Epílogo
E sa misma noche.
Un taxi pasó por delante de la cafetería justo en el momento en que todos aplaudían por la reconciliación de la joven pareja.
«Al final el amor triunfó, así los corazones heridos se curarán el uno al otro como estaba escrito en las estrellas», sonrió Flora sentada en la parte de atrás del coche que la traía de vuelta a Cold Spring.
Cuando el taxista apareció delante de su casa, pagó y se bajó con el único bártulo que se había llevado consigo.
Respiró profundamente y reconoció el olor de la tierra, de la hierba húmeda y ese otro que procedía de las aguas del Hudson, su sonrisa no se había borrado, estaba en casa.
Un regreso que le confirmó que lo que había visto en las manos de aquella pareja era cierto.
Se alegraba por ellos.
Sacó las llaves de su pequeño bolso y abrió la puerta en el momento que su vecina salía a recibirla.
—¡Hola, Flora! —la saludó contenta.
—Hola, ¿qué tal?
—Bien, por aquí todo sigue igual, aunque en tu ausencia vino mucha gente a buscarte.
—Me imagino.
—Una de ellas fue la chica de la cafetería, me pareció que necesitaba mucha ayuda, una pena.
—Está bien —volvió a sonreír—, ahora está bien.
—¡Ay, me alegro! —Asintió—. ¿Qué tal el viaje?, ¿Adónde fuiste?
—Fui a Búfalo a ver a una amiga y todo fue fantástico —le contó escuetamente.
—Muy bien. Buenas noches. —Se despidió la vecina después de darle el parte de lo sucedido.
Al entrar en casa, su cuerpo se relajó y la bolsa de la ropa cayó con un estruendo en el suelo, ya que se le escurrió de los dedos. Luego, se sacó el abrigo anunciando:
—Un té calentito y a dormir —suspiró esa última palabra—. Mañana tendré que dar muchas más explicaciones.
Al tiempo que llenaba la tetera en el agua del grifo, vio los rostros de la nueva pareja a la que había que ayudar.