I Familia #2
A menudo me he hecho preguntas al respecto. ¿Acaso quería que yo me sintiera menos presionado?, ¿o esperaba que hiciera lo que él no había hecho: renunciar al camino convencional y elegir uno más audaz? «Sigue tus pasiones», me decía.
Aunque nunca pensé en estudiar Medicina, mi mejor amigo, Peter, que idolatraba a papá y quería seguir sus pasos, me convenció de preguntarle si podíamos ir a ver una operación.
Con batas y mascarillas quirúrgicas y subidos en unos taburetes para mirar por encima de las enfermeras, vimos cómo papá extirpaba una vesícula biliar.
Peter estaba inquieto y yo mareado, temiendo que nos cayéramos de bruces sobre la incisión.
Papá hizo algunos chistes y me preguntó qué me parecía todo el asunto.
«¡Qué asco!», respondí, y él y las enfermeras se rieron.
***
Cuando pienso en mi padre, pienso en las estaciones.
Le encantaban las Navidades con todas sus decoraciones festivas, la primavera florecida y, especialmente, el verano, cuando emprendíamos nuestro esperado viaje a la playa.
Pasábamos por el silo de Purina Chow y por la valla de Coppertone con el perro jalando el vestido de baño de una niña, y cuando nos acercábamos al mar y olíamos la sal y la arena, papá le ofrecía una moneda al primero que lo viera.
«Me siento como si me hubieran soltado de la cárcel —exclamaba con una euforia que le duraba hasta su previsible lamento—: Solo quedan dos días», tras lo cual empezaba a deprimirse.
Su alegría me resultaba contagiosa mientras chapoteábamos entre las olas y yo le rogaba que me llevara en sus hombros «hasta la parte honda».
En aquellos veranos me enseñó a atrapar cangrejos usando cabezas de pescado, a pescar camarones con redes, a hacer body surf y a silbar tan fuerte que me dolían mis propios oídos.
Hacíamos magníficos castillos de arena, buscábamos conchas y comíamos ceviches de mariscos atiborrados de rábano picante que me quemaban las fosas nasales.
«Te hace crecer pelo en el pecho», decía papá.
Una vez, cuando lo desafié a una carrera, aceptó encantado.
Pero luego de unos pocos pasos se retiró cojeando.
Fue la primera vez que vi una grieta en su armadura.
Siempre había admirado su pecho y sus hombros robustos, pero solo más tarde noté sus antebrazos delgados y sus manos huesudas. Al apretarle la mano, podías sentir el músculo atrofiado debajo del pulgar. A veces se le resbalaba un martillo de las manos y abría paquetes con los dientes.
Cuando yo tenía doce años, hicimos nuestro épico descenso por la montaña.
Pop había construido una casa en Blowing Rock —la única que una vez tuvo— con sus propias manos y la había bautizado, de manera pomposa, «Vientos de cresta».
Desde la terraza de lajas se veían siete cordilleras y en los días despejados alcanzabas a ver Tennessee.
Para un niño, era un paraíso: un lince disecado sobre la chimenea, un columpio de cabuya que te llevaba volando sobre el cañón, una casa en un árbol, un balancín, una litera de tres niveles, una escotilla que daba al ático, y una huerta empinada que tenía todo tipo de plantas,
desde frambuesas hasta ruibarbo.
Había culebras rayadas que se enroscaban en mi cuello como collares, y en la casa vacía de al lado hibernaba un oso negro durante el invierno.
A Pop se le podía encontrar en su banco de trabajo con todos sus tornillos, pernos y herramientas en la pared, el aire impregnado de olor a aserrín y tabaco que, según él, fumaba «para espantar los bichos».
Tenía la costumbre de apretar las muelas y usaba expresiones como «Pepito Grillo» para no decir groserías, mientras que mi abuela le decía «davenport» al sofá, «guardarropa» al clóset y «alimentos para el desayuno» a los cereales.
Servía galletas Pepperidge Farm y pastel de azúcar moravo, y hacíamos helados de durazno y de arándanos.
El campo estaba repleto de mariposas espectaculares, que yo atrapaba con mi red y llevaba orgulloso a la abuela, y ella las fijaba en un tablero de fieltro negro.
Pop tenía menos paciencia con los niños.
Cuando tumbábamos algo o hacíamos mucho ruido, se giraba hacia la abuela y gruñía: «¡Ay, querida!»
, que era su forma de decir «¡contrólalos, por favor!»
. En cierta ocasión, una vecina tocó la puerta y la llevé al dormitorio en el instante en que Pop salía completamente desnudo. «¡Ay, querida!», jadeó.
Desde la terraza de lajas podíamos ver el aspecto cincelado de Grandfather Mountain y contemplar el cañón por cuyo lecho corría el río John.
Una vez, papá propuso una caminata hasta el río.
Sería un recorrido de un día, de ida y vuelta, que para un niño de doce años parecía rivalizar con la expedición de Lewis y Clark.
Salimos al amanecer —Pop, papá y yo— bien aprovisionados por las mujeres, que se despidieron de nosotros.
Avanzamos con dificultad, abriéndonos paso entre la maleza con una hoz.
En un momento dado, una culebra cabeza de cobre se deslizó a nuestros pies y papá la golpeó valerosamente con la hoz.
Su cabeza cortada siguió chasqueando mientras su cuerpo decapitado se escabulló.
Luego, antes de llegar al río, Pop tropezó con una raíz y rodó dando tumbos por un barranco.
Se retorció, se agarró el hombro dislocado y emitió un sonido que yo no había oído nunca, algo entre el lamento de una mujer y el aullido de una bestia.
Fue una tortura ver cómo mi padre volvía a colocarle el hombro en su sitio.
La subida de regreso a la montaña fue extenuante, pues papá medio ayudaba y medio cargaba a mi abuelo, jadeando al ritmo de los gemidos sordos de su padre.
Ya había anochecido cuando por fin llegamos a casa.
Las mujeres, sumamente preocupadas, habían llamado al Servicio Forestal.
Con una sonrisa para disimular su dolor, papá se quitó las botas de montañismo que le había prestado Pop.
Eran dos tallas más pequeñas que la suya y le habían dejado las uñas moradas.
***
Poco a poco salieron a la luz otros aspectos de mi padre.
Me sorprendió oír a un vecino adolescente que había sido paciente suyo comentar que «decía groserías como un camionero».
Con el tiempo, yo también le oí decir groserías, algunas veces en broma y otras veces enfurecido.
Mientras contorsionaba el cuerpo para desatornillar una tubería, murmuraba: «¡Siento como si me estuviera operando el culo!»
. Contaba chistes subidos de tono para irritar a su madre, que se reía a la vez que protestaba, y le hacía a mi tío regalos novedosos como un «calentador de penes» que medía treinta centímetros.
Papá era el rey de los chistes trillados: «Tengo mala memoria para tres cosas: nombres, caras y ...»
. Entonces se reía hasta jadear. Le decíamos «Jadeante» y él seguía jadeando.
En realidad, tenía problemas con los nombres —un rasgo que heredé de él—, y lo compensaba saludando a la gente con más calidez y, a menudo, guiñándoles un ojo.
Papá también tenía un lado irascible: forzaba un cajón atrancado hasta dejarlo inservible; mandaba al gato de una patada al otro lado de la habitación y, poseído por la ira, pegaba su carro al de adelante si este iba muy despacio; regañaba a las enfermeras y las hacía llorar,
se enfrascaba en discusiones con mi madre y le gritaba, mientras ella le respondía con suavidad, algo que lo enfurecía aún más.
Una vez, mamá lo regañó por llegar tarde a cenar y por comer habas directamente de la olla.
Estaban muy calientes y papá «echaba humo», así que las escupió de nuevo en la olla.
Mamá comenzó a llorar y salió de la cocina.
Una vez, cuando papá salía de la casa, ella le pidió que me llevara a los Boy Scouts.
Mientras me apresuraba a prepararme, lo vi parqueado al final del camino de la entrada, tocando el pito y maldiciendo a todo pulmón, aunque tal vez pensó que yo no lo oía, y salí corriendo descalzo por el gélido camino con mis zapatos en las manos y oyéndolo gritar: «¡Maldita sea, hijo de puta!»
. En aquel momento comprendí vagamente que su ira no iba dirigida solo contra mí.
***
Cuando la salud de Pop comenzó a empeorar, mi padre los llevó a él y a Gran a vivir en un apartamento en la ciudad.
Pop ya no podía manejar su nuevo Scout; yo acababa de sacar la licencia de conducir y me lo regaló.
Me daba vergüenza manejar un carro tan llamativo, aunque mis amigos me envidiaban.
Pero, de repente, el Scout se vio plagado de desperfectos inquietantemente similares a los males del abuelo.
Cuando a Pop le dio flebitis, la bomba de gasolina del vehículo se obstruyó; cuando sufrió una embolia, el carburador se ahogó, y cuando le dio un infarto, el motor de arranque se dañó.
No podía dejar de sentirme culpable. Justo antes de mi graduación, a Pop se le reventó una válvula del corazón mientras pescaba en el lago.
Varios días después, cuando regresamos por su caña, los pececitos seguían vivos en el balde abandonado.
La muerte de Pop hizo que sucediera algo impensable cuando él estaba vivo: papá dejó a mamá.
El miedo a la vergüenza pública y el efecto que eso tendría en su padre era tan intenso que llegó a pensar incluso en quitarse la vida.
Mi tía me contó después que una noche él decidió cruzar el lago nadando, y que llegaron a temer que no regresara.
Pero ahora papá se sentía liberado. Un día llegué a casa y oí voces en la buhardilla: eran los alaridos de un hombre que sentía un gran dolor.
«¿Papá?», dije.
Apareció en las escaleras sosteniendo un bisturí. Dijo que estaba con un amigo del coro. A petición de este, le estaba quitando los tatuajes que se había hecho en la Marina.
Esa noche, papá me sentó a la mesa de la cocina.
Me contó que su amigo le había hablado de su divorcio.
Mientras yo asimilaba lo que me decía, mamá irrumpió y me fulminó con la mirada.
Se abalanzó sobre mí, sus uñas como garras, y me arañó el brazo al alejarme.
«¿QUÉ LE ESTÁS DICIENDO?», le gritó a papá.
Mi padre se fue de nuestra casa el día de mi graduación. Todos en la ciudad se sintieron agitados y consternados. Mi abuela vino llorando a verme, aunque a mí no me afectó tanto como a mis hermanos, pues me iría a la universidad en otoño; además, pasaría el verano en nuestra casa del lago.
Papá alquiló un apartamento cerca del hospital; fue el inicio de una época incómoda.