Otras aguas I Familia #4
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I Familia #4

Lo más difícil para él era renunciar a la actuación, pero se sentía tan inestable en el escenario que temía dejar caer cosas o irse de bruces.

Los actores y el director no querían que se retirara.

Y para convencerlo de seguir actuando, eligieron el musical Annie y le dieron el papel de Franklin Roosevelt.

En una silla de ruedas, se unió a Annie para cantar la esperanzadora canción Tomorrow, y su canto de cisne fue un éxito muy emocionante.

Poco después, papá tuvo una fuerte caída, rodó por las escaleras y se golpeó la cabeza. Y había otras cosas desconocidas para mí, como la aparición del mieloma múltiple. Debido a que era un cáncer de desarrollo lento, papá había decidido informarle solo a Sharon.

Cuando lo vi aquella Navidad se le iluminó la cara.

«¡Eres un regalo para estos ojos adoloridos!»

, dijo con una sonrisa. Me asombró verlo tan impedido y desmejorado.

Había mantenido su peso a raya para controlar su equilibrio.

Mientras me apretaba el brazo con su mano esquelética, dijo: «¡Hombre, te pareces a Charles Atlas!»

. En esa época yo estaba en forma, aunque con un ligero sobrepeso, como a veces le sucedió a papá.

Básicamente teníamos la misma contextura.

«Te ves fantástico —me dijo—. Siempre y cuando hundas la panza».

Su casa y su jardín estaban impecables como siempre —los cercos de ciprés de Leyland estaban podados con gran cuidado, la grama había sido cortada con una bordeadora—, y se disculpó por no haber puesto decoración navideña ese año.

Bajamos por los escalones que yo le había ayudado a construir y nos quedamos contemplando el lago, la superficie ligeramente ondulada por la brisa helada, el cobertizo de la lancha flanqueado por sauces llorones sin hojas,

el quiosco destartalado que mostraba su edad y la playita en la que papá siempre sacaba los palos traídos por la corriente.

Al contemplar la gran extensión del lago, solitario salvo por una lancha pequeña que pasaba, papá me dijo que era ahí donde quería que esparciéramos sus cenizas.

A la hora del almuerzo, cuando me preguntó si quería una parrillada, yo no sabía que sería la última vez que me llevaría en su vehículo.

Para subirse a su camioneta, asentó una pierna y levantó la otra con las palmas de las manos.

Mientras cruzábamos el largo puente que atraviesa el lago, abordamos de algún modo el tema de mi madre.

Cometí el error de mencionar su afirmación de que él no la dejaba trabajar.

No sé qué reacción esperaba que tuviera, pero nunca imaginé que se pondría como una fiera y que negaría con vehemencia que eso fuera cierto.

De repente vi un carro que iba a nuestro lado en la berma, levantando polvo y gravilla, su conductor gritando y gesticulando frenéticamente, y me di cuenta de que papá lo había sacado de la carretera.

Al entrar al restaurante, todavía conmovido y avergonzado, papá me cogió del brazo y me dijo: «Por favor, no se lo cuentes a nadie».

La gente se emocionaba al reconocerlo y él respondía con amabilidad, aunque se sentía incómodo de que lo vieran en esas condiciones.

En aquel día frío y gris, animado solo ligeramente por la campana que colgaba arriba de la puerta principal y el aroma avinagrado del cerdo horneado, sentí en mis huesos la fragilidad de su vida, la fragilidad de la vida.

***

Poco tiempo después, papá ya no pudo manejar porque no sentía los pedales.

Y aunque tampoco podía trabajar en el jardín, ni dedicarse a la carpintería ni cantar en el cuarteto, ni, sobre todo, actuar en el escenario, y a pesar de que le costaba subir las escaleras o salir de su casa, nunca se quejó.

Más bien, se aficionó aún más a los deportes, en especial al fútbol americano, lo cual resultaba irónico, ya que se trataba del mismo deporte que lo había sumido en esa situación.

Era como un guerrero cuya vida termina transformada por su herida, pero que, en lugar de llenarse de amargura hacia el país y sus guerras, se vuelve aún más patriota.

No estoy seguro de lo que pasaba por su mente cuando veía a un futbolista lesionado que retiraban del campo de juego en una camilla, pero debió reconocer que eso hacía parte del deporte, que los jugadores o envejecen o son derribados, y que este desgaste natural, en la guerra y en la paz,

en el trabajo y en el deporte, es la vida en su aspecto más fundamental.

Papá empezó a planificar sus días en torno a los partidos.

Recostado en su sillón, mientras Sharon, a su lado, bordaba o leía sobre genealogía, papá se sumergía en aquel estadio de ensueño y verdor y se metía en la piel de los jugadores que se movían por el campo de juego, atenazado por la urgencia de cada jugada sucesiva,

consciente de que todo pendía de un hilo, enfrentándose a la eliminación, pero sabiendo que los milagros ocurren (él siempre hacía fuerza por los perdedores), que uno puede dar el mejor rendimiento y aun así perder, y que cada uno, sin excepción, perdía al final.

«Los Noles están jugando bien —dijo papá en una de nuestras llamadas—, aunque el entrenador Bowdon parece estar en las últimas».

***

Durante esos años que ocultó su declive, papá fue heroicamente abnegado.

Otros padres habrían insistido en recibir atención, pero él no quería interferir en nuestras vidas ni imponerle más trabajo a Sharon.

Además de su lesión medular, estaban los crecientes efectos del mieloma múltiple.

Tras varios años sin síntomas, empezó un tratamiento con Epogen para elevar el nivel de glóbulos rojos, y a tomar narcóticos para el dolor en los huesos.

Pero el Oxycontin le provocaba un estreñimiento desgarrador, el Vicodin le afectaba el control muscular, y el Fentanilo le hacía hablar incoherencias, llegando a decirles a los paramédicos en una ocasión que Sharon quería matarlo y quedarse con todo su dinero.

Después de elogiar a sus pacientes durante tantos años, papá resultó ser uno pésimo: detestaba estar hospitalizado.

Sharon, preocupada de que papá se traumatizara debido a la claustrofobia, le compró un carrito motorizado. Manejarlo le levantaba el ánimo. Pero se entusiasmaba demasiado y salía disparado por el patio mientras Sharon lo perseguía y le gritaba: «¡Más despacio!».

Lo que debería haberme alertado sobre la gravedad de su enfermedad fue que nuestras llamadas se hicieron cada vez más cortas y su voz más débil.

Entonces era Sharon quien llamaba; unas veces me pasaba a papá por un momento, y en otras ocasiones me decía que estaba dormido.

Yo no sabía que lo había trasladado al cuarto de los huéspedes en el primer piso, donde pasaba todo el tiempo en una cama de hospital.

Sharon decía que a veces lo oía gritar por la noche: «¡Maldita sea!», y que añadía: «¡Estoy jodido!». Con el fin de darle una sorpresa en su aniversario de bodas, él logró arreglárselas para marcar el 411 y pedir a la operadora que le ayudara a llamar a una floristería.

***

Entonces mi hermano llamó para decir que acababa de ver a papá y estaba asombrado por lo mucho que había decaído. «Tiene esa mirada… —dijo—. Será mejor que vayas a verlo tan pronto puedas».

A pesar de la advertencia de mi hermano, yo no estaba preparado.

Al verlo en aquella cama de hospital, encogido y demacrado, conectado a tubos, con la mandíbula sobresaliendo y los ojos asimétricos, mirando al techo con expresión lejana, me puse a llorar.

Como había decidido mostrarme alegre, tuve que salir de la habitación.

Pero papá alcanzó a verme y preguntó con un tono de preocupación: «¿Dónde está Trey? ¿Qué le pasa a Trey?»

, preocupado por mí, así que cogí su mano marchita y sollocé sin pudor.

Fue él quien me calmó al comportarse como si estuviéramos reaccionando de más, y cambió de tema para preguntarme por mi vida.

Mencionó los asuntos que sabía que me importaban: me preguntó por mi escritura y mi deseo de ser padre, y le aseguré, con poca convicción, que ambas cosas parecían prometedoras.

Más tarde, mi hermano me contó que papá había dejado de tomar sus medicamentos para estar lúcido durante nuestras visitas, y que debía sentir mucho dolor.

Con la boca reseca —Sharon le dio trocitos de hielo— preguntó, muy despacio:

«¿Cómo le irá a Carolina en fútbol este año?». «Más o menos —respondí—, pero van a ser muy buenos en baloncesto».

Aunque su expresión no cambió, reconocí mi error: él no alcanzaría a ver la temporada de baloncesto.

En la televisión pasaban imágenes de Israel bombardeando el Líbano, escenas explícitas de edificios en llamas y de víctimas civiles.

Al ver a papá concentrado en estos inquietantes sucesos, me llamó la atención su interés por un mundo del que se estaba despidiendo, y por la idea de que todos sus conocimientos se irían con él.

Él no sabía que la guerra duraría solo un mes.

Tal vez pensó que podría convertirse en un conflicto mucho más amplio, como la guerra que él había vivido en su juventud.

***

Papá murió una semana después, luego de resistir para despedirse de sus hijos.

Una vez, cuando le hablé de mi temor a la muerte, me tranquilizó diciéndome que había visto morir a mucha gente y que el noventa y cinco por ciento estaba en paz al final.

Posteriormente me pregunté si sería cierto, si mi padre estuvo en paz al final, y si yo lo estaría.

Al funeral asistieron Pete, mi amigo de la infancia, que también se había hecho cirujano, y muchos de los médicos con los que papá había trabajado, incluyendo a Hugo Deaton, a quien papá no le había permitido visitarlo al final.

También asistieron sus compañeros de bachillerato, que lo habían conocido antes de que el accidente le cambiara la vida.

Al saludarme, uno de ellos dijo: «Te paras igual que tu padre, con la mano en la cadera».

Otro comentó que cuando papá llegó a la pequeña ciudad para estudiar bachillerato, no tardó en pasar de ser el bicho raro del norte a ser el chico más popular del colegio.

Pero curiosamente, para ser un hombre tan querido, papá en realidad no tuvo amigos íntimos.

Tampoco tuvo una relación muy estrecha con su única hermana, que se había jubilado y trasladado a la Florida.

Una vez, poco antes del final, cuando ella lo visitó, él le dijo a su marido: «No te quites el abrigo. Será una visita breve».