I Familia #6
Más tarde intentó vivir por su cuenta, e incluso «consiguió una novia por internet», pero siempre volvía al lado de su madre.
***
Si miras debajo de mi mentón, verás una cicatriz.
Se la debo a un tal Anderson, un médico partero al que le encantaba utilizar un fórceps.
Para colmo de males, mis padres me llamaron igual que él.
No era más que un conocido, pero les gustó su nombre.
Lo primero que hice fue orinarme en su cara —Dios sabe que yo ya lo había aguantado bastante— y no volví a verlo después.
Pero la cicatriz siguió en mi mentón. A veces, al verla, me enojaba con el tipo y me molestaba llevar su nombre.
Sin embargo, con el paso del tiempo llegué a ver las cosas de otra manera.
Comprendí lo difícil que había sido su labor.
Considerándolo todo, tuvo suerte de sacarme.
***
Es una lástima —escribió mamá— que Marta no pueda venir. Pero ¿por qué no vienes solo? ¿Podrías hacer una lista de todos los pros y los contras de venir? Tal vez eso me ayude a dejar de sentir que no te importamos.
Ahí estaba la carta ganadora: la familia.
Para mamá, la familia era sacrosanta, y estaba decidida a que yo pensara lo mismo.
Me ponía al tanto de todas las aflicciones familiares: quimioterapias, accidentes, bolsas de colostomía.
Cosas que yo no tenía muchas ganas de oír.
Mamá consideraba su deber recordarme que, así como mis parientes se enfrentaban a la mortalidad, a mí también me llegaría el turno.
No había escapatoria, sin importar qué tan lejos me hubiera ido.
***
Papá está mal —me informó mamá—. A veces actúa como si no me conociera.
Mi abuelo era un pilar de su comunidad, pero hablaba tanto como un poste.
Aunque había dirigido el negocio familiar en los momentos más difíciles de la Depresión y sirvió como presidente del Club Cívico —donde era conocido por recitar «La cabalgata de Paul Revere»—, yo escasamente le había oído decir una palabra,
a excepción de los saludos y las oraciones murmuradas antes de las cenas familiares.
Cualquier cosa relacionada con la familia se la dejaba a mi abuela.
Cuando ella murió, mamá vio su oportunidad.
Papá pregunta por ti —decía el siguiente comunicado de mamá—. Tiene muchas ganas de verte… ¡Almorcé con Barton Yardley y nos entendimos de maravilla! Lo puse al tanto de lo que estás haciendo y le di una copia de Grandes expectoraciones.
Entonces decidí llamar a mi hermana, Jill, la persona más ecuánime de la familia, en quien siempre podía confiar para que me dijera la verdad, limitada únicamente por el hecho de que su fuente era mi madre.
Cuando le pregunté por el abuelo, dijo que estaba desmejorando, aunque no tan rápido como afirmaba mamá.
«¿Y qué pasa con Barton Yardley?». Me preparé para lo peor, como si fuera a donar sangre.
No me entusiasmaba escuchar las aventuras sexuales de mamá.
En los veintitantos años transcurridos desde que mi padre se fue de la casa, se habían limitado a un incidente en un «retiro de sensibilidad», a unas cuantas aventurillas con hombres casados —sobre todo pastores— y a algunas incursiones en un sitio de citas llamado Senior Mates,
dirigido a egresados de universidades de alto nivel.
«En realidad, parece un tipo interesante. De buena posición, bien parecido y recién jubilado. Su esposa falleció y él tiene una enfermedad cardíaca. Lo peor de todo es que mamá tiene buen gusto».
***
La persona con la que más peleó mamá fue con Waylon, el marido de su hermana.
Amargado tras décadas bajo el yugo del abuelo, disfrutaba cada oportunidad de decirle a mamá lo que pensaba de ella.
Una vez, cuando ella enumeraba todas las formas en que le había ayudado a mi abuelo, Waylon dijo: «Creo que él ya recibió toda la ayuda que podía soportar».
En otra ocasión, mamá se puso una trusa que le habían regalado a Jill.
«¿Y?». Ella hizo una pose coqueta. «¿Qué tal me queda?».
«Le queda bien a Jill», dijo Waylon.
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«Pobrecita», dijo Marta.
«¿Quién?», pregunté.
«Tu mamá».
Al igual que la mayoría de los colombianos, Marta adoraba a su madre. Sentía compasión y ternura por ella. En Colombia no es raro que la gente viva toda la vida con su madre.
«No conoces a mi mamá», le dije.
«Tal vez deberías ir», me aconsejó Marta.
«Ah, el abuelo vivirá hasta los cien años».
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Yo no quería visitar a mamá solo. Mientras que mi hermano y mi hermana tenían a sus familias como amortiguadores, yo estaba completamente a su merced.
Confinado en su carro, con mis rodillas apretadas contra el tablero y el aire perfumado con su empalagoso ambientador, veía a conductores que nos miraban con desprecio, si no con hostilidad.
No sabía muy bien por qué, hasta que pensé en las calcomanías.
Mamá siempre llevó el corazón en la mano.
Una calcomanía en su carro decía: «Cuidar es compartir».
Cuando pasaba una camioneta repleta de obreros, yo me escurría en el asiento.
A mamá le encantaba llevarme a visitas intempestivas para demostrar que yo no la había abandonado. Incluso con los empleados de las tiendas, nunca dejaba de anunciar: «¡Este es mi hijo que llegó de Suramérica!». La empleada, sorprendida, me miraba con una mezcla de vergüenza, sospecha y lástima.
***
El encabezado del siguiente mensaje de mamá:
¡Noticias maravillosas!
¡Hola! ¡Barton es un admirador de Grandes expectoraciones! De hecho, ¡conoce a un productor! También insinuó un puesto como profesor. Sugerí que almorzáramos para discutir las posibilidades.
Aunque a mamá le gustaba darse ínfulas de llevar una vida de jet set y pasársela en fabulosas reuniones y ensoñadores retiros campestres (¡qué emocionante!
, ¡qué dicha!), en realidad su vida social consistía en personas como la mamá del constructor de naves espaciales.
Personas que necesitaban su orientación.
Estaba el predicador gay que aún no había salido del clóset, el diseñador de molinos de viento y las dos almas solitarias para quienes el papel de mamá como casamentera resultó en trillizos.
«Me imagino que están agradecidos», le dije.
«No paran de agradecerme. Siempre que los veo, me dicen: “Gracias a Dios por Fran. ¿Dónde estaríamos sin ella?”».
Esperé una hora en el restaurante —escribió mamá—, y Barton nunca llegó. Más tarde, me envió un mensaje para decir que lo sentía. No le he devuelto la llamada porque no sé qué decir. ¿Alguna sugerencia?
Sí, deja de llamarlo. Dale un respiro.
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Aunque mamá se había mantenido alejada del negocio familiar, siempre había albergado la esperanza de que su papá lo dejara en sus manos.
Ella era, después de todo, la mayor de sus hijos, y sin duda la más inteligente.
A medida que la salud del abuelo seguía empeorando, comenzó a asistir a las juntas de accionistas y, cuando se celebraron unas elecciones para un puesto en la junta, convenció a su prima para que la nominara.
Pero aparte de su propio voto y del de su prima, no recibió ni uno solo más.
Y luego esto:
Esta mañana tu abuelo sufrió un derrame cerebral. Lo llevábamos en el carro al funeral de Alda y de repente se desmayó. Una ambulancia lo llevó al hospital. Tiene una parálisis que le dificulta tragar. Permanezco a su lado las veinticuatro horas del día.
Como reconocerían incluso sus detractores, mamá siempre mantuvo la cabeza fría en las crisis.
Inquebrantable bajo presión; esa era su mayor virtud.
Como la vez que mi hermano se cercenó un dedo del pie mientras cortaba el prado.
Mamá lo recogió con calma y lo llevó hasta la clínica.
«No te preocupes —le dijo—. Estarás bien».
***
«Creo que deberías ir», insistió Marta.
«Está bien, reservaré en el próximo vuelo».
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Estuve todo el día con él —informó mamá—.
A veces reconocía a las personas, pero otras veces no.
Le preparé un pudín, aunque no quería comer.
Y no dijo ni una palabra. ¡Luego se exaltó y me acusó de robarle su condecoración del Club Cívico!
«Papá, le dije, no he tocado tu condecoración».
Las enfermeras me sugirieron que me fuera a descansar a la casa.
Cuando entré, oí el teléfono. Se había muerto».
***
Mi abuelo solo se comía la yema del huevo y usaba sombrero mucho después de que estuviera de moda.
No le gustaban el cine, la música ni los viajes.
Solo una vez lo recuerdo en la playa con nosotros.
Su talento oculto era flotar de espaldas.
Podía hacerlo durante tanto tiempo que se quedaba dormido, y lo encontrábamos flotando corriente abajo, con quemaduras de sol en la cara, la barriga y las rodillas.
***
Todos los vuelos estaban reservados, pero fui al amanecer para ver si me incluían en la lista de espera.
Sentado en el aeropuerto desierto a esa hora tan brutal, mi mente empezó a divagar.
Por alguna razón pensé en las manos de mi madre.
Y en mi asombro cuando la veía barajar cartas, teclear rapidísimo sin mirar, y pelar una manzana dejando la cáscara en una espiral continua.
Recordé cómo me llevaba al campo para buscar tortugas que cruzaban la carretera.
El mejor momento para encontrarlas era cuando dejaba de llover.
Recordé el olor del exuberante follaje veraniego, el vapor que se elevaba del asfalto mientras íbamos en el carro y mi euforia cuando veíamos una tortuga.
Esperé dos días seguidos en el aeropuerto.
***
Toda la ciudad fue al velorio —escribió mamá—.
No faltaste sino tú. Todos preguntaron por ti.
Mostré las fotos de tu álbum infantil. Dijeron que eras un niño precioso.
Les dije que tu primer año fue el mejor de mi vida; que yo te llevaba de pícnic al parque.
Luego les expliqué que te habías instalado en Colombia.
Que me habías consultado y que respaldo tu elección.
Todo el mundo entiende.
Después de eso, las cosas se calmaron por un tiempo. El sarpullido de mis dedos desapareció. Llegaron menos mensajes de mamá, sobre catéteres o enemas, Barton Yardley o el constructor de naves espaciales, o sobre mi dedicado club de fans.
El silencio era siempre su as bajo la manga.
«¿Estás pensando en tu mamá?», preguntó Marta.
«No».