Otoño en la Casa de Huéspedes Willow River (Los cálidos días de otoño 2) 7 Una vieja amiga
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7 Una vieja amiga

Una vieja amiga

Una vieja amiga

Al principio, mientras el calor persistente de agosto empezaba a desvanecerse ante las mañanas frescas y las tormentas repentinas de septiembre, Lily no era capaz de obligarse a salir a la calle.

Se quedaba tumbada en la cama o sentada en el salón viendo la tele, intentando no pensar en nada con demasiada profundidad.

Desde que había tirado el móvil al río junto a la casa de Steve, había mantenido un silencio absoluto, negándose a conectarse a internet o incluso a buscar un teléfono de sustitución.

Cada mañana se despertaba con el sonido de su madre haciendo un DVD de ejercicios de body combat en el salón, y luego bajaba tranquilamente a desayunar con su padre antes de que él se marchara a trabajar en su furgoneta de hamburguesas.

Después, durante el resto del día, se dedicaba a ver la tele o a trastear en el jardín, quitando malas hierbas, arreglando el huerto o podando algunos de los setos que habían crecido demasiado.

A medida que los días se convertían en una semana, y luego en dos, Lily supo que tarde o temprano tendría que aventurarse de nuevo al mundo exterior.

El día que finalmente se decidió fue un lunes lluvioso de mediados de septiembre. Se vistió y bajó las escaleras para encontrarse a su madre en pantalones cortos de gimnasia y una camiseta Reebok, mientras una mujer con uniforme de combate le gritaba desde la televisión.

—¡Vamos, gusanos, esforzaos más! —vociferaba la mujer—. ¡Os veo desde aquí vagueando, parando a beber leche como si fuerais unas nenazas! ¿Sabéis cómo se sobrevive en el patio de la cárcel? ¡Subid más esas rodillas!

—¿Quieres unirte a mí? —jadeó Sarah, mientras Lily cogía la caja de un DVD del reposabrazos del sofá y leía: Doreen’s Prison Yard Boot Camp Volume 3.

—Estaré bien así, pero no te rindas, mamá. Doreen te está vigilando.

—Hay café en la cafetera —consiguió responder Sarah entre jadeos.

Su padre ya se había marchado a trabajar, así que Lily se sentó a la mesa con un café y un tazón de cereales, y leyó un ejemplar del Daily Mail de ayer. Luego, armándose de valor, se dirigió a la puerta principal.

Estaba lloviznando un poco, pero nada que un paraguas, unas botas de agua y un chubasquero ligero no pudieran solucionar.

La nostalgia fue casi excesiva mientras Lily recorría el camino de vuelta, deteniéndose junto a la vieja cabina telefónica de la esquina — convertida ahora en una exposición de arte local que exhibía un par de los atrapasueños de su madre y un pequeño mural que su padre había hecho con trozos de cristal pegados sobre madera contrachapada—, recordando los años en los que había esperado allí al autobús escolar para ir a Brentwell, y los años anteriores a esos, cuando esperaba a Jimmy Donbury, el hijo del granjero que vivía más arriba en la colina, y a Christina Sinkins, que vivía en una calle de enfrente.

Cada día, durante casi cinco años, los tres habían caminado juntos al colegio, hasta que finalmente la familia de Christina se había mudado a Liverpool y Jimmy, que era dos años mayor, había pasado al instituto local, dejando a Lily, que entonces tenía nueve años, caminando sola los dos últimos cursos hacia la primaria de Willow River, escondida detrás de la iglesia.

Siguió bajando la colina; los setos y los árboles estaban exactamente como los recordaba —aunque los Donbury por fin habían sustituido una puerta que se había derrumbado y estaba cubierta de maleza—; incluso había algunos de los mismos baches en la carretera, donde ella solía hincar palos y, a veces, en momentos de bondad, rellenaba con piedras del arcén.

Preguntándose cuánto más sería capaz de aguantar, fue un alivio llegar al aparcamiento y al sendero que daba acceso al carril bici.

No recordaba el ramal de cuando los trenes todavía circulaban —pues la línea se clausuró en 2003, cuando ella solo tenía siete años—, pero durante la mayor parte de su infancia había sido una masa intransitable de zarzas.

Una iniciativa del ayuntamiento la había convertido en carril bici cuando ella estaba en la adolescencia, transformando al mismo tiempo a Willow River en una especie de atracción turística.

La casa de húespedes del tío Gus, que antaño daba a una vía de tren y a un tramo del río especialmente aburrido, de repente se vio rodeada de zonas de pícnic y miradores.

Debido a la cercanía con la entrada y salida de Willow River, el tío Gus había tenido que ampliar su restaurante y habilitar varias habitaciones que antes estaban llenas de trastos.

Lo que antes había sido un tranquilo hostal en medio de la nada era ahora algo parecido a un hotel vacacional para parejas de mediana edad que se desfogaban con un poco de ciclismo rural.

Cruzó el puentecito de abajo, donde ahora había una señal de stop nueva y resaltos para frenar a cualquier fitipaldi que quisiera atropellar a unos cuantos ciclistas, y subió la colina hacia el pequeño pueblo.

La tienda de artesanía de su madre, en la esquina junto a una cafetería, estaba cerrada; un cartel sobre la puerta indicaba el horario de 10:00 a 16:00.

La lluvia se había vuelto progresivamente más intensa y, a pesar de que el sabor del café aún permanecía en su lengua, Lily no pudo resistirse a entrar en la cafetería, que acababa de abrir, para hacer una parada técnica.

Estaba vacía, pero mientras plegaba el paraguas y se quitaba la chaqueta, oyó un grito ahogado detrás de ella.

—Vaya. No me lo puedo creer. Hola, extraña.

Lily levantó la vista. Detrás del mostrador se encontraba una versión más mayor —y embarazada— de una cara familiar.

—¿Mary? ¿Mary Wilson? ¿Eres tú?

—Ahora es Mary Stone —Mary sonrió mientras salía de detrás del mostrador y se acercaba contoneándose hacia donde estaba Lily, atónita, junto a la puerta—, pero has estado cerca.

Se fundieron en un cálido abrazo, y Lily sintió cómo el paso de los años se alteraba de nuevo, devolviéndola a las noches en el pub, y más allá, a los días de colegio, susurrando sobre chicos en el patio, proclamando con total certeza que la señora Davies tenía un dragón en el armario de su clase de primero; lágrimas cuando las dos resbalaron en el barro en una excursión escolar por el bosque, y vítores cuando su equipo de la carrera de tres piernas llegó primero en la última competición de sus primeras olimpiadas escolares.

Mary retrocedió. Había envejecido —dos niños y un tercero en camino le habían sumado años—, pero aquella antigua actitud desenfadada seguía ahí.

Su pelo, recogido en una coleta pulcra aunque sin adornos, parecía algo más ralo, incluso con algún que otro mechón gris prematuro, pero sus ojos brillaban con vida y entusiasmo.

—Te veo bien —dijo Mary—. Bueno, tienes los ojos un poco hinchados y un rasguño en la barbilla. ¡Ah!, y reflejos en el pelo. Pero parece que vives a base de pepinos y zanahorias. ¿Has vuelto de visita o por más tiempo?

—Para ser sincera, no lo sé.

—Bueno, está cayendo el diluvio universal y no parece que vaya a parar en unas cuantas horas.

La vieja señora Gregson vendrá a tomar su café sobre la hora de comer, pero la mayoría de los forasteros se quedarán en casa.

¿Qué te parece si te pongo un café grande y me pones al día mientras yo intento mantenerme despierta con un descafeinado de risa?

—Me parece bien.

Mary le indicó a Lily que se sentara en una mesa cerca del mostrador, y los años desaparecieron para ambas mientras hablaban con naturalidad del pasado.

Amigas desde que las obligaron a darse la mano en la cola del comedor en el parvulario, sus vidas habían seguido un curso paralelo y apacible hasta que llegaron al bachillerato, donde se separaron drásticamente.

Lily se había quedado y luego se había marchado a la universidad, para no volver jamás, mientras que Mary había hecho un curso de horticultura en el colegio de Exeter y luego se había casado con uno de sus compañeros, que ahora dirigía un centro de jardinería a las afueras de Brentwell.

Su primer hijo, Sylvian, nació cuando ella tenía veinte años; el segundo, Ryan, dos años después.

Tras un paréntesis de cuatro años, esperaba que el siguiente fuera una niña.

—Ryan empezó el colegio literalmente la semana pasada —dijo Mary, frotándose la barriga con cariño—.

El primer día no quería ir bajo ningún concepto.

Tuvieron que arrancármelo de los brazos.

El segundo día, en cambio, no había quien lo parara.

Ahora le encanta. Se supone que durante el primer trimestre terminan a la hora de comer, pero lo apuntamos a las actividades extraescolares, así que voy a recoger a los niños a la vez, cuando llega Jan para cubrir la tarde.

—Se inclinó hacia delante, apoyando la barbilla en las manos—.

Bueno, ¿y tú qué? No me digas que no tienes a montones de tíos detrás de ti.

Me he fijado en la marca de tu dedo anular. ¿Se te ha olvidado ponértelo?

Lily cerró los ojos un momento. El dolor se había mitigado durante las dos últimas semanas, pero mencionarlo directamente era como echar sal en una herida abierta.

—Las cosas no funcionaron —dijo—. Resultó ser un canalla.

—Ah, ya encontrarás a otro. Aún eres joven.

—No estoy buscando.

Mary esbozó otra sonrisa afable. —Yo tampoco buscaba. Tenía pensado abrir un pequeño negocio o algo así, pero todo me cayó del cielo y no lo cambiaría por nada del mundo.

La felicidad absoluta de su vieja amiga hizo que Lily se sintiera un poco extraña.

No solo estaba la nostalgia con la que lidiar, sino también la sensación de que la divergencia en sus vidas había sido permanente.

Habían elegido caminos distintos, y aunque todavía pudieran saludarse con afecto desde la distancia, o encontrarse de vez en cuando para recordar viejos tiempos, no había vuelta atrás.

Nunca volverían a ser las amigas que habían sido.

Una parte de Lily deseaba no haberse ido nunca, mientras que otra deseaba no haber vuelto jamás.

Rechazó el ofrecimiento de otro café, alegando una lista indefinida de recados que su madre le había encomendado.

Se abrazaron junto a la puerta, ambas prometiendo volver a verse pronto, un encuentro que Lily sospechaba que no llegaría a producirse.

Al salir, escuchando el tintineo del timbre de la puerta mientras esta se cerraba tras de sí, sintió que había cerrado otro capítulo de su vida sin abrir ninguna puerta a otro nuevo. Sintió unas ganas extrañas de llorar.

—¿Qué estoy haciendo? —se preguntó en voz alta—. ¿Por qué me fui y por qué he vuelto?