Capítulo 38. Encontrada. Un beso bajo el muérdago #2
Él fue detrás de ella.
—Te quiero, Imogen, no lo puedo evitar. Sé que soy un calamar en esto del amor, un tonto que se deja llevar por las primeras impresiones y que actúa sin preguntar antes y saca conclusiones fuera de lugar.
Pero este tonto está rendido a tus pies.
He sido el culpable por el que hemos sufrido estas semanas, y a eso se le añade que no hice caso a mi corazón cuando debí escucharte y amarte al mismo tiempo. Te quiero ahora y siempre.
—Gracias por recordármelo o por recordártelo. —Molesta, se giró para encararlo desde la cima de la cuesta, con las aletas de la nariz abiertas, las manos cerradas en puños y el corazón a mil por hora—. No me puedes querer, no te puedo gustar.
—Pues es así, y si cuando empezamos a salir di rienda suelta a mis sentimientos, te aseguro que ahora habla mi corazón, eres la única mujer que tiene la llave de este, como yo soy el único hombre que te besa el alma. —Se acordaba de sus palabras.
Aquello hizo que Imogen se parase en seco y al adelantar el pie derecho la fuerza de la gravedad tiró por ella.
—¡SOCORRO QUE ME VOY!
De repente, se vio impelida hacia delante como si le tirasen de la bota y bajó dando vueltas toda la cuesta hasta que un cúmulo de nieve la frenó, donde su cara quedó enterrada.
«¡Madre mía, menudo espectáculo! ¡AU!», se quejó para sus adentros.
Unas manos fuertes la fueron separando poco a poco.
—¿Estás bien? —le preguntó con demasiada dulzura y, sin esperar, la cogió en brazos y la llevó a la acera.
—Creo que el hielo es mejor que el ácido hialurónico, se te congelan las arrugas —bromeó mientras se sacudía la nieve del pelo.
—Te quiero, Imogen —declaró bajo las luces de Navidad.
—Buen momento para... —Levantó la vista en cuanto él le puso un dedo sobre los labios para callarla.
Jared le rodeó el rostro con las manos para que lo mirase y viese la verdad, así como el amor, en sus ojos.
—Adoro tu sonrisa, es mi lugar favorito; adoro cuando cantas en el coche; adoro cómo tratas a todos los clientes y me celo por cómo tocas los libros, lo haces con una delicadeza que quiero volver a experimentar; adoro la forma en la que hablas de cada ejemplar que abres; adoro cuando me bromeas o me riñes, cuando te quedas ensimismada; adoro cuando hacemos el amor...
, quiero estar contigo siempre y para siempre.
Con una gran rapidez, Jared cambió el dedo por su boca.
Imogen, en cuestión de segundos, se vio envuelta en un tierno, cálido y profundo beso por el cual llevaba más de un mes suspirando porque se volviera a repetir.
Él entrelazó los dedos en su melena y presionó su cuerpo contra el de ella.
La primera vez que se besaron no se habían desprendido de la timidez inicial, en cambio, ninguno de los dos tenía miedo.
La besó con avidez y moderación, como si no lo hubiera hecho en años y no pudiera sobrevivir otra mañana sin besarla.
La devoró en esos primeros segundos desesperados, abriendo su mandíbula, acariciando profundamente con su lengua; pero se retiró para explorar con suavidad su boca, luego estaba adorando solo sus labios, trazando, con reverencia, su forma con su lengua, bendiciéndolos con besos suaves como plumas mientras ella acariciaba su cabello.
Cuando al fin se separaron, sus corazones latían al unísono, convirtiéndose en uno, al igual que sus alientos. Jared pegó la frente a la de ella.
—Todo lo que deseo por Navidad...
—Todo lo que he soñado por Navidad eres tú —terminó ella por él.
Jared se separó unos centímetros.
—Prométeme que antes de actuar me preguntarás y procederás con la cabeza antes de ponernos en otra situación como esta. —Ella cogió carrerilla—. Yo también te quiero, pero esto no podrá funcionar si por tu parte no hay confianza.
—La habrá, porque si no mi corazón se pone en la posición de jaque mate y es doloroso, es como si algo me lo arrancase del pecho y... —suspiró— no puedo vivir sin ti. El amor eres tú, te lo dije una vez y te lo repetiré toda mi vida.
Imogen entrelazó sus brazos en el fuerte cuello de él, mientras Jared ladeó la cabeza y se volvieron a besar con abandono, cuando el primer copo de nieve de la noche volvió a caer en Cold Spring.
De pronto, unos aplausos los sorprendieron y atronaron por Main Street; al separarse, su grupo de amigos los observaban con ilusión y felicidad, pues al fin había regresado aquella pareja a la que habían visto sufrir ese tiempo.
Se alegraban de que el amor hubiese ganado la batalla al sufrimiento.
—¡Al fin las caras largas se terminaron! —exclamó Logan.
—Y las malas palabras —añadió Mark.
—Por fin la sonrisa vuelve a mi amiga, ¡esto era lo que deseaba! No quiero nada más. —Bailoteó Kendall fuera de sí.
Lilian, por el contrario, se limpió los ojos.
—Habéis conseguido que llore. —Se rio.
—Estáis loquísimos —dijo Jared con una sonrisa de oreja a oreja.
—¡Oh, Dios! —Imogen tenía el rostro alzado al cielo.
—¿Qué?
Cuando la volvió a mirar, su expresión era divertida.
—Nos hemos besado bajo el muérdago.
Todos se pusieron a hacer una conga improvisada. Imogen observaba la ramita que había colgado Kendall de un foco de luz del cartel de la cafetería. Giró la cara para observarlo y con una sonrisa dijo:
—Nuestro beso bajo el muérdago.
Los dos se echaron a reír al mismo tiempo y con el amor envolviendo sus corazones una vez más.