Capítulo 30. Jared, estás enamorado
Jared, estás enamorado
A quel día el tiempo se revolvió como si luchara contra un dragón: el cielo se oscureció por las nubes grises, algunas del mismo color del plomo lo surcaban amenazantes, intimidando a los residentes de Cold Spring con soltar toda la furia que cargaban.
Las colinas del valle, siempre de perfil suave, se habían tornado más oscuras, a veces se agitaban por alguna ráfaga de viento, y el Hudson, silencioso en su transcurrir si se paseaba por su orilla, parecía que quisiera engullirla; sin embargo, se contenía y chapoteaba contra el mirador que había en el centro del pueblo.
Lo que había cambiado en él era agua tan turbias como el cielo.
En contraste, Jared estaba más contento de lo normal y había un motivo concreto con nombre de mujer: Imogen, cuyo recuerdo, pues al trabajar era con lo que se quedaba, le calentaba el alma, lo sacaba de su letargo.
Ya no se acordaba de lo que era sentirse así.
Para él la rutina nunca fue un problema, ya que desde hacía años le agradaba al igual que la compañía de la soledad, a la que se acostumbró a pasos agigantados para que las heridas no le provocaran perder altura, pero ella lo había cambiado todo en el instante que posó sus bonitos ojos azules sobre él, ese momento lo vivió como si un ángel se hubiera fijado en él.
Lo que no podía quitarse de la cabeza era la noche anterior, mientras hacían el amor; Jared aprendía a tocarla, memorizaba los caminos y recodos de su piel.
El mapa de su corazón. Él solo temblaba con cada caricia de Imogen, con cada beso; el perfume de ella mezclado con el del sexo era embriagador, lo emborrachaba y le pedía más, tenerla más cerca, lo empujaba a estar dentro de ella, y así sucedió, tuvieron varios asaltos.
Hasta en esos momentos en los que lo recordaba todo, el anhelo tras cada encuentro apenas lograba disminuir del mismo modo que no lo hacía la maravillosa sensación de estar dentro de Imogen.
Jamás se saciaría de ella ni de la forma en la que se ajustaba como un guante a él, y cuando llegaba al orgasmo se aferraba a él rítmicamente.
No era capaz de dejarla prisionera de la agonía del deseo insatisfecho, le encantaba verla gozar debajo o encima de su cuerpo.
Se removió en el asiento del coche con el que recorrían algunas carreteras forestales, se había ganado una buena erección. Con disimulo, miró a Mark, que sonreía.
—Estás contento —señaló su amigo, a medida que continuaban un camino entre los árboles del bosque.
—No.
—Y yo soy estúpido.
—Algunos lo sabemos desde hace tiempo —lo bromeó.
—Qué simpático el hombre «hipertranquilo». —Se metió con él Mark.
—Ni que fuera un supermercado. —Comenzó a canturrear la canción que sonaba.
—¡¿Estás cantando?! —exclamó asombrado.
—Es muy buena esta canción. —Señaló al reproductor musical.
—Me alegro de que te guste, pero ¿te das cuenta de que hacía años que no escuchabas Nickelback? —apuntó Mark con mucho acierto.
—Lo sé, soy consciente de ello, pero no te das cuenta de que hay un nuevo comienzo...
—Un comienzo llamado «Imogen». —Mark se atrevió a terminar la frase por él.
Se conocían desde la infancia y siempre se consideraron como hermanos del alma, su amistad nunca había ido a menos, al contrario, se había fortalecido con los malos momentos que había vivido Jared y Mark tenía la potestad de hablar a las claras, de decirle aquello que otros se callaban—.
No hace falta que te pregunte qué tal, tu cara lo dice todo.
Jared asintió.
—Sí, hacía mucho que no me sentía tan feliz —le contó con total confianza.
—Desde el principio —dijo Mark.
—¿Cómo dices?
—Desde que ha llegado tú has cambiado, la manera en la que discutíais, la apuesta; se te notaba muchísimo, tus ojos te delataban.
Jared, por unos segundos, apartó la vista del camino hacia él.
—Me siento un estudio científico. Parece que estás haciendo un cursillo acelerado de observación.
—Jared no se equivocaba; de los dos, él y no Mark era el que más se fijaba en los detalles—.
Pero sí, ella lo ha cambiado todo, allí donde dije que no me enamoraría, he caído de nuevo, pero Imogen es distinta, su forma de quererme, de mirarme; sin rozarme, me toca.
—Cuando Flora te dijo que lo de la mujer que te rondaba la cabeza y que pronto la tendrías entre tus brazos...
—¡Vaya, cómo nos acordamos!
—Era un buen cotilleo sobre ti —se carcajeó Mark, que provocó que Jared bufase—, a lo que voy es que te lo dije: lo importante no es cuándo llega el amor, sino lo que provoca en nosotros, y a ti te está dando una segunda oportunidad.
—Y además de las grandes, porque allí donde pensé que «te vas a enterar por no recordarme» fue motivado por un sentimiento tan grande que no podría explicar. Solo sé que la quería antes de que lo pudiera verbalizar.
—Has sufrido un flechazo, amigo mío. —Le dio un apretón en el hombro.
—¿Qué?
—Un flechazo, como lo que me pasó con Kendall, dime: ¿desde que la conociste has pensado en ella de modo recurrente?
—Sí, y cuando Kendall me dijo que estaba con alguien, intenté alejarla de mi mente, y sé que ese hombre no la trató como se merece. —Los dos amigos se miraron—. Esto último me lo contó Imogen.
—No sé mucho de ese asunto, solo que Kendall, cada vez que podía, se marchaba a Nueva York junto a Imogen, creo que está relacionado con su despido, pero ojo, no estoy seguro, Kendall no me dijo nada.
—¿Lo conociste? —Jared apretó con fuerza el volante.
—No, siempre daba largas, estoy convencido de que no se quería mezclar con pueblerinos.
—Pues este pueblerino está dispuesto a todo por ella. —Sus palabras sonaron a promesa.
—Hacía tiempo que no te veía tan convencido en el tema del amor.
—Creo que mi corazón la esperaba a ella, es una chorrada que se acerca mucho a la verdad.
—¿Le has contado algo de lo que te pasó? —Quiso saber Mark, y se ganó una mirada asesina—. Oye, no me mires así —alzó las manos—, esa historia te marcó.
—Sí, se lo conté y, la verdad, me sentí liberado, es como si esas cadenas desaparecieran. —Mark se rio—. Y ahora, ¿por qué te ríes?
—¡Quién nos dice que no vamos a ser dos amigos para dos amigas! —Jared asintió en silencio, Mark estaba muy acertado—. Me alegro mucho de que hayas encontrado a alguien que te corresponda.
Continuaron el camino adentrándose más en el bosque, donde el corazón de Jared brincó de emoción y guardó el recuerdo de Imogen, que le iba arrancando las espinas que habían crecido en él.