Otoño en Cold Spring Capítulo 26. El amor es quien te salva
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Capítulo 26. El amor es quien te salva

El amor es quien te salva

¡¡¡P UM, PUM, PUM, PUM!!!

Imogen se cubrió los oídos al notarlos taponados debido al pulso acelerado que creaba presión en ellos, hasta percibía el corazón en el cerebro.

Era una sensación extraña que jamás había sentido.

Con los ojos clavados en el color terroso que cobraba el agua del río en esa orilla, lloraba desconsolada después que todas las emociones, también los arrepentimientos por haber sido tan boba con Howie, se desbordaron hundiéndola en el dolor más profundo y la arrastraron a los antros más oscuros de la tristeza, pues parecía que estaba volviendo a sentir las primeras horas de su despido, aunque con una diferencia: no quería que nadie se inmiscuyera.

«Me enteraré de lo sucedido», recordó. No podía pensar con claridad, pero de esa frase se acordaba pese al latido constante del cerebro en el cráneo.

No quería que nadie hiciera nada, lo había dicho claro: quería que todo siguiera igual.

«Eres una pequeña zorra desagradecida que ha cavado su propia tumba, me encargaré de dejarte sin nada», le había dicho su jefa antes de echarla a empujones de su despacho, fue todo tan rápido que no le dio tiempo a recoger nada.

Había decidido ir a Cold Spring para olvidarse de la vida que llevaba en Nueva York, empezar de cero junto a Kendall, aunque estaba claro que siempre había algo que lo torcía, y en ese caso fueron un tipo trajeado —su jefe, supuestamente— y unas fotos los que la empujaron a regresar al pasado.

Las lágrimas no paraban de correrle por las mejillas, le escocían el alma al tener la sensación de que jamás podría deshacerse de esa parte de su vida.

La sombra de su jefa de la editorial era muy alargada.

—¡Mog! —Ella no dijo nada ni se movió—. ¡Mog!

—De pronto, Jared surgió de la nada, se acuclilló a su lado y le rodeó el rostro con las manos—.

Mog, ¿qué pasa? —Ella negó con la cabeza, no podía hablar.

Él le besó la frente, luego la envolvió con sus brazos y terminó por romperse, así de fácil, parecía que su alma lo esperaba para soltarlo todo.

Él la consoló con paciencia y cariño, le acarició el pelo mientras le susurraba palabras que la iban tranquilizando.

Cuando hipó, Jared la separó—. ¿A dónde quieres ir?

—Lejos —musitó.

Él la cogió en brazos, y ella le rodeó el cuello y apoyó la cabeza en su hombro.

Imogen no sabía a dónde irían, pero le daba igual, quería esconderse en la madriguera de un lirón para que nadie la molestase.

La puso sobre sus pies antes de abrirle la puerta del coche; una vez dentro, Imogen se dio cuenta de que podía estar metiendo la pata.

—Jared —le dijo—, si tienes que ir a trabajar...

—Ya he terminado mi turno, no te preocupes. —Le guiñó un ojo para que no se intranquilizase.

En cuanto arrancó el coche salió por otra calle en la que Imogen no había estado —a ambos lados había casas—, pasaron por delante de la iglesia.

Miraba todo sin ver nada, no solo por las lágrimas, sino porque su cabeza estaba lejos, a un mes atrás; lo que sí tenía claro era que no quería volver ni a su casa ni a la cafetería por algo tan sencillo como que se avergonzaba por haberle gritado a Kendall delante de Lilian, Wendy, Teresa y Flora.

¿Había cedido a la ira? De lo que no podía olvidarse era de ese hombre que fue a revolverle toda la vida, ¿por qué no podía pasar desapercibida?

¿No valía con estar arrepentida? Se acurrucó en el asiento y notó que cada vez se hacía más y más pequeña ante la vida, ante el pasado que iba a azotarle el alma y a revolver los recuerdos. ¡UN ASCAZO!

Estaba tan sumida en su miseria que no se fijó que Jared la llevaba hacia la salida del pueblo, donde él vivía.

Reaccionó cuando entraron en una extensa propiedad, donde al final había una gran casa.

Era de madera pintada de verde, con un importante porche acristalado con sillas y dos sofás, con un tejadillo bastante pronunciado donde se apoyaban, con suavidad, las ventanas del piso superior, y dos árboles que casi habían perdido sus hojas la escoltaban a ambos lados cuales dos caballeros.

—¿Dónde estamos? —Quiso saber ella.

—En mi casa —le confesó guardando el móvil—. Vamos.

Subieron los tres escalones del porche, y al entrar, un abrazo cálido la envolvió, parecía que la casa la estaba esperando, aquello la sosegó de tal modo que su espíritu creyó estar en su hogar; no obstante, una pregunta se le presentó en la cabeza: ¿cómo era posible que un hombre que la ponía de los nervios se convirtiera en su salvación?

Eso fue lo que hizo Jared: cual caballero del siglo XIX, salvó a la chica que estaba en apuros, más o menos; no era que Jack el Destripador la persiguiera, aunque era una bonita comparación con su pasado más reciente.

Lo siguió hasta el fondo, a la parte de atrás, en la que estaba la cocina con otro porche cerrado, también acristalado, y tenía una pequeña estufa de leña.

La cocina, por su parte, era muy amplia, pintada de un beige muy bonito, relajante.

Frente a la puerta estaban los fogones, el lavadero, todo ello con las alacenas de color marrón, que contrastaban con el mármol jaspeado de la encimera o de la isla del centro, que lo ocupaba casi todo; el horno, como el micro, estaban anclados en la pared de al lado.

Era elegante con un toque rústico muy marcado por la mesa de madera colocada a un lado con sus seis sillas.

—Ve al porche, te llevaré un té —le indicó, pasándole una mano por la espalda.

Nada más salir del confort de la cocina, pudo oler el río, además del humo de las chimeneas, seguro que había más propiedades cerca, aunque no las viera.

Era una sosegadora mezcla de notas terrosas, dulces y cálidas, todo esos olores evocaban sensaciones de abrigo y tranquilidad, donde podía estar a salvo, sin preocuparse.

Se sacó el chubasquero, al sentarse notó el peso del cuerpo como de todos los sentimientos que la recorrían.

—Toma. —Jared apareció con dos tazas en forma de calabaza.

—Gracias. —Se fijó en cómo encendía la estufa, que prendió enseguida; y pronto, gracias a la cristalera, el calor comenzó a filtrarse por la sudadera, serenando todas sus emociones—. Tienes una casa muy bonita.

—Gracias, es la casa de mi familia.

—Estoy segura de que aquí hallas mucha tranquilidad.

—A veces, demasiada. —Se acomodó a su lado y le pasó un brazo por los hombros—. ¿Estás mejor?

—¿Se puede estar bien cuando el pasado vuelve? —Le devolvió ella la pregunta.

—Sí —afirmó él—, lo debemos afrontar a pesar de los fantasmas que nos haya dejado y que nos rodean con corrientes frías que encogen el corazón.

—Eres más listo que yo —suspiró ella antes de probar la infusión que estaba muy bien preparada.

—Imogen. —La voz de Kendall le llegó desde dentro.

Ella miró a Jared extrañada por la irrupción de su amiga. Él se encogió de hombros y dijo:

—Le envié un mensaje diciéndole que estábamos aquí, estaba muy preocupada por ti. Creí que era lo justo.

Ella asintió para indicarle que había hecho bien.

—Imogen. —Kendall fue a su encuentro con los ojos llorosos. Ella se levantó y se fundieron en un abrazo que la reconfortó más de lo que hubiese creído—. Lo siento, tienes razón, no debí...

—Hubiese hecho lo mismo si hubiera estado en tu caso —la interrumpió Imogen sabiendo que había metido la pata—. Yo también lo siento, no me pude controlar y no debí gritarte —bufó—. Siempre complicó las cosas.

—No seas tonta —Kendall se separó y se limpió los ojos—, las dos lo hemos hecho por culpa de los nervios.

—Lo hice delante de todos.

—Da igual.

—No, esas cuatro mujeres se merecen una explicación, y, ¿quién sabe? A lo mejor hablarlo con ellas me ayuda a soltar toda esa historia de una maldita vez. No lo sé.

—¿Qué fue lo que pasó? —Jared, que había salido, entró con Mark, que sostenía una taza.

Imogen se sentó y cogió la taza que humeaba con un delicioso olor a calabaza.

Las manos le temblaban, no precisamente de frío, eran los nervios que todavía la atenazaban y se le clavaban como miles de agujas, tanto en el estómago como en las costillas.

Tomó un sorbo de té y el calor la fue sosegando, y esa sensación de frío procedente de sus huesos poco a poco desapareció.

Jared le había llevado una taza de té a Kendall.

—Vino a la cafetería un alto jefe de la editorial en la que trabajaba y resulta que no sabía que me habían despedido —contó Imogen a grandes rasgos.

—Mog —Jared, dejando a sus amigos perplejos, se pegó más a ella—, no reaccionarías así si no...

—Mi jefa me echó con cajas destempladas por meterme en un asunto de su vida privada —confesó de repente sin entrar en detalles—. No tenía ni idea de que lo estaba haciendo.

—A eso se le llama «despido improcedente» —señaló Mark, que también vestía el uniforme, al igual que Jared.

—Lo sé, pero no quiero que se revuelvan las aguas.

—Respiró hondo, con los ojos clavados en el líquido amarronado de la taza—.

Sé que llevo poco tiempo en Cold Spring, pero me está dando lo que siempre quise.

Aunque ser editora hubiese sido el trabajo de mis sueños, ya no cambiaría lo que tengo aquí, por eso algo dentro se rebeló en contra de todos.

—Y yo me metí sin querer —se reprochó Kendall.

—Hiciste lo que creías justo, porque sabes la historia tan bien como yo.

—Imogen ya tenía la capacidad de recapacitar y le quiso quitar la culpa a su amiga—.

Lo que no quiero es que ese tipo hurgue o meta las narices donde no le importa.

Lo que pasó, pasó, ¿es que no se pueden dejar las cosas tal y como están?

—Deja que lo haga, a lo mejor rodarán cabezas —soltó Mark.

—No, quiero que todo siga igual como hasta ahora, cada uno con su vida y que me dejen en paz —insistió Imogen. Bebió para no permitirse arrastrar de nuevo por los nervios.

—Mog, hay muchas posibilidades de que ese hombre descubra que fue un despido improcedente y tendrá que tomar medidas —le dijo Jared de un modo más tranquilo para que no se lo tomase a mal.

Giró con brusquedad el rostro hacia él.

—Que lo haga, pero que me dejen en paz.

—A lo mejor hace algo para que no los denuncies. —Mark puso encima de la mesa una de las posibilidades.

—Cariño, no lo ha hecho hasta ahora, no lo hará en el futuro —negó Kendall con acierto.

—Mi futuro está aquí, eso lo tengo seguro. —Imogen lo tenía bien claro, no se iba a marchar.

—Deja que pase el tiempo —le aconsejó Mark—. Si ese tipo regresa o si recibes alguna propuesta, ya tienes la contestación. No tienes nada de lo que preocuparte.

—Nunca te vi tan segura. —Kendall la cogió por la muñeca.

—No podría dejarte tirada cuando me diste una nueva oportunidad aquí, en Cold Spring, debí hacerte caso antes. —A veces, había que escuchar más a las amigas.

—Eso no importa —le dijo Kendall—. Con que sepas qué hacer, ya está, y sigue a tu corazón.

—Lo haré.

Cuando el silencio se apoderó de todos y los chicos lo rompieron con una conversación entre ellos, Imogen no pudo callarse.

—Kendall, oye, siento haberte gritado delante de los clientes, me sentí superada por todo.

—No pasa nada, pero dejaste a cuatro mujeres preocupadas —le comentó por las señoras.

—Una de ellas sí lo sabrá, es una brujilda.

—O no, ¿quién sabe?

—Os quedáis a cenar con nosotros —sentenció Jared, que no dio lugar a negativas.

—Nosotros nos encargamos de todo, vosotras quedaos aquí. —Mark se levantó detrás de Jared y entraron en la cocina.

Ellas los siguieron con la mirada.

—¿Cómo te encontró? —le preguntó Kendall.

—No lo sé —afirmó, pues Jared no se lo había dicho—. No le pregunté.

—¿Dónde estabas?

—En el Dockside Park, en una de las orillas del río y sentada en una roca.

—Vaya... —Kendall miró a Jared sin disimulo y con un interés motivado por lo que se habían revelado entre ellas—. Fue tu rescatador, aunque tenías que verlo, cuando le dije que te habías marchado porque apareció una persona de tu antiguo trabajo, casi se vuelve loco.

—¿En serio? —Imogen tuvo que contener un bostezo, se sentía agotada.

—No dudó en ir a buscarte, jamás lo he visto así con una persona en el tiempo que lo conozco. —Kendall estaba desconcertada—. Juraría que desea protegerte de todo y que te quiere.

Imogen no podía callarse.

—Creo que es así.

Su amiga la miró con curiosidad, y una sonrisa traviesa apareció en sus labios.

—¿Qué? —Frunció levemente el ceño. Imogen le sonrió de modo tímido—. ¿Dónde queda eso de tener las piernas...?

—No lo sé, ¿vale? Lo único que puedo decir en mi defensa es que cuando me acordé de él me vino un pensamiento que había tenido en Nueva York: es todo un caballero.

Ahora estoy viviendo algo que nunca había tenido: es sincero, sin medias verdades ni mentiras, somos solo los dos, y, la verdad, es la primera vez que un hombre me trata como me merezco.

—Se encogió de hombros—. No me preguntes más, porque no tengo demasiadas explicaciones y no sé si me estaré equivocando...

—Lo dudo.

—Quiero seguir conociéndolo. —Fue sincera con Kendall.

—Le estáis dando una oportunidad al amor verdadero —puso una mano encima de las de Imogen—, y yo quiero ser testigo de todo.

—Eso parece, pero tampoco se lo digas a Mark, que hoy ya di de qué hablar.

—Tranqui, seguro que hablarán entre ellos, y lo que diga Jared te lo contaré.

—¡Cotilla! —Por fin sonreía junto a Kendall.

—No lo sabes tú bien.

—Me alegro de que estés a mi lado.

—Y yo, y me alegro de que hayas encontrado a alguien que merezca la pena. —Miró hacia la cocina—. Si él se ha arriesgado contigo es que siente algo muy fuerte por ti.

—Estamos en fase de conocernos —le esclareció, cansada.

Era lo que siempre quedaba después de llorar, un cansancio físico y emocional.

—El otoño en Cold Spring viene con un San Valentín inesperado.

«Dos corazones rotos que saben cuidarse el uno del otro; dos personas que al compartir una mirada no se asustan de los fantasmas que cada uno acarrea», pensó para sí.

—Me alegro por vosotros, y sobre todo por ti; si Jared te está dando lo que nunca tuviste es señal de que lo que guarda en su corazón es sincero, lo que ocurre es que no sé en qué momento pasó.

—Ni yo. —Imogen se calló esa información—. Creía que te lo ibas a tomar peor cuando te enterases.

—¡No! —exclamó—. Lo que he visto aquí es a un hombre que se preocupa por mi amiga, y con eso de momento me llega. —Se abrazaron, Imogen lo necesitaba más que respirar—. Si esto es amor, mejor que mejor.

A veces las amigas podían ponerle nombre a lo que una no se atrevía.