Capítulo 33. Lo que esconde tu mano
Lo que esconde tu mano
T ras haber hecho el amor con Jared, a Imogen le costó mucho conciliar el sueño.
Su triste historia le rondaba la cabeza y no se podía olvidar del hecho de que Jared se sintiera como un ser que no merecía ser amado.
Giró el rostro hacia él, que descansaba a su lado, ¿cómo podía pensar algo así?
¿No se daba cuenta de que era un hombre que se merecía querer y ser correspondido?
Le dolió su triste historia, tanto que se sintió como una idiota con sus miedos por la situación que la había llevado a Cold Spring, pues había gente que había traspasado las puertas de un gran dolor que era difícil de soportar.
Ella, por el contrario, era una privilegiada, tenía a su padres sanos, de viaje, a su mejor amiga a su lado, a la que quería como a una hermana; en cambio, el hombre que tenía junto a ella estaba rodeado por una familia que no era de sangre, sino por gente que lo estimaba de verdad, que estuvo a su lado, pero su vida se había roto.
Sin embargo, supo levantarse, continuar, y estaba a su lado, enseñándole y mostrándole que cuando un hombre amaba a una mujer no había obstáculos entre ellos, ni disculpas ni mentiras.
Le estaba enseñando el significado del afecto verdadero.
Era su maestro en el amor, pero por nada del mundo iba a permitir que malos pensamientos lo azotasen, le mostraría cada vez más que lo quería. Y sí lo puso en práctica para verlo sonreír, con cada dictado del corazón lo besaba, lo acariciaba, ya nada se interponía entre ellos.
A todo eso se le unían las ganas de hablar con Flora.
Era verla y se acordaba de que quería mantener una conversación con ella, y ahora con más motivo: quería saber si Jared estaba en su futuro.
No necesitaba que ella se lo dijera, había algo en su interior que así lo afirmaba.
En ese tiempo recordó que Jared le había contado que a él también le había leído la mano, y eso la intrigaba y en el fondo quería saber más, aunque por otro lado le daba un poco de miedo, ¿y si le decía algo que no le gustaba?
¿Le podía contar que su vida podría dar otro giro desbocado como le pasó la vez anterior?
En esos instantes en los que había apostado todo por sus sentimientos hacia Jared, que se atrevía de nuevo a darle una oportunidad al amor, no podía echarlo a perder, no podía permitir que nada ni nadie interfiriese.
Los días pasaron y Acción de Gracias estaba más cerca; en la cafetería, los pasteles de otoño ya comenzaban a mezclarse con algunos que anticipaban un poco la Navidad.
Una tarde, Imogen despidió a la última persona que estaba en la librería y que al final había encargado varios libros para Navidad, vio a Flora sola esperando a Lilian, Wendy y Teresa, no perdió la oportunidad que llevaba esperando para hablar con ella.
—Flora...
—¡Oh! Hola, Imogen, ¿qué tal? —la saludó con una candorosa sonrisa.
—Bien, bien.
—Estaba esperando tu visita.
Imogen frunció el ceño, extrañada.
—¿Sabías que quería hablar contigo? —Se quedó perpleja.
—Sí. —Sonrió y asintió al mismo tiempo—. Te lo notaba en la cara, de vez en cuando me mirabas fijamente o bajabas, nerviosa, la cabeza.
—Vaya, soy poco disimulada.
—No, sé leer las intenciones de la gente. —Le hizo un gesto para que se sentase con ella, y así lo hizo—. ¿De qué querías hablar?
—Verás, en la lectura de mi mano dijiste que no hiciera el amor —le recordó aquella predicción en la que no había creído hasta que desembocó en su despido.
—Sí, lo sé, y no me hiciste caso.
Vaya, no era tonta.
—Quería demostrar que me engañabas. —Se encogió de hombros al decirlo y la verdad era que le había salido mal, no, lo siguiente.
—Y no fue así.
Imogen negó con la cabeza.
—Sé que leíste la de Jared —confesó con franqueza.
—¿Te lo contó?
—Sí.
—Tenéis unas líneas similares en la mano, es la primera vez que veo algo así y me sorprendió mucho.
—¿Y qué significa?
—Estáis destinados a compartir experiencias y pasar mucho tiempo juntos, a tener una relación romántica, además de tener una conexión emocional muy especial. Esto quiere decir que vuestro destino en el amor es estar juntos —le contó sin parpadear ni separar sus ojos de ella.
—¿En serio?
—No tendría por qué mentirte, ¿no crees? No consigo nada.
—Ya. Me gustaría saber...
—Dame tu mano derecha —dijo, interrumpiendo y describiendo lo que quería.
Imogen, un tanto impresionada, se la tendió.
Flora, antes de hablar, le acarició la palma—.
En este punto —Imogen se echó hacia delante para ver mejor— la de él se bifurca, porque su boda se interrumpió, lo mismo que la tuya —señaló el centro de la palma—, por esa ruptura que has sufrido, pero ahora... —Flora no terminó la frase.
—¿Qué?, ¿qué ves?
—Tu línea del destino se une a la del corazón y no continúa, aunque tiende a separarse en dos caminos.
—¿Eso es bueno? —Imogen se dio cuenta de que no formuló la pregunta adecuada—. ¿Qué significa?
—Probablemente sea porque te veas obligada a tomar una decisión importante en medio del juego del destino.
—¿Qué juego? —Flora, al no hablar, Imogen se lo tomó como algo que a lo mejor no era tan bueno—. ¿Me lo puedes decir?
Flora movió el dedo índice como si pudiera desplazar las líneas para que la dejaran ver aquello que todavía no estaba escrito sobre la piel.
—Vas a tener que decidir entre dos direcciones, antes de que termine la luna gibosa creciente.
—No conozco esa luna. —Se había quedado patidifusa.
Flora levantó la cabeza.
—Es la luna creciente cuando aún no está completamente iluminada, justo antes de la llena. —Volvió a centrarse en su mano—. No lo digo yo, te viene marcado por destino. Pero deberás escuchar al corazón y mirar con sus ojos, aunque diría que lo tienes claro pese a que todavía no ha sucedido.
—¿Qué va a ocurrir?
—Eso lo tendrás que descubrir. Lo que te digo es que cuando pase, piensa con el corazón.
***
Imogen quedó impresionada lo que restó del día, dándole vueltas a lo que Flora le había dicho, y la puso un tanto en tensión, pero lo que más le preocupó fue no saber qué iba a suceder.
No se podía centrar en nada, ni cenando con Jared, pues no tener determinado control en algunas cosas la ponía nerviosa, y en más de una ocasión intentó olvidarse, aunque no hubo manera.
Solo cuando hizo el amor con Jared pareció que su mente quedaba en blanco y se centraba en lo realmente importante, darle placer al hombre al que amaba.
Abrazada a él, que estaba incorporado con la espalda apoyada en el cabecero de la cama de Imogen, no paraba de darle vueltas cuando aquel asunto regresó a ella.
«Cuando suceda, piensa con el corazón», volvió aquella frase.
¿Iba a suceder algo con Jared para imponer al corazón sobre la cabeza?
Le dio un escalofrío, se abrazó más fuerte a él.
¿Qué pasaría? Lo que tenía claro era que no estaba dispuesta a perderlo.
—¿Qué tienes? —Le besó el pelo a la vez que la estrechaba con más fuerza.
—Nada.
—Mentirosa —susurró y le arrancó una sonrisa a ella—. Te has estremecido y me abrazaste, ¿es que tienes frío y me he convertido en tu estufa con patas?
—No. —Soltó una risilla nerviosa.
—¿Entonces? —A ella le costaba hablar y buscar las palabras correctas—. ¿Qué tienes, Mog?
—No merece la pena hablar de ello. —Quería sacarle hierro al asunto.
—Creo que sí, porque llevas toda la noche ensimismada, estás perdida en tus pensamientos y tu cuerpo reacciona a ello.
—Qué bien me lo lees.
—No me puedes esconder nada, ¿es que no te has dado cuenta? —Formuló la pregunta en tono chulesco.
—Ya no eres «manos de oro», sino «el hombre que le susurra a los cuerpos». —Se rio.
—No hables en plural, solo me interesa uno: el tuyo. —La besó en el pelo—. Ahora dime por qué no merece la pena.
—¡Ag! ¿Quieres oírlo?
—Sí.
Ella se separó de él para hablarle mirándolo a los ojos.
—Verás, hoy he hablado con Flora.
—¿Y? —Él ladeó la cabeza—. ¿Qué fue lo que te dijo para que te dejara tan preocupada?
—A ver, sí es por algo que dijo, pero no sé cómo interpretarlo.
—Vale, cuéntame, así a lo mejor sacamos alguna conclusión.
—Voy a tener que escoger, y que cuando lo haga que piense con el corazón. —Lo de «escoger» fue de su cosecha, para que él lo entendiese mejor.
—¿No te dijo nada más ni de qué se trata?
—No y lo que soltó fue que eso lo tendré que descubrir.
Jared frunció el ceño.
—Flora, cuando quiere, es muy enigmática —la describió Jared.
—Que me lo digan a mí, porque no sé a qué se refiere —bufó cansada de pensar.
—Mira —él se echó hacia delante—, no nos preocupemos por algo que no sabemos lo que es.
—¿Y si es algo sobre ti, sobre mí, sobre nosotros? Quiero saberlo, Jared.
—¿Qué haríamos sabiéndolo?
—Actuar, anticiparnos.
—Pero, Mog, hay algo que se nos escapa.
—¿El qué?
—El tiempo.
—¿Cómo? —Jared la había dejado desconcertada.
—No sabemos cuándo ni dónde va a suceder, no puedes anticiparte a eso, porque puede ocurrir mañana, la semana que viene, el mes que viene, el año que viene o dentro de cinco años; y si esto tarda tanto, te aseguro que no lo recordaré.
—¡Ah! —Soltó un gritito—. No me había dado cuenta, pero sí habló de tiempo. —Jugaba con el borde de la sábana—. Habló de la luna anterior a la llena.
—La luna gibosa creciente —dijo él.
—¿Cómo lo sabes?
—Me conozco las fases lunares. —Imogen asintió—. Es la luna que coincide con Acción de Gracias, y volvemos a lo mismo: Acción de Gracias de qué año.
Imogen entrecerró los ojos y ladeó la cabeza.
—Eres muy práctico.
—No es ser práctico, Mog, pero ¿de qué vale preocuparnos cuando no sabemos nada? —En el fondo, Jared tenía razón—. Gastamos tiempo que luego no podremos recuperar.
—¿Debo pasar de su predicción?
—Un poco; cuando llegue lo que tenga que llegar, lo afrontaremos y lo hablaremos. Pero hasta ese momento disfrutemos.
Era cierto, podía pensar en miles de cosas, de hechos o sucesos que podían ocurrir, quizá ninguno fuera el acertado, porque la vida, como el destino, tenía sus propios caminos.