11 Elecciones indirectas
Elecciones indirectas
Elecciones indirectas
—¿Así que crees que puedes ponerte a colorear y pasar de mí? Como sigas así te vas a llevar un buen golpe en el brazo...
Gavin Gordon estaba de pie junto a la mesa de Matthew Bridges con un puño cerrado en alto, mientras el menudo niño tapaba con las manos un dibujo a medio colorear de un legionario romano.
Al detectar la situación antes de que pasara a mayores, Jennifer dejó a las gemelas Jarder terminando su póster sobre el Antiguo Egipto y se interpuso rápidamente entre los dos chicos.
—No, Matthew no quiere que le pegues en el brazo —dijo ella, agachándose para ponerse a la altura de los ojos de Gavin.
El chico, corpulento y un poco pasado de peso, tenía una expresión hosca y los ojos algo legañosos; no parecía falto de inteligencia, pero estaba dominado por una necesidad imperiosa de recurrir a la violencia.
—Gavin, ¿puedo hablar contigo un momento fuera? —preguntó Jennifer.
—Yo no he hecho nada —protestó Gavin—. Solo estaba diciendo.
—Ven conmigo.
Con la cabeza gacha, Gavin siguió a Jennifer al pasillo, esperando sin duda otra reprimenda más. Después de haber tenido que dejarlo castigado a la hora del almuerzo dos días seguidos la semana pasada, Jennifer se sentía satisfecha de tener algo distinto que decirle hoy.
—Gavin... tengo que preguntarte algo importante.
—Yo no le he pegado.
—Ya sé que no lo has hecho. Te estaba mirando. No se trata de eso. Se trata del festival de la cosecha.
Gavin se limitó a asintir y a mirar con aire sombrío al suelo, quizás esperando que le dijeran que iba a ser excluido.
Ella sabía cuánto le dolería eso, ya que, a pesar de sus fanfarronadas y sus constantes amenazas de violencia contra otros niños, el póster que había hecho para la exposición de la pared de clase era tan bueno como cualquier otro.
Aunque, para ser justos, había tenido un par de ratos extra durante el almuerzo para trabajar en él, recordó Jennifer con una sonrisa.
—Nuestra clase está a cargo del puesto de pasteles este año —dijo ella, mientras Gavin la miraba con gesto desafiante, listo para protestar ante cualquier intento de exclusión—.
Y... necesitamos un gestor. Alguien que coordine a todos los demás alumnos.
El gestor debe asegurarse de que todas las familias que puedan hacerlo —ya hablaremos de eso— traigan un pastel, y luego decidir los precios, organizar quién va a trabajar detrás del mostrador, ese tipo de cosas.
Gavin siguió mirándola, sin terminar de comprender.
—Y he decidido que este año tú serás el gestor.
Los ojos de Gavin se abrieron de par en par. —¿Yo?
—Sí, tú. Tú, Gavin.
—¿Pero qué pasa con Bridges, o con el empollón de Vickers? Él siempre hace estas cosas.
—Tengo muchas otras tareas que asignar. Pero para esta tarea, te he elegido a ti.
—No me lo creo.
—¿Estás contento?
Gavin se limitó a encogerse de hombros.
—Me temo que eso significará que tendrás que sentarte conmigo unos minutos algunos días a la hora del almuerzo para repasar los planes, pero solo serán unos minutos, y no es un castigo. Es simplemente que los gestores tienen ciertas obligaciones.
—¿Y puedo elegir a mis trabajadores? Seguro que Lemon lo haría...
—Dentro de lo razonable. Creo que Paul Lemon encajaría mejor en la gestión del aparcamiento. Pero podemos discutirlo. Entonces... ¿qué me dices?
Gavin le dedicó una sonrisa radiante y, por el tono de su voz, Jennifer pudo notar que estaba feliz. —Vale. Venga, acepto.
—Has perdido el juicio.
Rick estaba de pie junto a la cafetera, con una taza en la mano de la que asomaba un filtro individual de Starbucks.
La forma en que bebía el café con el filtro todavía en la taza irritaba profundamente a Jennifer, hasta el punto de que esperaba que algún día el filtro se saliera mientras bebía y se le volcara todo por la camisa.
—Creo que ha sido inspirador —dijo Amy desde su escritorio, donde estaba alineando gomas de borrar contra una regla para luego cortarles los bordes sucios con un cúter. —Podría ser justo lo que ese chico necesita.
—Bueno, pues vete despidiendo de que tu clase gane el premio al mejor puesto —dijo Rick—.
Como dejes que ese idiota de Gordon esté al mando, habrá suerte si alguno de los pasteles llega siquiera al puesto.
Los estará vendiendo a la puerta de los recreativos de la calle principal para sacar dinero para sus vaperes.
—Estoy bastante segura de que no vapea —dijo Jennifer.
—Dale tiempo.
—Espero que el extra de responsabilidad le sirva para madurar —dijo Jennifer—. Desde que su padre se marchó, no ha tenido nada en lo que centrar su frustración.
Rick tomó un sorbo de café y luego tiró el filtro usado directamente a la papelera, manchando de café los laterales de plástico. —Bueno, será mejor que deje de parlotear con vosotras dos. Mi clase tiene gimnasia ahora.
—¡Buena suerte! —dijo Amy con una risita que resultó un poco demasiado aguda para sonar natural.
—Venid con nosotros si os apetece dar un par de vueltas extra —dijo él—. No vais a quemar el desayuno viendo DVDs sobre la fauna salvaje.
—En realidad, vamos a dar un paseo por la naturaleza —dijo Amy—. Bajaremos hasta Sycamore Park y volveremos.
—Pues tened cuidado con los cazadores —dijo Rick con una sonrisa burlona, antes de dejar la taza sin lavar en el fregadero y salir.
—No tengo ni idea de qué le ves —dijo Jennifer—. Los presidiarios tienen mejores modales.
Amy, que miraba con nostalgia la puerta que acababa de cerrarse tras Rick, suspiró. —Realmente no estoy muy segura de qué es —dijo—. Creo que, en el fondo, yo también le gusto un poco, porque si no le gustara, se limitaría a ignorarme, ¿verdad?
—¿Crees que se mete contigo porque le gustas en secreto?
—Jennifer se encogió de hombros—. No es imposible.
Aunque yo no me haría muchas ilusiones. Imagino que es como uno de esos mostradores de pasteles de supermercado: los pasteles se ven bien por fuera, pero por dentro están huecos y no valen nada.
—Creo que tienes problemas de confianza —dijo Amy.
—Yo...
Sonó el timbre. Jennifer se limitó a dedicarle una sonrisa a Amy y se dirigió a clase, esquivando a los niños que entraban del recreo mientras corrían por los pasillos, chocando unos con otros como coches de choque.
Para cuando llegó al aula, varios de los chicos ya estaban allí, de pie en corrillos, charlando o burlándose unos de otros, jugando a juegos de mesa o simplemente haciendo el tonto.
Jennifer estaba a punto de pedir orden cuando entró Matthew Bridges, apoyado a cada lado por las gemelas Jarder.
Tenía la cara arrugada como una toalla vieja y una pernera del pantalón subida, dejando ver un feo raspón en la rodilla.
—¡Yo no he hecho nada! —soltó Gavin Gordon, mientras otros dos chicos lo empujaban hacia el interior de la clase.
—¡Le has empujado! —le espetó Rachel Low, lanzando un manotazo hacia la cara de Gavin que Jennifer tuvo que interceptar rápidamente.
—¡Que no, que se ha tropezado!
—¡Mentira, has sido tú!
Jennifer intentó atender a un sollozante Matthew mientras dirigía al resto de los niños a sus asientos. Al final, les dijo a las gemelas Jarder que llevaran a Matthew a la enfermería del colegio, antes de poner un DVD mientras se llevaba a Gavin al pasillo.
—Muy bien —dijo ella, poniéndose en cuclillas frente a él—. No hay nadie más aquí. No me mientas, porque me daré cuenta. Fui espía.
Ante este intento de humor, hubo un leve gesto en la comisura de los labios de Gavin, pero desapareció lo suficientemente rápido como para convencer a Jennifer no solo de la culpabilidad de Gavin, sino también de su remordimiento.
—Le has empujado, ¿verdad?
Gavin asintió. —Pero no ha sido a propósito. Estábamos jugando al fútbol y se ha cruzado. Yo intentaba llegar al balón. Ni siquiera sabía que era Bridges hasta que ha empezado a chillar como una niña.
En momentos como este, Jennifer podía comprender por qué tantos profesores tenían problemas de estrés.
Cerró los ojos y respiró hondo. Sería fácil regañarle a gritos, quizás canalizando un poco de su propia frustración en una feroz bronca, pero ella estaba intentando mejorar la situación, no empujar a Gavin más allá en uno de los caminos de la vida de los que hablaba Greg Downton.
—Hablaré con él y se lo explicaré —dijo Jennifer—. Quiero que intentes ser más cuidadoso. Matthew es mucho más pequeño que tú.
—Es que ha salido rebotado.
Jennifer tuvo que reprimir ella misma una sonrisa al imaginar la escena. Gavin no era un mal chico, pero probablemente pesaba el doble que Matthew y era muy bruto. La mayoría de los niños saldrían rebotados contra él.
—Mira, ten más cuidado. No voy a castigarte ni a dejarte después de clase, pero quiero que me prometas que te esforzarás más. Espero más de mi jefe de equipo.
Los ojos de Gavin se agrandaron. —¿Entonces no va a elegir a otro?
Jennifer negó con la cabeza. —No. Te he elegido a ti y mantengo mi decisión, a menos que hagas algo realmente malo, como quemar el colegio. Por favor, no lo hagas.
El rostro de Gavin se iluminó con una amplia sonrisa. —Le pediré perdón a Matthew, lo prometo. Gracias, señorita. Gracias.
Jennifer asintió. —Por lo que más quieras, no hagas que me arrepienta de esto —dijo ella.