24 A corazón abierto #2
—Y sabes que lo hará. Solo que la próxima vez será un poco más frágil y se romperá un poco con más facilidad. Y la vez siguiente, aún más fácil todavía. Hasta que vivas con un corazón roto constante e irreparable. Y la tristeza te irá consumiendo poco a poco, hasta que no quede nada de ti.
Lily soltó una carcajada entre un pequeño sollozo. —Me siento como uno de los murales de mi padre. Como algo hecho de trocitos de cristal.
—¿Qué ocurre después? ¿Qué hace nuestra Lily?
Victoria hablaba de la historia. Mientras Lily fruncía el ceño, Victoria levantó su botella de vino, esperando a que Lily le ofreciera su copa.
Lily la levantó y Victoria le sirvió una ración generosa.
Al dar un sorbo, Lily dijo: —Ella quiere alejarse, pero no es lo bastante fuerte. No puede hacerlo sin ayuda.
—¿Qué tipo de ayuda?
—Con la sabiduría de la escritora. ¿Qué le pasó a la escritora?
Victoria se miró las manos. El viento susurraba entre las ramas de los sauces y Lily casi sentía que estaban cruzando un plano entre la realidad y la ficción.
El sol iluminó el rostro de Victoria por un último instante, revelando unos ojos cansados por el peso de las expectativas y de algún remordimiento profundo y lejano.
—La escritora cometió un gran error —dijo Victoria, dando un sorbo a su vino pero sin mirar a Lily a los ojos.
—¿El padre de tu hijo? —dijo Lily, y esta vez la reacción que obtuvo fue inesperada. Victoria dejó escapar un repentino sollozo ahogado, aferrando su copa de vino con ambas manos como si fuera una manta de consuelo.
—Él no fue el error —dijo Victoria en voz baja, apenas audible—.
Pero la escritora pensó que sí lo era. La escritora, siempre persiguiendo algo más.
Algo mejor. Incapaz de conformarse con lo que tenía.
—Victoria terminó el resto de su vino y se sirvió otra copa.
Su botella estaba casi vacía, así que Lily sacó la suya y la descorchó mientras esperaba a que Victoria continuara.
—Era un hombre sencillo —dijo por fin, todavía con la mirada perdida en la distancia—.
Ni rico ni pobre, ni guapo ni feo, pero era bondadoso, y cuando hablabas sus ojos escuchaban, y lo comprendía todo, y te decía todas las cosas correctas, y te hacía sentir que eras lo más importante del mundo.
—Inspiró profundamente—. Pero la escritora...
ella vivía en este mundo fantástico donde cualquier cosa podía ocurrir y siempre quería más.
Alguien más rico, más atractivo, alguien que ella sintiera que alcanzaba su pomposo nivel de importancia personal.
Y cuando empezó a tener éxito, empezó a conocer a ese tipo de gente.
Hizo lo que quiso, hizo tonterías, cosas lamentables, cosas que aquel hombre, aquel hombre bondadoso y cariñoso, no se merecía.
Y cuando él se marchó, ella le echó la culpa, como si fuera culpa suya de alguna manera.
—¿Él la dejó... a ella?
—Sí. Y ella se aseguró de herirle tanto como fuera posible, usando su dinero para quitarle a su único hijo. Pero al final también perdió al chico. Para cuando se dio cuenta de que había cometido un error, estaba completamente sola en el mundo.
—¿Qué fue del hombre? ¿No pudo volver a pedirle perdón, a decirle que se había equivocado?
Victoria sacudió la cabeza. —Era demasiado tarde. Ya lo había emponzoñado todo, lo había convertido en el mural de cristales rotos. Nunca pudo restaurar su relación, pero pudo pedirle perdón con la esperanza de que él encontrara la paz.
—¿Y lo hizo?
—Él murió antes de que ella tuviera la oportunidad. Un ataque al corazón. Solo tenía treinta y cinco años. Y sin embargo, ella sigue adelante, y sigue, y sigue. Viviendo con su remordimiento cada día.
—¿Y el hijo?
Victoria se limpió los ojos con la punta de una manga y Lily no pudo evitar sonreír, preguntándose si de ahí venía el hábito del joven Michael.
—El hijo creció hasta ser la imagen del hombre que la escritora había desechado —dijo Victoria despacio, sorbiendo por la nariz para contener las lágrimas—. Y cuando la escritora lo mira, no puede ver al chico por lo que es, sino como una representación de lo que hizo mal.
—Pero ¿y si el chico la perdona? Él es una persona diferente. Seguramente la escritora tiene que entender eso.
Victoria asintió. —Tal vez pueda, pero... no sabe cómo.
—Ese es nuestro secreto —dijo Lily, comprendiendo que dentro del mundo que Victoria había construido a su alrededor respondía mejor a la parte ficticia.
La realidad era demasiado dura de soportar.
—El secreto de la escritora es que cometió un error por el que nunca pudo ser perdonada.
Pero la forma en que lo supera es ayudando a Lily a no caer en la misma trampa.
Y crean un vínculo. Lily ayuda a la escritora a superar sus problemas y a comprender que no siempre tiene que aspirar a algo mejor.
El libro que está escribiendo, por ejemplo, no tiene por qué ser mejor que el anterior.
Porque aunque no lo sea, puede seguir siendo bueno.
Victoria esbozó una suave sonrisa. —Sí, creo que eso tiene sentido. Pero ¿cómo se cierra el círculo?
—El círculo se cierra cuando tanto la escritora como nuestra heroína resuelven sus problemas.
—Así pues, la escritora se perdona a sí misma y consigue terminar su libro, y nuestra Lily pasa página del novio que la engañó.
—Sí.
—¿Pero cuál es el catalizador? La escritora no es lo bastante fuerte para perdonarse a sí misma.
Lily tuvo un momento de claridad. —El hijo regresa. Y perdona a su madre, y ella aprende a dejar atrás el pasado y a darse cuenta de que, aunque se parezca a su padre, no es su padre, sino una persona distinta.
—¿Y cómo se vincula esto con Lily?
Lily se dio cuenta de que se habían bebido casi toda su botella de vino también y de que estaba algo más que un poco achispada. La idea de robar una canoa de repente le pareció una idea excelente.
De perdidos al río. —Se enamora del hijo —dijo ella.
Victoria frunció el ceño. —¿Antes siquiera de conocerlo?
Lily se encogió de hombros. —¿Por qué no? Es solo una historia, ¿verdad? Cualquier cosa puede pasar.