Capítulo 29. Hechos para amar
Hechos para amar
C omo le había prometido Jared, esa noche cenó con ella, y así fueron todas las siguientes.
Cada vez que podía o que el trabajo se lo permitía, pasaba por la cafetería, luego se juntaban alrededor de la mesa que él se encargaba de preparar, así como unos buenísimos platos con los que se lucía.
Había muy pocos hombres que se dieran tan buena maña entre fogones, y uno de ellos era Jared, que por azares del destino se había fijado en ella.
Habían acordado que si Imogen estaba en casa, que él entrase sin llamar; otras, iba a buscar las llaves a la cafetería, aunque en medio de todo eso, ella se estaba acostumbrando a verlo con el delantal mientras cocinaba; era una imagen hogareña de la que no se olvidaría tan fácilmente.
Una de esas noches, Imogen se entretuvo colocando cosas y limpiando la librería, y él fue a buscarla, dándole un sobresalto al ser tan sigiloso.
—¡Qué susto me has dado! —le dijo.
—Lo siento, no pretendía hacerlo.
—¿Qué haces aquí?
La cogió por la cintura y acercó los labios a su oreja.
—Como tardabas tanto, vine a comprobar que todo iba bien.
—Muy caballeroso.
—No has visto nada.
Él dejó caer su boca sobre la de ella fuerte, rápido, y cuando sus labios se abrieron con sorpresa, metió la lengua profundamente en su boca con tanta avidez que ella se estremeció entre sus brazos.
Jared la agarró por las caderas, la aplastó contra uno de los escritorios, donde ella se sentó para rodearlo con las piernas, y en ese instante, él la besó con abandono, con cada movimiento la adoraba solo con sus labios, trazaba la forma de su boca con la lengua, como si quisiera que le quedara grabada.
Sus manos, más sabias de lo que ella creía, se deslizaron hasta ahuecar sus pechos.
Imogen se arqueó contra él, presionándolos contra sus palmas para que no se echase atrás.
No fue como ella había pensado, él rompió el beso y se separó un poco.
—Te he echado de menos, pero aquí no.
—En casa —matizó ella, a lo que él asintió.
Juntos cerraron la cafetería y, abrazados, subieron la cuesta que la separaba de la casa.
Entraron y ni siquiera encendieron la luz; ella, alzada sobre las puntas de sus pies, lo besó de nuevo.
Él la cogió, la levantó sin separar sus bocas para subir al cuarto, donde la dejó sobre sus pies, permitiendo que la pasión los embriagase.
Mientras se desnudaban, Imogen comprobó cómo el cuerpo de él, desprovisto de ropa, quedaba un tanto iluminado por los rayos de la luna al ser una noche bastante despejada: la imagen de Jared era increíble, con su torso amplio, fuerte, que se deslizaba hasta una cintura estrecha que seguía para formar un precioso trasero y terminaba en unas piernas largas y musculosas.
Era un hombre atractivo que la luna no podía dejar de tocar, tampoco se había equivocado aquella noche en su casa, su cuerpo era perfectamente simétrico y preparado en esos momentos para dar placer, a la vez que su miembro tembló bajo su mirada.
Ella se acercó, lo besó en la clavícula; a partir de ahí, el mundo se escapó de su visión.
Lo ansiaba con cada poro de su cuerpo, con su alma.
Estaba embriagada de deseo cuando él la penetró, ofreciéndole la presión que necesitaba; como llevados por la misma ansiedad febril, comenzaron a moverse a la vez, y las manos de Imogen terminaron posadas en esas nalgas firmes, que notaba cómo se apretaban con cada nueva acción.
En esos minutos de cruda sexualidad, discernió que el cariño con que le acariciaba cada palmo de su piel solo podía tratarse de amor, pues no había experimentado tal cosa, ya que con Howie era mucho más mecánico, sin preocuparse de ella o de sus necesidades, pero Jared sabía dónde tocar, le leía el cuerpo y la mente estando tumbado encima de ella.
Su cuerpo se aferró al miembro de él y empezó a convulsionar con una brutal intensidad que logró que el orgasmo durase una eternidad; entretanto, la lujuria y el deseo que llevaban tanto tiempo conteniendo vaciaron sus cuerpos y colmaron sus corazones de un amor que no tenía principio ni fin.
La magia del amor era real, existía y no era un sueño.
Tumbados, ella con la cabeza sobre su pecho, recuperaron el aliento en un ambiente viciado por el sexo, tranquilo, con el aire espeso y caldeado que los rodeaba lamiendo sus pieles, que estaban cubiertas por una fina partícula de sudor.
Por una vez, Imogen disfrutó de lo agradable que era anteponer los deseos; si no lo hubiera hecho, aquella noche habría sido distinta y se hubiera perdido escuchar de cerca el latido fuerte del corazón de Jared, que se convertía en una melodía que poco a poco la iba adormeciendo.
Jamás había sentido una conexión con ningún hombre como con él; jamás el sexo se había transformado en la prueba más carnal de amor.
Todo porque había dado con un hombre que nunca le había ofrecido un amor sincero.
Jared lo cambiaba todo.
La mantenía pegada a su cuerpo, sujeta por un brazo cuyos dedos le recorrían la columna con una cadencia que le agradaba, hasta que notó cómo el pecho de él convulsionaba.
—Te estás riendo —afirmó ella sin moverse.
—Sí, porque somos el claro ejemplo de «los que quieren ir despacio y no pueden» —recitó como si se tratase de un eslogan de supermercado.
—Bueno, hay gente que empieza por este momento antes de comenzar a salir, y si lo hacen.
—Me dan igual los demás —la besó en el pelo—, encontrarte fue lo mejor que me ha pasado —confesó—. Lo mejor —repitió.
Ella sonrió mientras continuaba rodando su mano por la piel del costado.
—Hace mucho que no siento nada igual por nadie —dijo ella en voz baja.
—Eso es porque no era yo —bromeó en tono chulesco.
—Creído.
Él puso dos dedos debajo de su mentón para que lo mirase.
—Lo digo en serio, nos ha pasado por no haber hallado a las personas adecuadas, por eso ahora notamos algo distinto.
Ella se irguió con un codo clavado en la almohada.
—¿Te pasa lo mismo?
—Sí, desde el principio he sentido una conexión con la que podías leer mis pensamientos, pero es algo más fuerte que está aquí. —Puso la mano encima de su pecho.
Imogen se sentó en la cama.
—He salido de una relación en la que las mentiras y las medias verdades eran lo normal; es más, puedo decir que era una relación de a tres que no supe hasta el final. —Otra vez se había callado el nombre de él y la identidad de su jefa, todavía tenía reparos en decirlo.
—Verás —él se sentó en la cama—, la mentira tienes múltiples caras, pero si algo tengo claro, después de lo que me pasó a mí, es no callar nada, ni cuando estoy seguro de hacer algo o cuando es lo contrario, porque lo fundamental es hablarlo para no confundir a la otra persona.
—Entrelazó su mano a la de ella—. Jamás te mentiré, Mog, no vale de nada cuando la verdad es más dolorosa.
—Sé que no lo harás. —Estaba convencida de ello, por ello se atrevió a decir—: Me quieres de un modo muy distinto, me das besos sin importar quién esté delante, sin afectarte el lugar.
—Cuando amas, lo demás pierde relevancia, porque mi corazón se dedica a ti. —Le metió un mechón detrás de la oreja y su mano se entretuvo con suaves caricias en la mejilla—. Creo que en el fondo sabías o intuías que no iba bien la relación.
—Kendall me puso en ese camino, pero al enterarme de toda la verdad me sorprendí. Y Flora me leyó la mano el año pasado, creo que lo vio, y aunque me cueste aceptarlo, lo que me dijo era cierto.
—El año pasado —Jared se rascó la barbilla pensando—, más o menos por el solsticio de otoño me cogió desprevenido y me leyó también la mano, y me pronosticó que la mujer que me rondaba la cabeza pronto estaría entre mis brazos.
—¿En serio? —Las facultades de Flora no debían ser la pantomima que ella creía.
—Solo tienes que mirarnos. —Sonrió él.
—¡Qué fuerte! A lo mejor es una locura lo que voy a decir, pero puede que supiera que estábamos predestinados.
—A mí me da que sí. —La cogió de repente, para sentarla a horcajadas encima de él, y ella gritó—. ¿Te gustó? —le susurró.
—Hacía mucho que no disfrutaba tanto. —Hasta para eso Howie era egoísta—. Eres muy buen amante.
—No me lo repitas muchas veces que me lo acabaré creyendo. —Bajó la cabeza con una sonrisa sesgada—. Te lo dije, te he echado mucho de menos.
—Échame de menos las veces que quieras si siempre será así.
—Te amaré de todas las formas que sé.
—Hazlo —le ordenó ella—, tú sabes cómo curar las heridas del alma y cómo hacer que el corazón me tiemble de amor.
Se besaron, y él, al moverse debajo de ella, la hizo partícipe de su erección, que la liberó de la frontera que hacía la sábana entre ellos y se abrió paso en su interior con movimientos lentos, lánguidos y certeros, y así se rindieron de nuevo a la pasión.