Capítulo 27. ¡Imogen, recuerda!
¡Imogen, recuerda!
I mogen se desperezó y notó un gran sofoco que la envolvía de pies a cabeza, ¡era un tsunami de calor!
Se frotó los ojos antes de abrirlos. Miró a la ventana por la cual solo entraba una luz anaranjada del exterior, la cual era muy extraña, no la recordaba, pero era lo bastante intensa como para permitirle recorrer su entorno.
Así lo hizo. Al principio estaba un poco desorientada al haberse despertado tan de repente, pero fue cobrando conciencia de que su alrededor había cambiado tanto que...
¡¡¡AQUEL NO ERA SU CUARTO!!!
El corazón le comenzó a latir a mil por hora, se iba a erguir; sin embargo, percibió un peso a su lado y un nudo le rodeó la garganta.
«Vale, estás en una pesadilla», jamás había hablado consigo misma en sueños.
«Lo que debes hacer es respirar», siguió sus propias indicaciones.
Inspiró y espiró, primero una vez, luego dos, así hasta que comenzó hacer las típicas respiraciones que les enseñaban a las mujeres en las clases de preparto.
De ese modo, giró la cabeza y se encontró con una espalda desnuda.
Los ojos se le abrieron como platos mientras que la mandíbula se le aflojó.
¡¿HABÍA UN HOMbrE DESNUDO A SU LADO?!
Intentó hacer memoria, pero le fue imposible, por eso se palpó: solo vestía una camiseta que por debajo se podía percibir la ropa interior.
«¡¿Qué cojones hago yo aquí?! ¡¡¡NO ME ACUERDO!
!!», se llevó las manos a la cabeza, luego se fue incorporando poco a poco para no despertar al hombre, y al fijarse mejor reconoció a Jared.
—Patético, hemos hecho algo de lo que no me acuerdo, sí, definitivamente esto es una pesadilla.
—Lo empujó con suavidad—. Jared —lo llamó, aunque él parecía un ser inerte—.
Jared. —Nada, no había manera—. Si esto es una pesadilla, puede que esté muerto.
—Rodeada por unas fuertes corrientes de miedo, cogió lo primero que tuvo a mano, la almohada, para arrearlo con ella—. ¡Al ataque!
Le siguió un fuerte alarido con el que soltaba parte de esos malos sentimientos que le nublaban la mente.
—¡Ey! —gritó Jared al sentirse atacado.
Ella, del susto que él le metió, chilló con más fuerza. La cosa no quedó ahí, no podía ser tan sencilla cuando el alarido asustó al mismo Jared; así, los dos terminaron a gritos como si hubiesen sido testigos de la aparición de un ser viviente o fantasmas. ¡Parecían dos locos en apuros!
Imogen paró.
—¿Por qué gritas? —le preguntó ella sin bajar el tono de voz.
—Como tú también lo haces. —Jared se giró hacia un lado para encender la luz de la mesilla—. ¿Estás bien?
—Podría estar mejor si me explicases qué hacemos en la misma cama.
—¿De verdad no te acuerdas? —Él se mostró un tanto molesto—. Y yo creyendo que te había hecho gozar.
—¡¡¡¿Perdona?!!! —Definitivamente estaba soñando. Él se echó a reír—. Oye, no me hace gracia.
—Era broma, mujer.
—Voy yo y me lo creo.
—No haría el amor contigo. —Antes de que terminase la frase, ella lo golpeó con la almohada—. Imogen, nunca haría el amor con una mujer dormida, me gusta que mi compañera esté despierta.
—Seguro. —Ella desconfiaba.
—Lo es. —Jared se frotó la cara y luego se mesó el pelo—. Cuando estabas en el sofá hablando con Kendall antes de cenar te quedaste dormida.
—¡Ah! —Con esa explicación, a Imogen le regresó a la cabeza todo lo que había pasado el día anterior.
—Creo que te estás acordando.
Ella asintió con los hombros hundidos.
—Sí —le respondió arrugando la nariz—. Menuda mierda.
«Ya podría haber sucedido lo que me había imaginado, era mejor», apuntó para sí misma.
Jared separó el nórdico para acercarse a ella, que estaba de rodillas en mitad de la cama.
—Oye, de mierda, nada. —Le rodeó la cara con las manos—.
No quiero que te vengas abajo, eres una mujer más valiente de lo que crees, en la ruta senderista me mostraste que avanzas por la vida con garra, gracia y brío, no permitas que nadie te arrebate tu fuerza.
—Le dio un dulce beso en los labios—. Y siempre podrás contar con la gente que te quiere, entre ellos, yo. —Asintió él con la cabeza.
—Crees tú más en mí de lo que lo hago yo.
—Debes creerlo; si no, mira lo que has conseguido con la librería, y por lo que veo y tengo entendido, no va tan mal.
Imogen asintió y por primera vez se sintió un tanto rara, porque él le estaba contando la verdad de todo lo que había hecho desde que llegó a Cold Spring. Ella lo miró acordándose de algo.
—Y una preguntita, ¿qué hago así en tu cama?
—Te desnudé —dijo él sin miramientos.
—¡Serás! —Le pegó un suave empujón—. ¿Quién te dio permiso?
—¿Acaso pretendías que te metiera a la cama en vaqueros?
—Sí.
—Pues no, lo hice para que descansaras, estabas grogui.
Ella se calló, siempre le había pasado que después de una gran agitación emocional, o cuando terminaban los exámenes, que le exigían un gran esfuerzo, necesitaba dormir.
—Vale, entonces ¿no hemos hecho nada?
—Nada —confirmó Jared con una sonrisa sesgada.
No podía fiarse de esa media sonrisa a quemarropa.
—¿Nada de nada? —insistió.
—Nada. —Él respiró hondo—. Mog, te lo dije, me gusta hacer el amor con una mujer despierta, no con una momia. —Aquella comparación le hizo ganarse un almohadazo—. ¡Eh!, un poco de respeto.
—El mismo que me has tenido a mí con eso de «momia».
Él se echó a reír.
—Estabas en el séptimo cielo. —Miró el despertador—. ¿A qué hora entras en la cafetería?
—Más o menos en media hora, porque siempre ayudo a Kendall en el obrador.
—Vale, te llevo.
—No hace falta, puedo llamar a un taxi, tú descansa para ir a trabajar.
—Estoy en turno de tarde, así que no me importa.
—Él se levantó y se vistió con un pantalón de chándal que tenía en una butaca.
Al verlo, con la tenue luz de la lamparilla, pudo observar un cuerpo hecho para dar placer, tenía músculos por todas partes, y esa perfección la comenzó a atormentar, era simétrico por todas lados y rezumaba fuerza al moverse de modo elegante al ponerse una camiseta, que se pegó a él como una segunda piel—. Si quieres te puedes duchar...
—¿Y ponerme la ropa de ayer?
—Vale, pues vístete, te espero abajo.
En cuanto él salió, y sin parar a mirar la habitación, se vistió lo más rápido que pudo, aunque a diferencia de Jared, ella sí estaba cansada de verdad y lo notaba en las articulaciones. Cuando bajó, él estaba en la cocina y le ofreció una taza de café que no rechazó, tomó un sorbo y la reconfortó.
—Gracias por cuidar de mí —le dijo en voz baja—. Ayer no sé cómo me encontraste...
—Simplemente te busqué y me pareció ver tu chubasquero desde el coche, pudo ser un golpe de suerte. Tampoco es que Cold Spring sea muy grande.
—Me cuidaste de verdad.
Él mantuvo los ojos fijos y sonrió antes de acercarse.
—Te quiero y me importas. —Se encogió de hombros, restándole importancia—. Eso es lo que hace un hombre cuando ama a la mujer que tiene delante. —Se inclinó sobre ella para dejar caer la boca en la suya—. Siempre estaré aquí. —La volvió a besar en un intento de que no pensara.
No había nada más dulce que un beso con sabor a café para comenzar el día.