Otras aguas I Familia
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Otras aguas

Otras aguas

Por Tim Keppel

© inepub.com

I Familia

Las manos de mi padre

Mi padre se fracturó el cuello mientras jugaba fútbol americano durante el bachillerato.

Era un frío día de noviembre de 1944 y el entrenamiento terminaría pronto.

Los árboles estaban desnudos bajo la luz menguante.

Mi padre, que jugaba como tailback en la formación de ala única y usaba uno de esos viejos cascos de cuero sin máscara, recibió una entrada brusca que le dobló el cuello hacia adelante y le produjo una fractura anterior en la sexta vértebra cervical.

Quedó aturdido e inmóvil, y apenas distinguía las voces a su alrededor.

Al cabo de un rato, sintió que lo levantaban.

Después de otro chasquido su cuerpo se entumeció.

Al recibir la noticia, sus padres, quienes desde un comienzo se habían opuesto a que jugara fútbol, se apresuraron a ir a la clínica y lo encontraron sujeto a una tracción y paralizado del cuello hacia abajo.

Durante varios días esperaron con ansiedad a que recobrara el movimiento.

El índice de recuperación de una lesión medular tras una semana de tetraplejía es casi nulo.

Mi padre se recuperó.

Varios meses después regresó al colegio con un aparatoso cuello ortopédico.

Aunque tuvo que dejar los deportes, siguió participando en el club de teatro y cantando en el coro, y se hizo aún más popular que antes.

Tenía un corte de pelo estilo pato que estaba de moda en esa época, y andaba con varios compañeros que siguieron siendo sus amigos por el resto de su vida.

Quería irse de la casa y estudiar en la universidad —antes del accidente, Duke lo había reclutado para jugar fútbol americano; les gustaban su velocidad y sus manos—, pero ahora, debido a que sus padres vivían en una especie de refinada pobreza,

tuvo que asistir a la pequeña universidad de la que su padre era rector y seguir viviendo en la casa rectoral.

Su padre era hijo de un inmigrante alsaciano que se instaló en Búfalo, Nueva York, y trabajó como talabartero.

Mi abuelo se graduó en la Universidad Wesleyana de Ohio, donde era conocido por tener la costumbre de afeitarse completamente desnudo en el baño común, aunque siempre con un sombrero de hongo negro sobre la cabeza.

Se casó con la hermana de un miembro de su fraternidad, una mujer formidable y de voz potente, más alta que él, aunque mi abuelo nunca lo admitió, y enseñó Literatura en bachillerato antes de trabajar para una editorial de textos religiosos.

Era un orador talentoso, por lo que fue invitado a pronunciar el discurso de graduación en el Catawba College de Carolina del Norte.

Poco después, el rector de esa institución murió tras un ataque al corazón y, gracias a su oratoria, mi abuelo Pop fue contratado para reemplazarlo.

Era un enérgico recaudador de fondos que mantuvo la universidad a flote en tiempos de dificultades financieras, y un hombre de una disciplina férrea, cuyos toques de queda y restricciones a las visitas mixtas llevaron a los estudiantes a quemar su efigie.

***

Mi padre soñaba con ser actor, pero sus padres querían que fuera médico. En su entrevista en la Universidad Johns Hopkins, dijo que su interés por la medicina se despertó a raíz de su lesión en el cuello.

Le asignaron un dormitorio con los dos estudiantes más brillantes de su clase.

En la pared del laboratorio había un poema titulado «Habla el cadáver», que terminaba exhortando: «¡Vive!»

. Se decía que algunos compañeros hicieron una broma lanzando a la canasta del peaje una mano amputada que sostenía las monedas del pago.

Un compañero fue expulsado por cortar más de lo que debía al circuncidar a un niño.

Su padre amenazó con matarlo. Otro alumno fue expulsado tras conectarle a un paciente una bolsa de suero con jugo de naranja.

Una vez, papá se durmió durante una presentación de diapositivas y se despertó con la cabeza apoyada en el hombro de su profesor.

Mientras que sus compañeros de cuarto siguieron carreras ilustres en la investigación y la academia, papá eligió abrir un consultorio quirúrgico en una pequeña ciudad a una hora de donde había crecido.

Me pregunté por qué había hecho eso. ¿Para evitar el estrés de un trabajo tensionante?

¿Para atender a personas comunes y corrientes?

¿Para complacer a su esposa? Mamá era la hija del principal donante de la universidad y papá la había cortejado a instancias de su madre.

Se arrepintió para siempre de pedirle que se casara con él después de solo siete citas.

Otra razón para instalarse allá era el hecho de que un compañero de clase, Hugo Deaton, se había casado con la hija del único cirujano de esa ciudad.

El viejo médico, próximo a jubilarse, necesitaba socios que le ayudaran y lo relevaran posteriormente.

Papá fue el primero en trasladarse y Hugo lo siguió.

***

Aquí es donde entro yo, el primero de tres hijos.

Me sentí como un príncipe mientras crecía en aquella ciudad de fábricas de muebles y textiles.

La gente siempre decía: «¡Tu padre es un santo! Le salvó la vida a mi madre».

Cuando yo usaba su tarjeta de crédito para comprar unos jeans, el empleado preguntaba con entusiasmo: «¿Eres hijo del médico?»

. La gente decía que tenía el aspecto de una estrella de cine y que atendía a los pacientes como el médico de la televisión, Marcus Welby.

Sus pacientes le llevaban verduras de sus huertas y le contaban sus sueños y preocupaciones.

Esta sensación de tener un padre eminente fue inculcada por Pop y mi abuela Gran.

Estaban convencidos de que nuestra familia era superior a todas las demás, incluida la de Hugo Deaton.

Según Gran, la gente no quería a Hugo. Aunque ella y Pop no tenían casa propia, seguro de vida ni dinero en el banco, compraban ropa en las mejores tiendas, decoraban su casa con antigüedades costosas y tenían un elegante Karmann Ghia.

La gente se dirigía a Pop como «doctor», aunque su doctorado era honorífico.

Cuando mi abuelo se jubiló de la universidad, asumió el cargo de director de una asociación de pequeñas universidades.

Esto le permitía vivir en Reynolda House, una mansión palaciega que pertenecía a la familia tabaquera Reynolds, y que contaba con un gran salón de baile, una bolera, un ascensor y una piscina cubierta.

La abuela, impecablemente vestida y peinada, tan erguida como una varilla y con su potente voz de contralto, recibía a invitados ilustres y les mostraba la mansión a los visitantes.

Pianista consumada con el don de la afinación perfecta —que además había escrito la música para la canción universitaria—, nos despertaba en Navidad con su interpretación de ¿Qué niño es este?

en el órgano tubular del salón principal.

Mi padre tenía inclinaciones diferentes.

Sobre todo su rechazo a la pretención. Cuando lo elogiaban al entrar a un restaurante, les restaba importancia, diciendo: «Ah, seguro iban al baño y sentían que tenían que decir algo».

Vestía de manera informal, conducía un Volkswagen escarabajo y trataba con respeto a personas de toda clase y condición.

Proyectaba un aire de hombre corriente. Por el contrario, Hugo Deaton, que también era de orígenes modestos, se deleitaba con su nueva prosperidad.

Construyó una mansión en una colina y se hizo socio del club campestre para hacer conexiones.

Instó a mi papá a afiliarse «por el bien del consultorio». Papá lo hizo en contra de su voluntad.

***

Al crecer como hijo de un médico, usabas cinta quirúrgica para tus proyectos escolares, comías pollo los domingos en el comedor del hospital (y posteriormente, rosbif au jus en el club) y veías a tu padre leer historias clínicas en un dictáfono antiguo.

Notabas cómo se lavaba hasta la altura de los codos y llevaba el reloj hacia adentro.

Cuando un vecino murió una noche, oíste a la gente hablar en tono reverencial sobre cómo tu padre lo había «declarado muerto».

Y cuando volvías de una excursión en canoa ardiendo en fiebre y dormías dieciocho horas seguidas, despertándote con la vejiga tan llena que no podías orinar, tu padre te rociaba los genitales con agua helada e inmediatamente se te abrían las compuertas.

Te acostumbraste a oír palabras como laceración y contusión, y cuando alguien se acercaba a tu padre en una tienda y se quejaba de una dolencia, le oías decir con una sonrisa pícara: «Quítate la ropa y te examinaré».

Un día, cuando un hombre lo saludó, su hija, que estaba con él, se sonrojó y bajó la mirada.

«Estaba avergonzada —me dijo papá después— porque la vi sin ropa».

Cuando tu profesor de Biología, que también era tu entrenador, dijo en clase que los hombres tenían una costilla menos que las mujeres porque Adán había cedido una suya para crear a Eva, lo interrumpiste para decir que, según tu padre, eso no era cierto.

(El profesor respondió bajándote la nota).

Y en una feria del condado en la que se exhibió a una mujer conectada a un corazón de plástico que parecía bombear sangre a su cuerpo, le dijiste al encargado que tu padre era cirujano y que ese aparato era un engaño. «Lárgate, mocoso», gruñó el hombre.

Como hijo de un médico, le mostrabas todos tus golpes y moretones.

«Ven aquí a la luz», era lo primero que te decía.

Te cosió la oreja tras una pedrada (lanzada por tu hermano cuando lo arrojaste contra un arbusto) y te suturó la frente cuando se te abrió en un entrenamiento de baloncesto, lo que asustó al entrenador, quien dejó abandonado al equipo y te llevó al consultorio de tu padre en el bus del plantel.

Sorprendentemente, papá no nos disuadió de practicar deportes (aunque nos aconsejó que no montáramos en moto).

Mi primer trabajo de verano fue en una fábrica de muebles.

Un día, mientras tenía problemas al usar una manguera de aire y un chorro me pegó en la cara, un obrero de dientes chuecos comenzó a reírse y me dijo: «Dios, me alegro de no ser hijo de un médico ni de un predicador».

Cuando le pregunté por qué, me contestó: «Porque a los hijos de los médicos les sopla el aire».

Aunque la medicina absorbía casi totalmente a mi papá —trabajaba día y noche y apenas leía otra cosa que no fueran revistas médicas—, cuando la gente me preguntaba «¿vas a ser médico?», él me sacaba del apuro: «No, él va a nadar en otras aguas».