Otoño en Cold Spring Capítulo 38. Encontrada. Un beso bajo el muérdago
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Capítulo 38. Encontrada. Un beso bajo el muérdago

Encontrada. Un beso bajo el muérdago

L os días fueron pasando y se convirtieron en las dos semanas más horribles que había vivido Imogen, pues no tenían punto de comparación a cuando su jefa la había despedido bajo amenazas.

Eran dolores diferentes separados por un abismo, ya que en esos días sin Jared se percató de que en el fondo no estaba tan enamorada de Howie, con quien había confundido muchas cosas.

Sí le había fastidiado la ruptura y luego verlo con otra también la había dejado jodida, pues comprobó que era el típico que iba de capullo en capullo y tiro porque me toca.

Un picaflor sin sentido que lo que buscaba era engrandecerse en el trabajo, ni más ni menos.

Pero lo que sentía por Jared no se borraba de un plumazo, cuando quería olvidarlo y centrarse en lo que tenía que hacer en la librería, no podía, porque lo que la ataba a él era amor del bueno, algo tan antiguo y salvaje como el mismo sentimiento de enamorarse.

Era una gran putada intentar sacar a alguien de la cabeza y que se pegase al cerebro como una lapa. ¡NO PODÍA! Imposible.

A veces solo necesitamos de un poco de música y trabajo para volver a ser nosotras mismas y mandar a la mierda los malos sentimientos.

Eso mismo fue a lo que se agarró, sobre todo en decorar la cafetería y la librería para la Navidad.

Gracias a la ayuda de Lilian, Wendy, Teresa, Shannon y Tony pudieron colgar guirnaldas, el muérdago, en las ventanas pusieron casitas de jengibre de porcelana, muy similares a las que Kendall había preparado y ubicado en los expositores de pasteles.

Arrimados a la escalera de la librería colocaron dos cascanueces, situaron renos, pegatinas de copos en las ventanas junto con unas bolas que colgaban con un diseño distinto cada una o un objeto en el interior.

Añadieron un buzón donde los niños podrían dejar sus cartas a Santa Claus, aquello sí que le gustaba a Imogen, ver la felicidad y los nervios de los más pequeños ante la perspectiva de que ese señor gordito y de barba espesa y blanca les fuera a regalar lo que querían.

La inocencia era lo que más le gustaba, pues los niños vivían sin las preocupaciones de los adultos, lo que convertía a la Navidad en la fecha más especial de todo el año.

No obstante, ella tenía una niña como mejor amiga, Kendall perdió la cabeza por un columpio con dos Santa Claus a cada lado y cuando uno se sentaba cantaban:

—¡JO, JO, JO, feliz Navidad!

Fue la gran atracción de niños y mayores, que incluso se sacaban fotos, selfis o vídeos en el dichoso banco.

Imogen, cual Grinch, resoplaba. Lo peor no era eso, lo que la convertía en la mujer de verde era ver a Jared Read hablar con todas las chicas de la cafetería, cuando antes no lo hacía, mientras ella se tenía que conformar con que le hiciera el vacío.

Era verdad, había que ser sinceros, que de vez en cuando notaba sus ojos verdes, de los que no se había olvidado, posados en ella, en alguna ocasión lo había cazado mirándola.

Él, por su parte, apartaba la mirada, aunque hubo un día que no la separó y ella sintió aquel hormigueo en la barriga, característico de cuando estaban juntos, y sabía que la desnudaba sin que nadie lo supiera.

Pero solo fue una vez.

Eso la enfadaba, como el hecho de que él casi tontease con todas, incluidas Lilian, Teresa y Wendy, a las que les hacía las delicias, mostrándose servicial, y ella..., la Grinch de Cold Spring a la que él ignoraba de modo consciente.

En mitad de todo eso, Kendall tuvo otra gran idea: hacer una fiesta antes de Navidad. Imogen no quería asistir, ¿para qué?, ¿para ver los coqueteos absurdos de un hombre aburrido? Pasaba, pero como le dijo Kendall:

—Eres tan dueña como yo del local, somos socias y tienes que venir. —Tenía razón, además, habría gente que la echaría en falta, aunque quien debería seguro que estaba más tranquilo—. Y a lo mejor tu deseo se cumple antes de Navidad.

—No tengo ningún deseo de Navidad.

—Mentirosa. —Se rio por lo bajo Kendall.

¡Claro que lo tenía! Recuperar a Jared y contarle que todo había sido una equivocación, que no había pasado nada con Howie como él lo había creído.

A todo ello se le unía que Flora no había regresado de donde estuviera escondida o a saber.

Imogen no estaba enfadada con ella, no le gritaría ni nada por el estilo, por mucho que le resultase extraño que su desaparición coincidiera con la llegada de Howie.

Fuera de la cafetería, observando la lengua de vapor blanco que desprendía su taza de vino caliente, que había llevado Lilian, recordaba todo lo que había sucedido en esas semanas en las que tenía que apartar a Jared a un rincón oscuro de su mente.

Además, le quedó claro que cuando la vida te sonreía por un lado, por el otro obligaba a hacer puenting ventana.

En esa noche despejada, buscó la luna que estaba entre el monte Taurus y el Breakneck Ridge, el aire se le atrapó en los pulmones, pues el astro nocturno era blanco igual que la nieve que se acumulaba en las aceras.

Pegó un sorbo al vino.

—Mierda —se quejó al quemarse la punta de la lengua.

Bufó y sus ojos se perdieron en los billones de luces de Navidad que adornaban la calle principal de Cold Spring, Main Street. Se sentó en el columpio que Kendall y ella compraron por internet por ser tan «mono», y de repente escuchó.

—¡JO, JO, JO! —soltó uno de los dos Santa Claus que había a los lados.

—¡Joder, Santa, menudo susto! —le protestó al muñeco que le sonría contento con su nariz roja, en plan borrachuzo, y en la punta, las gafas pequeñas—. No me mires así —lo amenazó.

—No lo pudo evitar por más tiempo. —La voz de Jared sonó clara a su derecha—. Y solo tengo un deseo.

—Papá Noel no existe, así que no lo defiendas —le encasquetó a Jared.

—Calla, te puede oír un niño —la riñó él.

Imogen miró a la calle hacia arriba y hacia abajo.

—Hay overbooking , sí, lo veo, no coge un alma en la calle, oye.

—No sabes quién te pude escuchar —repitió él.

Imogen parpadeó en la semioscuridad a Jared, que sostenía una taza de chocolate con nubes.

—¡Madre mía! Un tío de treinta y siete años que cree en Santa Claus.

—Más o menos, creo en la magia de la Navidad, aunque ya veo que tú eres el Grinch.

—Puede decirse. —Se encogió de hombros en un gesto de desgana.

—No te creo.

Cuando el pedazo de trasero de Jared, resaltado por uno vaqueros azules que se adherían a él como una segunda piel, se posó en el columpio, los muñecos enloquecieron.

—¡JO, JO, JO, feliz Navidad!

—Es simpático este columpio.

—Lo compró Kendall. —Le echó la culpa a su amiga.

—Pero la decoración interior es tuya.

—Sí, he aportado mi granito de arena, pero la verdad no me apetecía; y es más, les dije a mis padres que no vinieran.

—¿Por qué? —Se interesó Jared.

—No tengo ganas de celebrar nada; de hecho, no tengo motivos para festejar la Navidad.

—Se encogió de hombros, él sabía las razones.

Algo por encima de su hombro le llamó la atención, y miró hacia dentro y vio a una chica que los observaba con los brazos cruzados y expresión de «no»—.

Hay una chica que nos mira con cara de querer arrancarnos la cabeza.

—Da igual.

—No quiero formar parte de «Asesinato antes de Navidad», gracias...

—¿Oíste lo que dije al principio? —la interrumpió con esa frase.

—¿Qué? —Imogen agitó la cabeza para hacerle creer que no sabía de lo que hablaba.

—No puedo evitar mirarte o estar sin ti por más tiempo —confesó Jared—. Te echo de menos.

—Pues lo disimulas muy bien, porque te recuerdo que hasta hace unos días me hacías el vacío o cuando veías que me acercaba a ti para preguntarte qué querías, a voz en grito se lo decías a Kendall, ¿quién echa de menos a quién? A lo mejor soy idiota...

—No te insultes, por favor. —Su voz estaba tensa.

—Debo de ser idiota porque no me entero de nada. —Pegó otro sorbo al vino todavía humeante—. Me he convertido en una ameba en el amor.

—¿Hay alguna posibilidad de que cuando te mire lo hagas tú también?

—Yo te miro siempre.

Los dos giraron la cabeza al mismo tiempo y los ojos verdes de Jared, que contrastaba con la noche que los rodeaba, brillaron.

Imogen dejó de respirar sin ser consciente de lo que hacía, se sentó en el borde del columpio, que arrastró el cojín y casi se resbala.

Jared la cogió por el codo para evitar la caída.

—¡Imogen! —exclamó él.

—Imogen ¿qué? —Ella se puso en pie—. Ahora soy Imogen, cuando días atrás no era nadie.

—Siempre fuiste Mog.

—No lo creo.

—Hazlo, porque sé que metí la pata. —Ella frunció el ceño—.

Lo que vi solo existió en mi mente y así me lo hicieron ver Logan y Mark.

—Imogen quedó alucinada—. No me mires así, me equivoqué, me ofusqué cuando vi que ese hombre se arrimaba ti y te pegaba a su cuerpo como si fuera a besarte.

Me cogió desprevenido y solo actué para no sufrir.

—¿Crees que a mí no me afectó? ¿Crees que me hizo gracia tener que aguantar a mi ex, un hombre que solo reapareció para recuperar su puesto de trabajo porque lo pusieron en otro sello?

¿Piensas que ese fue mi mejor escenario mientras que tú cogías el coche y te largabas sin dejarme hablar?

—Alzó la mano derecha para comenzar a contar—.

No me cogiste el teléfono, no me permitiste hablar, no me dejaste acercarme, defenderme de tu mala visión, me tratabas como si no existiera, ¿ahora esperas que te reciba con los brazos abiertos estando hecha una mierda por dentro?

—Yo también lo estoy. —Él se puso en pie—. He pasado noches enteras sin dormir, me perdía por los bosques siempre que podía para intentar olvidarte.

—Seguro que lo has conseguido.

—No te puedo arrancar de mi cabeza.

—Lo disimulas cojonudamente.

—Y una mierda. —Dio un paso hacia delante—. Si no te miraba era porque si lo hacía no podría haberme resistido a la idea de acercarme a ti y besarte hasta que nos dolieran los labios.

—Claro, por eso me obviabas. —Al verse reflejada en aquellos dos páramos que él tenía por ojos, salió a la carrera.