3 Oak Leaf Café
Oak Leaf Café
Oak Leaf Café
Según un cartel a la entrada, se permitía llevar a los perros de menos de cierto tamaño sin correa, así que Jennifer desenganchó el arnés de Bonky y dejó que se fuera disparado a la caza de alguna paloma.
Jennifer caminó lentamente tras él, disfrutando del frescor de la brisa en el rostro y del calor ocasional del sol del atardecer cuando la alcanzaba a través de los árboles.
Con un par de horas de luz aún por delante, Sycamore Park estaba bastante animado.
Varias madres jóvenes charlaban junto a la zona de juegos mientras sus hijos en edad preescolar trepaban por las estructuras y jugaban en los columpios y toboganes.
Otros dueños de perros deambulaban por una serie de senderos más estrechos que nacían del camino circular principal, o perseguían a sus mascotas por el campo de césped.
Una pareja joven caminaba del brazo. Un par de ancianos sentados en un banco cerca del estanque de los patos conversaban en voz baja.
En un patio pavimentado frente al teatro, un grupo de estudiantes parecía estar ensayando una obra.
Con un ladrido ronco, Bonky divisó a una paloma que parecía aceptar el desafío y salió persiguiéndola ladera arriba hacia la rocalla.
Jennifer lo siguió y alcanzó al perro cerca de la cima, justo cuando él se detenía a observar a la paloma, posada ahora fuera de su alcance sobre una de las grandes piedras dispuestas en un círculo irregular.
El ave lanzó un arrullo al perro y luego voló hacia las ramas de un árbol cercano.
Jennifer se sentó en una de las piedras.
Desde allí se podía ver todo el parque. El sendero principal formaba un círculo completo, con otros numerosos caminos que conducían a monumentos o áreas de juego apartadas.
Al sur y al este, las calles circundantes eran residenciales, mientras que la zona de árboles más espesos y el teatro quedaban al oeste.
Al norte, un pequeño aparcamiento se alzaba junto a la biblioteca, un edificio georgiano de dos plantas.
En el exterior había un quiosco de prensa y un par de puestos más, ya cerrados.
Al final de una calle lateral arbolada, a la derecha de la biblioteca, había mesas y sillas dispuestas en una calle peatonal; entre ellas se distinguía un cartel que Jennifer no alcanzaba a leer a esa distancia.
—¿Vamos a echar un vistazo? —le dijo Jennifer al perrito, que se había sentado en la hierba y la observaba con la lengua fuera—. Podría ser algo más interesante que cenar de un paquete de plástico. ¿Crees que a James le importará?
El perro le respondió con un breve ladrido y agitó la cola. Por supuesto que al gato no le importaría.
—Vámonos, entonces.
Le puso de nuevo el arnés a Bonky y bajó la ladera. La biblioteca estaba cerrada —a las seis de la tarde, según un cartel en la puerta—, pero la pequeña cafetería parecía estar abierta, aunque no hubiera nadie sentado fuera. Jennifer se detuvo a mirar el letrero sobre la puerta.
Oak Leaf Café.
La fachada era de paneles de madera, con el nombre tallado en una pieza más grande sobre la entrada.
Las mesas también eran de madera y, aunque Jennifer sospechaba que eran de pino y no de roble, cada una tenía un pequeño jarrón con ramas y hojas otoñales en el centro, lo que acentuaba el encanto rústico.
Junto a un menú triangular, los saleros y pimenteros también estaban hechos de madera.
—¿Qué te parece? —le dijo al perrito, que parecía empeñado en inspeccionar cada pata de las sillas—. Aunque hace un poco de frío.
—No dudes en traer al pequeño dentro —dijo una voz desde el umbral, y Jennifer levantó la vista para ver a una mujer de mediana edad apoyada en el marco de la puerta, vestida con un delantal con dibujos de hojas de arce sobre unos vaqueros y una camiseta blanca.
Llevaba el pelo castaño claro, con vetas grises, recogido en una coleta.
Unos ojos verdes brillantes centelleaban tras sus gafas, y un rostro que aún conservaba un rastro de belleza juvenil le dedicó una cálida sonrisa a Jennifer.
—Oh, ¿estaría bien?
La mujer hizo un gesto con la mano. —Claro. Incluso tengo algo de comida ahí atrás por si tiene hambre.
—Vaya, gracias.
—Pasa y echa un vistazo al menú si te interesa. Me encanta la brisa que viene del parque en esta estación, pero refresca bastante en cuanto el sol se oculta tras el teatro.
Jennifer entró en un interior acogedor revestido de madera.
Seis mesas de madera estaban perfectamente dispuestas frente a un mostrador.
En pequeños huecos y hornacinas había jarrones con flores secas que desprendían un suave aroma a lavanda.
En la pared, unos pósteres enmarcados identificaban diversas variedades de calabazas.
Ollas y utensilios de cocina antiguos adornaban los estantes frente a las ventanas, delicadamente enmarcadas con cortinas de encaje.
Una mesa junto a la ventana tenía vistas a Sycamore Park. —Esa — dijo Jennifer—. Me gustaría sentarme ahí, por favor.
—Elige la que quieras —dijo la mujer—. No es que estemos precisamente hasta los topes. —Sonrió de nuevo—. Me llamo Angela. Angela Dawson. Estando solas nosotras dos aquí, no creo que sea apropiado que sigamos siendo desconocidas, ¿verdad?
—Supongo que no. Yo soy Jennifer. Jennifer Stevens. Me acabo de mudar a Brentwell. Ayer, de hecho. Trabajo en la escuela primaria del pueblo. Hoy ha sido mi primer día.
—¡Qué ajetreo! No sé cómo lo aguantáis los jóvenes. Yo me canso solo de pasear por el parque por la mañana. ¿Y quién es este pequeño?
Angela se agachó para acariciar a Bonky, que recibió la atención agitando la cola frenéticamente.
—Ah, se llama Bonky. Tiene dos años.
—Yo tuve un caniche toy de niña, hace muchísimos años. Son una monada. —Angela se incorporó—. ¿Bonky? Es un nombre... interesante.
Durante el primer año, más o menos, Jennifer siempre se había sentido un poco avergonzada al decirle a la gente el nombre de su perro, pero se había terminado acostumbrando. Al fin y al cabo, no era más que un nombre, aunque fuera un poco inusual.
—Sí, lo eligieron los niños de mi antigua escuela.
Estaba teniendo algunos problemas con algunos de ellos y pensé que dejar que eligieran el nombre de mi perro sería una forma de estrechar lazos.
Esperaba algo genérico como Harry o Rover, pero...
no. Bonky. Se les ocurrió Bonky. —Se encogió de hombros—. Y así se quedó.
—Bueno, tiene su gracia, ¿no crees?
—Supongo.
—¿Es por eso por lo que has venido a Brentwell? ¿Porque tenías problemas en tu anterior escuela?
Jennifer habría esperado esa pregunta de Rick o de Amy, o de algún otro profesor, pero debido a las prisas del nuevo trimestre, hasta ahora la había evitado.
Oírla de labios de Angela la pilló desprevenida y se quedó mirando a la mujer mayor con la boca abierta, antes de sacudir ligeramente la cabeza.
—Bueno, no es solo por eso.
Angela se encogió de hombros. —Lo siento, estaba curioseando.
¿Qué te parece si te preparamos algo de comer?
Tienes el menú ahí, pero me temo que estamos fuera de temporada, así que tendrás que conformarte con lo que tenga al fuego.
El especial de hoy es pastel de queso, manzana y patata con salsa casera, verduras de temporada y buñuelos de pera frita de postre. ¿Te apetecería?
Jennifer se quedó asombrada. Pensó en las escasas provisiones que tenía en su piso y asintió lentamente.
—Estaría de maravilla. De hecho, más que de maravilla.
—Excelente. Marchando.
Angela desapareció en la cocina tras el mostrador y pronto empezaron a llegar olores deliciosos que le recordaron a Jennifer que no había comido nada desde un sándwich a mediodía.
Bonky se acomodó a sus pies y Jennifer cogió una revista de decoración de un estante cercano y empezó a hojear diseños pintorescos de casas y jardines con temática otoñal.
Incluso antes de que Angela reapareciera con un plato grande cargado con el pastel humeante y las verduras, los traumas del día ya parecían resueltos y archivados.
Mañana sería otro día, como solía decirse.
—Bueno, aquí tienes.
—No estoy segura de poder comer todo eso —dijo Jennifer con una sonrisa, aunque tenía la firme intención de intentarlo.
—En realidad, quiero hornear otro mañana por la mañana, así que he intentado ponerte todo lo que quedaba. No cabía todo en el plato, así que te he puesto el resto en un tupper para que te lo lleves a casa. Eso si te gusta, claro. Si no, no te preocupes. Dáselo a algún vecino.
—Todavía no conozco a los míos. De hecho, aún ni siquiera he deshecho las maletas.
Angela hizo un gesto con la mano. —Siempre queda el mañana. En fin, disfruta de la comida. Traeré algo para Bonky y quizá un cojín. Puede que el suelo esté un poco duro.
Angela empezó a alejarse, pero Jennifer levantó una mano y murmuró: —¿Oye, perdona...? —de una forma que le recordó a algunos de los alumnos más tímidos de su clase.
—¿Sí?
—Mmm, si no has cenado, ¿te gustaría acompañarme? —Jennifer se encogió de hombros—. Bonky no es muy hablador, sobre todo cuando está cansado. Ya sabes, por haber perseguido a todas esas palomas...
Angela la miró un momento y luego se encogió de hombros. —Bueno, claro. Si me haces el honor. Has venido andando, ¿verdad?
—Sí.
—Perfecto.
Angela volvió a la cocina y regresó un momento después con una botella de vino y dos copas.
—Tinto chileno —dijo, sosteniendo la botella—. Perfecto para una tarde de otoño. —Guiñó un ojo—. Cómo decimos aquí a esta fresca hora: Chillin’… Red Skies... perdón, ha sido un chiste malísimo.
A Jennifer le costó un momento captar el intento de broma, pero cuando lo hizo, soltó una carcajada de complicidad. —Los he oído peores. Y mucho más ordinarios también.
—Bueno, brindemos por el otoño, por las tardes largas y frescas, y por nuevas amistades.
Casi como para mostrar su acuerdo, Bonky levantó la vista y soltó un fuerte ladrido.
Jennifer aceptó la copa que le ofrecía y sonrió. —Brindo por eso — dijo.