Otoño en Sycamore Park (Los cálidos días de otoño 1) 6 Fantasmas
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La ruta más directa de vuelta al piso de Jennifer desde Porter Street bajaba por la entrada norte de Sycamore Park.

Los aromas de comida recién hecha la recibieron al acercarse al Oak Leaf Café.

Fuera, varias mesas estaban ocupadas y, a través de la puerta abierta, Jennifer vio a Angela ajetreada en la cocina, preparando pedidos.

Parecía no haber nadie más de servicio, así que Jennifer entró, se apoyó en el mostrador y llamó a Angela.

—¿Todo bien ahí dentro? ¿Quieres que te eche una mano?

Angela se dio la vuelta. Al reconocer a Jennifer, esbozó una amplia sonrisa y se llevó las manos al pecho.

—Si puedes salvarme la vida y ayudarme con los próximos pedidos, podrás comer gratis toda la semana que viene —dijo—.

El chico que tenía esta tarde se ha puesto enfermo y me acaba de entrar un pedido grande de comida para llevar para una fiesta familiar.

—Señaló con la cabeza una fila de delantales colgados junto a la puerta—. Entra y ponte uno de esos.

Hacía mucho tiempo que Jennifer no hacía nada en una cocina que no fuera seleccionar un ajuste en el microondas, pero Angela pronto la puso a dar vueltas de aquí para allá, pelando y picando, amasando, doblando y bañando, removiendo, vertiendo y espolvoreando.

En media hora habían despachado los pedidos pendientes y tenían tres pasteles horneándose, listos para el ajetreo del sábado.

—Fantástico —dijo Angela, quitándose el delantal y sacudiéndose la harina de las manos con dos golpes secos laterales—. Estás algo verde, pero podría formarte.

—Gracias.

—Y de verdad que te lo agradezco. Ya voy cumpliendo años y se me hace cuesta arriba cuando hay mucho trabajo. Supongo que podría quitar un par de mesas, pero nunca hay que rechazar clientes. Es una de las reglas, ¿no crees?

Jennifer asintió. —Supongo que sí.

—Bien, pues ahora que ya hemos atendido a todos, siéntate y veré qué encuentro para ti. Confío en que aún no hayas cenado.

Jennifer negó con la cabeza. —He tenido que quedarme tarde para una reunión.

Angela puso los ojos en blanco. —Típico de los colegios. ¿Alguien se ha dejado los grifos abiertos en los baños o ha gastado todo el papel de manos?

—Nada tan de vida o muerte. Se trataba del festival de la cosecha. No pueden celebrarlo en el colegio, así que han elegido en su lugar un centro comunitario espantoso en Porter Street.

—Ah, ya sé cuál dices. ¿La caravana?

—No es exactamente una caravana, pero es casi del mismo tamaño. Y el aparcamiento es de gravilla, así que será horrible para montar los puestos. Va a ser un desastre.

Angela sonrió. —He oído que el local antiguo estaba embrujado, por eso lo derribaron.

—¿En serio?

Angela se encogió de hombros. —Es una historia mejor que echarle la culpa de la demolición a la humedad. Probablemente fuera un duende malintencionado que rondaba las tuberías del agua.

—Bueno, no podrían haber elegido un lugar peor. A los niños no les va a gustar nada.

Angela frunció el ceño. —¿Por qué no lo celebráis aquí, en Sycamore Park?

—¿Se permite eso?

—No veo por qué no. Hablaré con Tom, el guarda del parque, cuando venga a desayunar. Siempre lo hace los sábados por la mañana. Él lo sabrá seguro.

Jennifer lo pensó un momento y luego asintió. —Genial, gracias.

Angela sonrió y volvió a la cocina. Desde su asiento habitual junto a la ventana, Jennifer observó el parque, donde las sombras empezaban a alargarse bajo los árboles mientras el sol se ponía tras el teatro.

Valía la pena intentarlo. Además, si conseguía hacer algo bueno por el colegio, ganaría puntos con Greg.

Jennifer había sobrevivido a su primera semana por los pelos, pero seguía considerándose en periodo de pruebas.

Muchos de los niños aún se mostraban distantes con ella, y algunos de los profesores más veteranos la miraban por encima del hombro, como si fueran conscientes de cómo iba dando traspiés cada día.

Angela reapareció con un plato de ensalada de temporada, un cuenco de crema de calabaza y una ración generosa de pastel de cordero y romero, todo en un equilibrio precario sobre sus antebrazos. Lo dejó delante de Jennifer como toda una profesional y luego sacó una botella de vino y dos copas.

—Si no te importa —dijo—. Acabo de anunciar el cierre y, al fin y al cabo, es viernes. ¿Le permitirás un capricho a una vieja? Ya no me dan las piernas para ir a las discotecas de la avenida, pero puedo apañármelas con un par de copas de vino antes de ponerme las zapatillas e irme a la cama.

—Solo una —dijo Jennifer, cogiendo su copa y tendiéndola—. Bonky necesita su paseo nocturno y James empezará a tener hambre pronto. Pero es viernes, así que mejor que sea grande.

Más tarde, sentada en el sofá con los pies sobre la mesa de centro, con Bonky dormido en su regazo y James acurrucado a su lado, Jennifer dio un sorbo a una taza de chocolate caliente y se felicitó por haber sobrevivido a su primera semana.

El lunes pasado, mientras veía a los de la mudanza meter cajas en el piso, sin estar segura todavía de dónde estaba la Primaria de Brentwell en relación con su nueva dirección, y desconociendo la existencia de un parque maravilloso a solo cinco minutos a pie, Jennifer no habría podido imaginar que, al final de su primera semana escolar, habría hecho una nueva amiga, aprendido a cocinar una quiche y se habría convertido en defensora de la supervivencia de un árbol milenario.

Tampoco habría esperado tener que limpiar tres vómitos distintos, rescatar una zapatilla de deporte, interrumpir una pelea y convertirse en el nuevo objeto de deseo del mujeriego local.

Desde luego, Brentwell le estaba deparando sorpresas.

Su teléfono sonó, haciendo que se sobresaltara de su duermevela. James, molesto, saltó al suelo y se dirigió a su cesta en otra silla. Bonky se dio la vuelta y se volvió a acomodar.

Jennifer miró la foto que parpadeaba en su móvil, una versión de sí misma más madura. Se armó de valor y respondió a la llamada.

—Hola, mamá.

—Ah, así que no lo has perdido después de todo.

Jennifer suspiró. —Solo necesitaba un poco de silencio de radio durante unos días. Hasta que me organizara un poco.

—¿Incluso con tu propia madre? Sinceramente, ¿adónde va a parar este mundo? ¿Has hecho ya lo que tenías que hacer? ¿Puedo volver a llamar a mi única hija?

—Sí, no pasa nada.

—¿«No pasa nada»? Esperaba algo más que eso. ¿Sabes lo preocupada que he estado? Sé que querías que tu padre y yo respetáramos tus decisiones y todo lo demás, pero sigues siendo mi hija. Sigo teniendo derecho a saber qué está pasando.

Jennifer no dijo nada. Había una pregunta que esperaba evitar el mayor tiempo posible, pero sabía que acabaría llegando. Respiró hondo.

—Mark… ¿cómo está?

—Oh, o sea que todavía te importa, después de haberle dejado tirado.

—Yo no le…

—¿Cómo lo llamarías tú entonces?

—Yo…

—Está bien, por lo que te interese. Quería saber dónde estabas, pero tu padre y yo respetamos tus deseos.

Bueno, esa nota tonta que dejaste por debajo de la puerta.

Al principio pensé que era una broma, pero tu padre me dijo que tu letra no había cambiado mucho desde aquellas cartitas que le escribías de pequeña.

De hecho, yo habría hablado con Mark si él no me hubiera convencido de lo contrario.

Jennifer sonrió. Su madre estaba obsesionada con las apariencias y con hacer lo que se consideraba «correcto», pero su padre siempre la había apoyado.

—No quiero que Mark sepa dónde estoy. Se presentará aquí, montará una escena, intentará convencerme de que me equivoco, de que todo estaba bien… cuando no era así.

Al otro lado de la línea, su madre suspiró. —Lo tenías todo. No sé a qué juegas echándolo todo a perder.

Jennifer intentó responder, pero las palabras que tenía en la punta de la lengua no tenían sentido. Tras unos segundos de silencio, negó con la cabeza. —Es tarde —dijo—. Tengo que irme a dormir.

—Jennifer…

Demasiado tarde; Jennifer colgó. Antes de que su madre pudiera llamarla de nuevo, apagó el teléfono y lo lanzó al otro extremo del sofá, fuera de su alcance.

Bonky refunfuñó y volvió a darse la vuelta.

Con los dedos masajeándole suavemente la espalda, Jennifer se quedó mirando a la pared, preguntándose, por millonésima vez, si había hecho lo correcto.