Otoño en Sycamore Park (Los cálidos días de otoño 1) 20 Recuerdos y rees
65%

20 Recuerdos y rees

Recuerdos y reuniones

Recuerdos y reuniones

Después de despedirse de Tom, Jennifer llevó a Bonky a casa, pasó una hora viendo la televisión mientras acariciaba a James y luego dio una limpieza rápida al piso antes de volver a salir.

Pasó por la cafetería para ver si Angela quería acompañarla, pero Angela, con un aspecto algo desmejorado, estaba ocupada con un grupo grande de ancianos que se habían detenido para hacer fotos al cambio de color de las hojas.

—Le daré caña de tu parte —dijo Jennifer—. Por cierto, no te habrás ligado al director de mi colegio, ¿verdad?

Angela se rió y luego se frotó la cabeza. —Lo que pasa en la pista de baile se queda en la pista de baile —dijo, guiñándole un ojo a Jennifer—. Aunque si entierras a Regina lo bastante rápido y vuelves para echarme una mano, puede que te cuente mis secretos.

—Veré qué puedo hacer.

Un par de docenas de personas se habían reunido para la sesión informativa sobre la propuesta.

Regina, con un aspecto siniestro con un impecable traje de chaqueta negro, dio una presentación de PowerPoint de una hora de duración, tan aburrida que un par de ancianos sentados delante de Jennifer empezaron de hecho a roncar.

Se pasó una eternidad soltando un discurso sobre tanques de descontaminación, indicadores de flujo de agua y todo tipo de terminología técnica que hizo que Jennifer deseara haber prestado un poco más de atención en clase de geografía.

Habían pasado cuarenta y cinco minutos antes de que se mencionara siquiera Sycamore Park, y entonces Regina le dio la vuelta al asunto diciendo que el rincón del Gran Gerry era inseguro, inútil e intranscendente, golpeándose la palma de la mano mientras repetía el mantra de las tres íes.

Para cuando terminó, Jennifer estaba tan aburrida que casi se sentía dispuesta a ofrecer el campo de deportes del colegio con tal de que Regina se callara de una vez. Cuando Regina preguntó «¿Alguna pregunta?», Jennifer unió su mano a un par más que se alzaron con un desinterés cansado.

—¿Reemplazará el área perdida del parque con un nuevo parque en otro lugar? —preguntó un anciano de la primera fila.

—Los estudios han demostrado que el uso de los parques ha disminuido drásticamente en la última década —dijo Regina—. Ese terreno podría aprovecharse para usos mejores.

—Ya veo…

Se alzó otra mano. —¿A usted no le gustan los árboles?

—Al contrario, tengo varios en mi jardín —respondió Regina con una fina sonrisa en los labios, para luego levantar su brazo puntiagudo y afilado hacia Jennifer.

—Soy profesora en el colegio de la localidad —dijo Jennifer—. Algunos de esos árboles tienen cientos de años. No solo planea destruir parte del parque, sino parte de la historia del pueblo. ¿Qué opina de eso?

—No se puede conservar todo solo por el hecho de que sea viejo — replicó Regina—. De lo contrario, todos viviríamos en chozas de barro y conduciríamos coches de tres ruedas.

Un par de personas se rieron ante el penoso intento de chiste de Regina. Jennifer, todavía aturdida por la presentación, no encontró fuerzas para discutir.

—Entonces, ¿hemos terminado aquí? —dijo Regina mirando a su alrededor.

Jennifer quería seguir debatiendo, pero un arrastre de sillas anunció que el resto de la audiencia estaba deseando marcharse. Se levantó obedientemente y siguió a los demás hacia la salida, sintiéndose como si acabara de salir de un castigo escolar demasiado largo.

—No hay forma de que lo aprueben —dijo Angela, dejando un plato de estofado delante de Jennifer—.

No pueden. Simplemente no pueden. Cuando vi uno de esos carteles, pensé que era una broma.

Talar al Gran Gerry ya es bastante malo, pero convertir toda la zona en una planta de tratamiento de aguas... imposible. Esa mujer se ha vuelto loca.

—¿Tú qué harías? —preguntó Jennifer.

Angela se encogió de hombros. —¿Cambiar el nombre de la cafetería a "Café Vistas a la Depuradora"?

—se volvió a encoger de hombros—. No lo sé.

Me arruinaría. ¿Quién quiere sentarse a mirar algo así?

No importa lo buena que sea la comida. Supongo que podría convertirlo en un local de comida para llevar, pero la gente no suele pedir estofados y ensaladas para llevar, ¿verdad?

—Sacudió la cabeza—. Solo nos queda esperar que el ayuntamiento no apruebe la moción.

—Mañana enviaré otra carta al colegio —dijo Jennifer—. Y crearé una petición en internet y les pediré a los padres de los alumnos que firmen. No podemos rendirnos sin luchar.

—Te meterás en problemas otra vez —dijo Angela—. ¿No te dio Greg una advertencia?

Jennifer enarcó una ceja. —Eh, ¿Greg? ¿Ahora nos tuteamos con el director de mi colegio?

Angela se echó a reír y se encogió de hombros. —Oh, se ha pasado esta mañana a desayunar. Un hombre muy agradable. No sé por qué no te cae bien.

Jennifer hizo una mueca. —No es que no me caiga bien, es que es mi jefe y tengo que detestarlo por defecto.

—Bueno, quizá deberías darle un poco de margen. ¡Ah!, y ha dicho que su favorito por ahora es Louis.

—¿Louis? ¿De qué estás hablando?

—Parece que hay un chivato en vuestra sala de profesores que lo mantiene al tanto de los últimos apodos. El que más le gusta es Louis. Como Louis Pasteur. ¿Pastor? Le ha parecido que ese era bastante ingenioso.

Jennifer soltó una risita. —Ese fue cosa de Amy. Se pondrá contentísima y aterrada al mismo tiempo.

—No creo que sepa quién se los inventa. Me ha dado la impresión de que se sentía bastante halagado de que alguien se tomara la molestia.

—Entonces, ¿vosotros dos sois... algo?

Angela soltó otra risita encantadora. —Ay, cielo, estoy demasiado ocupada para un jovencito. —Luego se inclinó hacia delante y rió, casi como una niña—. Pero, ya sabes... no voy a tener cincuenta y nueve años para siempre.

—Los tendrás.

—Oh, eso espero sinceramente.

Después de cenar, Jennifer rechazó la oferta de Angela de abrir otra botella de vino y decidió volver a casa atravesando Sycamore Park antes de que oscureciera demasiado.

Los días empezaban a acortarse, pero como la hora no cambiaba hasta final de mes, aún quedaban unas semanas para disfrutar de los atardeceres tardíos.

En lugar de cruzar por la loma de hierba del centro del parque, tomó el camino circular que iba hacia el este por el patio del Gran Gerry, donde se detuvo un rato a contemplar las ramas del árbol gigante.

¿Cuántos cambios habría visto un árbol así?

Los coches habrían sido poco más que un sueño lejano cuando el primer brote salió de la tierra y, si lo dejaban tranquilo, el Gran Gerry seguiría asomándose a este patio mucho después de que el tiempo de Jennifer hubiera terminado.

Era ridículo pensar que el ayuntamiento quisiera talar el árbol, y peor aún que Regina Clover quisiera sustituir toda la zona por una planta de tratamiento de aguas.

Un puñado de madres resistentes observaban a sus hijos que seguían correteando por el parque infantil, a pesar de que se había levantado viento, que lanzaba ráfagas de hojas sobre los columpios, y el sol se hundía hacia el horizonte.

Jennifer saludó a un par de ellas a las que reconoció porque sus hijos mayores iban a su colegio, y luego dio las buenas noches a Pete, que estaba recogiendo su puesto para cerrar.

Mientras caminaba de vuelta a su piso, sintió un nudo de calidez en el estómago, a pesar del viento, y ciertamente no se debía a la buena elección de vino de Angela.

Mark, de forma voluntaria o no, la había despojado de una identidad, de un lugar en el mundo; sin embargo, aquí, en este frondoso rinconcito de Brentwell, estaba empezando a encontrarlo de nuevo.

Y no podía permitir que Regina Clover y sus secuaces del Consejo del Condado se lo arrebataran.

Al pasar junto a la farola de Willis Lane donde había visto el anuncio de la reunión propuesta, vio que seguía pegado, aunque una de las esquinas ondeaba al viento.

Frustrada, lo arrancó de cuajo antes de que le entrara el pánico por ensuciar la calle, así que se aseguró de doblarlo y metérselo en lo más profundo del bolsillo de la chaqueta.

Después, se dirigió a casa.