Otras aguas I Familia #5
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I Familia #5

Me llamó la atención que, a pesar de todos sus admiradores, papá no tuviera una relación cercana con nadie salvo con nosotros.

En los días previos a su muerte, le dictó a Sharon lo que debía hacer cuando él muriera: talar el árbol muerto que había junto al taller, cambiar la madera podrida de la terraza e impermeabilizar el porche.

***

Han pasado cinco años desde que papá falleció.

Acabo de cumplir cincuenta y siete, la edad en la que él se jubiló.

El otro día fui al médico debido a mi hipertensión: un tipo joven, o que intentaba parecerlo, que vestía jeans y tenis con su larga bata blanca.

Algo en su comportamiento expresaba la alta opinión que tenía de sí.

Y sentí el mismo impulso que siempre me han producido los médicos: el deseo urgente de hablarles de papá.

Tal vez quería bajarles los humos: Deja de darte aires. No eres ni la mitad del hombre que fue mi padre. O quizá sienta una extraña afinidad con ellos: Te conozco mejor de lo que crees. O tal vez solo quiera presumir de mi papá.

«Mi padre era médico», les digo, esperando su respuesta.

Normalmente solo recibo un «¿sí?» escueto, y entonces no puedo contenerme.

«Cirujano —añado—. Graduado en Johns Hopkins».

Y si la respuesta es indiferente, agrego: «La mejor facultad de Medicina de Estados Unidos. Y tú, ¿dónde estudiaste?»

. Y tal vez les cuente la historia de la lesión en el cuello y de su milagrosa recuperación hasta que reaparecieron los síntomas.

Y luego, para darles la estocada final: «Pero sentía que la medicina lo había limitado, y fue más feliz cuando regresó a la actuación».

Y después de decir todo esto, es probable que me sienta avergonzado por presumir, a la vez que animado por el orgullo que siento de haberlo dicho, ya que recuerdo todas las veces que papá expresó su orgullo por mí.

***

Pienso en papá cuando pongo mi mano en la cadera, o cuando sonrío de cierta manera.

Y cuando como salsa picante. O cuando pierdo la paciencia con un cajón atrancado.

Cuando olvido los nombres de las personas o muestro mi pésima caligrafía, mis garabatos heredados del médico.

Cuando veo las cicatrices en mi cuerpo donde mi padre me cosió.

Cuando dejo una propina y oigo a mi madre decir: «Dale el diez por ciento», y a mi padre: «Que sea el veinte».

Y cuando estoy con mi hija, a la que mi padre nunca conoció.

Y cuando miro un partido y veo a un jugador caer y ser sacado del campo de juego en medio del silencio del estadio.

Pienso en él cuando llegan las estaciones: primavera, verano, otoño e invierno. Pienso en él siempre.

La jugadora de bridge

Mi madre era una astuta jugadora de bridge.

Recordaba a la perfección las cartas que habían sido jugadas y sabía exactamente cuáles tenían sus rivales.

De niño, cuando yo cogía maní de la mesa en la que ella jugaba, la veía abanicar sus cartas y hacer la puja ganadora, dejando a su compañero, mi padre, por fuera del juego. Esto fue antes de que se divorciaran.

Cuando me vine a vivir a Colombia, mamá no dijo gran cosa; pensó que sería otra de mis aventuras. Pero cuando supo que yo estaba echando raíces —¿Estás tratando de alejarte tanto como puedas de mí?, diría— urdió un plan para hacerme cambiar de idea.

La primera carta que jugó fue convencer a su padre, ya anciano, de dejarles un dinero a sus descendientes en lugar de pagarlo en impuestos.

Para que no pensaran que lo hacía por interés propio, hizo la petición en nombre de los nietos.

Pero en mi caso había una condición: yo tendría que volver a casa para recibirlo.

Y una vez que me tuviera allá, me apretaría las tuercas.

***

Todo el mundo pregunta por ti, escribía mamá.

Todo el mundo. Evocaba imágenes de multitudes de admiradores que esperaban ansiosos mis últimas noticias, sufriendo por mis reveses, alegrándose por mis triunfos, legiones de seguidores planeando desfiles en medio de serpentinas.

Entonces recibí un correo electrónico:

Estimado profesor:

Lamentamos comunicarle que no ha sido elegido para nuestro cargo en la facultad. No obstante, agradecemos su interés.

Atentamente,

Doctor Barton Yardley

Yo no había solicitado ningún cargo en ninguna facultad. ¡Ya es bastante malo que te rechacen para un cargo que no solicitas!

«¡Ah, eso! —dijo mamá cuando hablamos por teléfono—. Eso fue lo más curioso. Me encontré con el doctor Yardley en una conferencia. Le hablé de ti y me dijo que le enviaras tu hoja de vida. Y pensé que como estabas fuera del país…».

«Mamá…».

«Bueno, si realmente quieres hacer una carrera aquí…».

«No me interesa hacer carrera allá. Soy feliz aquí, con mi trabajo y con Marta…».

«Cuando vengas en Navidad, hablamos».

Pero yo no había planeado ir en Navidad.

***

«Otra vez salió con lo mismo», le dije a Marta, rascándome el sarpullido que me brotaba en los dedos cada vez que hablaba con mi mamá. Marta estaba en el patio, hablando con su hermana sobre la próxima feria. Sonaba salsa y las hojas de los plátanos ondeaban en la brisa tropical.

«Pobrecita», dijo Marta.

No conocía a mi mamá, pero la había visto en un video. Dijo que se parecía a Margaret Thatcher.

***

Aunque mi madre nunca había alcanzado la grandeza, se había codeado con ella.

En la universidad, Liddy Dole, que más tarde sería senadora, lloró en su hombro cuando no fue aceptada en una hermandad.

Además, un tipo con el que había salido mi mamá fue entrenador deportivo de Al Gore en el colegio.

Y así. Esta proximidad a la grandeza le confería el derecho a llamar a los famosos por sus nombres de pila.

***

Pese a que no se disculpó por mi rechazo laboral, sí noté en la voz de mamá un rastro de tristeza. No por lo que había hecho, ni siquiera por haber sido descubierta. Estaba triste porque no me habían aceptado.

Esa posibilidad nunca se le pasó por la cabeza.

Mi mamá siempre creía que yo estaba destinado a la gloria. No tanto en el caso de mis hermanos. Ellos no necesitaban la gloria. Tenían respetabilidad. Para mí, la gloria era mi única salvación.

Cuando jugaba fútbol, mi madre pensaba que mi entrenador mostraba una inmensa falta de juicio al poner de titular a otro jugador y no a mí.

Un día, el entrenador, Harley el «Lastimador» Slate, reunió al equipo para informar que la mamá de alguien se había quejado en nombre de su bebé.

Todos se rieron y miraron alrededor para ver quién podría ser el guëvón.

Después de la práctica, le dije al entrenador que yo no tenía nada que ver con eso.

«No pasa nada. —Disimuló su rabia—. Intento no juzgar a la gente por sus padres».

En la universidad, hice una película llamada Grandes expectoraciones. Ahora me parece inmadura, aunque no sin cierta «sustancia». En una escena, la madre del protagonista aparece en vestido de baño enterizo. A mamá le pareció una obra maestra.

Uno de mis profesores se interesó por mi trabajo.

Yo lo admiraba tanto que me intimidaba su presencia y en una ocasión cometí el error de mencionárselo a mamá.

Un día, sin yo saberlo, y aunque ella vivía a cuatro horas de distancia, mamá lo llamó para invitarlo a almorzar.

Pensar en ellos dos partiendo el pan me produjo urticaria.

Si alguna vez conoces a mi mamá, le advertía a la gente, dile que todo va bien.

No menciones tus problemas ni tus decisiones pendientes, porque intentará entrometerse en tus asuntos.

¿Por qué sigues siendo una vendedora cuando podrías ser diseñadora de modas?

Y luego empezará a enviarte folletos sobre el tema y a insinuarte que llenes una solicitud.

Una vez me preguntó por un amigo mío que se estaba divorciando.

—Está bien —le dije.

—¿Bien? —replicó—. Eso no me dice nada.

***

La Feria de Cali es como el Carnaval de Río. Hay conciertos, desfiles y bailes en las calles. Atrae a leyendas de la salsa como Celia Cruz y el Grupo Niche. La hermana de Marta, no tan atractiva pero más entradora, consigue boletas en primera fila.

Las Navidades volverán a ser en casa de papá —me informó mamá—. Es importante que vengas porque puede ser la última para él.

Yo recordaba demasiado bien aquella casa oscura y opresiva que olía a coliflor, el lento tictac del reloj de la chimenea y los susurros del comentarista mientras el golfista embocaba el golpe corto.

Mi abuelo, callado como una tumba, se sentaba junto a su yerno, el esposo de mi tía, al que había odiado en silencio durante cincuenta años por colarse en la familia y luego pedirle trabajo.

Toda la escena apestaba a abstinencia de cofradía luterana y a misales rancios.

He estado intentando —escribió mamá— que tu abuelo se deshaga de ese feo sillón suyo. La semana pasada compré uno nuevo y lo hice traer. Les dije a los del trasteo que se llevaran el viejo. Papá no me ha dirigido la palabra desde entonces. Pero a la larga me lo agradecerá.

Gracias por invitarme —le contesté—. Desgraciadamente, no podremos ir porque, como sabes, a Marta le negaron la visa, gracias a la ayuda de tu amigo Jesse Helms.

Era un golpe bajo de mi parte meterla en el mismo costal con el senador de su ciudad a quien ella detestaba.

No obstante, debido a que Helms era el jefe de Relaciones Exteriores, y como el abuelo siempre lo había apoyado, mamá insistió en que yo le pidiera ayuda con la visa.

La estrategia salió mal, como era de esperarse, ya que Helms no era amigo de los inmigrantes ni de las parejas que «vivían en pecado».

Durante el resto del mensaje arremetí contra Helms, en un claro caso de transferencia de la ira que no pasaría desapercibido para mi mamá.

***

Su respuesta, cuando le dije que lo mío con Marta iba en serio, fue:

«Eso mismo dijiste de las otras».

«Mamá…».

«Las acogimos como si fueran de la familia y mira lo que pasó».

«Un momento…».

«Cómo sabes que no volverá a suceder?, ¿qué harás si tienes hijos y no funciona?».

Yo tenía los dedos al rojo vivo.

«Por qué no te vienes a vivir conmigo?».

«¿Y mi trabajo qué?».

«Te mantendré mientras haces tus películas».

«¿Y Marta?».

«Bueno, no podría mantenerlos a los dos».

***

Una amiga de mamá tenía un hijo de mi edad que aún vivía con ella.

Se suponía que era un genio de las matemáticas, pero algo estaba mal.

Cuando mamá iba de visita, él estaba afuera «construyendo una nave espacial».