16 Patear el avispero
Patear el avispero
Patear el avispero
—¿O sea que... nunca sale de casa?
El tío Gus se encogió de hombros. —Que nosotros sepamos, no — entonces, sonriendo, sacudió su frondosa melena y abrió mucho los ojos —. Quizá sale cuando oscurece y acecha por ahí como una especie de vampiro. ¡Uuuuuuh!
La tía Gert le dio un manotazo en el brazo. —No seas ridículo. Está ocupada escribiendo otro libro. Por eso no sale. Le traen la comida a domicilio para no tener que ir a comprar, y luego están esos fans locos deambulando por aquí...
—Unos chiflados, todos ellos —dijo el tío Gus—. Esos anoraks naranjas son como luces de advertencia para psicópatas.
Lily se echó a reír. —No creo que sean tan malos.
—Seguro que brillan en la oscuridad. Se ponen por parejas y corren por el carril bici haciendo «¡chu, chu!». —El tío Gus se dio una palmada en la pierna y soltó una carcajada tan fuerte que Lily temió que fuera a ponerse mal.
—Mira, no te burles de ellos —dijo la tía Gert—. Ni de ella. No debe de ser fácil ser famoso.
—Sobre todo cuando pasas de ser un poco famosa a serlo muchísimo prácticamente de la noche a la mañana —dijo Lily—. Con razón no sale a la calle.
La tía Gert entornó los ojos. —Me da la sensación de que traes algún proyecto entre manos —le dijo a Lily—. ¿Vas a devolverla al mundo real?
—No llegaría tan lejos, pero igual intento que salga un poco al exterior —dijo Lily.
—Bueno, pues buena suerte con eso —dijo el tío Gus—. Lleva ahí metida años y la única vez que recuerdo que salió fue una noche que tuvimos un apagón y se cortó la línea telefónica. E incluso entonces, solo fue para quejarse de que no había agua caliente.
—Y esperó a que se hiciera de noche para venir —añadió la tía Gert—. Me dio un susto de muerte encontrármela llamando a la ventana del restaurante. Iba vestida toda de negro e incluso llevaba un gorro de lana calado hasta los ojos. Pensé que era un asesino en serie.
—Veré si puedo animarla a usar ropa más alegre —dijo Lily.
A la mañana siguiente, sin embargo, cuando llegó al anexo con la cesta del desayuno de Victoria, se encontró una nota prendida en la parte exterior de la puerta:
Creación en curso
NO molestar
(Dejad la cesta, llamad una vez
y volved a las diez en punto)
Lily hizo lo que se le pedía: dejó la cesta en el suelo, llamó con fuerza una sola vez y luego se retiró al final del pasillo, donde se escondió en lo alto de las escaleras, asomándose para ver qué pasaba.
Tras unos segundos, la puerta se entreabrió y asomó un bastón; su extremo curvado se enganchó en el asa de la cesta y la arrastró hacia el interior. La puerta se cerró con un golpe suave.
Hacía un día mucho mejor, así que en lugar de esperar abajo, Lily salió y pedaleó por el carril bici un par de millas hasta llegar al primero de los tres túneles de camino a Exeter.
El túnel estaba junto a una sección más ancha del río donde Lily recordaba haber ido a nadar con sus amigos en verano, aunque en aquellos tiempos tenían que ir por la carretera principal porque el antiguo trazado del ferrocarril era todavía una maraña de zarzas y espinos.
Hacía demasiado frío para nadar ahora, a mediados de septiembre, pero el tiempo era lo bastante agradable para un picnic y un poco de observación de aves o pesca.
Recordó con cariño la vez que un grupo de amigos y ella habían decidido acampar allí una noche, y ella había tenido esperanzas de compartir quizá un beso junto a la hoguera con el chico que le gustaba por entonces, Mark Birt, del curso superior, solo para que Tim Johnson y Jimmy Donbury empezaran a contar historias de miedo y a retar a las chicas a atravesar el túnel corriendo a oscuras.
Mary se había puesto a llorar y al final Lily la había llevado a una cabina telefónica en la carretera principal, desde donde llamó a los padres de Mary para que vinieran a recogerla.
Para cuando Lily regresó, Mark se había acaramelado con una chica de primero de Bachillerato y ahí se acabó todo.
Se sentó en un banco con vistas al río y dejó que sus pensamientos vagaran.
Se sentía feliz de una manera que no experimentaba desde hacía tiempo, pero persistía una sensación de provisionalidad, como si en algún momento cercano tuviera que recoger bártulos de nuevo y marcharse.
Tenía una carrera, formación, experiencia en el sector financiero, contactos.
Una vida como camarera y limpiadora no era lo que se había propuesto.
Pero era agradable, tranquilo y, a veces, se preguntaba si quizá eso sería suficiente.
El tío Gus y la tía Gert parecían felices sin duda, mientras que todo lo que ella recordaba de sus años en Londres era el estrés de ir de una reunión a otra, asegurarse de estar impecable para cada cliente, tener que sopesar cada palabra.
Y eso antes de los atascos, y las sirenas, y el tipo que le derramaba el café por la calle, y los obreros, y los retrasos del metro y el...
Lily dio una palmada sobre la madera húmeda del banco, sintiendo el suave cojín de liquen que crecía sobre partes de su superficie, las grietas por donde la lluvia había penetrado el barniz, los desconchones donde las lascas empezaban a desprenderse.
—Relájate —dijo en voz alta—. Tómatelo con calma.
Un par de truchas arcoíris nadaban lánguidamente por el agua, con el sol brillando en sus lomos.
Lily pensó en lo tranquilo que debía de ser ser un pez, con la única tarea real de buscar entre el limo algo de comida para el día, pero entonces vio a un pescador caminando por el campo al otro lado del río, con la caña al hombro y una caja de aparejos en la mano, y comprendió que los peces también tenían sus problemas.
Tras saludar al pescador con un gesto rápido y darle los buenos días, se dirigió de vuelta al anexo, esperando secretamente que no pescara nada.
La cesta estaba donde le habían dicho que la recogiera, con la nota todavía en la puerta.
Lily consideró brevemente llamar, pero luego lo pensó mejor.
Sin embargo, la tapa de la cesta no estaba bien cerrada, así que Lily levantó el borde para reajustar los cierres de mimbre de los lados y vio otro trozo de papel dentro.
¿Cuál es el SECRETO...?
El uso de mayúsculas y los puntos suspensivos sugerían cierta urgencia. Lily lo miró por un momento, notando una mancha en una esquina que podría haber sido tinta, luego se lo guardó en el bolsillo, cogió la cesta y volvió a la casa principal.
Un par de huéspedes acababan de llegar esa mañana, así que Lily ayudó a sus tíos a organizarlos, enseñándoles la habitación, las zonas comunes, explicándoles los horarios de las comidas y respondiendo a algunas preguntas que tenían.
Después de que los recién llegados hubieran salido a pasar el día, y de que el tío Gus y la tía Gert se hubieran instalado en el restaurante con un tablero de ajedrez entre ellos, Lily se adueñó del ordenador de recepción para investigar un poco.
Primero, sin embargo, no pudo resistirse a consultar las redes sociales que tanto había estado evitando.
Como antes, había aún menos cosas destacables, y casi nada de verdadera importancia.
Sentía que su abstinencia de publicar fotos insulsas o actualizaciones de estado inútiles la había dejado a la deriva, y que poco a poco la estaban olvidando.
Miró por encima del hombro, a través de una ventanita de la puerta de recepción que daba al restaurante, y vio al tío Gus, agarrándose un mechón de pelo como si fuera un ramo de flores de un pobre, sacudiendo la cabeza mientras la tía Gert se reía.
La casa de huéspedes tenía una página web a través de la cual se podían hacer reservas, además de aparecer en la mayoría de los principales sitios de reservas, pero por lo demás sus tíos no tenían presencia alguna en las redes sociales.
Y se les veía despreocupados, felices. El estrés y el trauma del mundo online eran algo de lo que eran totalmente ajenos.
Con ganas de desconectar, pero incapaz de resistirse, Lily abrió el perfil de Steve.
Desde su última foto, solo había una actualización nueva: un estado breve que simplemente decía: «¡Dios mío, no me lo puedo creer!
», seguido de un emoji de una cara llorando.
Un par de docenas de personas habían escrito comentarios del tipo: «Oh, no, ¿qué ha pasado?
», pero Steve aún no había respondido. Lily se preguntó si lo habría dejado su nueva fulana o si habría pasado algo mucho menos dramático —como la pérdida de las llaves del coche o un café derramado sobre uno de los desastres que él llamaba arte— y estaba exagerando para la galería.
Lily pensó en hacer un comentario al respecto, luego se dio cuenta, con una repentina sensación de libertad, de que no le importaba.
En su lugar, volvió a su intención principal, que era investigar un poco más sobre Victoria Borton.
En parte pensó que sería divertido sugerir un secreto que realmente procediera del propio pasado de Victoria.
Sin embargo, los escritores no eran las fábricas de cotilleos que resultaban ser la mayoría de las celebridades de la televisión y las estrellas de cine, y no había nada de gran interés aparte de un par de entradas de blog cortas de «¿Qué fue de...
?» y un artículo de hace dos años que afirmaba que se estaba preparando una continuación de Guía del romántico para el observador de trenes, titulada simplemente Guía de las rupturas traumáticas para el observador de trenes.
No obstante, al fijarse en la fecha —el 1 de abril— pareció sugerir que los comentarios de abajo, que afirmaban que era una broma de April Fools, tenían toda la razón.
Parecía que, lejos de estar creando una ola de expectación entre los fans al estilo de Harper Lee o George RR Martin —salvando a unos pocos tipos acosadores—, Victoria estaba siendo olvidada rápidamente por la comunidad lectora en general. Ocho años era mucho tiempo incluso para un escritor.