9 Cazando patos
Cazando patos
Cazando patos
Jennifer se despertó el domingo sintiéndose como una idiota.
Se había quedado tan embobada con la aparición de Tom, como una fan soliviantada, que había necesitado que Angela le repitiera la mayoría de los detalles de forma coherente.
Y Tom, aparentemente ajeno a la idolatría de Jennifer, se había limitado a encogerse de hombros y decir que consultaría con el ayuntamiento.
Tras quince minutos, durante los cuales Jennifer apenas había pronunciado diez palabras, Tom se despidió de ellas y se marchó.
Angela, con una mirada de complicidad, no dijo mucho; intercambiaron unas cuantas cortesías vagas antes de despachar a Jennifer a casa con una bolsa que contenía media tarta de nueces y un bote de estofado de ternera y calabaza.
Bonky necesitaba su paseo matutino, pero Jennifer tenía ganas de alejarse de Brentwell por un rato.
Metió al perro en el coche y condujo hacia el campo, hasta un pueblecito encantador llamado Willow River, donde caminó por un carril bici durante un rato antes de almorzar en un agradable pub rural llamado Harvest Inn.
El aire estaba fresco, el viento susurraba entre las ramas de los árboles e incluso las hojas empezaban a cambiar de color.
Comió en una mesa de picnic en la terraza del pub con vistas a un río precioso, con ramas de sauce acariciando el agua.
De camino de vuelta, pasó junto a campos de maíz ya dorado y otros con balas de heno salpicando los rastrojos de hierba recién cortada.
En pocas semanas el invierno estaría en pleno apogeo, trayendo consigo las tormentas y la lluvia que hacen que el invierno británico sea tan desagradable.
A pesar del frío, bajó la ventanilla para dejar que el viento le hiciera cosquillas en la cara y que entrara el olor a hierba fresca.
El otoño era la mejor estación, pensó. Buen tiempo, colores hermosos, pero también una estación de cambios, de nuevos comienzos.
Condujo de vuelta a casa y disfrutó de una copa de vino con la cena: lo que quedaba del estofado de calabaza de Angela y un par de pasteles que había comprado en una tienda local no muy lejos del Harvest Inn.
Su primera semana en Brentwell —la primera semana de una nueva vida— casi había terminado. Había sido interesante, por decir lo menos.
Su segunda semana en Brentwell fue una versión ligeramente diluida de la primera.
Rick intentó ligar con ella un poco menos, las excentricidades de Amy le parecieron un poco menos extrañas y su clase resultó un poco menos amenazante.
Se enteró de que otro de los apodos de Greg era Foggy; no por el famoso personaje de Last of the Summer Wine, sino por Father John Misty, el cantante estadounidense y favorito de un profesor especialmente moderno que se había marchado hacía un par de años para hacerse instructor de paracaidismo.
—A Rick le repateaba—dijo Amy mientras cortaba con un cúter la punta de una serie de barras de pegamento para alinearlas y asegurarse de que quedaban todas iguales—. Demasiados gallos para un mismo gallinero y todo eso.
—Me lo imagino —dijo Jennifer.
Matthew Bridges se ausentó inesperadamente un par de días a mitad de semana, lo que impulsó a Jennifer a llamar a sus padres.
Su padre respondió y le dijo a Jennifer con voz de disculpa que la madre de Matthew había ingresado en el hospital para otra operación, y que el niño no se sentía con fuerzas para ir a la escuela en ese momento.
Jennifer se ofreció a llevarle algunos deberes el fin de semana.
El viernes después de clase fue la primera lectura de la obra de teatro de los profesores.
Jennifer no había recibido noticias de Angela sobre la posibilidad de organizar la fiesta de la cosecha en Sycamore Park, así que no dijo nada a los demás profesores, no fuera a ser que al final se quedaran atrapados en la cabaña potencialmente embrujada de Porter Street.
Mientras los profesores entraban en la sala del personal tras la salida de los últimos autobuses escolares, la mayoría refunfuñando por tener que quedarse hasta tarde, Amy caminaba entre los pupitres repartiendo ejemplares de un guion.
Rick, con una mano en el respaldo de la silla de Jennifer y una pierna cruzada tras la otra, soltó una risita al coger su guion de manos de Amy y dijo: —Bueno, ¿asumo que yo soy el protagonista?
—Es un reparto coral —dijo Amy.
—¿Y eso qué significa? ¿Que podemos elegir nuestros papeles?
Amy suspiró. —Significa que ningún papel es más importante que los otros. Varios papeles podrían considerarse protagonistas.
—¿Pero yo soy más protagonista que los demás?
—Limítate a leerlo —dijo Jennifer, mientras Amy se encogía de hombros.
—Mira quién está deseando irse al pub —dijo Rick, dedicándole una sonrisa a Jennifer. Luego, llamando a Amy, dijo—: La vida de soltera es dura, ¿eh, Clair? Nunca se sabe si tu último novio será, bueno, el último — volvió a sonreír—. O el primero.
Amy hizo un puchero y parecía a punto de romper a llorar. —Déjala en paz —dijo Jennifer.
—Solo bromeo, ¿verdad, Clair? Tú y yo somos colegas, ¿no es así?
Amy solo frunció el ceño y se alejó rápidamente como un ratoncillo, entregando guiones a un par de profesores veteranos que los tomaron con suspiros de frustración.
—Solo tengo una frase —se quejó la señora Tellings, la profesora especialista de economía doméstica a tiempo parcial—. «¿Quieres pan o huevos?». ¿Qué narices se supone que significa eso? ¿Me estás tomando el...?
—Yo no lo he escrito —dijo Amy con las mejillas rojas.
—Puedes quedarte con algunas de las mías —dijo el viejo Don Jones, el profesor de sexto curso—. ¿Quieres que me memorice todo esto, Amy? Apenas puedo recordar los nombres de los niños.
—Te ayudará a prevenir la demencia —murmuró Rick entre dientes, inclinándose tanto hacia Jennifer que ella movió la mano para apartarlo.
—Yo no lo he escrito —repitió Amy, con un leve temblor en la voz que hizo que Jennifer tuviera ganas de ir a cogerle la mano.
La puerta se abrió y entró Greg. Un silencio inmediato cayó sobre la sala. Greg, que no formaba parte de la producción, echó un vistazo a un guion que había en el pupitre más cercano y soltó una risilla.
—Vaya vida fácil tenéis. Cuando yo empecé, se esperaba que trabajáramos de verdad.
—¿Qué pasó con tu reunión? —dijo Don—. ¿Perdiste el mapa o es que se te ha disparado la pulsera telemática?
Greg lo fulminó con la mirada mientras los demás se reían.
—Se ha pasado al martes. Me voy a casa ya.
Acordaos de apagar los calentadores de agua y las luces a las cinco.
El ayuntamiento lleva un par de semanas encima de nosotros por el presupuesto.
No me gustaría tener que cancelar la fiesta de la cosecha por completo.
Cogió su bolsa y, con otra risita, salió. En cuanto se marchó, Jennifer se volvió hacia Rick.
—¿A qué venía eso de su pulsera?
Rick se rió. —Al viejo lo condenaron por acosar a su exmujer el año pasado. Ella consiguió una orden de alejamiento.
—¿Y lleva una pulsera?
Rick hizo una mueca. —Bueno, a menos que quieras acercarte lo suficiente al viejo león para subirle la pernera del pantalón y comprobarlo, tendremos que suponerlo. Él sostiene que todo fue un malentendido.
Jennifer negó con la cabeza. —¿Es que no hay nadie normal por aquí?
—¡Yo! —dijo Amy, levantando la mano en el aire como una alumna aplicada—. Yo soy normal.
Bonky estaba rascando la puerta cuando Jennifer llegó a casa, mucho más tarde de lo que pretendía.
Tras una lectura del guion llena de mal humor, los profesores habían votado para continuar en el pub local de enfrente.
Las cosas habían empeorado en lugar de mejorar; Don Jones — que interpretaba a un caballero— se había encarado con Colin Triller, el conserje, que hacía de dragón.
Cuando su simulacro de justa se exageró un poco, Colin tiró accidentalmente la pinta de Don, momento en el que Don se ofreció a zurrarle de verdad, con su cortinilla capilar aleteando de arriba abajo como una mariposa excitada.
Para cuando las cosas se habían calmado, se habían ofrecido disculpas a regañadientes y se habían rellenado las pintas, ya se estaba haciendo tarde.
Jennifer fingió ir al baño y luego se escabulló sin despedirse.
Se estaba convirtiendo en un hábito, pensó con pesar, mientras llevaba a Bonky por Willis Lane hacia Sycamore Park.
Su madre había intentado llamarla un par de veces más durante la semana, pero Jennifer se había negado a responder, enviándole en su lugar un mensaje diciendo que estaba ocupada.
No era mentira del todo; se estaba esforzando mucho por seguir el ritmo de la escuela y poner en orden su piso.
Por fin empezaba a parecer un hogar, aunque todavía le quedaran un par de cajas por desembalar.
Se pondría con ellas mañana, pero una parte de ella temía terminarlo todo, porque entonces tendría tiempo libre para pensar, y cuando tenía tiempo para pensar, empezaba a dudar de todo.
A pesar de que se había marchado de la vida de Mark sin previo aviso, jurando no volver jamás, al considerarlo objetivamente se preguntaba si cometió un gran error.
Él no había hecho nada para herirla; no había sido abusivo ni cruel.
El viejo cliché seguía apareciendo como un muñeco de resorte burlón: no eres tú, soy yo.
Al menos en parte era cierto.