Otoño en la Casa de Huéspedes Willow River (Los cálidos días de otoño 2) 20 Emparejamientos
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Lily se quedó mirando la fila de cortacéspedes y negó con la cabeza.

—Necesito algo que tenga más potencia que un cortacésped normal, pero que no llegue a ser industrial —dijo, lanzando una mirada a Colin Beecham, que ahora vestía pulcramente su uniforme de Wright’s Gardens y una gorra de béisbol con el lema AQUÍ PARA AYUDAR en el frontal.

—¿Buscas una longitud de césped adecuada?

—Ah, sí. En plan, corto. El tío Gus tiene un Flymo que usa para el jardín de la casa de huéspedes, pero quiero hincarle el diente a esa zona junto a la vieja estación. El tío Gus ha dicho que puedo hacer lo que quiera siempre que me lo pague yo.

Colin se frotó la barbilla y asintió con aire de sabio.

—Bueno, sé perfectamente a qué zona te refieres. —Caminó hacia lo que parecía un tractor en miniatura con grandes protuberancias en un extremo. Lily casi suelta una risita; parecía un hombre con la cara colorada y bigote.

—Para empezar, querrás uno de estos bebés —dijo Colin—. Esto lo dejará al ras de la tierra. Pero si le das caña con regularidad, solo tendrás que usarlo un par de veces al año.

—¿Cuánto cuesta?

—Algo menos de cuatro mil pavos.

Lily asintió, arrugando la nariz. Era caro, pero quizá valiera la pena. —¿Aceptáis tarjetas de crédito?

—¡Santo cielo!, ¿cuánto te está pagando Angus?

Lily se encogió de hombros. —Ahorros.

—Bueno, como solo lo vas a necesitar un par de veces al año, yo me decantaría por el alquiler.

Ciento diez libras al día. Después de eso, te apañarás bien con uno de esos de gasolina de empuje.

Tenemos uno con un rayón en la carcasa que está a mitad de precio.

Te rebajaré otro diez por ciento si me pagas una pinta en El Crown esta noche.

Lily sonrió. —Hecho.

Colin se inclinó más cerca. —He oído que Jimmy se ha echado novia, y la va a traer esta noche para que conozca a todos los colegas.

Lily soltó una carcajada, preguntándose qué había hecho exactamente para convertirse en uno de «los colegas».

Probablemente fue ganar a los dardos, aunque también pudo ser el haberse ventilado una pinta de Worthington tras una victoria del equipo de bolos el pasado viernes por la noche, o pescar una trucha de seis kilos el domingo pasado mientras Rod y Womble observaban con una mezcla de asombro y veneración.

El hecho de que también supiera cómo destriparla y cocinarla en una barbacoa improvisada había sellado su lugar en el folclore local.

Era increíble lo que se podía aprender en YouTube.

—No me lo perdería por nada del mundo —dijo Lily.

Lily se preguntaba qué pensaría Victoria cuando ella apareciera en un par de días para segar el prado que había detrás de la vieja estación.

Durante la última semana, había conseguido convencer a Victoria para que saliera en otras dos ocasiones, pero la lluvia había frustrado las demás y esta mañana el cartel de NO MOLESTAR estaba puesto, y la cesta se había quedado fuera con otra nota: Sigo esperando el secreto.

Lily no estaba segura de qué más podía decir. Le había dado a Victoria varias ideas, pero Victoria había fruncido el ceño y negado con la cabeza ante algunas, y había agitado la mano con desdén ante otras.

—Eso no es un secreto. Eso es un giro argumental.

—Bueno, eso no es muy probable, ¿verdad?

—Estoy escribiendo una novela romántica, no una historia de terror.

—¿De verdad leerías un libro donde pasara eso?

—¡No puedes cargarte al personaje principal!

Octubre había llegado discretamente; septiembre se había despedido con tres días de lluvia antes de dar paso a mañanas más frescas pero cielos más despejados.

Todo se estaba volviendo marrón y naranja, las hojas empezaban a cambiar de color y algunas incluso a caer, esparciéndose por el carril bici con cada ráfaga de viento.

Lily cambió los jerséis ligeros por cuellos vueltos más gruesos, un gorro de lana que le había tejido su madre y una bufanda preciosa que se había comprado en una tienda de artesanía en Brentwell.

En casa, Sarah había estado tranquila, pasando las tardes, cada vez más largas, preparando manualidades de temática navideña para su tienda, mientras que Pete no había sido capaz de quitarse la sonrisa de la cara tras conseguir un contrato para diseñar un mural para una zona de pavimentación en el Sycamore Park de Brentwell, cuya restauración había sido asignada.

—Estoy pensando en escribir un libro —anunció Lily, tras dos copas de vino en una cena de celebración en Trevellian Head, un restaurante algo elegante a medio camino entre Brentwell y Willow River—. Quiero decir, no puede ser tan difícil, ¿verdad? ¿Qué?

Sus padres intercambiaron una mirada; el labio de Pete se curvó en una media sonrisa mientras Sarah respondía levantando una ceja.

—Te lo dije —dijo Pete, sonriendo a Sarah—. No se puede nacer de tanta creatividad colectiva como la nuestra y pasarse la vida entera tratando con números.

—Estaba pensando en escribir un libro de texto de matemáticas —dijo Lily, hipando en medio de «matemáticas», y luego mirando con saña a su stroganoff de ternera como si fuera el culpable.

—Bueno, adelante con ello, cariño —dijo Sarah—. Ponle algunos dibujos para que sea un poco más interesante. Los que teníamos en el colegio eran tan aburridos que los niños se morían en mitad de las clases. Caían como moscas.

Lily sonrió. —Quizá podrías dibujarme la portada.

—¿De verdad estás pensando en escribir un libro de texto de matemáticas? —preguntó Pete.

Lily se rió entre dientes. —No. Quizá algún tipo de historia. Al estar de vuelta aquí... me apetece un poco. En Londres, nunca tenía tiempo ni energía. Y nunca me sentí lo suficientemente creativa.

—Estabas prometida con un artista —dijo Sarah. Luego, al captar una mirada de Pete, se encogió de hombros—. Aunque quizás eso no fue lo mejor.

—Me pasaba la mitad del tiempo escuchando sus problemas y la otra mitad preocupándome por ellos —dijo ella—. Y mira dónde me ha traído. Ah, y por cierto, está amenazando con venir a verme. Ha dicho que tiene problemas.

Sarah se encogió de hombros. —Bueno, quizá podrías ver qué tiene que decir. Puede que haya solucionado sus problemas.

—No es bienvenido en nuestra casa —dijo Pete, pinchando una patata asada con demasiado ímpetu—. Nadie hace daño a mi niña y vuelve a entrar en su vida así como así.

Lily le dio a Pete una palmadita en el brazo. —Gracias, papá.

—De todos modos, no la encontrará nunca —dijo Pete—. Bastante me cuesta a mí mismo en esa carretera desde Brentwell, y la recorro todos los días.

—Tendrá GPS —dijo Lily—. ¿No hay alguna forma de que podamos ocultar la casa? No sé, ¿colgar una red de camuflaje sobre la verja o algo así?

—Pondré un amuleto para ahuyentarlo —dijo Sarah.

—Gracias, mamá —dijo Lily con un suspiro—. ¿Puedes poner otro para atraer a un nuevo novio?

—¿No hay suerte en el pub?

Lily se rió. —Tíos estupendos, pero no son mi tipo.

—¿Pensaba que estabas cortejando al joven Jimmy Donbury? —dijo Sarah, haciendo que tanto Pete como Lily hicieran una mueca de vergüenza.

—Fui a tomar una pinta con él y sus amigos —dijo Lily—. No creo que él se diera cuenta ni de que era una cita. Y de todos modos, ahora tiene una nueva novia.

—¿Ah, sí?

—Una chica que se llama Martina. Una de las fans de Victoria Borton.

Apareció por la casa de huéspedes buscando a Victoria, y la mandé al mercado agrícola solo para quitármela de encima.

Resulta que es veterinaria de campo en prácticas y se va a trasladar a Brentwell para estar más cerca de Jimmy.

Sinceramente, estas cosas no te las inventas ni queriendo.

Sarah dio una palmada. —Bueno, pues mucha suerte para ellos. Y deberías darte una palmadita en la espalda por haber traído un poco de felicidad a sus vidas.

Lily hizo el gesto exagerado de intentar alcanzar su espalda y luego hizo una mueca de dolor. —Lo haría, pero creo que me daría un tirón muscular.

—Ah, necesitas un poco de Doreen —dijo Sarah—. Me llegó el último DVD por correo ayer. «Especial de entrenamiento de brazos y cuerpo». Lo probaremos cuando lleguemos a casa.

Lily miró a Pete, que ocultaba una sonrisa tras una patata asada. —No puedo esperar.