14 La manifestación
La manifestación
La manifestación
—¡Salvad al Gran Gerry! —gritó Amy, agitando una bandera británica en el aire y lanzando un vítor jubiloso. Luego, volviéndose hacia Jennifer, susurró—: ¿Qué árbol era este, exactamente?
—El grande.
—¿El que está inclinado?
—Sí.
Amy frunció los labios. —La verdad es que se ve un poco torcido.
—No nos oponemos a que le den un pequeño recorte —dijo Jennifer —. Solo no queremos que lo talen por completo.
Observó al grupo que se había congregado en esa gélida mañana de sábado.
Un puñado de personas, la mayoría mayores, con gorros de lana y abrigos gruesos; todos parecían desafiantes y descontentos, excepto Pete Markham, que había instalado su furgoneta al borde del patio y estaba haciendo el agosto vendiendo hamburguesas y café caliente.
Amy, que le había echado el ojo a la furgoneta desde que llegó, ya llevaba encima dos cafés y un bocado de huevo doble, y parecía dispuesta a empezar con el almuerzo, a pesar de que el sol apenas acababa de salir.
—Si se limitaran a sostenerlo con un palo o algo así, estaría bien — dijo Amy, soplándose las manos mientras saltaba de un pie a otro.
—Esa es la esperanza, pero Angela ha dicho que costaría más que simplemente talarlo.
—A estos ayuntamientos les encanta escatimar gastos —dijo Amy—. Mucho. —Levantando una mano al aire, gritó—: ¡No recortéis gastos ni árboles!
—¡Buenos días! —exclamó la animada voz de Angela. Jennifer se giró para ver a su amiga cruzando el patio con un grueso abrigo plumífero y una banda desde el hombro hasta la cintura en la que se leía «Salvad al Gran Gerry» en grandes letras naranjas de rotulador.
—Gracias por venir —les dijo a Jennifer y Amy—. Recibirán nuestro mensaje antes de que acabe el día, de eso no hay duda.
—¿Están aquí los del ayuntamiento? —preguntó Jennifer.
—Todavía no, pero las noticias locales vendrán en media hora. Esperamos que para entonces también haya venido un poco más de gente. Para abultar las cifras.
Amy miró a Jennifer. —Es una excusa para llamar a Rick. ¿Debería hacerlo?
Jennifer se encogió de hombros. —¿No tendrá resaca?
—Probablemente, pero nunca tengo un motivo para llamarlo. Es una buena excusa, ¿verdad?
—Venga, hazlo.
Amy sacó su teléfono y buscó un número. —Lo saqué de la lista de contactos del personal. ¿Crees que eso cuenta como acoso?
—Ah... yo creo que no pasa nada.
—¿Puedes hablar tú? ¿Puedes hablar tú? —jadeó Amy, saltando de arriba abajo y tendiéndole el teléfono a Jennifer mientras, a su lado, Angela se reía.
—Hola, Rick —dijo Jennifer, tratando de reprimir un gemido mientras ponía los ojos en blanco hacia Amy—. Siento mucho molestarte, pero...
—Vaya, busca a Rick, ¿verdad? —dijo la voz de una mujer al otro lado de la línea. Jennifer se quedó muda—. Me temo que todavía está en la cama. ¿Quiere que lo despierte? ¿De parte de quién?
A Jennifer le ardieron las mejillas. La mujer sonaba cansada, como si una noche de juerga con Rick la hubiera agotado, fuera quien fuese. — Ah... soy Jennifer, de su trabajo —balbuceó—. No es nada que no pueda esperar hasta el lunes.
—Oh, de acuerdo. Le diré que ha llamado.
—Gracias.
Al otro lado colgaron, como si la implicación de Jennifer en algún tipo de pantomima hubiera sido descubierta. Le devolvió el teléfono a Amy y se secó el sudor de la palma de la mano en la camisa.
—Lo siento —dijo—. Rick está... ah... ocupado. Todavía está... en la cama.
Amy pareció desolada, pero se encogió de hombros con estoicismo. — Bueno, qué se le va a hacer. Trabaja mucho. Sus alumnos son unos demonios, ¿verdad?
Solo porque les deja hacer lo que quieran mientras él mira su perfil de Tinder por debajo del pupitre, quiso decir Jennifer, que en una ocasión se había asomado por la ventana del aula de Rick mientras volvía de una clase de Educación Física con sus niños.
En lugar de eso, se limitó a decir: —Debe de ser duro.
—¡Salvad al Gran Gerry! —gritó Amy, alzando el puño al aire; su voz fue lo bastante fuerte como para que Jennifer diera un paso atrás y casi tropezara con una baldosa levantada. Luego, volviéndose hacia Jennifer, Amy sonrió con picardía y dijo—: Hay que canalizar la energía, ¿no crees?
—Supongo. Salvad al Gran Gerry.
—¡Salvad al Gran Gerry!
Jennifer estaba a punto de intentar superar el grito de Amy cuando vio una figura familiar moviéndose entre la multitud.
Tom parecía recién salido de un cobertizo de jardinería, con una andrajosa chaqueta encerada, vaqueros y una gorra descolorida que bien podría haber sacado de un contenedor de basura.
A pesar de lo que parecía un intento evidente por vestir informal, su mera envergadura y las facciones de su rostro hicieron que a Jennifer le diera un vuelco el estómago.
Apartó la vista, esperando que él no la viera, pero demasiado tarde: sus miradas se cruzaron. Él sonrió y se acercó.
—Gracias por venir —dijo—. Hay una afluencia bastante buena.
—Parece que el árbol significa mucho para la gente —dijo Jennifer, deseando haber tenido algo de ingenio o encanto en lugar de sonar como una columna de las páginas centrales de un periódico—. Y, ah, siento lo de la otra noche.
Tom volvió a sonreír. —No te preocupes. No eran las circunstancias para un primer encuentro formal, ¿verdad? Siempre que quieras pasarte, tengo la cafetera puesta en mi cobertizo de ahí. No es mucho, pero es suficiente.
—Gracias, lo haré.
Tom pareció a punto de decir algo más, pero en lugar de eso se limitó a darle una palmadita en el antebrazo y se disculpó para mezclarse entre la multitud. Jennifer se giró cuando alguien le tiró del brazo.
—¿Quién es ese bombón? —jadeó Amy, agarrando con ambas manos los pliegues de la manga de Jennifer y agitándolos de arriba abajo como si estuviera intentando reanimar a un animal muerto—. Madre. Mía. Estoy prácticamente hiperventilando. ¿Cómo has conseguido articular palabra?
—Es Tom Reynolds —dijo Jennifer—. Es el guarda del parque.
—Y el próximo Batman, con esos pectorales —dijo Amy, haciendo que Jennifer se sintiera avergonzada—. ¿Te ha llevado ya a hacer algún entrenamiento?
—Ah... ¿qué tipo de entrenamiento?
Amy, cuya pregunta original quizá había sido bastante inocente, de repente entornó los ojos. —Oh, no me refería a... ¡ay, que sí lo habéis hecho! Jennifer... con razón pareces tan cansada en el trabajo.
—¡No! ¡Claro que no! Solo somos amigos. Apenas eso. Quiero decir, parece que vive en una caseta en el parque. No puedo...
—Probablemente sea una mazmorra del amor.
—Estaba llena de carretillas y celosías.
A Amy le brillaron los ojos. —Herramientas para el amor.
—No sé en qué mundo retorcido vives, pero vamos a coger un par de cafés más antes de que Pete se quede sin nada.
—Claro.
Se dirigieron a la furgoneta de hamburguesas.
Pete Markham las saludó y luego sonrió. —A mitad de precio para cualquiera que esté luchando por la justicia del Gran Gerry —dijo, y luego se giró y dio un golpecito a una pequeña radio de transistores que tenía detrás—.
El ayuntamiento está de camino, con equipo antidisturbios completo.
—¿En serio?
Pete sonrió de oreja a oreja. —No del todo. Pero Regina Clover ya está aquí.
—Oh, qué nombre tan bonito —dijo Amy.
Pete hizo una mueca. —Acabo de venderle un bocadillo de huevo. A precio normal, por supuesto. Podréis encontrarla siguiendo el rastro de hierba muerta, allí donde los pájaros dejan de cantar.
—¿Tan mala es?
—La trasladaron del departamento de hacienda el año pasado al de gestión medioambiental.
Supuestamente, su plan es que corten al Gran Gerry a trozos para hacer muebles caros para el tipo de gente rica que solo compraría algo de Brentwell si fuera por internet.
Por suerte, ella es solo una de los tres concejales del departamento de gestión medioambiental, así que solo tenemos que convencer a los otros dos.
—¡Aleluya por la democracia! —gritó Amy, volviendo a golpear el aire.
—Dos cafés, por favor —pidió Jennifer—. Necesitamos combustible antes de reanudar nuestra vigilia.
—Marchando.
Cogieron sus cafés y regresaron a la protesta.
Había aparecido un poco más de gente. Jennifer se alegró de ver a las gemelas Jarder con su padre, Ron; ambas niñas llevaban hojas de papel A4 con dibujos del Gran Gerry pegadas al frente de sus abrigos.
Y también estaba allí, para sorpresa de Jennifer, Gavin Gordon con Marlie a su lado.
Él llevaba un cartel de madera con «Todos los árboles importan» escrito con rotulador negro y un dibujo garabateado de un árbol debajo.
Le lanzó a Jennifer una mirada tímida antes de fulminar con la vista a las gemelas Jarder, como advirtiéndoles de que no dijeran nada en el colegio.
Aprovechando que su padre estaba de espaldas hablando con alguien conocido, Kelly Jarder se puso un dedo en la nariz y le sacó la lengua.
—Es bueno ver a los niños participando —dijo Amy—. ¿No es... ¡Madre mía! No me lo puedo creer. ¡No adivinarás nunca quién está aquí!
Antes de que Jennifer pudiera darse la vuelta, Amy le había tapado los ojos con las manos, que olían a huevo. —¿Qué haces?
—¡Adivina, adivina, adivina!
—¿Rick?
—¡No!
—¿El viejo Don Jones?
—¡No!
—¿Michael Jackson?
—¡No, no, no! ¡Mira!
Retiró las manos y señaló. Jennifer se quedó mirando. Michael Jackson habría sido una sorpresa menor. Cruzando las puertas a grandes zancadas, con una bufanda anudada al cuello y un gorro de lana calado hasta las cejas, venía Greg Downton.
—Bueno, quizá ha venido a ofrecerle al Gran Gerry un poco de intervención divina —dijo Amy—. Oh, Dios, qué bueno ha sido ese. ¡Y hala, allá voy otra vez!
Downton las vio, les hizo un gesto seco con la cabeza y se acercó. — Así que a esto dedicáis vuestro tiempo libre, ¿eh? Tendré que hacer más campaña a favor de las clases de fin de semana.
—¿Ha venido a apoyar al Gran Gerry, Greg?
Downton se encogió de hombros. —Que lo talen por lo que a mí me importa. Solo quería ver dónde se va a celebrar el festival. Vengo aquí y esto es un caos. Hay tantos abrazadores de árboles que me sorprende que la cosa esa no se caiga.
—Realmente no puedes abrazar un árbol tan grande, ¿verdad? —dijo Amy—. Quiero decir, tus manos no llegan a tocarse.
—¿Esa es la definición de abrazo? —preguntó Jennifer—. ¿Tus manos tienen que tocarse por el otro lado?
—Por supuesto que sí. Si no, es solo arrimarse. Así que, técnicamente, seríamos "arrimadoras de árboles".
—Estáis fatal de la cabeza —dijo Downton—. Supongo que es lo que pasa por estar fuera con este frío. Se os congela el cerebro.
Angela se abrió paso entre la multitud y le dio una palmadita a Jennifer en el hombro. Les dedicó una sonrisa rápida a Greg y Amy y luego dijo: —Regina va a hablar a la multitud. Esto debería ser interesante.
Cerca del Gran Gerry, Tom había preparado un pequeño micrófono y un amplificador.
Ayudó a Regina Clover a subirse a un banco justo delante del tronco del gran árbol.
Regina, una mujer que parecía haber pasado de largo la edad de jubilación y estar bastante enfadada por ello además, se quejó de la inestabilidad del banco antes de darse cuenta de que el micrófono ya estaba encendido.
Luego, tras toser un poco, miró al público.
—Gracias por venir —dijo—. Se agradece mucho que hayáis aparecido todos, pero lo que es más importante es cuántos residentes de Brentwell no han aparecido. La mayoría, de hecho.
—¡Tienen que trabajar para pagar los impuestos! —gritó alguien.
—Puedo ver cuánto amáis los pocos que estáis aquí a este viejo trozo de madera a punto de colapsar —continuó Regina—, pero desafortunadamente los tiempos cambian.
Aunque se someterá a votación, porque esto es, por supuesto...
—soltó un largo suspiro—... una democracia, no esperéis ver este árbol cuando llegue la primavera — y lanzó una pequeña risotada mientras la gente la abucheaba.
—¡Bonito abrigo de piel, Cruella! —gritó otra persona.
—Mirad el lado bueno, literalmente —prosiguió Regina—. Tendréis mucha más luz solar una vez que esta monstruosidad haya desaparecido.
Mientras más gente abucheaba y silbaba, ella bajó del banco, miró con desprecio a la multitud y se marchó en dirección a la entrada norte.
Angela hizo una mueca. —Corta y agria, como siempre —dijo.
—¡Como una galleta de limón! —exclamó Amy.
Tom se acercó mientras las primeras personas empezaban a dispersarse. —Bueno, ha sido interesante —dijo—. Parece que su decisión es firme. Tendremos que esforzarnos más para convencer a los otros dos.
—Y así cayó Roma —dijo Downton, volviéndose hacia Jennifer y Amy —. Os veo a las dos el lunes. No dejéis que vuestro activismo se interponga en vuestra enseñanza. Si veo cualquier pintura de camuflaje o pegatinas en el coche, vendréis a mi oficina para que os lea la cartilla.
Mientras él se alejaba entre la multitud, Angela dio unas palmadas. — ¿Quién se apunta a un trozo de pastel de arce y manzana y a un consejo de guerra en la cafetería?
—¡Yo, yo, yo! —gritó Amy.
Jennifer miró a Tom, que sonrió y se encogió de hombros.
—Vamos, pues —dijo Jennifer justo cuando las primeras gotas de lluvia empezaban a caer.