24 A corazón abierto
A corazón abierto
A corazón abierto
Su madre y su padre habían salido al garaje, con Sarah ofreciéndose ostensiblemente a ayudar a Pete a terminar su último mural, dejando a Steve y a Lily solos.
Su madre ya le había preparado un café a Steve, y Lily sentía resentimiento con cada sorbo que él daba mientras estaba sentado frente a ella, hilando una excusa tras otra como una araña demasiado entusiasta.
Quería enfadarse, pero simplemente se sentía desinflada, vacía.
Mientras permanecía sentada en un casi absoluto silencio, escuchando cómo él se justificaba, deseó poder disolverse en el suelo.
—Me sentía perdido, simplemente —dijo él con un largo suspiro—. Siempre estabas tan ocupada con el trabajo y yo ansiaba atención. Fue infantil, una estupidez, pero es mi sensibilidad la que permite que ocurran estas cosas. Nunca quise hacerte daño.
Así que la culpa de que él hubiera encontrado a otra mujer era de ella.
Qué sorpresa. También era culpa suya que él no hubiera conseguido vender nada, porque su falta de entusiasmo le había absorbido la creatividad.
Por supuesto, no mencionó que el dinero de ella le había dado la libertad de hacer lo que quisiera sin tener que preocuparse nunca por buscar un trabajo de verdad.
—Quiero decir —dijo Steve, soltando una risita seca y sacudiendo la cabeza—.
Nosotros, los tipos creativos, somos tan frágiles.
Somos como trozos de papel, en realidad.
Nos rompemos con mucha facilidad. Intenté hacerme el fuerte, pero cada vez que te ibas a una reunión de trabajo o a algún evento, sentía que me estabas rechazando.
Lily podía contar con los dedos de una mano las veces que había asistido a algún evento relacionado con el trabajo fuera del horario previsto durante los tres años que había vivido y trabajado en Londres.
Sin embargo, le habrían hecho falta unas cuantas docenas de manos para contar las veces que había salido corriendo de su oficina a la hora del almuerzo para ir deprisa al estudio de Steve, solo para pasar veinte minutos comiendo un sándwich juntos.
—No quería sentirme así, porque sabía que estabas ocupada con tu trabajo financiero...
La forma en que recalcó la palabra «financiero», como si Lily hubiera hecho algo malo por no ser artista, escritora, poeta o una música callejera en alguna fría estación de metro, empezó a llenar poco a poco su determinación de una sensación de ira.
Sin embargo, en lugar de arremeter contra él, solo podía recordar los buenos momentos que habían pasado juntos y cómo su traición la había dejado sintiéndose vacía, como si le hubieran quitado de debajo de los pies la alfombra de un futuro alegre y maravilloso.
—Pero a pesar de todo, estoy seguro de que podemos solucionar esto —dijo Steve, con una voz que adquiría un tono monótono que Lily iba filtrando poco a poco.
—Steve... —empezó ella, dispuesta a cortarle por fin de forma definitiva, pero él levantó una mano y sacudió la cabeza.
—No. Déjame terminar lo que tengo que decir. Lo he conseguido, Lily.
—¿Cómo?
—He conseguido ese gran encargo con el que soñábamos.
La remodelación de la estación de metro de Lemon Street; quieren usar mi arte en el nuevo diseño.
Firmé el contrato la semana pasada. Será un año de trabajo, pero el dinero...
es increíble. Y no es solo eso, sino que tengo total libertad creativa.
Es todo lo que yo... nosotros... esperábamos.
—Vaya, pues... felicidades.
—A pesar de haber tenido que cambiar de estudio con tan poco margen —Lily no pasó por alto la pullita, pero Steve miraba el espacio entre sus manos, que gesticulaban salvajemente como un prestidigitador haciendo aparecer un futuro por arte de magia—, me las he apañado para sacarlo adelante.
Y a partir de aquí, ¿quién sabe a dónde llevarán las cosas?
Sabes, gran parte de mi... confusión... se debía a lo que iba a pasar en el futuro, pero ahora que eso se ha resuelto, puedo dejar atrás esos tiempos difíciles. Puedo seguir adelante... contigo.
—¿De qué estás hablando?
—Siento todo lo ocurrido —dijo Steve—. Quiero que vuelvas a Londres. Esta vez las cosas serán distintas. Podemos coger otro piso, más grande. Seguiré necesitando mi estudio, por supuesto, pero nosotros...
—¿A qué te refieres con «nosotros»?
—Tú siempre quisiste que viviéramos juntos, ¿verdad?
Bueno, ahora que tengo un objetivo claro, puedo soportar a otra persona en mi espacio personal.
Mientras respetes mi trabajo, no veo por qué no podemos intentarlo de nuevo—.
Se inclinó sobre la mesa y puso sus manos sobre las de Lily antes de que ella pudiera retirarlas.
En ese momento, ella sintió aquella vieja y familiar emoción que tanto le había gustado y, a pesar de la arrogancia de sus palabras, que golpeaba en un lateral de su cabeza como un gran gong gordo, una gran parte de su ser quería creerle, volver a Londres y reconstruir sus sueños de matrimonio y un futuro con Steve, pegando los añicos como uno de los murales de su padre.
Con mucha suavidad, retiró las manos de las de él y se levantó.
—No puedo... esto es muy repentino... tengo que pensar —fue lo mejor que pudo decir. Su corazón no le permitía pronunciar un rechazo rotundo, pero poner algo de distancia entre ellos le pareció lo apropiado.
—Lo siento —dijo Steve, poniéndose en pie—. No debería haber sido tan directo tan pronto. Me hospedo cerca durante los próximos dos días y tienes mi número. Te llamaré mañana por la tarde si no tengo noticias tuyas antes. Solo piensa en lo que te he dicho.
Salió de la habitación y, unos segundos después, la puerta principal se cerró con un suave golpe seco. Lily cerró los ojos y esperó hasta oír el motor de su coche arrancar; entonces fue a la cocina, abrió el armario y sacó una botella de vino tinto.
La puerta que daba al garaje se abrió y entró su padre, con su madre pegada a él, ambos mirándola con expectación.
—¿Todo bien?
Lily sacudió la cabeza. —No.
Pete se adelantó, abriendo los brazos para envolverla en un abrazo, pero en ese momento ella necesitaba estar a solas con su confusión. Retrocedió, negando con la cabeza.
—Voy a dar un paseo —dijo ella.
—¿Estás segura de que no vas a hacer ninguna tontería?
Lily volvió a negar con la cabeza. —En absoluto. Solo necesito que me dé el aire.
—Al menos llévate un sacacorchos y una copa —dijo Sarah, abriendo un cajón con una mano y un armario con la otra.
Lily sonrió. —Gracias, mamá.
—Si no has vuelto a las diez, llamaré a la policía —dijo Pete.
—Papá, tengo veintiséis años.
—De acuerdo, a las once.
Lily asintió. —Haré lo que pueda.
Les dio un rápido abrazo a ambos y se dirigió a la puerta, con la botella de vino, una copa y un sacacorchos convenientemente colocados en una bolsa de plástico que su madre le había dado.
Acababa de pasar la hora de cenar, pero los días ya se estaban acortando y la poca luz que quedaba se desvanecería pronto, trayendo consigo el frío de la noche, así que Lily se puso un abrigo grueso y se llevó gorro y bufanda, por si acaso.
Fuera, no estaba segura de qué hacer, así que bajó por la carretera hasta el puente sobre el río y luego bajó los escalones hacia el carril bici.
El sol estaba bajo en el cielo, a punto de ponerse tras las colinas lejanas; sus rojos y naranjas intensos se filtraban a través de las hojas cambiantes de los sauces junto al río, dejando el carril bici como una contradicción moteada de sombras y colores.
Lily no quería arriesgarse a que la vieran desde la casa de huéspedes, así que deambuló hacia el anexo en busca de un buen lugar donde sentarse a brindar por sus penas.
A mitad de camino vio un sitio agradable bajo los árboles, pero la hierba estaba mojada, así que continuó hacia uno de los bancos de picnic municipales que había a la orilla del río, frente al anexo.
Para su sorpresa, uno de ellos ya estaba ocupado por una figura vestida con una trenca gruesa y la capucha subida. La figura se apoyaba en la mesa, con algo en una mano que brillaba bajo el sol del atardecer.
Una copa de vino. Mientras Lily observaba, la figura apuró lo que quedaba antes de sacar una botella del asiento de al lado y rellenar la copa.
—Hola —dijo Lily, acercándose a la mesa. Metió la mano en su bolsa y sacó su propia copa de vino—. ¿Te importa si te acompaño?
Victoria levantó la vista y esbozó una suave sonrisa. —En absoluto, querida. Veo que has estado llorando. Siéntate y cuéntame tus penas y, si no te importa, quizá yo te cuente las mías.
Lily se sentó en el banco de madera de enfrente. —Soy yo, Lily —dijo, sin saber si Victoria llegaba a reconocerla. La escritora, sin embargo, asintió con lentitud y aire de complicidad.
—Lily. La del libro. Me ha parecido que eras tú.
—Ha aparecido mi ex —dijo Lily—. Me ha soltado un sermón sobre cómo quiere volver conmigo, que ha cometido un montón de errores, bla, bla, que la próxima vez será mejor y todo eso.
¿Y sabes qué? He sentido la tentación. Sigo sintiéndola.
Porque, a pesar de todo, le quería. Y hay un vacío en mi vida que necesita ser llenado, y él es lo más parecido a alguien que encaje mínimamente que puedo encontrar.
—He ahí tu conflicto interno —dijo Victoria, y Lily estuvo más segura que nunca de que la escritora había perdido el juicio en algún momento del pasado remoto y se sentía realmente como si viviera dentro de un libro—.
Sabes que deberías marcharte, pero no puedes.
Pero si vuelves, tarde o temprano sucederá lo mismo... o algo peor. Y lo sabes.
—Lo sé.
—Pero no te importa.
—No me importa. No lo suficiente. Le entregué mi corazón y dejé que me lo rompiera, pero se lo entregué tan plenamente que quiero que sea él quien lo pegue.
—¿Para que pueda romperlo otra vez?
Lily se encogió de hombros. —Supongo que sí.