Otoño en Cold Spring Capítulo 36. Cuando el corazón se ciega
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Capítulo 36. Cuando el corazón se ciega

Cuando el corazón se ciega

I mogen, con el paso de los días, no tuvo ningún tipo de remordimiento al decir un «no» tan rotundo a ese hombre que parecía que quería ponerla de nuevo en la casilla de salida con el ofrecimiento de un antiguo trabajo que a ella ya no le interesaba.

Hubo un tiempo en el que le hubiese encantado, pero todo en su vida se había transformado, pues no veía más allá de Cold Spring y no estaba dispuesta a perder lo que había conseguido.

Estaba feliz con su decisión, se sentía liberada como si hubiera soltado la última parte de una larga cadena que la unía a la ciudad y por tanto a la editorial.

Ella misma notaba que el buen humor la acompañaba, su sonrisa era imposible de borrarla, y así se lo mostraba a todos, incluido a Jared.

—Me alegro de verte tan contenta —le dijo una tarde Flora.

—En parte es por ti, gracias por darme aquel consejo de hablar con el corazón. —Cada vez que podía se lo agradecía, mil y una veces.

—Todavía no me las des. —Flora siempre le contestaba del mismo modo.

—¿Por?

La bruja nunca respondía a esa cuestión, e Imogen no lo entendía, pero era tal su estado de ánimo tan feliz que no consideraba darle vueltas.

Lo más sospechoso después de eso fue que Flora no volvió por la cafetería, y no solo eso, no se dejaba ver, ya que todos decían lo mismo: «No sé nada»; «no la he visto»; «no está en casa».

Al principio Imogen creyó que se alejaba porque algo iba a suceder y esos comentarios los hacía la gente para convencerla.

Pese a todo, la imagen que la joven tenía de Flora había cambiado y así lo habló con Kendall:

—Empezó siendo la brujilda y ahora es una mujer con sentidos especiales.

—¿No querrás decir «poderes»? —Su amiga quería hacerle ver la realidad.

—Eso de poderes es exagerado, no estamos en la peli Prácticamente magia , ¿sabes? —Imogen chasqueó la lengua—. No.

—Yo te diría que casi casi.

—Va de bruja, pero es una entendida en leer la mano.

—Sabe leer las cartas, hace sacos para atraer el amor, puede pronosticar el futuro de un corazón...

—Vale —alzó las manos—, pero bruja, en los tiempos que corren, no sé, es cuando más exagerado.

—Es una persona que pone palabras a eso que nadie más ve.

Imogen parpadeó dos veces en dirección a su amiga, que sacaba la bandeja vacía de uno de los expositores.

—¡Eres la presidente de club de fans! —exclamó.

—No.

—¿Quién lo diría?

—Y tú no la ves como antes.

—Me aconsejó, y la verdad es que le estoy muy agradecida.

La campanita de la puerta interrumpió la conversación entre las dos y anunció la llegada de la última persona a la que Imogen esperaba ver en Cold Spring, Howie.

Se le cortó la respiración, durante unos segundos el corazón le dejó de latir, para luego hacerlo de modo desbocado, una extraña ola de calor la sofocó antes de que los nervios la envolviesen en un abrazo punzante, incómodo y que casi la hace vomitar.

Pero si notó algo fue que su presencia hizo que la cafetería desapareciera para lanzarla a su antiguo apartamento.

—¿Qué mierda hace aquí? —habló Kendall leyéndole la mente.

Imogen abrió la boca, pero no le salió ni una sola palabra.

—¡Cariño! —le dijo él con un tono exagerado de felicidad. Como Perico por su casa, entró en la barra y la abrazó—. ¡Oh, Dios, cómo te añoré! —Ella no se movió, no le correspondió, sino que dejó los brazos a los lados del cuerpo, él la separó para mirarla—. ¿Cómo no me dijiste que te marchabas?

Volvió a abrazarla y no la soltaba, aunque fue un paso más allá, intentando besarla, lo cual no logró. Para ojos de otro hombre que quedó de piedra con esa escena, sí lo había logrado: Jared.

—¡Oye, para de una maldita vez! —Lo rechazó Imogen más nerviosa que antes, pues en el mismo lugar confluyeron su pasado y ese presente-futuro que era Jared.

Ella solo tenía ojos para un solo hombre, su actual pareja, que se había quedado en la puerta y había palidecido.

—¿Por qué has dejado la ciudad? —Quiso saber Howie.

Imogen no le prestaba atención, solo miraba a Jared, cuya expresión pasó del asombro a la frialdad en cuestión de segundos.

De pronto, a ese hombre que la observaba con algo similar a la indiferencia, no lo reconocía—.

¿Por qué miras a ese pueblerino? —Howie se giró hacia él—. ¿Puedo hablar con mi novia? —Le pidió.

Jared, sin decir ni hacer nada, ni un simple gesto, se marchó.

Ella, furiosa con todo, clavó sus ojos en Howie, y el primer impulso fue arrancarle la cabeza, pero lo que hizo fue pegarle un empujón tan fuerte que él casi pierde el equilibrio, y salió de la cafetería detrás del guardia forestal.

—¡Jared! —lo llamó bajo la lluvia—. ¡Jared! —Él se metió en el coche sin prestarle atención, y ella dio unos golpecitos nerviosos en la ventanilla.

Él la bajó.

—Déjame, Imogen. —Aquel tono con el que dijo su nombre jamás lo había escuchado. Era frío e impersonal.

—¡No! —soltó ella desesperada—. Déjame explicarte, no hay nada...

—Tus excusas son solo eso, excusas.

—Ese mequetrefe de ahí no me importa.

—¿Crees que a mí sí? —Giró la cabeza hacia el vacío y el dolor que vio en sus ojos la asustó—. Creí que mis besos eran los únicos e importantes para ti, pero solo eran unos más.

Jared cerró la ventanilla y sin permitirle contarle que estaba equivocado, que no era lo que él pensaba, arrancó el coche y se marchó.

Ella se quedó allí parada, bajo la lluvia, viendo cómo Jared se alejaba de ella sin mirar atrás. Unas manos fuertes la cogieron por los hombros.

—Entra. —Oyó la voz de Mark—. Y qué simpático mi amigo, se ha marchado sin mí.

Dolida, frustrada, enfadada, al borde de perder el control, volvió a la cafetería y, sin importar los clientes, entre las que estaban, Lilian, Teresa y Wendy, fue a por Howie como un toro.

—Tu sitio no es ese. —Lo cogió por la mano clavándole las uñas y lo arrastró fuera de la barra—. Es este. —Giró sobre sus pies—. No eres nadie. —No controló la lengua—. ¿Qué quieres?

—Que vuelvas a Nueva York conmigo, eso es lo que quiero. —Le sonrió.

Imogen se lo quedó mirando sin comprender qué había visto en ese tipo: era bajo, casi chato, con el torso más largo que las piernas, y se fijó en cómo los pantalones le hacían arrugas en los tobillos.

No tenía nada de guapo. ¡HABÍA ESTADO CIEGA!

Porque hasta la nariz parecía el morro de un gorrino y los dientes eran los de una piraña.

—Jamás —contestó ella.

—Sí, volverás hoy conmigo.

—¡No! —Alzó la voz—. Eres una víbora, Howie.

—He venido a buscarte, porque sé que vas a volver a la editorial...

A partir de ahí, Imogen dejó de escuchar sus tonterías y babosadas para centrarse en lo realmente importante que no era el amor que él pudiera tener por ella o el arrepentimiento de cómo cortó la relación, sino por su nuevo puesto de trabajo.

—¿Te han echado? —soltó ella tan rápido como se le pasó por la cabeza.

—Me han cambiado de puesto y de sello, pero, bueno, eso da igual, sé que vas a regresar conmigo.

—Yo seré la jefa. —Imogen solo quería que él escupiera sus verdaderas intenciones que las olía a lo lejos, pues era el perfume embriagador de la caca de vaca.

—¿Alguna vez lo imaginaste? —Él estaba encantado con esa idea.

—Lo he rechazado. —Le tiró la bomba a la cara.

—¿Qué? —Aquello fue un duro golpe para él.

—Lo que oyes.

—¡¡¡Eres una estúpida!!!

—Un respeto. —Se metió Kendall de por medio.

Howie, sin darse cuenta, provocó con su salida que Mark se acercara más a él y que Lilian, Wendy y Teresa se levantasen de sus asientos.

Él se llevó las manos a la cabeza.

—No me lo puedo creer.

—Créetelo, porque lo hice.

—Imogen, eres la puta jefa —agitó la cabeza—, lo serías —se corrigió—.

No doy crédito a la tontera que tienes en esa mente, solo tú podrías cambiar mi situación y eres tan tonta que prefieres quedarte en este cuchitril en mitad de las montañas —todo eso lo dijo con un gesto de asco—.

Y me haces esto. ¿Es que no puedes pensar en mí?

—¿Tú lo hiciste conmigo? —le encasquetó.

—¿Qué?

—Tú —lo señaló con el dedo apuntador y, en ese caso, acusador— no te preocupaste en decirme que llevabas una doble vida con la jefa y conmigo, me mentiste en la cara durante años, mientras te beneficiabas a las dos. Cuando me despidieron, en vez de quedarte a mi lado...

—No tenía por qué, no eras nadie, pero lo que no sabía era que me tenías engañado.

—Como tú a mí; en realidad, como todos en la oficina, y si no era nadie, ¿por qué me ibas a importar? Pues lo mismo he hecho yo, pensar en mí, solo en mí, como tú solo te agarrabas a la que tenías entre las piernas de la jefa.

—¿Cómo lo sabes?

—Los grandes jefes te han visto haciéndolo en la oficina.

—Mientes.

—No, no miento, Kendall lo ha oído como el resto. —Señaló a sus espaldas.

Él, al girarse, se vio rodeado.

—¿Cómo es posible? —musitó con la voz estrangulada.

—Hay cámaras en todas las oficinas de la editorial y quedó grabado, por eso a ella la echaron y a ti te enviaron lejos.

—¿Entonces es cierto? —Él estaba asustado.

—Sí, y lo sé por uno de los jefazos que vino a buscarme personalmente.

—Tú no eres tan vengativa —le dijo.

—No, no te confundas, cada uno tiene que pagar por sus actos, y ahora te toca a ti por lo que me hiciste a mí como a muchas otras antes que yo. —Sin tomar aire, continuó—: Si rechacé el trabajo fue porque tengo uno mejor.

—No entiendo cómo me acerqué a ti.

—Yo tampoco, pero como solo piensas con el pito, a saber.

—No te queda bien este sitio.

—Vete, Howie —lo invitó señalándole la puerta—, no voy a consentir que nadie perturbe mi tranquilidad en Cold Spring, el lugar que me ha dado más que Nueva York.

—Pueblerina, eso es lo que eres, tenía razón ella, no vales para nada, solo fue suerte lo que tuviste al encontrar algunos best sellers —lo soltó con rabia y desprecio—, por eso te quería echar, ahora la entiendo.

—Lo que yo veo es a un hombre desesperado por recuperar lo que tenía en el pasado sin comprender que está observado y que cuando cometa un error se desharán de él sin contemplaciones.

Tú sí que eres igual a ella, un trepa que está dispuesto a todo por conseguir más, y te lo digo desde ya: da gracias que no acepté, porque te pondría como el chico de los recados.

Ahora, ¡¡¡FUERA!!! —Alzó el brazo en dirección a la salida.

—Eres ruin —dijo él con los ojos muy abiertos.

—¿Qué le vamos a hacer?

—Vamos. —Mark lo cogió por el cuello de la gabardina y lo empujó hacia la puerta—. Fuera. —Lo lanzó a la calle.

Cuando vio que desaparecía, el cuerpo de Imogen comenzó a temblar como una hoja y todas la rodearon dándole ánimos, la acompañaron a sentarse, mientras Kendall le preparaba una infusión.

Los ojos se le anegaron de lágrimas, que comenzaron a desprenderse de sus ojos y le quemaban la piel a su paso, no por Howie ni por el trabajo, sino porque en mitad de aquella tormenta había perdido su corazón.

—¿Y Jared? —preguntó Lilian.

—Se fue —al confesarlo en voz alta, un pinchazo le cubrió el pecho y se vio obligada a encogerse, con la mala pata de que dio con la frente en la mesa.

—Y se olvidó de mí —apostilló Mark—. ¡Hay que joderse!

El dolor como el golpe le vinieron bien para comprender mejor la realidad: el choque entre el pasado y el presente la habían cogido a ella en medio y la aplastaron.

Había perdido lo mejor que le había regalado la vida, ese hombre que le hizo recordar lo que era amar de verdad y la felicidad que todo ello reportaba.

A veces la vida te arroja a los brazos de un dolor desbordado tan difícil de soportar que te despoja del alma.