13 Rama de olivo #2
—Solo pienso en usted —dijo Lily.
—Bueno, eso está bien, porque yo no doy propinas —dijo Victoria—. Es una especie de norma personal.
—Una norma noble —dijo Lily—. ¿Debo esperar abajo como de costumbre?
—Espera un momento.
Victoria dejó la cesta y levantó la tapa de mimbre. Lily observó cómo la mujer arrugaba la nariz y fruncía el ceño.
—Bueno, he comido cosas peores en convenciones, aunque renunciar al beicon... qué vergüenza... ¿qué es esto?
Cogió el trozo de papel.
—Es una pregunta importante para la que va a necesitar la respuesta —dijo Lily.
—«¿Cuándo un gorrión no es un gorrión?». ¿Qué demonios quieres decir?
Antes de que Lily pudiera responder, Victoria le dio la vuelta al papel. —Ah, ya veo. La respuesta está pegada al fondo del plato. ¿Así que lo que intentas decir es que tengo que comerme toda esta... cosa verde... para poder responder a esta pregunta existencial?
Lily asintió.
—Eres una listilla, ¿verdad? ¿Has pensado alguna vez en escribir un libro? Probablemente se te daría bastante bien el género de misterio.
—No, no lo he pensado.
—Bueno, quizá deberías intentarlo. No puedes ser camarera para siempre, ¿verdad?
Lily hizo una mueca. —Quizá siga su consejo. Cogeré unos cuantos post-its de la recepción y empezaré a garabatear en mis descansos.
—¿Os dan descansos? Un lujo, diría yo. Cuando yo trabajaba en la refinería de carbón, teníamos un descanso al mediodía para sacudirnos el polvo de las botas.
Lily no recordaba nada sobre trabajar en una refinería de carbón en la página de Wikipedia de Victoria. Aunque era posible que hubiera hecho algún trabajo a tiempo parcial en su juventud, a Lily le parecía más probable que su aislamiento la hubiera dejado un poco para allá.
—Esperaré abajo —dijo.
Treinta minutos después, seguía esperando. Victoria nunca había tardado tanto en comer, así que cuando el reloj de cuco de la pared del invernadero anunció las diez, volvió a subir y dio un ligero golpe en la puerta.
—¿Señora Borton? Siento molestarla, pero ¿se encuentra bien ahí dentro?
No hubo respuesta. Lily esperó un par de minutos y volvió a llamar suavemente. Seguía sin haber respuesta. Un poco asustada ahora por si le había pasado algo a Victoria, probó a abrir la puerta y vio que estaba sin echar la llave. Empujándola con cuidado, entró.
—¿Victoria?
El tío Gus le había dicho que aquello era una suite, y se sentía como entrar en un piso más que en una habitación de hotel. Ante ella había un pequeño pasillo, con un baño a un lado y una cocina pequeña al otro. Al fondo había una puerta cerrada.
Lily dio unos pasos hacia adelante. La puerta, con un muelle automático, se cerró de golpe tras ella, dándole un susto y dejándola sola en el pasillo.
Echó un vistazo a la cocina, pero parecía estar prácticamente sin usar.
Una cafetera estaba medio vacía, y un par de hogazas de pan de las que hacía la tía Gert y que se vendían en la pequeña tienda de la pensión sugerían cómo se mantenía Victoria el resto del día.
—¿Victoria?
Lily avanzó sigilosamente por el pasillo hasta la puerta cerrada, tratando de escuchar algún sonido de la solitaria escritora. Solo al apoyarse contra la puerta oyó una especie de jadeo rápido que venía del interior.
Lily frunció el ceño. Esperaba de verdad que Victoria estuviera haciendo algún tipo de ejercicio y no algo un poco más... privado, tal vez con otra persona a la que hubiera metido a escondidas en su habitación. Por otro lado, podría estar tirada en el suelo, sufriendo un ataque o un derrame.
Por si acaso, Lily no tuvo elección. Respiró hondo, agarró el pomo y abrió la puerta.
La habitación era un desastre: ropa tirada por todas partes, objetos personales esparcidos por el suelo.
Bajo el caos había un sofá a un lado y una cama al otro, con una bonita vista desde la ventana que daba a los campos detrás de la vieja estación.
Frente a la ventana, inclinada sobre un escritorio, estaba Victoria, jadeando y resoplando mientras aporreaba un viejo ordenador portátil.
—¡Oh, lo siento mucho...!
Lily empezó a retroceder. Victoria se dio la vuelta. Literalmente le goteaba el sudor de la cara, que salpicaba el suelo mientras seguía escribiendo, sonriendo salvajemente a Lily.
—¡Rebecca, querida, eres una joya! ¿Quién lo hubiera pensado?
¿Cuándo un gorrión no es un gorrión? Cuando es un espárrago.
Qué frase inicial más perfecta, absoluta.
Ocho años llevo esperando este rayo de inspiración.
Ya tengo un comienzo, tengo un tono. Necesito un personaje.
Vamos, Rebecca, dame más, querida. ¡Rápido! ¡Dame más!
—Eh... ¿una chica? Llega tarde al trabajo y... eh... ¿la despiden?
—¡Perfecto! ¡Más!
—Ella... eh... va a ver a su prometido, pero él tiene a otra mujer allí y ella se siente... destrozada.
—¿A qué se dedica él? ¿Algún tipo de oficina?
—¿Qué? Eh, no, es artista.
—¡Perfecto! ¡El paso en falso! Tienes un talento natural. ¡Más! ¿Qué hace ella?
—Huye. Huye de su antigua vida, de vuelta a casa de sus padres. Y allí... no sabe qué hacer con su vida... y necesita algo que hacer, así que consigue un trabajo en la pensión de su tío. Y allí...
—¡Sí, sí! ¿Cuál es nuestro gancho?
Lily no pudo evitar sonreír. —Conoce a una vieja escritora loca que ya no puede escribir porque su último libro tuvo demasiado éxito. Y ellas... se ayudan mutuamente.
—Genial. Vete, Rebecca, sal de aquí. Puedo tirar con esto. Vuelve mañana.
Mientras Victoria se inclinaba sobre el ordenador, Lily vio la cesta tirada junto a la puerta.
Se había terminado la comida; el plato en el que había pegado el remate del chiste seguía boca abajo.
El papel había desaparecido, pero al mirar de nuevo a Victoria, lo vio: pegado en la esquina superior del ordenador de la escritora.
—¡Espera! —Victoria levantó una mano mientras Lily recuperaba la cesta y empezaba a salir por la puerta—. ¿Quién es ella? ¿Cómo se llama?
Lily sonrió. —Lily —dijo, incapaz de resistirse—. Lily Markham.