25 Finales y comienzos
Finales y comienzos
Finales y comienzos
Cuando se despertó el jueves por la mañana, tenía una resaca digna de ser pregonada a los cuatro vientos.
Después de dar las buenas noches a Victoria y de asegurarse de que la mujer subiera a su habitación en lugar de caerse al río, se había pasado por The Crown para tomarse la última, solo para meterse de lleno en la noche de karaoke.
Por una vez, lo bastante borracha como para atreverse, y después de que Jimmy y su nueva novia berrearan I Got You, Babe, Lily había desgañitado su propia versión de My Heart Will Go On, regresando más tarde para un bis de I Will Survive, con Womble y Colin marcándose unos espantosos bailes del vientre subidos a la mesa de billar.
Cuando Rick, el dueño, sugirió un torneo de dardos fuera de horario, Lily no pudo negarse y, aunque perdió su racha ganadora por un centro afortunado de Martina, se lo había pasado en grande, algo que le había servido para sacudirse definitivamente el ánimo sombrío.
Se prometió a sí misma, con cierta timidez, que animaría a Victoria a venir a la próxima.
Cuando por fin se levantó, justo antes de la hora de comer, agradecida por tener otro día libre, encontró la casa vacía pero con una nota de su padre sobre la mesa de la cocina.
Lily:
Steve ha estado merodeando por fuera toda la mañana y ha llamado a casa seis veces antes incluso de que me hubiera duchado.
¿Podrías decirle que se pierda o enterrarlo en alguna parte?
La motosierra está en el garaje y hay una parcela detrás de los abetos si la necesitas.
Tendrás que limpiar primero las zarzas. Vuelvo después de comer.
Con cariño,
Papá x
Cogió el teléfono de sus padres; el contestador parpadeaba con llamadas perdidas y un par de mensajes de voz.
Escuchó los dos primeros —puros «yo-yo-yo» llenos de superioridad moral disfrazados de disculpas — antes de cansarse y borrar el resto.
Tenía que hacer lo que tenía que hacer, así que encendió su ordenador y le envió un mensaje para decirle que se verían frente a la iglesia a las tres en punto.
Mejor hacerlo cerca del cementerio, por si acaso.
Después, tras un par de cafés y algo de televisión matinal, revisó sus mensajes en las redes sociales para ver si había algo de Michael, pero para su decepción no había nada.
Quizá debería plantearse darle otra oportunidad a Steve, después de todo.
Se quedó mirando un drama insulso de sobremesa e intentó imaginar cómo sería la vida casada con un artista.
Siempre había soñado con ese tipo de mundo, uno en el que viajaría por todas partes, visitando lugares extraños y únicos, de pie ante las multitudes mientras Steve recibía aplausos en la presentación de alguna nueva obra maestra.
Y todo ese tiempo tú estarías financiándolo todo con tu trabajo de oficina, como un mueble más en el fondo mientras él se empapaba de todos los aplausos y la adoración.
Y luego, fuera de horario, cuando estuvieras en una reunión de negocios o captando a un nuevo cliente, él estaría entreteniendo a fans y admiradoras...
Se incorporó, casi derramando el café cuando se abrió la puerta principal y oyó entrar a su padre, silbando para sus adentros. Él asomó la cabeza por la puerta del salón y frunció el ceño.
—¿Estás bien?
—Sobrevivo.
Pete le guiñó un ojo. —¿Le has dado el pasaporte?
—Aún no le he visto, pero he quedado con él más tarde.
—Ah, bueno. Mira, haz lo que sea mejor para ti; tu madre y yo te apoyaremos en todo momento.
—Gracias, papá.
—Muy bien, estaré fuera, en el garaje.
Intentó concentrarse en la tele, pero su mente divagaba por todas partes y, cuando una mujer con vestido de noche abofeteó a un hombre de pelo engominado, no pudo recordar por qué por más que lo intentó. Apagando el televisor, salió al jardín y llamó a la puerta del garaje.
Pete estaba dentro, ya con su mono puesto, pegando trozos de cristal a una plancha de madera contrachapada. Sonrió cuando ella entró y se sentó en un taburete junto a la puerta para verle trabajar.
—Entonces, papá, ¿esto es una especie de metáfora sobre la autoconciencia o una expresión de confusión?
Pete la miró y frunció el ceño. —Ah, no. Es una jirafa. Todavía no he hecho la cabeza, que es probablemente por lo que estás confundida. Este es el boceto para el muro del nuevo recinto del zoológico de Exeter.
—No sabía que Exeter tuviera zoológico.
—No lo tiene... todavía. Abre el año que viene. Gran secreto. Me han encargado tres de estos. El de verdad medirá unos tres metros de alto.
—Eso es genial.
Pete se encogió de hombros. —Es lo que hay.
—Debes de sentirte orgulloso, de todos modos, al ver tus cosas expuestas para que todo el mundo las vea.
—Esa es la mejor parte.
—Ojalá yo pudiera hacer algo artístico.
—¿Y por qué no lo haces?
Lily se encogió de hombros. —No sé qué sé hacer. En lo único que he sido buena siempre ha sido en convertir números pequeños en números más grandes.
—Ah, pero el arte no significa solo pintar o pegar trozos de cristal en una pared. Puede presentarse de muchas formas. Pregúntale a Jimmy, el de la tienda de la granja, cómo se siente al exponer sus frutas y verduras, cosas que ha cultivado él mismo. Sé exactamente cómo se sentirá. Orgulloso.
—¿Entonces crees que debería cultivar algo?
—Creo que necesitas encontrar tu lugar en el mundo. Eso es todo. Pero aún eres joven. No hay prisa. ¿Por qué no te vas al extranjero un tiempo, a viajar un poco?
—¿Estás intentando deshacerte de mí?
—Claro que no. Pero a veces necesitas salir de la caja para poder ver qué es lo que te gusta de la caja.
—No estoy segura de que eso tenga sentido.
Pete se rió entre dientes. —Yo tampoco.
El tiempo se le escapaba, así que Lily dejó a Pete con su mural y fue al encuentro de Steve.
Mientras bajaba la colina y cruzaba el puente, se sentía como una adolescente de camino a algún enfrentamiento en el patio del colegio.
Arrancando una hoja del seto, fue quitando trocitos pequeños cada vez, repitiendo: «Dale el pasaporte, perdónalo, dale el pasaporte, perdónalo», una y otra vez.
Cuando se quedó sin hoja, arrancó otra y continuó, ampliando un poco sus opciones:
—Dile adiós, perdónale, dale una bofetada, préndele fuego, entiérralo, róbale dinero, escóndete de él, roba un coche y huye con él...
—¿Disculpe? Siento molestarla, pero estoy intentando encontrar la pensión Willow River.
Lily levantó la vista y parpadeó. Un hombre joven estaba frente a ella, con una mochila colgada al hombro que desentonaba un poco con la chaqueta de traje informal que llevaba sobre los vaqueros.
Tenía un rastro de barba y llevaba gafas.
Tenía el pelo bien cortado, una sonrisa cálida y unos ojos marrones del color del chocolate caliente que rebosaban inteligencia mientras la observaba, con la cabeza ligeramente ladeada.
—No pretendía asustarla —dijo él.
Lily se quedó helada en el sitio, incapaz de moverse. Su voz... era profunda y tranquilizadora como uno de los CD de motivación de su madre, el tipo de voz en la que podría perderse. Se hizo una nota mental para decirle a Victoria que... que... que...
—¿Se encuentra bien? Le pido disculpas si la he interrumpido.
Era un poco más alto que ella, tal vez de un metro ochenta, de hombros anchos y con la camisa bajo la chaqueta ajustada a la cintura. Aunque no tenía la musculatura de un culturista, parecía alguien que corría o pasaba horas caminando cada día.
Lily intentó apartar la mirada pero no pudo.
El hombre se rió suavemente. —Puedo preguntar más arriba si lo prefiere. He pasado por una cafetería...
—Pensión —logró decir finalmente Lily, levantando una mano y señalando la pensión, claramente visible a media colina un poco más allá en el valle, aunque su lengua no se movía correctamente y la palabra sonó más bien como «Penzión».
El hombre sonrió y Lily sintió que le flaqueaban las rodillas. Necesitaba sentarse pronto antes de desmayarse. Él también llevaba puesto algo, algún tipo de colonia, no lo suficiente como para ser intrusiva, pero sí lo justo para hacerse notar.
—Vaya, estaba tan cerca —dijo el hombre—. No puedo creer que no la haya visto. Debo de tener el mapa al revés. Muchas gracias por su ayuda.
Lily consiguió asentir. Miró a su alrededor, preguntándose de dónde habría salido el hombre, y entonces vio una bicicleta apoyada contra el muro del puente, al otro lado de la carretera.
Era una bicicleta cara, con alforjas a ambos lados de la rueda trasera y una caja de almacenamiento detrás del sillín.
—Bici —dijo ella, queriendo señalar, pero logrando solo asentir.
—He venido en bici desde Exeter —dijo el hombre—. Ha sido un paseo encantador. ¿Vive usted por aquí?
Lily asintió por encima del hombro como para indicar la dirección de la casa de sus padres. El hombre volvió a sonreír.
—Bueno, supongo que voy colina arriba. Parecía que usted también iba en esa dirección. Si me da un momento para coger la bici, podemos caminar juntos.
Lily sintió un escalofrío por todo el cuerpo.
No recordaba la última vez que se había sentido así, si es que alguna vez le había pasado.
Su corazón tronaba como uno de los trenes que antaño pasaban bajo aquel puente, le escocían las mejillas y sentía la lengua seca.
Mientras el hombre cruzaba la calle para recoger su bicicleta, apartando brevemente de ella aquellos ojos deliciosos, se dio una palmadita en la mejilla, tratando de recuperar el control.
Él recogió su bici, esperó un momento a que pasara un coche y volvió a cruzar.
—Este es un pueblecito precioso —dijo con una sonrisa—. ¿Sabe? Vine aquí unas cuantas veces cuando era joven, pero no había vuelto en años. Ahora parece muy diferente. Por cierto, me llamo Michael. Michael Borton.
Lily se sintió como si estuviera sentada en el suelo mirando hacia arriba a un acantilado imponente mientras alargaba la mano para estrechar la que Michael le ofrecía. Su palma se sentía cálida, sus dedos fuertes.
—Lily —dijo ella—. Lily Markham.
Michael sonrió y un rastro de rubor apareció en sus mejillas. —Lily. Sabía que eras tú. Me alegro mucho de volver a verte.