Otoño en la Casa de Huéspedes Willow River (Los cálidos días de otoño 2) 8 Experiencia laboral
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8 Experiencia laboral

Experiencia laboral

Experiencia laboral

—¿Por qué no vienes a correr? —dijo Sarah, estirando los brazos hacia los lados como para llamar la atención de Lily—. Deshazte de toda esa energía negativa. Llevas toda la tarde vibrando con ella.

Lily apoyó la barbilla en la mano e intentó sentarse derecha. —He paseado por el pueblo hoy. Es un comienzo, ¿no?

—Y ahora es el momento de correr por el pueblo.

Lily hizo una mueca. —Quizá mañana.

—Venga ya...

La puerta principal se abrió y un silbido alegre anunció el regreso de Pete del trabajo.

Lily sonrió cuando entró su padre; se quitó el abrigo de los hombros, le dio un beso en la mejilla a Sarah y luego se dejó caer en una silla con la elegancia de un actor de teatro, apoyando un pie sobre el otro y arqueando una ceja.

—¿Qué tal el día, cariño?

Lily frunció el ceño. —Frustrante. Me he sentido como si estuviera dando tumbos entre desear no haberme ido nunca y desear no haber vuelto jamás.

Toda la gente del instituto que sigue por aquí ha seguido adelante.

Ya no tenemos nada en común. Y todas las cosas nuevas...

me hacen sentir que me he perdido algo. No sé si voy o vengo.

—Ah, eso es de esperar —dijo Pete—. ¿Sabes lo que creo?

—Necesita hacer más ejercicio —dijo Sarah.

—Esa es una posibilidad. Sin embargo, no es solo eso.

—¿Qué es, papá?

Pete sonrió. —Dímelo tú, cielo.

Lily frunció el entrecejo. —Necesito... necesito... necesito encontrar alguna clase de... propósito.

Pete chasqueó los dedos. —Mañana es sábado. Los sábados llevo la furgoneta a Sycamore Park, en Brentwell, y parece que el tiempo va a mejorar. —Puso su cara más necesitada—. Me vendría de perlas un poco de ayuda...

—¿Quieres que me ponga a darles la vuelta a las hamburguesas?

—Y a preparar café barato, abrir paquetes de vasos desechables, sacar patatas fritas del congelador portátil. —Pete abrió los brazos—. De todo un poco.

—No he hecho nada parecido desde que trabajé un verano tras la barra de The Crown —dijo Lily.

—Pues ahora es tu oportunidad. Hora de ver cómo vivimos los pobres.

—No eres un pobre, papá.

—Aceptaré «labrador independiente». Al fin y al cabo, las patatas han ido fenomenal este año.

—Hemos tenido unas cuantas semanas decentes de sol —convino Sarah—. Bueno, os veo luego. Este culo no se va a endurecer solo.

—Buena suerte —dijo Pete, sonriendo mientras Lily se moría de vergüenza.

—Entonces, ¿de verdad quieres que te ayude?

—Te pagaré. No espero que trabajes gratis.

Lily sonrió. —¿Cuánto?

—Tarifa de amigos y familiares. Cinco libras la hora.

Gestionar una furgoneta de hamburguesas era mucho más difícil de lo que Lily había esperado.

El día empezaba mucho antes de tener que vender nada, comprobando el combustible y las existencias de la propia furgoneta, asegurándose de que tenían energía suficiente para el generador, comprobando las fechas de caducidad de la comida y asegurándose de que todo estuviera limpio y bien organizado.

—Lo último que quieres es que un idiota del ayuntamiento te dé la lata por una mancha de grasa —dijo Pete, mientras subían a la cabina y se ponían en marcha.

Lily recordaba Sycamore Park de sus tiempos de secundaria.

Como cogía un autobús escolar desde Willow River, no había pasado mucho tiempo allí, salvo cuando visitaba a amigos que vivían por la zona, pero, sobre todo en los primeros años, se organizaban picnics periódicos, así como diversos eventos y festivales a lo largo del año.

En Navidad siempre había un pequeño mercado durante un par de semanas, y en las noches de verano a veces se colgaban luces de los árboles.

Sin embargo, en otoño era cuando mejor lucía, cuando todas las hojas empezaban a cambiar de color y cada ráfaga de viento traía lluvias de hojas rojas y doradas.

La furgoneta de Pete se encontraba junto a la entrada sur y, a los pocos minutos de instalarse, empezó a formarse una pequeña cola.

—Pobres diablos los que tienen que trabajar un sábado —dijo Pete, guiñándole un ojo a Lily mientras saludaba a otro hombre de mediana edad con un traje de negocios oculto bajo una chaqueta, que se frotaba las manos para combatir el frío de la mañana—.

Café y un bollo de salchicha, ¿verdad, compañero?

Parecía que casi todo el mundo conocía a Pete, y Lily no pudo evitar sentir una punzada de anhelo al ver cómo su padre saludaba calurosamente a personas de toda condición, desde un hombre con un traje de Gucci cuyo corte de pelo probablemente había costado tanto como la furgoneta, hasta una chica de unos veinte años cuyos vaqueros tenían deshilachados que no eran de diseño, y cuyas zapatillas sucias llevaban cordones de diferentes colores.

Lily observó con orgullo cómo Pete deslizaba una salchicha extra en el panecillo de la chica y le daba cambio de más.

Por más que lo intentaba, Lily tenía dificultades para manejar la sencillez de cocinar una hamburguesa que no estuviera negra por fuera o rosa por dentro, o para recordar qué bote de plástico era el del azúcar y cuál el de la sal.

—Papá, deberías cambiar las etiquetas —dijo frustrada cuando, a mitad del camino que llevaba a un estanque de patos, un cliente al que acababan de atender tomó un sorbo de su café y lo escupió, antes de lanzar una mirada agria por encima del hombro y verter el resto del contenido del vaso en el seto más cercano—. Solo alcanzo a ver dos eses borrosas.

—Esa parte es la esquina de una "A" —dijo Pete, señalando un borrón en una etiqueta descolorida—. No te preocupes, no era un habitual. Si no estás segura, mete el dedo.

—¿No va eso contra las normas de higiene y seguridad?

—Solo si están mirando. —Pete sonrió—. Unos cuantos gérmenes nunca hicieron daño a nadie. Pregúntale a cualquier niño que se haya criado entre los cincuenta y los noventa.

—También he quemado la última hamburguesa —dijo Lily.

—Por eso le he puesto kétchup de más. No te preocupes, no se ha dado ni cuenta. La mayoría de la gente tiene demasiada prisa como para que le importe.

—Soy una inútil para esto.

—Ya mejorarás. Solo dale tiempo.

Lily disfrutó charlando con algunos de los clientes, pero no se entristeció cuando Pete decidió cerrar justo después de que terminara el ajetreo de la hora del almuerzo. Cuando Lily preguntó si su propia comida serían hamburguesas y bollos de salchicha, Pete sacudió la cabeza.

—Ni hablar. Iremos a por comida de verdad.

Junto a la entrada norte del parque se encontraba un restaurante encantador llamado Oak Leaf Café, donde su dueña, una señora mayor llamada Angela, saludó a Pete como a un viejo amigo.

Lily había esperado alguna clase de rivalidad, pero charlaron sobre los clientes del día y luego Angela les sirvió un pastel de carne delicioso con verduras asadas de temporada.

—Deberías vender cosas así —le dijo Lily a Pete mientras comían.

—Ah, es otro tipo de público —dijo Pete—. Además, no quiero pisarle el terreno a Angela.

Antes de que se marcharan, Angela trajo una caja de cartón.

—He encontrado esto en una tienda de caridad —dijo—. Enseguida pensé en ti.

Pete abrió la caja y sonrió. —Fantástico. Muchas gracias.

La caja estaba llena de trozos de cristal y plástico de muchos colores, como si alguien hubiera destrozado un semáforo y hubiera recogido los pedazos.

Lily se había preguntado a menudo de dónde sacaba su padre las piezas para los mosaicos que le gustaba hacer en el viejo cobertizo que había detrás de su casa, pero Pete estaba radiante mientras regresaban cruzando el parque hacia la furgoneta.

—Esto me mantendrá ocupado durante una buena temporada —dijo.

—¿Suele darte la gente cosas que encuentra? —preguntó Lily.

—Si saben que estás buscando —dijo—. La vida es cuestión de conexiones, ¿no? Cuantas más tengas, mejor.

De camino a casa, ambos coincidieron en que Lily no había impresionado precisamente durante su primer turno en la furgoneta de hamburguesas familiar. Prometió esforzarse más al día siguiente, pero Pete sacudió la cabeza.

—Creo que necesitamos añadir un poco de variedad a tu vida — dijo —. Puedes tomarte libre el día de mañana y el lunes puedes ayudar a tu madre en la tienda.

—Papá... sabes que acabaríamos pinchándonos la una a la otra —dijo Lily—. Sabes cómo somos cuando estamos juntas.

Pete se encogió de hombros. —Han pasado unos cuantos años.

—Demasiado pocos, me imagino.

Lily había pasado un verano trabajando con Sarah en la pequeña tienda de artesanía, pero la propensión de su madre a «dar un toque artístico» a su técnica de venta la había vuelto casi loca.

Los precios rara vez estaban anunciados y, cuando lo estaban, Sarah hacía descuentos al azar dependiendo de cómo de amiga considerase a la clienta.

De algún modo, la tienda seguía dando beneficios, pero aquel método de negocio tan poco ortodoxo había sacado de sus casillas a Lily, recién salida del instituto con matrículas de honor en matemáticas, física y empresariales.

Pete chasqueó los dedos. —Tengo una idea —dijo—. Déjame hacer una llamada cuando lleguemos a casa.

Estaba lloviendo de nuevo cuando llegaron a Willow River; los grandes árboles colgantes del parque, en el valle situado bajo su casa, se mecían con un viento cada vez más fuerte.

Lily suspiró mientras miraba por la ventana.

Había algo intensamente nostálgico en las tormentas otoñales.

Cuando los turistas se marchaban y el pueblo volvía a ser propiedad exclusiva de la gente del lugar, cuando los días se acortaban y las hojas empezaban a cambiar...

eso era lo que la hacía sentir en su hogar.

El verano siempre era solo un momento fugaz.

La temporada baja, con sus largos días de lluvia, mañanas gélidas, cielos despejados de vez en cuando y la luz del amanecer reflejándose en un jardín que brillaba por la helada... aquello era lo que le parecía real.

Pete entró directamente, dejando que Lily recogiera la furgoneta. Para cuando ella entró, él estaba sentado a la mesa con un café delante y una amplia sonrisa.

—Acabo de hablar por teléfono con el tío Gus —dijo—. Empiezas mañana.