Otoño en Sycamore Park (Los cálidos días de otoño 1) 28 Repostería y observación de especies
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28 Repostería y observación de especies

Repostería y observación de especies

Repostería y observación de especies

El viento arreciaba, dispersando las hojas por el estanque de los patos.

Detrás de su caseta de guarda, Tom se puso en cuclillas junto a una de las cajas para erizos.

Con una sonrisa, se volvió hacia el grupo de niños: algunos con las manos en los bolsillos, otros saltando de un pie a otro para combatir el viento gélido, y algunas niñas con orejeras de Disney que les aplastaban el pelo contra la cabeza.

—Muy bien, acercaos todo lo que podáis y no hagáis mucho ruido. No quiero asustarlo.

—¿Puedo cogerlo? —preguntó Gavin.

—No, a menos que quieras llevarte un puñado de agujas —dijo Tom—. Son unas criaturitas muy espinosas.

Los niños se inclinaron con avidez. Jennifer, que estaba al fondo, cruzó una mirada con Tom y le sonrió. Él le devolvió la sonrisa y luego levantó la tapa de madera. Los niños soltaron exclamaciones de asombro ante algo que Jennifer no llegaba a ver del todo.

—Parece que está dormido —dijo Tom, bajando la tapa de la caja—. ¿Sabíais que a los erizos originalmente se los llamaba «urchins», que es de donde viene el nombre en inglés de los erizos de mar?

—Gavin es un erizo callejero —soltó Paul Lemon con una risa burlona.

—Cállate, Lemons —dijo Gavin.

—Sí, cállate, Lemons —repitió Matthew Bridges.

—¡Chicos! —exclamó Jennifer, mientras un sonriente Paul Lemon agarraba a Gavin y a Matthew por los hombros e intentaba impulsarse por el aire.

—Mi padre dice que se pueden tener como mascotas —dijo Gavin.

—Mi padre dice que todos tienen la rabia —dijo Paul—. Ha dicho que tú también tienes la rabia.

—Cállate, tonto. Mi padre dice que tu madre...

—¡Vale! —Tom dio una palmada—. ¿Quién quiere ver unas ardillas preciosas?

Mientras los vítores y los gritos de «¡Yo!

¡Yo! ¡Yo!» ahogaban la discusión de Paul y Gavin, Tom añadió—: Tenemos unas cuantas viviendo en un sicomoro grande que hay justo allí.

Si dejamos unos frutos secos, puede que vengan a echar un vistazo.

Mientras los niños salían disparados hacia el árbol, ahuyentando casi con total seguridad a cualquier ardilla, Jennifer se acercó a Tom.

—Serías un buen profesor —dijo ella, reprimiendo las ganas de tocarle el brazo, consciente del interrogatorio al que la someterían los niños si alguno lo veía.

Él se encogió de hombros. —No sé qué podría enseñar —respondió—. ¿Clases de desherbado?

—¿Qué tal interpretación? —sugirió ella—. Podrías dar clases de teatro. Al fin y al cabo, saliste en EastEnders.

—Tres episodios —dijo Tom—. Tiene gracia que me pasara seis meses interpretando a Hamlet en el Queens Theatre de Norwich y, sin embargo, cuando muera, escribirán en mi lápida: «Una vez le dijo a Phil Mitchell que pagara».

—Seguro que tendrías un montón de alumnos —dijo Jennifer.

Tom se encogió de hombros. —Me lo pensaré. Por cierto, no recuerdo haber recibido respuesta a mi pregunta del domingo. La de la cena...

—¡Seño! ¡Seño, rápido! ¡Paul se ha caído al estanque!

Jennifer frunció el ceño. —Espera un momento —dijo. Luego, volviéndose hacia los niños, gritó—: ¿Cómo ha acabado Paul en el estanque? ¡Que iba detrás de nosotros!

—Estaba persiguiendo a una rata —dijo Gavin, mientras Paul, empapado y cubierto de algas de color verde oscuro como una monstruosa criatura acuática, salía del estanque, sacudiendo gotas de agua hacia varias niñas que gritaban.

—No es una rata, es un ratón de agua —dijo Tom—. Hay una familia viviendo en la orilla del río. A ese lo llamo Monty. Por favor, intentad no asustarlo.

—¡Voy a por vosotras! —rugió Paul a las niñas, y luego echó a correr con pesadez, lanzando trozos de algas por doquier mientras soltaba carcajadas.

—¿Quieres que vaya a buscar unas cadenas? —preguntó Tom, dedicándole a Jennifer una sonrisa de soslayo.

Más tarde, con Paul Lemon vestido ahora con unas prendas de ropa demasiado grandes que Tom había encontrado por la caseta, los niños se amontonaron alrededor de la encimera de Angela. Angela, que llevaba un delantal con el diseño de una hoja de arce en el centro, levantó un cuenco de azúcar.

—Esto es azúcar —dijo—. Y esto de aquí es sal. Una regla muy importante de la cocina es no confundirlas.

—Mi padre dice que la sal viene del mar —dijo Paul.

—Mi padre dice que tú viniste del mar —dijo Gavin, dándole un codazo a Paul en las costillas—. Dijo que te pescaron con una red, pero que ningún zoo te quería, así que te entregaron a tus padres.

—Siete a uno —replicó Paul.

—Cállate. El árbitro estaba ciego.

—Chicos —dijo Jennifer, dándoles a ambos una palmadita en el hombro—. Concentraos.

La puerta se abrió y entró un hombre con una sonrisa tímida.

Jennifer no sabía quién estaba más sorprendida de ver a Greg Downton, si ella o los niños.

Sin embargo, una persona que claramente no estaba sorprendida era Angela, que levantó la vista, le dedicó a Downton una cálida sonrisa y luego señaló con la cabeza hacia una mesa lateral.

—Ah, Greg, justo a tiempo. Estoy a punto de dividirlos en grupos. Tú dirigirás el grupo dos. Los niños soltaron risitas al oír el nombre de pila de Downton. Angela, sin inmutarse, hizo un gesto hacia Jennifer y Tom. — Vosotros dos os encargaréis del grupo tres, ya que tenéis menos experiencia.

—¿Menos experiencia?

Mientras Downton se dirigía a su mesa asignada, Angela se inclinó y susurró: —Greg es un habitual de una clase de cocina nocturna que doy. Es mi mejor alumno.

—¿Quieres decir...?

Angela arqueó las cejas e inclinó la cabeza. —No pensarías que lo había ligado en una discoteca, ¿verdad? Aunque... sí que sabía que estaría allí.

Jennifer hizo una mueca. —Hay tantas cosas que preferiría no haber oído ahora mismo —dijo, mientras Angela estallaba en una risa melodiosa.

—Ja, te ha tocado con el Papa —le dijo uno de los niños a otro, un poco demasiado alto.

—Ya, pero al menos no estoy con la seño y su novio.

Jennifer se estremeció. —Y ahí va otra.

Tom, que se había agachado para recoger una cuchara de servir que se había caído, sonrió. —¿Qué ha sido eso?

—Oh, nada. Cosas de niños.

Angela dio una palmada. —Muy bien a todos. Para la lección de hoy, vamos a hacer mantecados de caramelo. ¿Qué os parece?

El viento se había levantado y las ráfagas de hojas que caían eran más intensas que nunca cuando Jennifer regresaba por Sycamore Park poco después de las seis.

El sol estaba bajo, a punto de ocultarse tras el horizonte.

Los relojes no se atrasaban hasta dentro de un par de semanas (en Halloween este año), así que intentaba disfrutar de los últimos días de luz que le quedarían para caminar a casa.

Como el parque se volvía un poco inquietante al anochecer, y con el frío acechando, probablemente volvería a usar el coche para ir y volver del trabajo, y dejaría Sycamore Park para los paseos de Bonky los sábados por la mañana.

Suspiró. Hacía solo seis semanas que vivía en Brentwell y, sin embargo, sentía que había vivido toda una vida desde que dejó a Mark.

Tenía amigos, responsabilidades e incluso un posible novio, si lograba reunir el valor para aceptar una de las frecuentes invitaciones de Tom.

Se sentía parte de una red, una cuerda que, si se pulsaba, producía resonancia, dejando huella en los demás.

Durante sus años con Mark, había sido un trozo de madera a la deriva flotando justo bajo la superficie de un lago solitario, invisible para todo el mundo.

El Oak Leaf Café estaba cerrado, pues Angela había empezado a recortar su horario para el invierno que se avecinaba.

En noviembre cerraría aún más pronto, a las cuatro de la tarde; luego, de diciembre a enero, solo abriría los fines de semana y un par de mediodías por semana.

Algunos años, le había contado a Jennifer, cerraba del todo durante enero y febrero y se iba de viaje a algún lado.

Con muchos de los árboles empezando a quedar esqueléticos, todo tenía ese aire de prepararse para el invierno.

Para sorpresa de Jennifer, una luz brillaba a través de la ventana esmerilada de la puerta de la caseta de Tom. Sintió que el corazón le latía con nerviosismo mientras se acercaba y llamaba, preguntándose qué habría retenido a Tom hasta tan tarde.

—Soy yo —dijo.

—Adelante —fue la alegre respuesta de Tom.

Jennifer lo encontró encorvado sobre una mesa apoyada en una pared destartalada, con una estufa eléctrica a sus pies y un flexo inclinado sobre un papel.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó Jennifer.

—Ven a echar un vistazo a esto —dijo él—. No se me dan nada bien las palabras.

Le acercó una silla y la puso junto a la suya.

—¿Así que al final has decidido hacerlo?

A juzgar por la cantidad de intentos descartados repartidos por la mesa, Tom iba por el décimo o undécimo intento de crear un folleto escrito a mano para su próxima clase de teatro.

—En la biblioteca me han dicho que puedo usar una sala en la planta de arriba todos los jueves por la noche —dijo Tom—. He decidido que sea gratuito, pero que cada asistente haga un donativo anónimo para el mantenimiento de Sycamore Park. Frunció el ceño, mordisqueando un poco la punta del lápiz.

—¡Eh, no hagas eso! —Jennifer sonrió y le dio una palmadita en la mano—. Pareces uno de mis alumnos.

—Dispense, maestra —dijo Tom—. En serio, las palabras no son lo mío. ¿Puedes decirme cómo hacer que esto resulte atractivo? «Clase de teatro los jueves a las seis en la biblioteca» no es que diga mucho.

Jennifer recogió un par de borradores. —Tienes algunos comienzos buenos —dijo—. ¿No tienes ordenador o algo así para no desperdiciar tantos árboles?

Tom arqueó una ceja. —Prefiero el toque personal —dijo—. ¿Qué necesitarías leer tú para apuntarte a esta clase?

Jennifer no pudo evitar sentir una pequeña emoción ante la seriedad de su petición. No recordaba que Mark le hubiera pedido nunca su opinión sobre nada. Ni una sola vez.

—Bueno, necesitas un gancho y algo sobre ti para atraer a la gente — dijo ella—. ¿Qué tal «Paga por ese coche», clases de teatro con el antiguo actor de EastEnders Tom Reynolds?

—Salí en tres episodios y ni siquiera tenía un personaje con nombre.

—Eso no tienen por qué saberlo hasta que crucen la puerta. Luego puedes encandilarlos con tu ingenio teatral.

—Pero ¿no es eso un poco engañoso?

Jennifer puso los ojos en blanco. —¿Qué tal «antiguo actor de EastEnders» entonces?

—Eso debería funcionar. ¿Crees que es justo pedir donativos?

—Por supuesto que lo es. Van a recibir una clase de teatro de la mano de un profesional, ¿no? Y no es que les estés pidiendo los ahorros de su vida. Solo una libra o dos de vez en cuando para ayudar al parque.

—Es probable que el presupuesto del ayuntamiento para los próximos dos años se esfume reparando el patio —dijo Tom—. Necesito vallas nuevas para el límite oeste del estanque de los patos, donde la orilla del río baja con demasiada pendiente.

Jennifer sonrió. —Seguro que lo entenderían.

Tom frunció el ceño. Hizo ademán de morder el lápiz otra vez antes de retirarlo en el último momento. —Si alguien me da el texto, puedo darle vida —dijo Tom, sacudiendo la cabeza—. Pero dar con las palabras... soy un negado.

Jennifer le dio una palmadita en el hombro. —Estás haciendo un gran trabajo. No te rindas. Por cierto, ¿has comido ya?

Tom levantó la vista. —No... todavía no. Esto, no me estarás invitando a salir, ¿verdad?

Jennifer sintió un sofoco. —Bueno, te estoy invitando a salir de esta habitación —dijo—. ¡A menos que tengas un alijo de comida escondido!

—Uno de tus alumnos se ha dejado olvidada la fiambrera esta tarde — contó Tom—. Pero me temo que ya se la he dado a Angela para que se la entregue a Greg en la clase de cocina de esta noche. Sonrió. —Eché un vistazo dentro, pero aparte de una manzana a medio comer, no había mucho que salvar.

—¿Así que supongo que toca comida para llevar?

—¿En tu casa? Imagino que al gato le gustará verme. ¿Ya has paseado a Bonky?

Jennifer hizo una mueca. —Todavía no. Estará subiéndose por las paredes a estas alturas.

—Bueno, encarguémonos de eso y luego veremos qué encontramos.

—Me parece bien.

—Puedo terminar esto mañana. Ah, una cosa más.

—¿Qué pasa?

—Yo, esto, no tengo teléfono. ¿Hay alguna posibilidad de que pueda poner tu número?

—¿Es probable que me bombardeen con seudoaudiciones por teléfono?

—Es posible. La gente del teatro puede ser un poco excéntrica.

Jennifer sonrió ampliamente. —Te diré una cosa. Te dejaré usar mi número si me ayudas con mis frases para la obra de teatro de los profesores. Solo tengo cinco, pero aun así quiero que suenen bien.

—Eso es más de lo que yo tuve en EastEnders. Tom sonrió. —Claro. ¿De qué haces?

—Soy un conejo juglar parlante que instruye a un príncipe descarriado sobre la mejor manera de vivir su vida. Se llevó las manos a la cabeza para imitar unas orejas de conejo. —«¿Por qué me has pisado la cola? Puede que sea esponjosa, pero no es una nube de azúcar».

—¿Eso es lo que tienes que decir? ¿En serio?

Jennifer se encogió de hombros. —Algo por el estilo.

Tom se rió y dio unos golpecitos en el papel. —Deberías apuntarte a mi escuela de teatro. Podrías ser mi primera alumna.

—Claro, ¿por qué no? Será divertido.

—Genial. Tom soltó un largo suspiro y luego sonrió. —Muchísimas gracias por ayudarme. De verdad, no habría podido hacer esto sin ti.

Jennifer sonrió por fuera, pero por dentro, una sensación cálida se extendía por su cuerpo, a pesar de que la estufa estaba demasiado baja como para ahuyentar el frío por completo.

—Ha sido un placer —dijo ella.