeó a Waylon en el mentón.

Temí que humillara a mi padre delante de mí. Pero no lo hizo.

A los trece años, pasé el verano en casa de mi primo y trabajamos en la planta embotelladora.

Nos levantábamos al amanecer para ir con Waylon, que recogía a unos trabajadores en el sector negro de la ciudad.

Tenían nombres como Juneboy y Crawley. A veces guardaba un silencio estoico y otras veces hacía bromas con su habitual condescendencia.

La planta era enorme y cacofónica: el rítmico traqueteo de las máquinas embotelladoras, el golpeteo de las cajas al ser arrumadas, los gritos de los obreros por encima del bullicio, y el resplandor de las botellas mientras se zarandeaban por la cinta, bajo la vigilancia del inspector de botellas:

un trabajo que mamá había hecho cuando estaba joven; solía recordarlo con orgullo y diversión.

Y ahora me tocaba participar a mí. El negocio familiar se fundó a principios del siglo XX.

El padre de mi abuelo, propietario de una tienda de suministros agrícolas y de una droguería, se ingenió la fórmula secreta.

La empresa, Mint Cola, que empezó con una tapadora manual de botellas y una carroza de repartos tirada por caballos, ahora se jactaba de sus ventas en varios estados.

Aquel verano fue un curso intensivo en el negocio del embotellado: cómo abrir cajas de cartón aplanadas con un giro de muñeca; coger seis botellas, tres con cada mano; levantar cajas con las piernas y no con la espalda para evitar el temido «síndrome del cotero», un dolor de espalda crónico;

darles vuelta a las tapas de las botellas chasqueando los dedos, maniobrar con destreza un montacargas, apilar una plataforma de canastas intercaladas y cargar un camión alzando cajas o recibirlas desde arriba.

Waylon caminaba con su característico paso de cargador, ligeramente desequilibrado y doblando la cintura, como si fuera a fracturarse la columna en caso de enderezarse.

Se quejaba de las nuevas botellas con tapa roscada.

Una gaseosa debía consumirse de inmediato, decía; una vez abierta pierde su efervescencia y sabor.

Tradicionalista como era, también se oponía a las bebidas enlatadas y ridiculizaba las dietéticas.

Mientras Waylon se esforzaba, el abuelo leía la correspondencia en su oficina con aire acondicionado.

A veces practicaba el golpe corto de golf.

Tenía un aparato en forma de recogedor que te escupía la pelota de nuevo.

Además de ir a la fábrica, a la cancha de golf y al Club Cívico, no iba a ningún lado, salvo a la convención anual de embotelladores en Myrtle Beach.

Los planos de la casa del lago avanzaban.

Waylon estaba a cargo de la construcción.

Cuando veía a papá hablar con él en el muelle, me preguntaba si papá realmente disfrutaba de su compañía, o si solo trataba de llevársela bien con él.

No obstante, parecía disfrutar del placer que sentía Waylon en cosas como pescar, beber y tener sexo con la tía Sally.

Una noche, mientras los cuatro jugaban bridge, mi madre dijo: «Yo tenía la reina».

Waylon contestó con picardía que él tenía dos, una para él y otra para papá.

Poco antes de morir, papá me contó que habían hablado de sus dilemas opuestos: Waylon era feliz con su matrimonio e infeliz con su trabajo, y la situación de papá era justamente la contraria.

Como muchas mujeres de la época, mamá estaba cambiando.

El movimiento feminista se encontraba en pleno auge y ella se vio arrastrada por el clamor general.

A los cuarenta años, le decía a la gente, por fin había despertado.

Ya no se conformaba con ser la esposa del médico y la conductora de los niños, sino que empezó a asistir a retiros de autorrealización, a hablar en favor de los derechos femeninos y a denunciar la guerra de Vietnam.

Todo esto cogió a mi papá por sorpresa. Aunque había sido criado por padres conservadores, no era un derechista empedernido.

Como a la mayoría de los médicos y de los sureños de pueblo, le gustaban las cosas como habían sido hasta entonces.

Le desconcertó la repentina combatividad de mamá, su ira contra «la sociedad patriarcal» y «el complejo militar-industrial».

Nos había dicho que mamá era más inteligente y estaba mucho más informada que él.

Lo desafiaba a debates que lo dejaban exasperado. Él la tildaba de santurrona.

Empezó a resentir la adulación que recibía papá y a ser competitiva con él. Cuando fue elegido para el consistorio de la Iglesia, ella dijo estar más cualificada. Quería que él le permitiera reemplazarlo, pero papá se negó. La disputa se intensificó. El matrimonio implosionó.

Ocupado en mis deportes, mis amigos y las chicas, permanecí ajeno a casi todo eso.