Otoño en Cold Spring Capítulo 32. La cosa va de tuberías
81%

Capítulo 32. La cosa va de tuberías

La cosa va de tuberías

I mogen, tras revelar su verdad al grupo de mujeres, quedó mejor, pues haberse expuesto resultó una pequeña liberación.

Aun así, no poder contárselo a Jared le pesaba en el corazón.

Sí, le había dado algunos retazos de su relación con Howie, aunque no había sido capaz de detallarle todo y así continuaba.

Al hablarlo con Kendall, su amiga siempre le daba el mismo consejo: «Espera, no fuerces nada», y cuando estaba con Jared, entre sus besos y caricias se olvidaba del mundo que la rodeaba.

Por otro lado, habían pasado varios días desde aquella conversación en la que Flora aseguró que estaban predestinados, ella se había quedado con las ganas de preguntarle, y a lo largo de esos días, cuando iba a intentarlo, no hallaba el momento, porque las conversaciones se lo prohibían, o, si la encontraba sola con el trabajo, no podía.

Pero su relación con Jared iba bien, todas las noches (algunas veces aparecía por la cafetería) se veían. En público se mostraban un poco cortados, pero solos eran puro fuego, pura atracción, y el magnetismo entre sus cuerpos se hacía evidente y palpable.

Esa noche lo esperaba mientras decidía qué hacer de cena, pues él había trabajado de tarde. Levantó la cabeza de la nevera al oír la puerta antes de escucharlo.

—¡Hola! —saludó él al entrar.

Como habían quedado, él podía entrar sin llamar cuando viera luz en la casa.

Esa rutina romántica, por llamarla de algún modo, le encantaba a ella, pues nunca la había tenido ni experimentado en sus carnes, ni tampoco que un hombre, cuando coincidiera, le preparase la cena.

Estaba fascinada, emocionada y contenta a partes iguales, porque por una vez el amor parecía sonreírle.

—¡Hola! —Salió de la cocina y se colgó de su cuello para recibirlo.

—Me gusta llegar a casa con estos abrazos. —Le dio un beso en los labios a la vez que la rodeaba por la cintura—. Te eché de menos, y a esto también. —Volvió a besarla.

—Iba a preparar la cena —le dijo ella acariciándole las manos, que las tenía frías.

—Muy bien. —La soltó y colgó la cazadora—. Te ayudo.

La siguió a la cocina.

—Lávate las manos —le pidió ella—. ¿Qué te apetece?

—Lo que tuvieras pensado hacer, me vale. —Él, confiado, abrió el grifo, que tras una explosión echaba agua a toda presión y por todos lados, ¡se convirtió en una manguera loca! Parecía que iba a reventar de un momento a otro—. ¡AL AGUA, PATOS!

Jared quería protegerse del agua, pero no había posibilidad alguna, esta salía con tanta fuerza que acercar las manos era toda una proeza.

—¿Qué has hecho, bruto? —Imogen se separó de la escena antes de terminar como él.

—Abrir el grifo, me has visto.

—Pues no te quiere. —Imogen se fijó que Jared había caído en el río, la camisa completamente empapada se le pegaba como una segunda piel al torso y a los brazos, que los tenía estirados en un intento de protegerse del agua—. ¿Y tú eres el «manos de oro»? ¡Quién lo diría después de esto!

—Se me da bien arreglar las cosas.

—Lo veo, sí, me ha quedado claro.

—Muy simpática.

—Siempre.

—Cierra el agua de paso.

—No sé donde está. —Imogen no mentía, Lilian la abrió el día que llegó—. Piensa esto, te estás duchando gratis, ¿te traigo el gel?

—¡Dame paciencia!

—Yo también la necesito, porque quien va a limpiar este estropicio seré yo, pito ahogado —bufó ella queriendo mostrarse tranquila—.

¡¿Por qué lo habrás tocado?! —De repente, la cocina empezó a oler un poco a cloaca, lo que originó que Imogen lo mirase con las cejas alzadas—.

Tampoco hace falta que te cagues de miedo, es solo un grifo, no es tiburón, no muerde.

—Son las cañerías, Imogen, y haz el favor de cerrar el agua de paso, que está aquí. —Le enseñó con la punta del zapato la alacena justo debajo del fregadero.

Al encontrarla la giró y el grifo dejó de echar agua por los aires. En cuanto se irguió Imogen, contempló todo lo que había a su alrededor, no era ninguna inundación, aunque se pasaría un buen rato limpiando.

—Menudo estropicio, chico. —Puso los brazos en jarras.

—No fue mi culpa.

—No te equivoques, antes que tú abrí el grifo y no pasó nada.

—Te pasaría igual, créeme —protestó Jared, que se miró la ropa—. Espera, vengo ahora.

Mientras que él se iba, Imogen subió al piso superior, y de una de las cajas que no había vaciado, sacó unas toallas, que algunas terminaron cubriendo el suelo para secarlo, ¡había agua por todos lados! Jared volvió a entrar con una bolsa de deporte, de donde sacó ropa limpia.

—Vaya, hombre con recursos. —Lo miraba desde la cocina.

—Siempre la llevo conmigo, para casos como este. —Se puso un vaquero con una camiseta de manga larga por debajo de una camisa de franela.

—«Hombre precavido vale por dos»; y toma, sécate el pelo. —Le dio una toalla seca.

—Mañana te lo arreglo.

—No sé, puede que salga en canoa como Pocahontas...

—Eres muy exagerada.

—¿Tú crees? —Se apartó y le mostró el suelo lleno de toallas—. Quizá el confiado eres tú.

Cuando terminó de vestirse, Imogen echó el uniforme a lavar, luego se pusieron a secarlo todo, para que nada se estropease, al tiempo que él revisaba si había algo más en malas condiciones.

—¿Qué le ha pasado al grifo? —Quiso saber Imogen.

—No lo sé, mañana cuando lo saque me haré una idea.

—Una cosa, ¿me podré duchar? —Se dio cuenta de ese pequeño detalle.

—Sí, mientras no uses este grifo. —Jared volvió a abrir la llave de paso y el grifo no hizo nada—. No lo toques.

—Lo mismo digo. —Sonrió de modo irónico con los brazos cruzados.

—Vale, pues... ¿cenamos? —Ofreció él.

—Será mejor.

Aprovechando que Kendall había amasado la masa para hacer pizzas y ella se llevó la mitad que dividió para dos veces, preparó una de buen tamaño, y a la vez que ella le iba dando forma —un tanto cuadrada, pues nunca le quedaba redonda—, él iba sacando de la nevera todo lo que ella le iba pidiendo.

Con cuidado la metió en el horno, y prepararon todo para cenar delante de la chimenea, así él también entraría un poco en calor.

En cuestión de minutos, el olor a la masa horneándose, al queso fundido y al tomate fue llenando el ambiente, confiriéndole a la casa ese aire acogedor.

—Cuidado que quema —le advirtió Imogen. Jared, aun así, pegó un mordisco y se tuvo que abanicar la boca con la mano—. Lo dicho, quema.

Él bebió un sorbo de agua.

—Está buena.

—Gracias. —Ella mordió la punta, así la iba dejando enfriar—. Por cierto, tengo que llamar a Lilian para contarle lo que pasó.

—Sí, hazlo mañana y dile que lo arreglo yo. —Volvió a darle otro mordisco—. Está buenísima. —La saboreaba con ganas—. Hacía tiempo que no comía una pizza casera.

—La masa es obra de Kendall, a mí no me sale tan bien —acercó su cabeza a la de él—, se parece a algo similar al cemento seco. —Esa comparación logró que Jared echara la cabeza hacia atrás y soltara una sonora carcajada.

Ella se estaba acostumbrando muy rápido a la compañía de ese hombre que al principio la sacaba de sus casillas y que ya ni podía quitarse de la cabeza.

—¿Qué tal el día? —Se interesó él.

—Muy bien, estamos escogiendo lo que haremos en la cafetería por Navidad y ya hemos introducido alguna cosilla.

—Todavía es pronto, no ha pasado ni Acción de Gracias —apuntó él mirándola con el ceño fruncido.

—No, no te creas, estamos adelantando trabajo y qué mejor que anticiparse unas cuantas semanas. —Ella dio un sorbo a su vaso de agua—. Por cierto, ¿qué haces por Acción de Gracias?

—Cenaré con mi vecino Logan, como todos los años.

—Kendall quiere que lo celebremos todos juntos, bueno, quien pueda, en la cafetería, que es donde hay más espacio.

—¿No te vas con tu familia? —A él le resultó extraño.

—No, mis padres están de crucero festejando la jubilación, así que estaré aquí. —Ella se giró hacia él—. Trae a tu vecino, venid.

—Suena interesante, y creo que este año me alegrará celebrarlo.

—¿Por qué? —Lo observo con atención. Jared dejó a un lado el plato, se limpió las manos y la boca con una servilleta y bebió, parecía que se estaba entreteniendo para no hablar o confesar aquello que todavía guardaba en su interior y que le costaba decirlo en voz alta.

Para aflojar ese momento, Imogen no dudó en decir—: Si no quieres...

—No tengo familia —soltó a bocajarro.

—¿Qué? —Imogen se quedó congelada.

—Cuando Lilian y el resto dicen que he sufrido mucho no es solo por la boda, es por lo que sucedió antes. —Paró de hablar y ella no se atrevió a decir nada—. Perdí a mi familia en el 2001...

—El atentado. —A Imogen le salió sola aquella referencia al ataque sufrido en el país y una inmensa tristeza la embargó.

—Sí, mi hermana había conseguido un buen puesto en una de las empresas que había en una de las torres, y mis padres fueron a visitarla aquella mañana y... —carraspeó—, ya te puedes imaginar el resto.

—Yo... —A ella no le salían las palabras, ¿qué podía decir que no sonara mal?

Quieta a su lado, la mente se le quedó en blanco y el silencio cubrió la casa por sus cuatro lados, además era frío, desconsolador, marcando ese otro silencio propio de los que ya no están, pero debía decir aunque fuese lo mínimo—: Lo siento mucho.

—Tranquila, dolió más de lo que duele.

En ese instante, comprendió por qué Teresa, Lilian o Wendy lo cuidaban, entre comillas, tanto, incluso Flora. Estaba convencida de que toda la comunidad de Cold Spring se había volcado con él, sobre todo esos vecinos que eran de toda la vida y que lo habían visto crecer.

—Logan también lo vivió conmigo, como Mark y su familia.

—Teresa, Lilian, Wendy y Flora. —Las añadió ella.

—Sí. Todos se portaron muy bien conmigo. Gracias a Mark y a sus padres, a la madre y a la abuela de Logan, las heridas pudieron curarse; y aunque no eran mi familia de sangre, a todos les debo algo.

—¿Por qué lo dices? —Ella había percibido un tono lúgubre en sus palabras.

—En medio de aquel horrible dolor, en medio de una inmensa soledad y el vacío que dejó mi familia, llegué a pensar muchas cosas, entre ellas que había sido mi culpa, que no me merecía ser querido...

Imogen lo abrazó y hundió la nariz en la línea que unía su cuello con el hombro. Él le correspondió.

—No pienses eso, todos nos merecemos ser amados, querer y que nos quieran. —Ella se separó y le rodeó el rostro con las manos—. Eres la persona que merece ser más amada de todas las que conozco.

—Cuando el dolor es el único sentimiento vivo en ti, la cabeza va por caminos y antros oscuros en los que jamás has estado, es inevitable. La razón es que sobre unas heridas se abren otras. —Imogen comprendió que cuando dos hablan desde el dolor comparten el mismo lenguaje—. Ya no duele tanto.

—Te quiero —confesó a corazón abierto.

—Lo sé —dijo con ojos brillantes.

—Y no quiero que sufras, no lo permitiré.

—Eso ya es imposible.

—¿Qué?

—Tú estabas al final de este largo recorrido, y entre tus brazos y contigo a mi lado es imposible, porque amarte es la mejor aventura de mi vida.

La besó.

Sus bocas tomaron las riendas, mientras sus cuerpos, cuales navíos, empezaron a surcar las olas de la pasión.