14 Historia
Historia
Historia
Se le hacía raro saber que podría acabar siendo un personaje de un libro.
Todo resultaba un poco surrealista mientras Lily empujaba la bicicleta de vuelta por el carril bici, deteniéndose con frecuencia para observar a los patos que daban vueltas en el agua.
El espectro de su antigua vida parecía de pronto muy lejano mientras tarareaba una canción que había oído esta mañana en la radio del tío Gus.
Quizá podría dictarle a Victoria cómo quería que fuera su vida, y así resultaría después en la realidad.
Conocería a un hombre guapo que no fuera ni un infiel ni un parásito.
Qué demonios, que fuera un príncipe de verdad. Y ella sería su princesa. ¿Por qué no?
El cielo había empezado a nublarse cuando llegó a la pensión; las primeras gotas gordas de un chaparrón inminente caían a su alrededor mientras subía apresurada por el sendero, aparcaba la bici y entraba.
Por otro lado, puede que Victoria se hubiera rendido para mañana.
Después de todo, habían pasado ocho años desde su último libro.
Para cuando Lily hubo lavado el contenido de la cesta y lo había puesto a secar en un escurridor junto al fregadero, los cristales del invernadero estaban surcados por la lluvia.
El tío Gus había pegado con celo una lista de tareas pendientes, pero el grupo numeroso que se había quedado a pasar la noche se había marchado y solo quedaban dos habitaciones ocupadas.
Lily tenía libres los próximos dos días; su horario se centraba en los fines de semana, cuando la pensión estaba más concurrida.
Cuando volvió a bajar tras terminar de preparar la segunda habitación, el tío Gus y la tía Gert estaban sentados en el comedor, encorvados sobre un tablero de Scrabble.
—Superficial —dijo el tío Gus con una sonrisa triunfal—. Treinta y siete puntos.
La tía Gert suspiró. —Sabía que debería haber sacado el desatascador cuando te tragaste aquel diccionario, en lugar de dejar que lo digirieras. Fox. Nueve puntos.
—Mañana te subiré la ventaja a cincuenta —dijo el tío Gus—. Remedial. ¡Oh, triple puntuación de palabra! ¡Toma ya!
—¿Lily? ¿Conoces alguna buena palabra de nueve letras?
Lily frunció el ceño. —«¿Imposible?» —contó con los dedos—. Oh, pero no es la mejor. —Luego, con una risa, añadió—: Normal que no funcionara lo de la industria financiera.
—Bueno, te estás convirtiendo en una experta en cambiar camas, cariño —dijo la tía Gert, y volvió a encorvarse sobre el juego como si la conversación hubiera terminado.
Sin saber muy bien qué debería hacer durante el resto de su turno, Lily deambuló por el vestíbulo, admirando las vitrinas de antigüedades que antes había estado demasiado ocupada para disfrutar.
Su abuelo realmente había sido un coleccionista.
Se preguntó si habría algo especialmente valioso escondido entre todos aquellos juguetes antiguos, herrajes, cuadros, vajillas y electrodomésticos.
¿Quizá una tostadora rara de los años cincuenta?
¿O una vieja cuchara de la época victoriana lamida una vez por el príncipe Alberto?
A través de una puerta a la izquierda del vestíbulo estaba la tiendecita de la pensión.
No tenía personal; los clientes debían tocar un timbre para solicitar asistencia.
Del tamaño aproximado de un vestidor, cerca de la mitad estaba dedicada a postales, guías y folletos locales, y artesanía y productos comestibles de la zona.
La otra mitad eran antigüedades restauradas, libros de segunda mano y revistas viejas.
En un rincón había otro estante con el cartel de TRAIGA UNO, LLEVÉSE OTRO, una especie de biblioteca de préstamo para los huéspedes.
En un estante inferior, Lily se sorprendió al encontrar una pila de periódicos locales antiguos, algunos de los cuales se remontaban a los años noventa, con las esquinas empezando a amarillear por la edad.
Cogió un puñado, volvió a las cocinas, se preparó un café y se sentó en un sofá de la zona común para echarles un vistazo.
Las fechas eran un poco aleatorias: la primera era de enero de 1990 y la más reciente del verano pasado. Al principio Lily no estaba segura de qué conexión podrían tener, hasta que pasó a la página cinco de uno, y encontró un artículo sobre la pensión.
La Casa de Huéspedes Willow River recibe un galardón de prestigio
Family Magazine, la revista nacional líder en bienestar familiar en Gran Bretaña, otorgó ayer a la Casa de Huéspedes Willow River, en Willow River, Devon, el primer puesto en sus premios Best for Families de 1997.
—Estoy encantado —declaró el propietario, Robert Markham, residente de Willow River desde hace mucho tiempo—. En esto consiste nuestra pensión: en proporcionar un entorno feliz para las familias.
Debajo había una foto de su abuelo, con rostro estoico mientras sostenía una placa; la imagen era demasiado granulada para revelar la inscripción.
Su abuela, Margaret, estaba a su lado, con una amplia sonrisa.
A ambos lados se encontraban dos hombres jóvenes: uno rotundo y de pelo tupido, el otro más delgado y que ya empezaba a estar calvo.
A la izquierda de este último había una versión mucho más joven, delgada y menos extravagante de su madre, con un bebé en brazos.
Lily se quedó mirando. Aquella tenía que ser ella, con un año más o menos. Sonrió. Su primera aparición en la prensa.
Se levantó y fue hacia el vestíbulo de recepción, donde encontró el premio, que ahora acumulaba polvo tras un tiesto de flores de plástico polvorientas.
Le dio una limpieza rápida con la manga y ajustó su posición para que fuera más visible para los clientes.
Podría tener veinticinco años, pero seguía siendo algo de lo que estar orgullosa.
El tío Gus y la tía Gert seguían encorvados sobre su partida de Scrabble, riéndose y murmurándose cosas, mientras la lluvia golpeaba ahora con fuerza contra las ventanas. Lily, sintiéndose felizmente invisible, se rellenó el café y volvió a su sofá.
Pronto descubrió que el tema común que compartían los periódicos era que cada uno contenía un artículo sobre la pensión.
Había uno o dos premios más, luego algunos eventos especiales, como la organización de una carrera de patos por el río Willow, una fiesta benéfica celebrada en los jardines y una visita del príncipe Carlos y la duquesa de Cornualles.
También había un par de artículos pintorescos, como el de una paloma mensajera que de algún modo se había quedado atrapada en el invernadero con un mensaje pegado a la pata para un lord escocés, y otro como punto de partida del intento de un hombre de la zona de recorrer a pie todas las líneas ferroviarias principales del Reino Unido disfrazado del rey Arturo.
Con fecha de 2002, poco antes de que cerrara la línea, una foto en color bajo el breve artículo mostraba a un hombre sonriente con capa y corona alzando una espada de madera, de pie junto a su abuelo, que ponía cara de perplejidad.
Por último, estaban los artículos de aniversarios.
Eran fáciles de detectar porque aparecían cada cinco años.
En 1995, la pensión había celebrado cuarenta años con una foto de media página, tomada desde un piso superior, de un grupo de personas saludando desde un patio más grande, donde ahora se encontraba el invernadero.
Aparte de sus abuelos, el tío Gus y su padre, la imagen era demasiado granulada para revelar la identidad de las otras personas del grupo, aunque según el pie de foto, uno de ellos era Phillip Schofield, que había bajado de la BBC para pronunciar un discurso en la fiesta.
Diez años después, para el quincuagésimo aniversario, la foto era en color y mucho más clara, con el grupo esta vez de pie frente a la pensión.
Lily sintió una punzada de pesar al ver que su abuela ya no estaba allí, y su abuelo parecía haber envejecido notablemente desde la ocasión anterior.
El tío Gus había empezado a adquirir su aspecto actual, con los rasgos casi ocultos por la barba —aunque con menos mechones grises— y la tía Gert sonreía apoyada en su hombro.
Sus propios padres miraban con respeto a la cámara, con Lily de pie a la izquierda de su madre; tenía nueve años, era desgarbada y un poco torpe, y llevaba el pelo cortado en una melenita incómoda.
No recordaba el evento, pero recordaba haber odiado aquel corte de pelo, habérselo dejado largo y haberlo llevado en una coleta durante años, hasta que sus amigos de la universidad la convencieron para que experimentara más.
De las otras personas de la foto, reconoció a un par: Martin Donbury, el padre de Jimmy, aparecía con traje junto a su abuelo, y Lily recordaba vagamente que una vez había presidido el consejo municipal.
Mary, su mejor amiga de entonces, estaba a un lado, junto a su madre, que llevaba un delantal de camarera.
Lily arqueó brevemente una ceja, pues no sabía que la madre de Mary hubiera trabajado alguna vez para Gus.
Siempre había pensado que trabajaba en una floristería en la carretera entre Willow River y Brentwell, pero supuso que podría haber tenido más de un trabajo a tiempo parcial.
Sin embargo, lo que más interés despertaba era la mujer que estaba al lado de su propia madre.
No era especialmente alta, pero su presencia parecía llenar la imagen; una versión más joven, más delgada y sorprendentemente atractiva de Victoria Borton miraba con confianza a la cámara.
Con un vestido largo de color púrpura con una banda blanca y un chal de estampado de leopardo, parecía una estrella de cine.
Tenía un brazo apoyado en la cadera como para ejecutar una postura de fotógrafo de manual, mientras que con el otro sostenía la mano de un niño pequeño.
Y en la otra mano, el niño sostenía la de Lily.
Tenían más o menos la misma altura. El niño, de pelo muy corto y con las orejas un poco salidas de forma cómica debido a las gafas demasiado grandes que llevaba, era el único que no miraba a la cámara.
En su lugar, tenía la cabeza ligeramente inclinada y la sonrisa que lucía se dirigía únicamente a Lily.
Ella también se descubrió sonriendo. Así que la conexión de Victoria con la pensión Willow River era más profunda que su uso actual como refugio.
Se había estado alojando allí el día del quincuagésimo aniversario, viajando con un niño que tenía que ser su hijo, aunque él no compartiera nada de su extravagancia.
Y el niño, a juzgar por aquel momento capturado en el tiempo, se había quedado prendado de Lily.
Se preguntó qué habría sido de él. En los escasos minutos que había pasado en la habitación de Victoria no había visto fotos personales, y no había encontrado otras imágenes —ni mención alguna sobre él— durante su búsqueda en internet.
Le subió un repentino calor a las mejillas con la idea de que pudiera haber muerto.
Dejando que su corazón, que latía con fuerza, se ralentizara gradualmente, razonó que, aunque era posible, solo era una de tantas posibilidades.
Parecía tener su misma edad. Lo más probable era que ahora trabajara en un banco o en alguna otra oficina, pasando desapercibido para evitar ser reconocido como el hijo de una escritora famosa.
Quizá incluso tuviera una familia, un par de hijos.
Estudió la fotografía un poco más de tiempo y luego devolvió con cuidado los periódicos a su sitio. En el restaurante, el tío Gus y la tía Gert habían terminado su partida de Scrabble y estaban barajando un juego de cartas.
—Póker de cerillas —dijo la tía Gert, sosteniendo una enorme bolsa de palitos—. ¿Te apuntas?
Lily acercó una silla y se sentó. —¿Puedo preguntaros algo?
—Claro —dijo la tía Gert.
—Depende de si es un secreto profesional o no —dijo el tío Gus—. Pero por si te lo preguntabas, no, no uso laca.
—Me alegro de haberlo aclarado por fin —dijo Lily con una sonrisa—. Era sobre Victoria. Me preguntaba cuánto tiempo lleva alojada aquí.
El tío Gus y la tía Gert intercambiaron una mirada. —Podría consultar los libros —dijo el tío Gus—. Pero así de memoria, diría que unos tres años.
—Pero no es la primera vez que se queda, ¿verdad? Se ha alojado aquí más veces, ¿no? He encontrado una foto en un periódico viejo.
—Fue cliente habitual durante años —dijo el tío Gus—.
Aparecía una o dos veces al año durante un par de días.
Creo que solía venir aquí con su familia cuando era niña, allá cuando abrió por primera vez, cuando yo era solo un crío.
—Se rió—. Solíamos jugar al pilla-pilla con beso fuera en el aparcamiento.
—Ante la mirada fulminante de la tía Gert, añadió—: Yo corría como un loco para escaparme de ella.
—¿Y tenía un niño pequeño?
—Michael. Sí, un buen chico. Tranquilo. Le gustaba mirar los trenes. Perdió un poco el interés cuando cerró la línea. Creo que la última vez que lo vimos debía de tener trece o catorce años. Probablemente estaría liado con el colegio, o con su padre.
—¿Estaba casada Victoria?
—Que sepamos, nunca —dijo la tía Gert—. Nunca se alojó aquí con un hombre.
—¿Y su hijo no viene nunca a verla ahora?
La tía Gert negó con la cabeza. —No viene nadie a verla, excepto algunos de esos fans suyos tan raros. De esos tipos que persiguen trenes.
El tío Gus soltó una fuerte carcajada. —Tiene que ser una buena paradoja para ella, con lo arreglada que va y todo eso, que la persigan todos esos ratones de biblioteca con anorak naranja. Muy bien, ¿a quién le toca repartir?
Lily levantó la mano. —A mí. Tengo el presentimiento de que mi suerte está a punto de cambiar.