9 Cazando patos #2
El aire estaba gélido esta noche y las primeras hojas empezaban a caer de los árboles.
Aunque el frío le dejaba la punta de la nariz un poco entumecida, Sycamore Park tenía una majestuosa belleza otoñal, teñido de marrones y naranjas, con lluvias de hojas cayendo en cascada sobre el camino cada vez que soplaba el viento.
Tras los edificios hacia el oeste, el sol del atardecer brillaba sobre las ondas del estanque de los patos, y Jennifer guió a Bonky por el sendero hasta donde las aves correteaban de un lado a otro.
El perro parecía ansioso por perseguir a algunas, pero justo cuando Jennifer se agachaba para soltarle la correa, vislumbró a alguien entre los arbustos, agazapado.
Sintió un pánico momentáneo pensando que se trataba de algún acosador o algún tipo raro, o quizás incluso Mark que por fin la había rastreado.
El aliento se le estancó en la garganta antes de que la figura se moviera y, para su alivio, vio que estaba de espaldas, agachado en la hierba, con algún tipo de vara de metal en las manos.
Mientras observaba, frunciendo el ceño, el hombre se arrastró hacia delante y luego dio un tirón repentino, antes de caer de bruces.
Cuando el hombre soltó un gruñido de exasperación, Jennifer se incorporó para ver mejor. Era Tom, el guarda del parque, con una sacadera de pescador en las manos. Calzado con botas de agua y una parka verde bosque, parecía estar acechando a uno de los patos.
Volvió a fruncir el ceño. La única vez que se había encontrado con él la semana pasada, su aspecto la había abrumado un poco, a pesar de que el tipo de hombre que trabajaba como guarda de parque tenía que ser un poco rústico.
Seguramente era ilegal cazar patos salvajes para comer, pero eso parecía ser exactamente lo que estaba haciendo.
Aún era de día y había algunos corredores y paseadores de perros por allí.
Sintiéndose envalentonada, Jennifer se acercó y se plantó detrás de él, con Bonky jadeando sujeto a la correa.
Deseando haber traído el móvil para poder grabar a Tom en el acto, Jennifer se aclaró la garganta y dijo: —Perdona. No creo que debas estar haciendo eso.
Tom, sorprendido, dio un respingo hacia delante y volvió a caer de bruces. Mientras se revolvía, su expresión de asombro se convirtió en una de diversión. Se sacudió la ropa y se puso de pie, dedicando a Jennifer una sonrisa cálida.
—¿Crees que podrías hacerme un favor? —preguntó—. A este paso voy a estar aquí toda la noche y, si no lo pillo, lo hará algún gato.
—¿A quién?
—A aquel de allí. Francis.
—¿Francis?
—Francis Drake. El orgulloso pequeñajo de allí. Tiene un ala rota, así que no le va a ir muy bien con las chicas este otoño a menos que consiga llevarlo a un veterinario.
Jennifer frunció el ceño antes de comprender a qué se refería.
El pato macho caminaba por la orilla del estanque con un ala sobresaliendo ligeramente de su espalda, un poco doblada y fuera de su sitio.
Cuando Tom se acercaba sigilosamente, los otros patos emprendían el vuelo o se lanzaban al agua, pero Francis seguía caminando por la orilla, graznando con una regularidad irritada.
—Si pudieras atar a tu perro a aquel árbol e ir rodeando por el otro lado, sería estupendo. Llevo un rato tras él, pero se me escapa todo el tiempo.
Jennifer, preguntándose si se estaba metiendo en algún tipo de comedia extraña, hizo lo que Tom le pedía. Agachándose y abriendo los brazos, intentó dirigir al pato hacia la trayectoria de la red de Tom.
—Cuidado, que por ahí está un poco húmedo —dijo Tom, y de repente hizo una mueca cuando Jennifer lo comprobó por sí misma, pisando un parche de barro y hundiéndose casi hasta el tobillo.
Miró con horror su pie desaparecido; solo la silueta de una zapatilla en el lodo marrón demostraba que no le habían cortado el pie de cuajo.
—Vaya, demasiado tarde. Tengo una toalla en la caseta de allí, así que no te preocupes.
Jennifer hizo una mueca de disgusto. —Eh, gracias. ¿De casualidad no tendrás un zapato de repuesto?
Tom se encogió de hombros. —Puede que haya un par que me haya encontrado por aquí. Te sorprendería lo que la gente se deja olvidado. ¡Ah... te pillé!
Soltó un grito de alegría cuando la red cayó sobre el cuerpo forcejeante de Francis. Tom se acercó como un cazador profesional, calmando al ave y metiendo al animal atrapado bajo el brazo.
—Deja que lo meta en una jaula —dijo—. Luego nos ocupamos de ti.
—Creo que me estoy hundiendo.
—Eso baja mucho por ahí. Tres o cuatro pies.
Ante la mirada de horror de Jennifer, Tom se rió. —Es broma. No pasa nada. Venga, apóyate en mi hombro. Te sacaré de ahí.
Con Francis bajo un brazo, Tom le ofreció el otro a Jennifer para que se equilibrara mientras ella intentaba liberar el pie. Tuvo que girarlo un poco, pues el barro se negaba a soltarlo; entonces, con un repentino restallido viscoso, el pie se le salió del zapato, dejando el calcetín dentro.
—Ah...
—Sujeta a Francis un momento.
Jennifer cogió al pato mojado y retorciéndose —aún en la red— mientras Tom sacaba el zapato y el calcetín del barro, sosteniéndolos en alto. —Probablemente se pueda lavar, pero parecen bastante baratos, así que igual te sale mejor comprarte un par nuevo.
—¡Baratos! No lo...
Tom se encogió de hombros. —Solo es una sugerencia.
Las zapatillas le habían costado quince libras en Shoe Fayre, pero Jennifer no estaba dispuesta a admitirlo. Le quitó el trasto empapado a Tom y le pasó el pato, cuyas patas habían dejado manchas de barro en la parte delantera de su jersey.
—Gracias por la ayuda —dijo Tom, regalando a Jennifer una sonrisa que hizo que los rescoldos de enfado que estaba sintiendo se esfumaran.—Cosas del oficio, ¿verdad?