Otras aguas I Familia #3
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I Familia #3

Un día, antes del amanecer, mientras caminaba hacia su carro, dio un paso en falso en un desnivel y la caída le ocasionó serias raspaduras y magulladuras.

Una vez se le olvidó ponerle el freno de mano a su carro, el cual rodó por una colina y se chocó contra un árbol.

En otra ocasión fue a la Noche Familiar en la iglesia y al tratar de pasar desapercibido mientras la gente escuchaba a un orador, derribó un arrume de sillas metálicas plegables que sonaron como disparos.

Un día fui a su apartamento sin avisarle y vi cómo pateaba una Playboy debajo del sofá.

Me dijo que no le gustaba vivir solo. Quería presentarme a una enfermera con la que salía, y cuando me pidió mi opinión, comenté torpemente que no era tan atractiva. Se casó con ella unos meses después.

***

Al dejar mi casa para ir a la universidad, me identifiqué con papá, ya que ambos estábamos empezando de nuevo.

Lo primero que colgué en mi dormitorio fue un retrato suyo.

Mi compañero de cuarto se rio y lo quité.

Pero eso me hizo pensar más en él. Me llamaba todas las semanas y hablábamos de deportes, que servían de metáfora para todo lo demás.

Cuando elegí la carrera de Literatura, mi compañero de cuarto, que estudiaba Negocios, se horrorizó.

«¿Tu padre lo sabe?», me preguntó. Le dije que lo hacía no solo con su bendición, sino también, en cierto modo, en su nombre.

Cuando yo iba a casa de visita, papá, que no era un gran bebedor, tenía la nevera repleta de cerveza.

Siempre se mostró permisivo en ese sentido, negándose a restringirme como sus padres lo habían hecho con él, y me dejó tomar mis propias decisiones, por más que yo habría necesitado ciertas restricciones.

Por otro lado, empecé a percibir que, a pesar de su buen corazón, papá tenía algunas opiniones poco caritativas.

Ahora bien, no provenían de convicciones muy arraigadas, sino que se ceñían a los valores de sus colegas, a las opiniones de hombres como Hugo Deaton.

Me gustaba discutir acerca de esto con él, y papá siempre se mostraba atento a mis ideas.

Yo quedaba con la sensación de que lo había persuadido, pero la siguiente vez que hablábamos, él se mantenía firme en su postura inicial.

A veces estas discusiones podían volverse acaloradas, como cuando defendió el bombardeo de Japón.

«¡Estuve allá! —gritó—. ¡Lo viví en carne propia!»

, mientras Sharon, su nueva esposa, le decía: «Tu presión sanguínea, ten cuidado».

Nunca pude despertar su interés por la literatura, pero más tarde leyó thrillers de Grisham y de Connelly. Yo menospreciaba a estos autores, pero ahora me arrepiento. Habrían sido algo que podríamos haber compartido.

A los treinta, cuando me separé de mi primera esposa, ella insistió en que habláramos primero con papá; pensaba que él trataría de disuadirnos.

Pero esto fue lo que dijo: «Sé lo difícil que es esto para ustedes dos. Espero que no sea por lo que hice».

Sentados en la mesa de picnic junto al lago, mi esposa y yo sollozamos en silencio.

Aunque seguía enamorado de ella, sentía que me retenía.

De qué, eso no lo sabía, pero quería averiguarlo.

Intimidado por el reto que me había impuesto —emprender mi propio camino sin una dirección clara—, percibí el contraste con mi papá, que parecía tan contento con la estabilidad de su nueva vida, cosechando los frutos de sus años de arduo trabajo.

Posteriormente supe que las cosas no iban tan bien para él como parecía.

Primero, el lunes negro de 1987 perdió una cuarta parte de su patrimonio neto.

Cuando el mercado se desplomó, «apretó el botón del pánico» y vendió sus acciones, pues temía que se devaluaran aún más.

Se parecía a su padre en asuntos de dinero.

Lo gastaba tan rápido como lo conseguía, no en lujos ni ostentaciones, sino impulsivamente, a veces de manera imprudente.

A diferencia de mi madre, no era un cazador de gangas; si le gustaba un aparato llamativo o una oferta de viaje tentadora, no lo pensaba dos veces.

También era generoso con los regalos y las propinas, de las que siempre dejaba al menos el veinte por ciento.

Una vez, cuando él y yo llegamos tarde a un vuelo, le pidió a un empleado ya mayor, jorobado por su oficio, que cargara nuestras pesadas maletas —en aquel entonces no tenían ruedas— mientras corríamos y llegábamos a la puerta de embarque justo antes de que la cerraran.

Siempre recordaré la angustia de mi padre cuando se dio cuenta de que había olvidado darle una propina.

Un remordimiento similar por las deudas sin pagar lo asaltó cuando constató que tenía poco que dejarles a sus hijos.

***

Sin embargo, el lunes negro no fue nada comparado con la creciente certeza de que los efectos de su lesión, que llevaban mucho tiempo latentes, se habían manifestado de nuevo.

Empezaron a afectar todo lo que hacía, incluyendo su capacidad para practicar sus cirugías.

¿De qué servía un cirujano sin manos? La degeneración en sus vértebras le produjo una acumulación de líquido espinal que le presionaba los nervios.

Le drenaron el exceso de líquido y le operaron las vértebras sin ningún resultado.

A sus cincuenta y tantos años, papá aún era bastante joven y acababa de embarcarse en una feliz unión conyugal.

Era demasiado pronto para dar todo por terminado.

Además, le faltaban dos años para obtener la pensión por incapacidad.

Cada vez delegaba más procedimientos en las enfermeras: incisiones, suturas, e incluso disecciones.

Aunque no se lo dijo a nadie más que a Sharon, puedo imaginar su ansiedad cuando iba a trabajar cada día.

No estaba dispuesto a jubilarse, en especial antes de recibir los beneficios y, ciertamente, no quería poner en peligro a sus pacientes.

Su enfermera instrumentista era insuperable y él la supervisaba de cerca.

Un día, Hugo Deaton fue a la sala de operaciones —puedo sentir la ira de papá mientras Hugo se fijaba en todos sus movimientos— y convocó una reunión de los socios, que ya eran seis, para decirle a papá, el socio principal, que debía renunciar.

«Una demanda podría destruirnos —dijo Hugo con tono serio—. Tenemos que hacer lo que sea mejor para el consultorio».

***

Aunque cincuenta y siete años era una edad muy temprana para jubilarse, le dio a papá la oportunidad de dedicarse a su primera pasión: ingresó al teatro comunitario.

Se describía a sí mismo como un histriónico declarado y se sentía a gusto frente al público; disfrutaba de cada momento en el escenario iluminado y tuvo un éxito rotundo en la obra Harvey.

Un amigo que me acompañó a ver la obra elogió su actuación: «Vi a Jimmy Stewart en ese papel, y no era nada comparado contigo», le dijo.

Papá también cantó como tenor principal en un cuarteto. «No me querían por mi voz —le gustaba bromear—. Buscaban a un hombre con cara bonita». («Su voz suena igual a la de Perry Como», solía decir mi madre hasta antes del divorcio, después del cual dijo: «Nunca me gustó su voz»).

Al igual que su padre, papá se volvió un jardinero entusiasta.

Cultivaba duraznos freestone, maíz silver queen, pepinos para encurtir y uvas muscadinia para hacer su propio vino.

Y siempre buscaba el tomate perfecto. Nada lo complacía más que arrancar un suculento tomate heirloom de la mata, morderlo como si fuera una manzana, y luego sentir el jugo resbalando por su barbilla.

Eso era en agosto, cuando le gustaba andar sin camisa al sol.

Sin embargo, sus músculos atrofiados hacían de la jardinería un oficio más arduo, y a Sharon le preocupaba que pudiera lastimarse.

Le costaba caminar por terrenos irregulares, ya que el daño nervioso le había insensibilizado los pies, y solo se daba cuenta de que se había cortado cuando veía la sangre.

Un día, mientras estrenaba un arador, se le escapó de las manos y salió rodando hasta el lago.

Incapaz de recuperarlo, ni siquiera con la ayuda de su esposa, acabó pidiendo ayuda.

Luego se estremeció cuando la gente pasaba lentamente en sus botes, convencida de que la Brigada de Rescate arrastraba un cuerpo.

Papá instaló un elaborado taller, a imagen y semejanza del de su padre, con un juego completo de herramientas de carpintería, y comenzó a elaborar objetos para regalar, que él mismo diseñaba, como cofres y atriles.

Pero todos temíamos que se cortara un dedo, o algo peor.

Su destreza manual había disminuido hasta el punto de levantar un vaso con las muñecas y abrir frascos de pastillas con sus dientes desgastados.

Cuando tuvo dificultad para cortar cebollas en la tabla que él mismo había hecho, se le ocurrió pegarla al mostrador de la cocina, una decisión que pronto lamentó.

Allí estaba, caminando inseguro con las manos descolgadas, flojas, como si ondearan a los lados y, sin embargo, ¡papá seguía utilizando una sierra de mesa!

Siguió llamándome todos los sábados, como lo había hecho desde que me fui a la universidad.

Todavía muy atento a las estaciones, me hablaba de una tormenta primaveral que había derribado varios árboles o de una sequía estival que había desecado el lago.

«Tuvimos nuestra primera nevada», me contaba entusiasmado.

Las estaciones marcan el clima, las temporadas marcan los deportes.

Papá, que siempre había sido un aficionado más bien ocasional, se volvió más entusiasta de los deportes después de jubilarse.

«Parece que los Panthers tendrán un buen año».

Y analizábamos la plantilla del equipo y el calendario.

Como papá solía estar al tanto de las noticias, si yo le informaba sobre algún acontecimiento que desconociera, decía: «Hombre, me saliste adelante en eso».

Pero siempre volvía a centrarse en mí: ¿cómo me sentía?

, ¿qué había hecho? Le encantaba oír mis historias.

Escuchaba absorto, no quería perderse ni el más mínimo detalle.

Cada vez más, en su encierro, parecía vivir a través de mí.

Y en cierto modo, yo vivía para contarle mis historias.

Tras oír el relato de mis aventuras y logros modestos, me decía: «Oye, hijo, ¡tienes el mundo agarrado por la cola! ¡Me siento orgulloso de conocerte!» .

***

Uno tras otro, papá tuvo que desprenderse de sus amados pasatiempos.

Una temporada, el jardín quedaba sin sembrar; en la siguiente, terminaba cubierto de pasto.

Las herramientas de carpintería se las dio a mi hermano.