Capítulo 35. La temporada navideña viene con sorpresas
La temporada navideña viene con sorpresas
D espués de Acción de Gracias, la cafetería-librería entró de lleno en la temporada de Navidad: en la cafetería, las chicas fueron introduciendo nuevos cafés con sabor a Navidad y nuevos postres, así como infusiones.
Lo mejor fue que, haciendo una limpieza, encontraron una antigua libreta que creían que el anterior propietario se había olvidado, pero cuando le preguntaron les dio un «no» rotundo.
Revisándola, resultó ser un libro de recetas antiguo en el que alguien había escrito mezclas de bizcochos y de bebidas calientes de varias épocas del año; sin pensarlo, lo primero que probaron fue una combinación de café con especias típicas navideñas y el resultado fue asombroso.
—¡Qué rico! —exclamó Tony asombrada, mirando la taza en la que se lo había servido Imogen.
Las chicas habían reunido su grupo de confianza, junto con sus parejas, para que lo degustasen; y antes de ponerlo a la venta al público, así, en petit comité , iban a ver las reacciones.
—Ya tengo otro café favorito —dijo Shannon—. Os superáis con cada temporada.
—Me gusta, pero quizá con un poco menos de azúcar —dio su opinión Jared—. No digo que me hagáis caso, porque lo pediré.
—Kendall —le dio un suave codazo Imogen—, apunta la versión de Jared. —Le guiñó un ojo a su novio.
—A mí me gusta así. —Mark le dio otro sorbo—. Claro que para gustos, los colores.
—Ni caso, muchachas, esto está riquísimo —las elogió Flora.
—Pienso lo mismo —la secundó Teresa.
—Es más, ¿qué sería de nosotros sin un poco de exceso? —Lilian las señaló con el dedo apuntador—. Para los más golosos, les podéis poner unas bolitas de nata.
—Esto va a ser un éxito. —Flora volvió a aplaudir esa nueva propuesta en la cafetería.
—Y si lo dice la bruja de Cold Spring, es cierto —asintió Lilian.
Flora, como siempre, no se equivocó.
Mucha gente dejó de lado lo otoñal para comenzar a saborear los cafés y, sobre todo, los postres de Navidad que Lisa les había dado.
Todo ese cambio llegó acompañado con alguna que otra tormenta de nieve, que a esas alturas del año no eran muy frecuentes y que tintaban de blanco las onduladas colinas del valle del Hudson.
Una imagen de postal que convertía al pueblo en un lugar idílico para inmortalizarlo en una foto o en un lienzo.
Aun así, el frío y la humedad cada vez se hacían más difíciles de combatir, por eso mucha gente se refugiaba en el calorcito de la cafetería y en la librería.
Ahí la mano de Imogen se notó mucho más.
Las estanterías se llenaron de ediciones especiales de libros típicos de las fechas, de sus clásicos y de novelas contemporáneas que se desarrollaban en las fiestas, cuyas portadas también tenían un lugar preferente en la librería, que la iba adornado poco a poco cuando tenía algo de tiempo libre que le dejaba la cafetería.
El negocio iba mejor que nunca.
Una mañana en la que el viento golpeaba con furia Cold Spring y el cielo oscuro amenazaba con desplomarse sobre él, llevaron a una persona de la cual Imogen se había olvidado.
—Buenos días —saludó entrando y cerrando con fuerza contra el viento.
Ella se quedó de piedra, ya que no esperaba aquella aparición de su jefe máximo de la editorial.
Su presencia la puso nerviosa, el corazón comenzó a latirle con fuerza y tuvo que cerrar las manos en puños para mantener la compostura; aun así, la enfureció que volviera por la cafetería, pues no podía llevar nada bueno, o eso se le pasó por la cabeza.
—Vaya, ha vuelto —soltó incapaz de controlarse. Por los nervios, se lavó las manos en el grifo escondido en la barra y se las secó en un paño que se colocó de mala gana sobre un hombro.
—Sí, vengo a ofrecerte una propuesta —dijo él como el empresario que era.
—No me gusta —susurró Kendall apareciendo a su lado.
—Ni a mí.
—Todavía no he dicho nada —se defendió él de las dos.
—Me hago una ligera idea de lo que va a decir. —A Imogen, lo que se le pasaba por la cabeza era que le iba a ofrecer algún tipo de trabajo dentro de la editorial, no sabía cuál, a lo mejor Flora, que estaba sentada en una mesa junto con Lilian, Wendy, Mark, Jared y Teresa, se lo podía imaginar.
El hombre se ubicó en uno de los taburetes que había delante de la barra.
—Me he informado sobre tu despido y sobre todo lo que me contasteis la vez anterior que estuve aquí.
Ante todo, quería disculparme en nombre de la editorial, viniste con unos referentes muy buenos y me consta que durante los años que has estado trabajando para nosotros has encontrado a grandes figuras de la literatura.
—Gracias. —Apreció sus palabras, pues a lo largo del tiempo nadie se lo había dicho antes.
—Os hice caso y me puse en contacto con Mike, como me recomendasteis, y él tuvo a bien mostrarme las imágenes que delataban lo que hacía la editora, cuando su deber era trabajar, no hacer gimnasia. —Hizo con los dedos la señal de comillas—. Se las mostré...
—Espero que no diera mi nombre ni el de Mike. —Imogen dio un paso al frente, aquello no le gustaba un pelo—. Porque si es así, ha cometido un error, ¡no parará hasta encontrarme! —Los nervios hablaron por Imogen, conocía muy bien a esa mujer, era capaz de todo.
—Tranquila, por favor, no hemos dado nombres, nos centramos en las imágenes, y porque revisando los despidos anteriores a ti, sin que ella lo supiera, todas las personas, incluida tú, fuisteis echados de modo improcedente. —Esa confesión no se la esperaba Imogen.
—¿Hubo más? —No daba crédito.
—Lo dicho, una perraca —soltó Kendall a su lado, utilizando el mismo adjetivo para referirse a la exjefa de Imogen.
—¿Quiere que le dé las gracias por esta información? —Imogen lo dijo antes de pensarlo.
—No. —El hombre juntó las cejas en el centro del ceño y su boca casi dibujaba una sonrisa, lo que le repateó un poco el culo a Imogen—. No —repitió—, lo que quiero, lo me gustaría es que regreses a la editorial.
—¿Perdón? —Agitó la cabeza desconcertada.
—Hemos despedido a la editora y vengo a ofrecerte su puesto, porque sé y me ha quedado claro que tienes muy buen olfato para encontrar a los número 1.
Imogen bajó la vista y cerró los ojos con la mandíbula apretada, e inspiró tan fuerte que las aletas se le hundieron hacia dentro.
Aquello debía ser una broma pesada, o esa gente había tomado demasiado azúcar que la cabeza les iba muy mal, no, lo siguiente, pero lo que no sabían era que a ella no le hacía ninguna gracia aquella propuesta que parecía salida del mismo averno y que por nada del mundo la iba a aceptar, así lo dejó claro:
—Hay que echarle huevos al asunto, ¿es que pensáis que voy a regresar?
—Sí. —El hombre fue contundente en su afirmación.
—Pues no —ella también fue tajante—, no pienso volver a donde me echaron, trabajaba con la gente que sabía todo el tinglado y no me advirtieron de nada para ahora tener que enfrentarme a su peloteo constante.
Tengo principios y no voy a caer en ese juego, me niego y es más, aquí, en Cold Spring, tengo lo que necesito y trabajo con libertad.
—Bueno, te doy una semana para pensarlo.
—Ni bueno ni malo, mi decisión está tomada y no va a cambiar por mucho tiempo que me dé.
Mi trabajo está aquí, y la relación que puedo tener con la editorial es que, si queréis hacer alguna presentación lo podemos montar en la cafetería; ahora, regresar a Nueva York y trabajar de nuevo allí, ni de coña. —Se cruzó de brazos, pellizcándose.
—Lo tienes muy claro. —El hombre la estudiaba con detenimiento.
—Nunca he estado tan segura de nada como ahora mismo, porque he montado una vida y no pienso echarla a perder para regresar a un sitio en el que estaría muy incómoda. No es como quiero trabajar.
—De acuerdo. —Dio unos golpecitos en la barra y se bajó del taburete—. Mi propuesta estará encima de la mesa siempre. Eres una gran editora.
—Gracias. —Inclinó la cabeza a modo de agradecimiento.
—Nos veremos cuando esté por Cold Spring. Adiós. —Levantó la mano, se dirigió a la puerta y se perdió con el viento.
Nada más desaparecer, Imogen hundió los hombros, pues todo ese rato había estado con el cuerpo en tensión, y soltó el aire que había quedado atrapado en sus pulmones. Las cuatro mujeres se pusieron en pie y la aplaudieron.
—¡Muy bien! —exclamó Lilian.
—Muy bien dicho, muchacha, una mujer que no se deja pisotear, ¡los tienes bien puestos! —La felicitó Wendy.
—Estaba segura de que te quedarías. —Flora estaba orgullosa y eso sí que la relajó.
Kendall la abrazó de lo ilusionada que estaba.
Por su parte, Jared, que había estado en silencio todo ese tiempo, se levantó de la mesa para acercarse a ellas.
—¿Estás segura de tu decisión? —Parecía indeciso.
—Sí, no pienso irme, sé que no me voy a arrepentir de lo que dije ni de haberle hecho caso a Kendall de venir a Cold Spring, que me ha ofrecido un hogar, una segunda oportunidad y me regaló un amor.
—Salió de detrás de la barra y fue a junto de él—.
¿Piensas que me voy a ir, que te voy a dejar por un puesto de trabajo?
No —respondió ella—, no porque no lo quiero.
—¿No vas a pensarlo? —insistió él.
—No tengo nada que pensar —repitió ella—. Jared Read, no me voy a ir a ningún lado. Te quiero y mi lugar está aquí, no pinto nada en la gran ciudad.
—Es que no quiero que te arrepientas.
—Jared, eso no va a ocurrir, he pensado con el corazón y eso es lo que me ha dictado. —Lo besó para despejarle cualquier duda.
Todos estaban emocionados por su decisión, Kendall los invito a otra consumición, estaba que saltaba en un pie. Cuando se separó de él, Imogen habló con Flora.
—Gracias por tu consejo. —Le dio un abrazo.
—Ya veremos si estaba en lo cierto —soltó la bruja.
—Siempre has acertado, aunque alguna vez me costase reconocerlo.
Las dos se rieron.