Otoño en Sycamore Park (Los cálidos días de otoño 1) 26 Pícnics y mosaicos #2
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26 Pícnics y mosaicos #2

Downton sonrió. —Me encantaría estar de acuerdo contigo, pero entonces no sería un buen director, ¿verdad?

Si los niños descubren que soy un dragón que no puede echar fuego, habría anarquía.

Cuento plenamente con que el festival de la cosecha de la semana que viene se convierta en un apocalipsis zombi.

Angela le dio palmaditas en el brazo—. Me aseguraré de poner un menú vegetariano ese día —dijo—. Eso debería mantener a los lobos zombis alejados de la puerta.

—Buena idea.

Tom se puso en pie, frunciendo el ceño en dirección al patio—. ¿Qué está pasando allí abajo? —dijo—. Acaba de aparecer una furgoneta del ayuntamiento. Esperad, voy a echar un vistazo.

—Voy contigo —dijo Angela. Luego, volviéndose hacia Jennifer y Downton, añadió—: ¿No podríais ser unos cielos y recoger las sobras? Está empezando a refrescar y creo que sería buena idea trasladar la fiesta a la cafetería.

Mientras Tom y Angela bajaban la colina, Jennifer se volvió hacia Downton.

—Así que, esto, eh, bueno... ¿tú y Angela sois... un, esto...?

—Dígalo ya, Srta. Stevens —le espetó Downton, mirándola con severidad, antes de estallar de pronto en carcajadas—. ¿Te preguntas si tu amiga y yo somos pareja?

—Bueno, ¿sí?

Downton suspiró. —Probablemente sea mejor que le preguntes a ella sobre eso. Disfrutamos de la compañía del otro. Ambos estamos separados y a ambos se nos están echando los años encima. Y ella es encantadora, ¿verdad? Como un soplo de aire fresco en una habitación vieja y lúgubre.

—Supongo que esa es una forma de decirlo.

—Y uno nunca sabe cuándo se le va a acabar el tiempo, ¿verdad? Más vale vivir un poco antes de morir.

Jennifer hizo una mueca. —Hablando de eso... supongo que no habrá oído nada de la madre de Matthew Bridges, ¿verdad?

Downton suspiró. —He llamado al hospital esta mañana, pero no han podido decirme gran cosa. Ha superado la operación, pero aún estaba sedada cuando llamé. El médico me dijo que sabrían más tarde, hoy mismo, si es probable que salga adelante o no.

—Pobre Matthew. No puedo imaginar por lo que está pasando.

—Nunca sabes realmente lo importante que es alguien hasta que se va, ¿verdad?

Jennifer negó con la cabeza.

—Cometí ese error con mi Debbie. Me dejó por un pastelero.

Dijo que yo era aburrido, que mi personalidad era tan gris como mi ropa.

Yo solo vestía así porque pensaba que era lo apropiado para el trabajo.

Si hubiera sabido que quería que vistiera como una fresa, me habría buscado un trabajo de bombero. ¿Crees que soy aburrido, Stevens?

Temiendo que Downton hubiera sido demasiado generoso al rellenar su propia copa de vino, Jennifer solo se encogió de hombros con la esperanza de que eso cubriera todas las posibilidades. Miró colina abajo hacia Tom, esperando cruzar su mirada.

—Quiero decir, después de que me dejara, revisé mi armario y descubrí que todo lo que poseía ocupaba el mismo espectro en la escala de colores, desde el gris claro hasta el negro.

Fue aleccionador. Así que salí y me compré una camisa de color amarillo limón.

Me prometí que nunca volvería a vestir como una vieja agenda Filofax.

Excepto en el trabajo, cuando se espera que lo haga, pero fuera del trabajo todo serían verdes y azules y naranjas. ¿Entiendes mi punto de vista, Stevens?

Ayúdame, articuló Jennifer en dirección a Tom y, quizá a través de algún vínculo psíquico que no se había dado cuenta de que existía, él se dio la vuelta y empezó a subir de nuevo la colina.

Para su sorpresa, tanto Tom como Angela sonreían. Al llegar al lugar del pícnic, donde ni Jennifer ni Downton habían empezado siquiera a recoger nada, Angela dio un pequeño brinco, se agachó y cogió las manos de Downton, ayudándolo a ponerse en pie.

—Parece que el Gran Gerry tiene un indulto —dijo ella, haciéndolo girar en un círculo que casi lo manda de bruces contra las rocas—, y mejor aún: han cancelado los planes para la planta de tratamiento de aguas.

Jennifer miró a Tom y parpadeó. —¿De verdad?

Tom se sentó a su lado. —De verdad. Parece que he vendido mi alma a Regina Clover a cambio de que el Gran Gerry siga sobreviviendo.

—Estoy segura de que, si el Gran Gerry pudiera hablar, te daría las gracias con una gran y profunda voz de árbol —dijo Jennifer.

Tom sonrió—. Ha sido gracias a ti —dijo—.

Si no hubieras detectado el punto débil, nunca habríamos derrotado al jefe final de fase.

—Su sonrisa se desvaneció—. En serio, has marcado la diferencia, Jennifer.

Puede que solo lleves viviendo aquí un par de meses, pero ese árbol ha estado ahí siempre.

Aunque puede que no quede nadie vivo —al menos espero que no— que recuerde cuándo se plantó, hay muchos que lo recuerdan siendo un poco más pequeño.

Este parque significa mucho para mucha gente, y tú has ayudado a protegerlo.

Jennifer se secó una lágrima. —Gracias por decir eso, aunque sea un poco melodramático.

Tom se inclinó hacia delante—. ¿Puedo ser un poquito más melodramático antes de volver a convertirme en el duro y viejo jardinero?

—Hum, claro.

—¿Qué tal si tú y yo salimos en una cita de verdad esta noche? En un restaurante, o algo así.

Jennifer abrió la boca para responder, pero antes de que pudiera decir nada, Downton dio un respingo, agitándose una mano en la espalda.

—¡Ay! Creo que me acaba de picar una abeja. ¿No se supone que deberían estar hibernando ya?

—Oh, Greg —dijo Angela, negando con la cabeza mientras volvía a meter la comida que no se habían comido en su cesta de pícnic—. No seas tan exagerado. Probablemente haya sido solo una hormiga.