Otoño en Cold Spring Capítulo 25. El pasado bebe un «pumpkin spice latte»
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Capítulo 25. El pasado bebe un «pumpkin spice latte»

El pasado bebe un pumpkin spice latte

E l pitido de una notificación en el móvil la despertó de su sueño, pues sonaba por toda la habitación incluido su cerebro.

Sacó el brazo enroscado en el nórdico para alcanzar el móvil de la mesilla; guiñando un ojo desbloqueó la pantalla, el calendario la había avisado de que una de sus antiguas compañeras de editorial celebraba ese día la fiesta de su cumpleaños.

Se incorporó con los nervios zumbando por cada parte de su cuerpo, ya que creía que había borrado todo lo que la unía a aquello; por si eso no le llegaba, en Insta había fotos de una fiesta del viernes en la que se veía a Howie ligando descaradamente con una rubia.

«Te compadezco, chica, prepárate», sintió compasión por ella.

Miró el despertador, en una hora debía ir a la cafetería.

Con todo aquello, dormir ya no era una posibilidad, porque su mente en esos momentos era un hervidero, no solo eso, sino que se levantó, apartó la mesilla y abrió la ventana, una bocanada de aire frío entró y le lamió la piel.

Estaba tan consternada, tan imbuida por el pasado, que no percibió como el vello se le había erizado debajo de la manga larga del pijama.

Miró la suave bruma que parecía transcurrir por encima del Hudson a la velocidad que llevaba el agua, un olor un tanto metálico también se coló por sus fosas nasales.

Con los ojos clavados en la sombra del río, le pidió: «Arrastra todo lo malo, por favor».

Se abrazó en un intento por dejar la mente en blanco.

Desde los dos días que habían pasado de su salida campestre con Jared, solo se habían encontrado muy poco a causa de sus trabajos, y en el fondo de su corazón esperó que ese día se pudieran ver algo más; sin embargo, si era sincera consigo misma, no quería.

No deseaba mezclar su nuevo presente con ese pasado que fue a azotarla para que no olvidase lo que pasó, y eso le propinó otra patada en el estómago: Jared le había contado de un modo sincero y abriéndose a ella lo que había vivido; en cambio, ahí estaba de pie sin detallarle su historia, pero la veía tan patética que nadie sabía lo que la avergonzaba, no por el hecho de haber mezclado amor con trabajo, peor, por permitir que el amor la empujase por derroteros tan oscuros que provocaron que lo perdiese todo.

No obstante, su vida había dado un cambio de ciento ochenta grados, aquello ya no era su vida, aunque aún tenía la fuerza como para arramblar con lo bueno y que cayese en los antros de la tristeza, sometiéndola a su propio escarnio, cuando gracias a un amor tan inesperado, a un hombre con el que no contaba, le mostrara las mieles de ese sentimiento del que no quería saber nada.

Se fue a la ducha y el agua caliente arrastró las lágrimas, acabó con sus malos pensamientos, incluso algunos insultos que se propinó a sí misma, le permitió lo que hasta esa mañana no había hecho, dejar la mente en blanco y centrarse en lo importante, pese a querer darse de cabezazos contra los azulejos por lo estúpida que había sido, y se prometió: «Todo eso es pasado, debo concentrarme en el presente, en mi vida de ahora.

Eso es lo que importa». Al pensarlo, la cara de Jared se le presentó en su cabeza y sonrió como lo hacía el presente con todo lo bueno que le había traído.

No obstante, el poder de aquellas imágenes continuaba haciendo mella en ella.

Se increpó, mientras que su respiración, por los nervios, era agitada, y golpeteaba los azulejos de la pared con un puño.

Estuvo en la ducha lo suficiente para relajarse, para centrarse en su nueva vida como librera, ¡eso era lo que importaba!

El pasado aún dolía, y lo que no quería meditar era si estaba utilizando a esa gente, a la cafetería, a Jared para olvidar el pasado.

En cuanto estuvo lista, salió de casa en silencio, cerró con llave y las guardó en el bolsillo del chubasquero como siempre.

Caminó cabizbaja, para que nadie pudiera descubrir en ella algún retazo de su historia reciente o que simplemente tenía el corazón más roto de lo que creía y que debía pasar un tiempo para que las tiritas que había puesto se pegaran.

Al andar lento, su nariz captó los aromas a otoño, mezcla de tierra mojada, a madera quemada por las chimeneas, junto al aroma del pan de Shannon como a los pasteles de Kendall.

—¡Hola! —la saludó su amiga nada más entrar.

—Hola —le respondió Imogen, dejó todo en una esquina del obrador.

—Tienes mala cara —apuntó Kendall al verla.

—No dormí muy bien —mintió a modo de excusa.

—Siento quitarte la razón —Kendall metió un bizcocho en el horno—, algo te ha pasado y por tu gesto diría que no fue de tu agrado. —Imogen ladeó la cabeza a modo de negativa—. ¡No me dejes así, amiga!

Ella sacó el móvil y, al no haber bloqueado a su excompañera, se lo pudo mostrar todo a Kendall.

—Creía que me había deshecho de todos esos contactos, pero como ves siempre queda alguien —protestó.

—Aquí hay uno que no pierde el tiempo —criticó a Howie.

—¿Por qué el pasado siempre tiene que volver?

—Apoyó las manos sobre la isla central de acero llena de moldes para hornear, con los brazos extendidos y la cabeza hundida entre los hombros—.

Estaba bien, me había acostumbrado a esta monotonía de la librería y la cafetería, y ahora... ¡Todo a la mierda!

—No —Kendall se acercó a ella y le frotó la espalda—, todo a la mierda no, esto. —Alzó el móvil—. Bloquéala.

—Creía que había comenzado de cero.

—Y lo has hecho. —La abrazó por la cintura—. Lo has logrado en todos los aspectos.

—Pero todavía me cuesta hablar de ello, es pronto para decir que lo he superado.

—¿A quién le gusta recordar los peores momentos del pasado? O ¿a quién no le cuesta hablar del pasado? Todo forma parte de nosotros, Imogen, y todos enterramos ciertas historias para no tocarlas más y que nos afecten. Eso no te hace peor persona.

Imogen, en un arrebato, cogió el móvil y bloqueó a su excompañera, después revisó todos sus contactos en redes como en el teléfono para comprobar que había borrado a todos aquellos que una vez formaron parte de su vida, pero se habían comportado como unos cobardes para salvarse el culo.

—Listo, se acabó. —Imogen soltó el móvil como si quemara.

—Oye —Kendall la cogió por los hombros para girar y quedar frente a frente—, el pasado no puede contigo; has comenzado una nueva vida, esa es la que importa.

Tenía razón, estaba con ella en el negocio, y sin su amiga saberlo, había encontrado a un hombre que todo indicaba que la amaba de verdad.

—No pude evitar que me removiese todo por dentro —reconoció sin ambages.

—El pasado jamás podrá contigo, y si viene, estaré a tu lado y nos enfrentaremos a él, porque lo sé todo. —La firmeza de Kendall le dio más fuerza a Imogen.

—Cierto, el pasado no me puede hacer nada, me he desprendido de él.

—Ahí está. —Agitó el dedo índice—. Toda esa gente, aunque te haya afectado verla, ya no está en tu vida, estás rodeada de personas que son mejores que todos ellos juntos. —Imogen asintió en silencio—. Pongámonos en marcha o no abriremos.

Las dos amigas se fundieron en un abrazo.

A veces solo necesitamos trabajar para volver a ser nosotras mismas y mandar a la mierda los malos sentimientos.

Tras haber ayudado a Kendall en el obrador, como siempre, y al abrir, Imogen fue alejando lo sucedido para volver a ser ella misma, tanto fue así que percibió como el ánimo regresaba con más fuerza, pues en tan poco tiempo apreciaba la rutina de la cafetería como la de la librería, ya que el trabajo en la editorial, aunque le proporcionaba alegrías, últimamente no le arrancaba sonrisas, sino que era una especie de vampiro que le chupaba energías, sangre y todo lo bueno que en un principio tuvo.

En cambio, en Cold Spring volvía a sonreír, cada nuevo cliente o lector era un motivo de ilusión.

Su nueva vida le había aportado nuevas caras, nuevas amistades y, sin buscarlo, un hombre que, aunque no lo viese, lo sentía cerca, no lejos como a Howie.

Jared hacía del amor o algo similar un sentimiento vívido, palpable, alcanzable.

De momento, secreto, pero lo vivía como si se tratase del primero.

Luego de una mañana ajetreada en la que ninguna de las dos tuvo tiempo para nada, la tarde llegó más tranquila con Lilian, Wendy, Teresa y Flora, sentadas en la misma mesa de siempre y a las que les sirvió su té.

—Imogen, muchacha —la llamó Wendy—, del tiempo que llevas aquí, ¿añoras la ciudad?

—Va a creer que somos unas entrometidas —la amonestó Teresa.

—No lo pensaría —respondió sin pensar.

—Creo que no dejarías Cold Spring. —Flora se le adelantó.

—Así es, no cambiaría la vida que tengo por la que dejé atrás; y, no, no añoro la ciudad —confirmó Imogen.

Kendall le rodeó los hombros con un brazo.

—Lo sabía.

—Te veo más contenta —señaló Flora, escrutándola.

Imogen estiró los labios. «Cuidadín, cuidadín, que esta tiene la visión de Supermán y ve lo que yo no veo», se dijo para sí misma.

—Puede ser —reconoció Imogen—. Me he acostumbrado al pueblo.

—No les mentía, por primera vez sintió que pertenecía a un lugar donde decir «hola» con una sonrisa era lo normal, y con ello se había dado cuenta de que la ciudad estaba bien de visita, si vivías en ella te rodeaba con una burbuja en la que la soledad era la única compañía.

En Cold Spring no era así, y una parte de ella sabía que en la ciudad tendría que renunciar a Jared y no entraba en sus planes—.

Aquí se vive de otra manera y ya no lo cambiaría...

—La interrumpió la campanilla de la puerta.

Tras esta entró un hombre trajeado y alto que a ella la impresionó, pues no era muy frecuente ver a alguien así vestido, ya que todos solían coger el primer cercanías a Manhattan.

—¡Hola! —las saludó afable.

—Voy yo —le dijo Imogen a Kendall—. ¡Hola!, ¿qué le pongo?

—Un pumpkin spice latte para llevar, que me han dicho que lo preparáis muy bien.

—Eso parece. —Le sonrió con amabilidad.