Otoño en Sycamore Park (Los cálidos días de otoño 1) 19 Erizos y salsa picante
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19 Erizos y salsa picante

Erizos y salsa picante

Erizos y salsa picante

Jennifer se despertó de un sobresalto. Se dio la vuelta, recibiendo un gañido de Bonky y un maullido perezoso de James al apartar a la pareja de sus piernas.

Se frotó la cabeza; por un momento, todo tipo de pensamientos disparatados cruzaron su mente mientras intentaba recordar los acontecimientos de la noche anterior.

Definitivamente había bebido demasiado. Más de lo que había bebido en años.

¿Había ligado con Tom? No. Había sido sumamente tentador, pero recordaba claramente cómo él se despedía con la mano mientras subía por Willis Lane, después de haberlas acompañado a casa tanto a Angela como a ella.

¿Había ligado Angela con Greg Downton? De eso estaba menos segura.

A ella definitivamente no la había visto Rick, pero Greg le había lanzado una mirada larga y fija en un momento dado, como si estuviera viendo un espejismo.

Con un poco de suerte, se le habría olvidado para el lunes.

Bonky plañía porque quería salir. Poniéndose algo de ropa a toda prisa, Jennifer cogió la correa del perrito y se dirigió a Sycamore Park.

Era una mañana de octubre preciosa. El sol brillaba entre los árboles que empezaban a teñirse de naranja y rojo.

Dejando que Bonky curioseara entre los arbustos, Jennifer compró un café y un bollo de desayuno en la furgoneta de Pete y se sentó en un banco para que se le pasara la resaca.

Tras unos minutos sintiendo la brisa gélida acariciándole el rostro, empezó a sonreír.

Una arañita estaba tejiendo una red en una esquina del banco y ella le dio un suave toquecito a uno de los hilos nuevos.

La araña, molestada, corrió de vuelta al banco y se instaló en su rodilla un par de minutos antes de reanudar sus actividades.

Un mes después de mudarse a Brentwell, sentía que por fin empezaba a tejer su propia red.

Tenía nuevos amigos, tenía ambiciones y estaba acumulando rápidamente una serie de recuerdos que le mantenían la sonrisa en la cara.

Cuando recordaba su etapa con Mark, le resultaba difícil sonreír: muchísimas veces él llegaba a casa un viernes y anunciaba que se iba temprano el sábado para jugar al golf o a algún otro evento de fomento de espíritu de equipo.

Luego estaban los mensajes de voz que dejaban en el teléfono fijo y que le parecían un idioma extranjero, felicitando a Mark por algún logro que él ni siquiera había mencionado, o invitándolo a otro evento más.

Hubo aquella vez que llegó a casa con un Lexus flamante; el cómo y el porqué había comprado semejante cosa fue un misterio para Jennifer mientras ella seguía desvaneciéndose lentamente en la invisibilidad.

—Yo soy yo —dijo en voz alta—. Soy Jennifer Stevens, de Willis Lane, Brentwell, maestra en la escuela primaria de Brentwell.

—Vaya, ¿cuánto te emborrachaste ayer? —dijo una voz a su espalda, y Jennifer casi se cae del banco al dar un salto y darse la vuelta. Lo que quedaba de su café salpicó la hierba, y tuvo que atrapar torpemente el envoltorio de su bollo antes de que la brisa lo mandara rodando por el camino.

Tom, vestido con su mono de conserje, estaba gateando por el suelo detrás de una hilera de arbustos cercanos.

—Vaya, lo siento —dijo él, poniéndose de pie—. No pretendía asustarte.

Jennifer recogió sus desperdicios y se sacudió la ropa para recuperar la compostura. —¿Me estás espiando?

Tom se rió. —En absoluto. Ven a echarle un vistazo a este amiguito.

Jennifer se acuclilló junto a Tom, que había levantado una rama del arbusto más cercano y estaba mirando debajo.

—¿Le ves?

—Ah. Eso es un... ¿erizo?

La bolita de púas se movió un poco. —Le he asustado —dijo Tom—. Ya debería estar buscando un sitio donde anidar para el invierno, pero parece que llega un poco tarde. Por suerte, tengo algunas casas para erizos detrás de la caseta de allí.

—¿Unas qué?

—Te las enseñaré.

Metió la mano en el bolsillo y sacó un par de guantes gruesos de jardinería. En ese momento, Bonky se acercó curioseando.

—Rápido, no dejes que se acerque demasiado —dijo Tom. Se puso los guantes de jardinería y cogió al erizo con las manos mientras Jennifer volvía a poner a Bonky la correa—. Muy bien, por aquí —dijo Tom.

Detrás de la caseta había una hilera de lo que parecían conejeras, pero más bajas y sin forma de ver el interior. Una pequeña abertura permitía el paso, y Tom levantó la parte superior de la más cercana para mostrar un montón de paja.

—Pueden entrar y salir cuando quieran —explicó—. El túnel es demasiado estrecho para que entren zorros o tejones, así que están a salvo. Lo meteremos aquí un rato y dejaremos que husmee para ver si le gusta. Una vez que deje su rastro ahí dentro, puede que decida volver.

Dejó al pequeño erizo sobre la paja. Inmediatamente se desenrolló y empezó a olisquear. Tom sonrió mientras bajaba la tapa.

—Bien, creo que te debo un café —dijo—. Además, aún no he desayunado hoy. ¿Te apetece repetir?

Jennifer sonrió. —Me parece genial. Eh... me estaba preguntando... No intenté ligar contigo anoche, ¿verdad?

Tom se echó a reír. —Me temo que no me dedico a aprovecharme de mujeres borrachas. Me aseguré de que tanto Angela como tú entrarais sanas y salvas en vuestras casas, solas y con vuestras pertenencias e integridad intactas. Sin embargo, me sentí halagado por los intentos.

—¿Intentos... en plural?

Tom volvió a reír. —Te pusiste muy cariñosa después de tu quinto o sexto tequila. Me sorprende que hoy tengas tan buena cara.

Jennifer, agradecida de que el viento frío ocultara su rubor, se encogió de hombros. —Supongo que aún debo de ser joven.

—Ese kebab que te metiste entre pecho y espalda a la salida del Gossip Bar habría absorbido la mayor parte.

—¿Kebab?

—¿No te acuerdas? Angela y tú echasteis una carrera. Ella perdió porque se pasó con la salsa de chile. Me imagino que esta mañana se sentirá un poco dolorida.

Jennifer se estremeció. —¿Hice el ridículo?

—Para nada. Me resultaste bastante... encantadora. —Antes de que Jennifer pudiera responder, él echó a andar en dirección a la furgoneta de Pete—. Venga. Vamos a por esos cafés antes de que la cosa se ponga incómoda.

Jennifer siguió a Tom hacia la furgoneta de Pete; él miraba por encima del hombro de vez en cuando para ver si ella lo seguía. ¿De verdad había intentado ligar con él? Quizá era hora de levantar un poco el pie con la bebida.

Tom ya estaba conversando cuando ella llegó a la furgoneta. —He encontrado esto entre la maleza —dijo Tom, entregándole a Pete lo que parecía la esquina de un azulejo de baño—. No sé si te servirá...

—¿Es rojo? Sí, si encuentras más, guárdamelos.

—Hecho. Dos cafés, por favor.

—Marchando.

—¿De qué iba eso? —preguntó Jennifer mientras caminaban de vuelta hacia la caseta de Tom.

—¿El qué?

—Eso del trozo de azulejo.

—¡Ah, eso! Pete es artista en su tiempo libre. Hace mosaicos. ¿No te lo ha mencionado? El año pasado hizo una exposición en la biblioteca.

Jennifer negó con la cabeza. —No tenía ni idea.

Tom se rió. —Incluso en un sitio como este, te sorprendería lo que puedes encontrar bajo la superficie.

—¿Es que todo el mundo por aquí tiene una vida secreta?

—No es un secreto. Yo no oculto que salía en la televisión. Simplemente no presumo de ello —sonrió—. A menos que preguntes, o que me invites a demasiado alcohol.

—¿Por eso te contuviste anoche? ¿Corrías el riesgo de convertirte en John Travolta en la pista de baile?

—Me faltó aproximadamente una cerveza.

—Tendré que recordarlo para la próxima vez.

Jennifer miró de reojo a Tom y se encontró con que la observaba con una sonrisa en la cara. Apartó la vista rápidamente y él se rió.

—Y bien, ¿qué planes tienes para hoy? —dijo él.

—Voy a ir a esa reunión con Regina Clover —dijo ella—. Sobre la propuesta de la planta de tratamiento de aguas.

A Tom se le borró la sonrisa. —Ah, eso. Hoy tengo que trabajar, si no, me sentiría tentado de ir. Aunque no sé si podría soportarlo sin tirar un par de sillas. No te preocupes, no hay ninguna posibilidad de que aprueben esa moción.

—¿Estás seguro?

Tom suspiró. —Espero estarlo —dijo.