27 Victorias y derrotas
Victorias y derrotas
Victorias y derrotas
Aunque el pronóstico para el fin de semana era de tiempo agradable, el lunes antes de la fiesta de la cosecha el viento se había levantado mientras Jennifer atravesaba Sycamore Park de camino al trabajo; ráfagas de hojas se arremolinaban a su alrededor mientras ella se aferraba a su bolso con todas sus fuerzas.
Para su sorpresa, al llegar al extremo sur del parque, se encontró a Angela junto a un radiante Pete Markham en el borde del patio de Big Gerry, mientras un grupo de trabajadores municipales deambulaba con cintas métricas y palas.
—¡Buenos días! —exclamó Jennifer, aunque estaba segura de que el viento se llevaba su voz. En su lugar, agitó la mano, y Angela, envuelta en una gruesa trenca, levantó la vista y la saludó.
—¿A que es emocionante? —dijo ella cuando Jennifer llegó a su altura.
—Es lunes por la mañana —dijo Jennifer—. Se supone que ninguno de los dos trabaja hoy, así que ¿por qué no estáis todavía en casa, en la cama? ¡Hace un frío que pela! —Se giró para mirar a los trabajadores del ayuntamiento—. ¿Qué están haciendo?
—Están empezando a colocar de nuevo las piedras del patio —dijo Pete, con una amplia sonrisa en el rostro—.
Quieren tenerlo terminado a tiempo para la fiesta de la cosecha de tu colegio este fin de semana—.
Sostuvo una carpeta con pinza para mostrar un diseño complicado de un árbol con sus ramas extendidas.
Así es como quedará al final. Todo con piedras y colores naturales.
—¡Oh, vaya, es precioso! ¿Van a hacer todo eso para este fin de semana?
Pete negó con la cabeza. —Lamentablemente, no. Por ahora solo lo están nivelando. El diseño completo llevará un par de meses, pero debería estar listo para Navidad. Se le va a dar a Big Gerry el tratamiento completo de iluminación este año, según los planes revisados.
Angela negaba con la cabeza. —¿Quién se habría imaginado que Regina Clover resultaría tener un corazón tan bondadoso? Carece de todo sentido.
Jennifer sonrió. —Bueno, son noticias fantásticas para ambos. Mientras nadie se envenene con los pasteles de mi clase, todo irá bien.
Angela arqueó una ceja. —¿Cómo podría pasar algo así con una profesora tan buena como yo?
Jennifer sonrió. —Mis pequeños lobos zombis están deseando que llegue el momento —dijo—. En fin, será mejor que me vaya a trabajar. Que tengáis un día estupendo los dos.
Se marchó a toda prisa con paso ligero, pero al llegar a las puertas del colegio, sus pies empezaron a sentirse algo más pesados.
Greg Downton estaba de pie en las escaleras de la entrada principal y, cuando sus miradas se cruzaron, le hizo una seña para que se acercara.
Sin sonreír, le pidió que lo acompañara a su despacho.
—Me temo que hay noticias buenas y malas —dijo él, sentándose tras su escritorio, muy serio, dejando a Jennifer de pie con el corazón tronando en el pecho.
—¿La madre de Matthew...?
Downton esbozó una sonrisa sombría. —Se pondrá perfectamente bien.
Acaban de llamarme del hospital. Está despierta, consciente y fuera de peligro.
Se quedará ingresada un par de semanas, así que por desgracia se va a perder la fiesta de la cosecha, pero se recuperará.
¿Quizás podría pedirle a esos demonios suyos que le preparen una bolsa con comida o algo así?
Y ya puede decirle a ese futuro criminal que puso al mando que puede recoger firmas para su excusa barata de tarjeta de felicitación.
—Su sonrisa se ensanchó apenas un poco—.
Y no olvide decirle que me la traiga para que yo pueda añadir mi propia huella al conjunto.
Se va a poner bien, Jennifer. Perfectamente bien.
Jennifer no pudo evitar apretar el puño con un gesto de victoria. Si Downton hubiera estado de pie, tal vez lo habría abrazado, pero en su lugar se limitó a dar un par de saltitos de alegría.
—Eso es fantástico —dijo por fin—. Me alegro mucho por Matthew. Hum... ¿ha dicho que había noticias malas?
Downton suspiró y se frotó la cabeza. —Me siento como si me hubiera pasado un camión por encima. ¿Cuántas veces me rellenó el dichoso vino, Stevens? Solo recuerdo haber tomado un par de copas.
—¿Quizás se está haciendo viejo, señor?
Downton gimió. —Solo tengo cincuenta y nueve —masculló—. Vamos, lárguese de aquí, Stevens. Le toca vigilar el autobús, y esos transportes de demonios están al caer.
Rick estaba de pie al borde del aparcamiento, con las manos en los bolsillos y un gorro de lana calado hasta las cejas. Cuando Jennifer llegó a su altura, él resopló por el frío.
—¿Por qué sonríes? ¿Te alegras de verme?
Jennifer se rió. —Claro que no. Es que acabo de recibir buenas noticias.
—Vaya, qué suerte tienen algunos. Yo, por alguna razón, no he conseguido ligar nada este fin de semana.
—Qué tragedia. ¿Las solteras de oro de Brentwell se han librado de nuevo por los pelos?
Rick negó con la cabeza. —Qué va. Un colega y yo fuimos de discotecas por Londres. Sinceramente, era como pescar en un barril. Tenía a cinco o seis haciendo cola, pero mi colega quería volverse a casa.
—Qué lástima.
Jennifer se rió para sus adentros mientras el primero de los autobuses llegaba y empezaba a maniobrar marcha atrás en las plazas de aparcamiento. Otros niños entraban por las puertas del colegio, con las mochilas al hombro y las manos en los bolsillos.
—Vaya, mira a ese payaso —dijo Rick, señalando con la cabeza a un niño pequeño que acababa de cruzar la entrada—. Lleva un gorro del Argyle. Es como si se pusiera un cartel en la frente que dijera: «Dadme una patada, por favor».
—No seas malo —dijo Jennifer, dándole un codazo en las costillas.
—Y no sé por qué se le ve tan contento. Perdieron siete a uno.
—Rick, déjalo ya —dijo Jennifer—. Sé que todo es puro teatro. En el fondo eres un buen tipo.
—Uy, vete por ahí.
—Eres el cuidador de tu madre discapacitada, Eric —le soltó ella—. Te vi en el supermercado.
Rick se giró para fulminarla con la mirada. —No se lo digas a nadie — dijo—. Y deja de llamarme «Eric».
—¿Qué tiene de malo?
—Es nombre de perdedor.
—Muchísima gente famosa y guay se llama Eric.
—Dime uno.
—Bueno... ¡ah, buenos días, Matthew!
—Buenos días, señorita —dijo Matthew Bridges, subiéndose un poco el flamante gorro del Plymouth Argyle por encima de los ojos.
—Es un gorro muy bonito —dijo Jennifer.
—Me lo compró el padre de Gav —dijo Matthew, radiante—.
Perdimos, pero fue un partidazo. Ese tiro libre que nos puso uno a cero por delante...
—Lanzó una patada al aire—. ¡Poum! —Volvió a sonreír—.
Gav ha dicho que va a venir a casa para darme unos consejos.
Cree que podría valer para jugar de extremo si aprendo a centrar.
—¿Gav? —Jennifer arqueó una ceja—. ¿Ahora sois amigos vosotros dos?
Matthew puso una mueca. —No somos amigos, señorita. Solo las niñas hacen migas. Somos colegas. Mi padre ha dicho que Gav puede venir a pescar con nosotros el domingo, después de la fiesta.
—Eso suena genial. ¿Cómo está tu madre?
Matthew asintió. —Está muy bien. Hemos pasado a verla temprano esta mañana antes del cole.
Le ha dado a papá una receta de pastel para que lo haga para la fiesta, ya que ella seguirá en el hospital.
—Matthew soltó una risita—. Pero me da que se le va a quemar.
Si no sabe ni distinguir el azúcar de la sal.
—¡Eh, Matt! —llegó de pronto un grito desde el otro lado del patio—. ¡Ven aquí! ¡Nos falta uno para el fútbol cinco!
—¡Ya voy, Gav!
Matthew dejó caer su mochila a los pies de Jennifer y salió corriendo a unirse al juego. Jennifer lo observó unos segundos, luego se encogió de hombros y se agachó a recoger la mochila.
—Perderían cualquier cosa que no tuvieran pegada al cuerpo —le dijo a Rick, que se limitó a resoplar y a cambiar el peso de un pie a otro, tiritando por el frío matutino.
—Entonces, ¿qué somos, colegas o amigos? —dijo él, lanzándole una mirada de reojo.
—Somos compañeros de trabajo —dijo Jennifer con una sonrisa—. Pero si eres lo bastante valiente para acompañarnos a Amy y a mí a un partido del Argyle en casa dentro de un par de semanas, te ascenderé a amigo.
Rick puso una mueca. —Compañeros entonces. No me pillarán muerto en un partido del Argyle.
—¿Ni siquiera por las chicas del Argyle?
Rick se la quedó mirando un momento, luego metió la mano en el bolsillo y sacó una pequeña agenda encuadernada en cuero. —A ver, ¿qué día decías que era?