18 Semáforos
Semáforos
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—Señorita, tenemos a tres madres haciendo tarta de queso —dijo Gavin, frunciendo el ceño mientras le tendía su lista escrita a mano con garabatos—. No podemos tener tres tartas de queso.
Jennifer dejó el bolígrafo que estaba usando para corregir el examen de matemáticas de esa mañana y levantó la vista hacia Gavin.
—¿Qué crees que deberíamos hacer?
La mandíbula de Gavin se tensó. —Si le arreo a Steve Thomas, tal vez le diga a su madre que haga un bizcocho de frutas en su lugar.
Jennifer hizo una mueca. —No creo que eso ayude.
—Era broma, señorita.
—Bueno, ¿qué más podemos hacer?
El labio inferior de Gavin tembló. Lo último que Jennifer quería era hacer llorar al niño, pero si alguna vez iba a infundirle confianza, tenía que animarle a resolver los problemas por sí mismo.
—No lo sé, señorita.
—¿Qué tipo de tarta de queso te gusta a ti, Gavin?
Su expresión cambió a una de puro placer. —De fresa. Mi madre compra una en el mostrador del Tesco. Está buenísima.
—¿Y cuál es la que no te gusta?
Gavin arrugó la nariz. —La de plátano. Es asquerosa. Sabe como la de un pe...
—Vale, ya lo entiendo —dijo Jennifer, levantando una mano—. Pero puede que a algunas personas les guste; si no, no la venderían, ¿verdad?
—Ya, pero esos son unos gilipollas.
Jennifer volvió a hacer una mueca. —Pero aun así...
Gavin arqueó las cejas. —¿Entonces lo que usted cree es que podríamos pedirles que hagan diferentes tipos de tarta de queso?
Jennifer apretó el puño por debajo de la mesa. —Es una idea estupenda, Gavin. Podrías pedirles que hicieran de varios tipos, para que hasta los gilipollas tengan algo que comer.
—Señorita, usted no puede decir gilipollas.
Jennifer sonrió. —No le diré a nadie que tú lo has dicho, si tú haces lo mismo por mí. ¿Secreto?
Gavin asintió frenéticamente. —Vale. Usted mola, señorita. Es mucho mejor que la vieja Goldsmith.
La sensación de satisfacción que sintió Jennifer tenía un barniz de culpabilidad, algo así como comer demasiado chocolate bajo en grasa.
—Vaya, gracias, Gavin. Es muy amable por tu parte decir eso. Por cierto, ¿cómo van las cosas por casa?
Gavin volvió a sonreír de oreja a oreja. —Papá me lleva al partido el sábado —dijo.
—¿Ah, sí? ¿A quién vais a ver?
—Al Argyle.
—Oh, qué pena.
Gavin pareció ignorarla. —Papá nos ha apuntado a la peña. Podemos ir a todos los partidos de casa gratis y nos hacen descuento en los de fuera. Tenemos las nuevas equipaciones de la temporada y todo. Yo creo que este año ganamos la liga.
—¿El Argyle está en alguna liga?
—En la Segunda. Eso significa que solo necesitamos ascender tres veces seguidas para estar en la Premiership.
—Bueno, pues buena suerte —ella sonrió—. Me alegra que las cosas vayan bien. En fin, será mejor que te vayas a comer.
Mientras Gavin salía corriendo tras los otros niños, Jennifer soltó un suspiro de alivio.
De momento, todo iba bien. El edificio del ayuntamiento no estaba lejos del museo municipal, así que después de asistir a la reunión sobre la propuesta en el consistorio, se pasaría a ver a Marlie para decirle que Gavin parecía contento.
La reunión con los padres era el próximo miércoles, pero puede que la madre de Gavin no pudiera asistir.
Jennifer miró su reloj. Hoy le tocaba guardia en el patio, pero si era rápida, aún podría escaparse a la sala de profesores para tomarse un café rápido. Con la fiesta de cumpleaños de Angela esta noche, necesitaba toda la cafeína posible.
Angela, que llevaba una blusa de color beis tan brillante que parecía casi amarilla bajo una chaqueta de piel sintética que la hacía parecer más una elegante duquesa que la dueña de una cafetería, frunció el ceño a Jennifer y negó con la cabeza.
—No, de ninguna de las maneras. No puedes vestir de azul oscuro el día de mi cumpleaños. Espera aquí un segundo.
Entró en la cocina de la cafetería. Jennifer oyó que se abría y cerraba otra puerta.
Esperó, cambiando el peso de un pie a otro, y luego dio un sorbo a una copa de vino que Angela le había servido.
Miró el libro sobre el estilo de vida zen y la planta que Angela acababa de desenvolver, con la esperanza de que a su nueva amiga le gustaran sus regalos comprados a toda prisa.
—Aquí tienes —dijo Angela al volver. Sostenía un bonito vestido de una sola pieza—. Este debe de ser más o menos de tu talla.
—Es... esto, amarillo.
—Ámbar, querida. No amarillo.
—¿Por qué tengo que ir de amarillo?
—Ámbar. Es mi color favorito y es mi elección, así que se acabó.
—Pero...
—Es mi cumpleaños.
Jennifer reprimió un gemido. —Vale. Si es lo que quieres, me lo pondré.
Nada más cambiarse de vestido y quedarse mirando con el ceño fruncido en un espejo de pared junto a la cocina, llamaron a la puerta.
—¡Adelante! —gritó Angela.
La puerta se abrió. Apareció el rostro de Tom. Lucía una sonrisa tímida y una camisa de color amarillo limón que era tan espantosa que Jennifer se sintió mejor con su propio vestido, aunque le costaba superar la impresión por el aspecto de Tom.
—Ah, Tom, ya estás aquí —dijo Angela.
—Siento llegar un poco tarde —dijo Tom.
—¿Por qué viene él? —le susurró Jennifer a Angela mientras Tom se giraba para colgar una chaqueta en un gancho junto a la puerta—. Pensé que seríamos solo nosotras. ¿Estás intentando emparejarme?
—Necesitamos algo de músculo por si nos metemos en alguna pelea —dijo Angela con una sonrisa pícara—. Y a alguien que nos lleve a casa si nos emborrachamos demasiado.
Jennifer hizo una mueca. —Hola, Tom —dijo—. Estás... bien.
—He conseguido encontrar esta monstruosidad en el Oxfam —dijo Tom—. ¿Es lo bastante amarilla para ti, Angela?
—Con eso servirá perfectamente. Mi cumpleaños y todo el mundo vestido de mi color favorito. Perfecto. —Dio una palmada—. ¿Nos ponemos en marcha o queréis pegaros unos tequilas primero?
—Ah, mejor vamos tirando —dijo Jennifer, echando un vistazo al interior de la cafetería, preguntándose por qué, si el amarillo era el color favorito de Angela, apenas se veía rastro de él entre tanto naranja y marrón.
Angela quería ir a pie, así que se dirigieron hacia el pequeño centro de Brentwell, parando en un par de pubs por el camino para «calentar motores», como decía ella.
Angela, riendo y bromeando, era el alma de todo, pero a medida que las bebidas empezaban a surtir efecto, Jennifer se vio hablando con mayor libertad con Tom.
—Recuerdo que me reía del conserje cuando iba al colegio —dijo Tom —.
Ahí estaba ese hombre mayor que no hacía más que cortar el césped o los setos.
Venía al colegio en un Ford viejo y destartalado, y su ropa podría haber salido de cualquier tienda benéfica.
Le llamábamos Worzel Gummidge a sus espaldas.
Y luego me hago mayor y me doy cuenta de lo que es estar sentado detrás de un escritorio todo el día, vestido con un traje que me da miedo rozar o manchar de café, calentado por un calefactor, enfriado por el aire acondicionado, con alguien echándome la bronca porque se me olvidó pulsar un número en una pantalla de ordenador...
Al final lo pillé. Ese tío, ese conserje, entendía de qué iba realmente la vida.
—Lo siento —dijo Jennifer—. De verdad pensaba que eras un paleto. Soy una superficial.
—No eres superficial en absoluto —dijo Tom—. De hecho, hay pocas personas que haya conocido que tengan tanto trasfondo, tantas capas...
—¡Es hora de seguir, vosotros dos! —gritó Angela—. ¿Estáis listos para el plato fuerte?
Jennifer miró a Tom, que se encogió de hombros.
—¿A dónde vamos ahora? —preguntó Jennifer.
—Al Gossip Bar —dijo Angela.
Tom se quedó mirando. —¿En serio? ¿Al sitio ese de viejos?
Angela se rió y le dio una palmadita en el hombro a Jennifer. —¿Has traído el carné?
—¿Para qué? Tengo treinta y seis años.
—Pero pareces mucho más joven. Podrían denegarte la entrada.
—¿Por qué?
Tom hizo una mueca. —El Gossip Bar es solo para mayores de treinta. No te dejan entrar si no tienes esa edad.
—Me parece genial. Así no tendré que mirar a toda esa juventud radiante para que me recuerden mi remota juventud.
—¿Tú crees que la tuya fue hace mucho? —dijo Angela—. La reina Victoria estaba en el trono cuando yo era joven. Pero apuesto a que seguiré siendo la primera en salir a la pista.
—¿Eso es un desafío?
—Puedes apostar que sí.
—Pues vamos.
El cielo se estaba nublando y el sol estaba a punto de ponerse mientras subían por la calle principal.
Una cola de gente esperaba bajo un toldo para entrar en el Gossip Bar.
Jennifer observó asombrada. Excepto una pareja mayor que parecía igual de desconcertada, todos en la cola vestían de rojo, verde o amarillo.
Jennifer miró a Tom, que se encogió de hombros, y luego a Angela, que lucía otra sonrisa pícara.
—Eh, ¿qué está pasando? —preguntó Jennifer.
—Oh, nada especial —dijo Angela—. Solo que es la noche del semáforo, eso es todo.
—¿Cómo?
Tom se reía entre dientes. —Cielo santo, no he estado en una de estas en veinte años. Eso explica el horroroso atuendo que nos has hecho poner.
—Será divertido —dijo Angela.
—Verás, es que he vivido bajo una piedra toda mi vida —dijo Jennifer —. Iluminadme, por favor.
—Es una noche para ligar —dijo Tom—. El rojo significa que tienes pareja; el verde, que estás libre. El amarillo significa que eres un «tal vez».
—¿Un tal vez?
Tom asintió. —Potencialmente en una relación, pero dispuesto a dejarte convencer si aparece la persona adecuada.
—Tienes que vestir de amarillo, que si no te avasallan —dijo Angela.
Jennifer frunció el ceño. —¿Eres una habitual de estas cosas?
Angela se rió. —Oh, desde hace tiempo no. Pero en mi juventud era una auténtica fiestera.
Se pusieron a la cola mientras la gente iba entrando. Al llegar a la entrada, el portero sacó una mano. —¿El carné?
Jennifer sonrió. —Ah, espera...
—Me refiero a ella. —El portero miró a Angela con el ceño fruncido.
—Oh, Gary, qué bromista eres.
El portero estalló en carcajadas. —Pasen, amigos. Oh, hola Tom. ¿Haciendo de escolta esta noche?
—Solo escoltando a estas dos damas a casa —dijo Tom.
—Bueno, que lo paséis bien.
—Gracias, tío.
Entraron en el club. Una pista de baile en un rincón estaba llena de gente, la música algo más baja de lo que Jennifer recordaba de su última incursión en una discoteca, quizá para contentar al público de más edad. Pidieron bebidas en el bar y se acomodaron en una mesa en un rincón.
—Bueno, feliz cumpleaños —dijo Jennifer a Angela, y los tres brindaron.
—Creo que me voy a echar un baile —dijo Angela, levantándose de un salto y dirigiéndose a la pista antes de que los otros pudieran reaccionar.
—Es un torbellino —dijo Jennifer a Tom—. No sé cómo aguanta el ritmo.
—Es toda esa vida saludable —dijo él—. Probablemente deberíamos aprender de ella.
—¿Entonces te veo en el parque para hacer yoga al amanecer?
—Allí estaré con mis mallas puestas —dijo Tom.
Jennifer iba a responder cuando se fijó en alguien que llevaba una camiseta de un verde brillante y que se movía entre la multitud en su dirección.
—Madre mía, escóndeme —dijo, inclinándose detrás de Tom.
—¿Qué?
—Ese tío de allí, es de mi colegio.
—¿El de la camiseta verde? Es un poco joven para estar aquí, ¿no?
—Sí, es él. Por favor, que no me vea.
Rick, engreído y pavoneándose, avanzaba entre la multitud con una mueca de suficiencia.
Al acercarse, Jennifer asomó la cabeza por detrás del hombro de Tom para ver que la camiseta de Rick estaba en realidad adornada con luces verdes de Navidad que parpadeaban al caminar.
Se ocultó de nuevo cuando él estuvo más cerca, y por un momento pensó que la había visto.
Pero, al mirar hacia arriba, vio que se había detenido en la mesa de al lado, donde dos mujeres atractivas de unos treinta y tantos charlaban copa de vino en mano.
—Perdonen, señoras —dijo Rick—. El matiz de su vestimenta sugiere que podrían dejarse convencer. Me gustaría hacerles una propuesta.
—¿Este tío va en serio? —le susurró Tom a Jennifer, que seguía agazapada tras él. Él lucía una sonrisa divertida mientras observaba el movimiento de Rick con las mujeres.
—Solo no dejes que me vea —chistó Jennifer.
—A ver, el triste hecho es este —dijo Rick, mirando de una mujer a la otra mientras ambas le observaban como madres que ven a un niño actuar en una función escolar—.
Y estoy seguro de que me entenderán cuando les diga esto...
pero no puedo elegir entre las dos. Ambas me tienen igual de hechizado.
Para resolver este problema, creo que deberían jugar a piedra, papel o tijera.
La ganadora vendrá a casa conmigo, mientras que la perdedora, por desgracia, tendrá que esperar a otra ocasión.
En el desafortunado caso de que haya un empate, supongo que tendré que llevarme a las dos a casa.
Las dos mujeres se rieron. Jennifer se estremeció, temiendo por un momento que hubieran caído bajo el encanto de colegial de Rick. Entonces, una de ellas negó con la cabeza y dijo: —Lo siento, pero tengo LER.
—¿Que tienes qué?
—LER.
—¿Qué es eso?
—Lesión por esfuerzo repetitivo. Me pone en una ventaja injusta, y odiaría perderme semejante oportunidad puramente por falta de competencia.
—¿Y cómo has acabado así?
—Soy secretaria. Trabajo para el consejo escolar, pasando a ordenador los informes escolares. ¿Cuántos sobresalientes sacaste tú?
—Qué... yo...
La otra se puso la mano en la oreja. —¿No es esa tu madre llamándote?
Rick dio media vuelta, mirando hacia la pista de baile. —¿Qué? ¿Dónde?
Las dos mujeres cerraron filas, volviendo a quedar cara a cara, y Rick, tras una breve mueca de disgusto hacia ellas, se marchó para probar suerte en otra parte.
—Vaya, por poco —dijo Jennifer—. Ese es Rick. Se sienta a mi lado en el trabajo, para mi desgracia. Se cree un donjuán. Espero que Angela no llame mucho la atención. Parece que está atrayendo miradas.
Jennifer se quedó mirando. En medio de la pista de baile, Angela saltaba y bailaba al ritmo de algún oscuro tema disco de los ochenta. Cerca de ella, un hombre mayor hacía una imitación bastante lograda de una rana en una batidora. Cada vez que captaba la mirada de Angela, ella se echaba a reír.
—Esto se pone peor —dijo Jennifer—. ¿No hay algún socavón por aquí por el que pueda tirarme?
—No conocerás a ese tío, ¿verdad?
Jennifer hizo una mueca y asintió. —Sí, lo conozco. Es el director de la primaria de Brentwell, Greg Downton. Mi jefe.