Capítulo 37. A veces las cosas no son como las vemos
A veces las cosas no son como las vemos
J ared estaba destrozado por dentro y por fuera, no era el hombre que había sido una semana atrás.
Apenas comía, no descansaba nada, respiraba porque era algo que las personas hacían sin pensar, porque también hubiese dejado de hacerlo.
Su mente no paraba de presentarle esa escena en la que Imogen, la mujer que había cambiado su mundo, que lo hacía querer más o tirarse a la piscina sin saber si estaba medio llena o llena completa, con la que estaba dispuesto a celebrar unas fiestas que a él, en mayor medida, le originaban dolor al añorar el doble a las personas que no estaban, se había besado con otro en plena cafetería.
¿Cómo pudo haber sido tan imbécil?, ¿por qué volvió a confiar en una mujer?
¿Es que no había tenido suficiente en el pasado?
No. Esa era la corta respuesta a todas ellas.
No, ya que Imogen era distinta o eso había creído hasta ese fatídico día en el que ella cogió su corazón, lo estrujó y lo tiró al fondo del río.
Por ello mismo, cuando iba a la cafetería, pasaba de ella, la obviaba, hacía como si no existiera, no le hablaba, no le importaba lo más mínimo si estaba o no, si la veía o no, pero sí sabía que estaba cerca, aún se paraba a mirarla.
El amor es una putada, pero más putada es intentar sacar a una persona de la cabeza y no lograrlo.
Pasados los días, continuaba mirándola, observándola de lejos, porque su corazón solo quería saber si estaba bien, si tenía algún problema, no podía arrancarla de su vida, no era tan fácil, seguir enamorado de ella por muy hecho mierda que estuviera, continuaba queriéndola, ¿era normal?
Sí, y dentro de él, dos fuerzas contrapuestas luchaban por ganar: el amor y el odio.
En las noches largas, casi infinitas, en la oscuridad que no tenía fin, la odiaba por no dejarle conciliar el sueño, era cerrar los ojos y lo volvía a revivir todo en plan masoca, lo cual lo hostigaba.
Durante el día, que pasaba más o menos rápido, evitaba ir a la cafetería, aunque cuando lo hacía, todas sus emociones confluían como la desembocadura de un río y arrastraban a su alma a esos confines del amor donde los problemas no existían: «Te cogería del brazo, te acorralaría contra la pared y te besaría hasta que nuestros labios doliesen».
Jared agitó la cabeza ante ese pensamiento que lo frenó en su trabajo, porque todo eso hacía que su corazón llorase lágrimas de sangre, pues cualquier pensamiento referente a Imogen era una quimera, sabía muy bien que no iba a pasar y eso dolía más.
Días atrás, antes de que sucediera nada, por vez primera se había atrevido a abrir el estudio que había sido de su padre y que habían convertido en una especie de sala de estar o biblioteca, con las paredes forradas de madera donde había estanterías para libros, figuras y otros objetos que su madre fue poniendo.
Era una habitación muy acogedora, sobre todo una vez que se encendía la gran chimenea y su calor se apreciaba en el ambiente.
Contaba con tres ventanales, el del medio hacía como una especie de tríptico que comenzó a remodelar para convertirlo en un rincón de lectura especial para Imogen.
Si había roto con ella, ¿por qué trabajaba afanosamente en terminarlo?
Quizá porque quien está enamorado de verdad no tiene disfraces y en él vive la llama de la esperanza del que no da todo por perdido. Aunque lo pareciese.
Desde aquella enorme ventana podía contemplar el jardín trasero que, debido a la posición de la casa en donde estaba construida, permitía ver el serpentear del río Hudson, además de poder observar cómo las estaciones del año iban cambiando esa parte del terreno en el que tenía pensado plantar flores; debajo estaba construyendo un cajón para guardar cualquier objeto, libros o lo que fuese.
Hacía semanas, Imogen había estado en su casa y su fragancia vibraba todavía en el aire, lo había visualizado y sus manos, con la ayuda de su cerebro, se juntaron para llevarlo a cabo.
Estaba convencido de que el resultado sería fantástico.
—¡Hola! —saludó Logan desde la puerta de entrada.
Era su única compañía en esos instantes, junto a Mark, pero como vivía cerca, Logan se encargaba de no dejarlo mucho tiempo solo.
—¡En el estudio! —le indicó.
Levantó la cabeza al oír más pasos, y al girar la cabeza vio que Logan entraba acompañado de Mark.
—Vaya, te has decidido a sacarle el polvo y las polillas a esta habitación —dijo Logan contrariado.
—Esto sí es un buen avance —asintió Mark.
Sí, las ventanas estaban abiertas y el frescor del exterior había renovado el olor de aquel cuarto que había permanecido cerrado durante décadas.
—Lo sé —observó su trabajo—, ha llegado el momento de airearla y modificarla para darle un nuevo uso —contó en voz baja.
—¿Disculpa? —Logan dio un paso hacia delante con una ceja enarcada—. ¿Qué has hecho con mi amigo y qué prisas le han entrado?
—¡Joder, no me lo puedo creer! —exclamó Mark pellizcándose el puente de la nariz.
—¿Qué? —Logan no supo leer la mente.
—Imogen. —Los ojos azules de Mark cayeron como dos iceberg en Jared—. ¿Me equivoco?
—¿Es para ella? —Logan tampoco daba crédito.
Jared dio la callada por respuesta.
—Habla con ella, Jared —le volvió a insistir a Mark.
—No tengo nada que hablar. —Se fijó en que sus amigos compartían una mirada llena de intenciones que él no supo desentrañar ni interpretar.
—Deja eso y tomemos unas cervezas. —Logan levantó el pack .
Jared dejó lo que estaba haciendo y se levantó para ir a la mesa que había al otro lado de esa habitación donde él y su padre jugaban al ajedrez o a otros juegos de mesa. En silencio, Logan repartió las bebidas y los tres tomaron asiento.
—¿Cómo estás? —Se interesó Mark.
—Bien —contestó de forma rápida a la vez que abría la lata.
—Sí, ya, miénteles a otros, no a nosotros —protestó Logan—. No nos engañes, ¿quieres?
—En el fondo, nunca te vi tan jodido —apuntó Mark.
—Vamos a ver, lo sabéis, notáis como estoy, ¿para qué preguntáis? —A Jared se le estaba cambiando el humor.
—Habla con ella —le aconsejó Mark.
Jared parpadeó varias veces en dirección a sus amigos, esos dos sí que estaban distintos.
—¿Es que sois consejeros del amor? —bromeó sin gracia, porque aquello no le gustaba un pelo.
—Vaya, no te lo habíamos contado, vamos a montar un chiringuito, así nos quitamos unos cuántos dólares más —le siguió la coña Logan.
—Muy simpáticos, sí. —Jared pegó un largo trago a la cerveza que estaba fría y le sentó bien.
—No —negó Mark, que jugaba con la chapa de la lata—, pero venimos con un recadito.
—¿De quién? —preguntó Jared con curiosidad.
—Lilian, Kendall, Wendy y Teresa. —Logan le sonrió—. Mujeres que esperan algo de ti.
—Nadie tiene que esperar nada —los amonestó.
—Todas ellas te conocen y quieren lo mejor para ti. —Ante esas palabras de Mark, Jared no pudo decir nada por mucho que le molestase.
—¿Qué quieren? —Estaba deseando que terminasen con esa tontería.
—Contarte una cosita que creo que no sabes —dijo Mark.
—¿El qué? —volvió a preguntarles, mientras ahogaba sus protestas en cerveza.
—Imogen no besó al tipo que apareció en la cafetería.
—Logan levantó la mano—. No, déjanos hablar, luego será tu turno.
Verás, lo que ellas presenciaron fue esto: él apareció como un elefante en una cacharrería, y, sí, la cogió para besarla justo en el momento que tú entraste, pero ella ya se había separado de él.
—¡No mintáis! —vociferó Jared cabreado—. Sé lo que vi.
—Pues necesitas gafas con urgencia —se cachondeó Logan, que ocultó su sonrisa en la lata al beber.
—Resulta que nuestra gran amiga Teresa ha hecho algo que te desmiente, y es más, ni siquiera Imogen sabía que existía —le explicó con cierto misterio a su amigo, que estaba desconcertado frente a él.
—Quítalo —le ordenó Logan a Mark.
Mark, por su parte, sacó del bolsillo del vaquero el móvil y comenzó a buscar algo. Cuando aparecieron en la pantalla, dejó el teléfono sobre la mesa. Jared estiró el cuello.
—Puedes cogerlo, no muerde ni escupe veneno —Mark también lo bromeó.
Jared así lo hizo y comprobó que había sacado unas fotos a las estanterías de cristal que había detrás de la barra, había unas tres instantáneas de lo mismo.
—Esto son unas estanterías —apostilló molesto.
—Sí, porque estaba tomando unas fotos para mostrarles a las chicas la posible decoración que podían poner por Navidad —expuso Logan—, pero hay más.
Jared pasó esa imagen y las siguientes eran del momento en que el hombre apareció y en ninguna de ellas había el beso que él vio.
Las pasó una y otra vez, él sabía que había un beso, pero en las fotos de Teresa se mostraba cómo Imogen le había hecho la cobra.
Aquel tipo sí tenía intenciones de besarla, en cambio, Imogen, no; era más, la foto mostraba a una chica asustada, con unos ojos que se adelantaban a un enfado, aunque había otra emoción, quizá asco, no lo supo interpretar.
—¿Te fijas que no hay beso? —le preguntó Mark.
—Habrá borrado la foto. —Nada más decirlo supo lo equivocado que estaba.
Tanto Lilian, Teresa como Wendy no eran ese tipo de personas, eran tres mujeres que con él siempre se portaron bien, nunca le escondieron nada, al contrario, lo defendían cuando era necesario, al igual que Flora, de la que nadie sabía a dónde había ido, pero también tenían la potestad de pararle los pies si era necesario y lo estaban haciendo a través de Mark y Logan.
—¡¿Tú te estás escuchando?! —La expresión de Logan ya era de pocos amigos. Jared no se defendió—. ¿Es que crees que hay un complot para engañarte?
—Tío, estas señoras te adoran, y es más, si a ellas no les crees, confía en la palabra de Kendall, que, por si no te acuerdas, estaba al lado de Imogen, e incluso yo, que estaba en la cafetería y me dejaste plantado como a una seta.
—No me lo vas a perdonar nunca —susurró Jared.
—De momento te lo recordaré siempre —le contestó Mark—. A lo que iba, yo también vi lo que pasó y no lo besó. Es más, puedo afirmar que la obligaba a besarlo, pero al final no lo hizo.
Ya eran demasiadas pruebas en su contra.
Mark se lo había dicho mucho antes, el mismo día que sucedió todo, y no, no lo creyó, aunque todo, en cuestión de semanas, se volvió en su contra porque todos le demostraban su error, le mostraban que había juzgado a Imogen, el amor que le profesaba a él por algo que no había sucedido.
—Jared, no me jodas ni seas cabezota, porque le estás haciendo un rincón de lectura. —Logan señaló lo que estaba haciendo.
—No se besaron —repitió consternado y cabreado consigo mismo.
—Tío, lo que viste o lo que pensabas que había sucedido solo ocurrió en tu mente, porque la realidad es otra.
A lo largo de su vida, Jared se había equivocado muchas veces, había cometido errores; sin embargo, ninguno lo hizo sentirse tan ruin ni tan vil como en esa ocasión.
Todo había sido una equivocación, había sufrido, pasaba las noches sin dormir por algo que nunca existió, pero lo peor era que estaba haciendo que Imogen se angustiara cuando le había prometido que no lo haría.
—Joder. —Cerró los ojos y se tapó la cara con las manos con la clara intención de querer desaparecer, se avergonzaba de sí mismo por comportarse como un adolescente caprichoso.
—Está recapacitando —señaló Mark a Logan.
—Y bueno, ahora que sabes la verdad, ¿cuándo dijiste que os casabais? —Aquella pregunta consiguió que Jared levantase la cabeza y no la escondiese como un avestruz.
—Después de ti —le soltó con ironía.
—Bueno —Mark se estiró en la silla—, parece que el amor ha regresado a esta casa.
—¡Cotillas!
—Somos tus amigos...
—¿Por qué he metido la pata con ella? —Jared formuló esa pregunta más para sí mismo que para ellos.
—A veces, con la mente ofuscada y ciega por el cabreo, vemos lo que creemos que pasa sin dar opción a que salga la verdad —le comentó Mark.
—En nuestras manos está arreglarlo —añadió Logan— y puedes hacerlo antes de que sea tarde.
—¿Imogen sabe esto? —Se interesó.
—Sí, y nos contó Lilian que cuando lo hablaron rompió a llorar. —Mark respiró hondo y se puso recto en la silla—. Esa chica está sufriendo, nunca la vi tan triste desde que llegó, no parece la misma mujer y solo tú puedes arreglar este desaguisado, porque el que se equivocó fuiste tú, no ella.
—Le debes una disculpa.
A veces, los hechos, la verdad y la vida obligan a uno a salir del confort de ser un espectador para tomar el papel de protagonista antes de perder el corazón.
—Tengo que hablar con Imogen. —Un temor se asentó en el espacio que separaba su mente de su corazón, ¿cómo se podía acercar a ella? ¿Con qué cara le pedía disculpas cuando la trató de un modo tan frío?
¿Cómo decir «te quiero» a una persona a la que acusó de un beso falso?