Capítulo 24. Somos protagonistas de nuestra historia
Somos protagonistas de nuestra historia
H ay lugares que desde lejos nos llaman a través de un pálpito, una amiga o por un viaje que no teníamos pensado hacer. Si acudes a él hallarás aquello que te falta o que olvidaste. A veces, en ellos puedes encontrar el pedazo de alma que perdiste.
La naturaleza, como el Hudson, fueron partícipes de ese incipiente amor que nacía entre dos corazones que solo conocieron las hieles de la mentira; un amor secreto entre dos personas que se curaban a través de los labios.
El río, como si fuera su protector, soltó su aliento que, en forma de brisa, rodeó a la pareja, quienes al romper el beso sonrieron.
Jared miró el reloj.
—¿Te tienes que ir? —preguntó ella.
—No, este día es nuestro. —La besó en el ceño—. Pero subamos, así descansamos y comemos algo, porque luego quiero llevarte a otro sitio.
—¿Adónde?
—Espera un poco más. —Le guiñó un ojo, misterioso.
Jared la condujo por otra ruta distinta, un tanto más pedregosa, que ascendía por el otro lado de esa montaña de líneas suaves, ondulantes y redondeadas, que terminaba en un descampado rocoso donde pudieron sentarse.
Desde allí contemplaban las maravillosas vistas panorámicas del río, así como de los vecinos Breakneck Ridge o Storm King Mountain a la otra orilla.
De su mochila Jared sacó unos bocadillos de los que dieron buena cuenta, así como de la infusión que ella había llevado en un termo, aunque al final hasta terminaron el segundo, que era de café.
—Nunca he disfrutado tanto de la naturaleza con una mujer como hoy. —Le dio un beso cuando ya estaban guardando todo en el coche.
A unos diecisiete minutos de Cold Spring, estaba el Bear Mountain State Park, un lugar único que Imogen nunca se imaginó que estuviera tan al alcance de la ciudad de Nueva York.
Un paraje que pudo disfrutar con prismáticos desde un mirador, gracias a los cuales pudo observar más de cerca tanto la otra orilla como el puente Bear Mountain que las unía.
Después pasearon por el Highland Lake (rebautizado Hessian Lake), del que se quedó prendada, pues sus oscurecidas aguas hacían de espejo, ya que en ellas se reflejaban tanto el otro lado, más pedregoso y por el que los senderistas se internaban, como las nubes blancas que surcaban el cielo.
Al igual que una pareja normal, abrazados disfrutaron del paseo que bordeaba ese lado del lago, con sus bancos de madera bajo los árboles que ya habían perdido su follaje, en torno a los cuales se arremolinaban algunas hojas marrones que tapaban el césped.
Bajo ese ambiente tranquilo, cálido por los rayos del sol, disfrutaba en silencio de todo aquello que Jared le mostraba en un día que jamás olvidaría, pues era un viaje que recordaría siempre con una sonrisa.
Disfrutaba de ese hombre que la mantenía sujeta y pegada a su cuerpo como si le fuera imposible separarse de ella, de un modo que daba la sensación de que tenía miedo de que se diluyera entre sus dedos.
Necesitaba tocarla para mostrarse que era real.
Ella, en el fondo de su ser, supo que si eso era amor no quería que nunca terminase.
El paseo terminó en el Bear Mountain Inn , uno de los hoteles históricos del país.
La elegancia y lo rústico se mezclaban para crear un lugar único donde la piedra y la madera de castaño eran los materiales predominantes, en su fachada como en su interior, y muy visible en el comedor principal, presidido por una enorme chimenea de piedra con más de cien años de antigüedad, con un enorme cuadro encima.
Su ambiente rústico, pues parecía que entrabas en otra época con ese tejado pronunciado por las grandes vigas de madera que eran visibles y cruzaban de un lado a otro, reconfortaba al visitante, a la vez que le daba un gran abrazo otoñal, ya que la madera ayudaba a crear esa sensación.
Se sentaron en una mesa para dos, Imogen pidió un trozo de bizcocho de chocolate con un té, y Jared la acompañó con una crème brûlée .
La joven se echó hacia delante con el mentón clavado en la palma de la mano.
—Sabes cómo hacer que una persona disfrute. —Le sonrió contenta por el día que habían pasado.
—No a todo el mundo le gusta disfrutar de la naturaleza o un plan como este.
—A mí, sí; me gusta viajar, sea cerca o lejos, conocer aquello que nunca vi. —Le fue sincera—. Me he divertido.
—Puede que sea porque he dado con la persona adecuada.
—Quizá. —El camarero les llevó el pedido, e Imogen dio vueltas a una pregunta que podía estropear el día si él se cerraba en sí mismo para no responder, pero quería saberlo. Quería conocer todo de él—. ¿Te puedo hacer una pregunta? —Se atrevió cuando el camarero desapareció.
—Dime. —Nada más expresarlo, metió la cuchara en su postre y se metió un buen trozo en la boca.
—Un día, hablando con Teresa, Lilian, Wendy y las demás, dijeron que habías sufrido mucho.
—¿Te lo contaron? —preguntó con el ceño ligeramente fruncido.
—No soltaron prenda. —Negó con la cabeza ella. Él alzó las cejas, parecía asombrado porque nadie hablase—. Kendall tampoco me dijo nada, y creo que estoy quedando como una cotilla.
—Un poco. —Apretó los labios y comió otro trozo de su pastel.
—¡Ay, Dios! —Bajó la cabeza.
Él se rio.
—No, tranquila, es una broma. —Le puso dos dedos bajo el mentón para que lo mirase, y en sus ojos había diversión, no enfado—. No me importa si viene de ti.
—Si no quieres contarlo, estás en tu derecho. —No pretendía que hiciese nada que no deseara.
—No me importa. —Se tomó un sorbo de té—. Hace años, estuve a punto de casarme.
—¿Qué? — Imogen, que no contaba con aquello, se olvidó de su bizcocho y de su té.
—Fue hace tres años, salía con una chica, llevábamos años juntos y dimos el paso. Lo preparamos todo al detalle, y ella, en vez de echar el freno o que lo hablase conmigo, a un cuarto de hora de comenzar la ceremonia me llamó y me dijo que se suspendía todo, que no podía casarse ni dar ese paso.
—Te dejó en el altar.
Se encogió los hombros con indiferencia.
—Sí; además, literalmente.
—Ahora entiendo por qué dicen que has sufrido. —Chasqueó la lengua—. Tuvo que ser horrible.
—Lo fue, porque estaba en el altar esperándola con Mark y Logan, mi vecino de toda la vida y amigo, ya te lo presentaré, como padrinos, y me tocó contarles a todos los invitados, incluido el cura, que se suspendía.
—¡Ostras! Me llega a pasar a mí y de la vergüenza me escondería como un topo —resopló, cortando un trozo del jugoso bizcocho que había pedido.
—No. —Él hizo lo mismo—. Yo no fui el que me eché hacia atrás, me quedé muy tocado, no te voy a mentir, no entendía nada, pero con el tiempo, pese a no haber tenido una explicación de su parte y luego de mucho hablar con Mark y Logan, comprendí que no estábamos hechos el uno para el otro.
Medité durante noches que no éramos compatibles, queríamos vivir en mundos distintos: yo, rodeado por la naturaleza; ella pasaba cada vez más tiempo en la ciudad, y no supe ver que en Cold Spring se aburría.
Jared le estaba mostrando que, pese al dolor, había hallado el modo de imponerse a la tristeza.
—¿Crees en el amor? —La pregunta no venía a cuento, pero lo era todo.
—Sí. —Fue tajante en su afirmación—. Hubo un tiempo que creí que lo reconocería en un instante, pero me equivocaba; a veces llega sin llamar a la puerta, sin previo aviso, y cuando te das cuenta de que has caído de nuevo en él no es por un golpe, sino que estás frente a esa persona discutiendo por unas ardillas.
—Se rio, y ese sonido le arrancó a ella unas carcajadas.
—¡Que me lo digan a mí! —agregó ella con la boca llena, masticó dos veces y tragó—. No puedo definir lo que me pasa contigo, porque cuando vine a Cold Spring tenía claro que no quería saber nada de hombres.
—Tenías las piernas pegadas, sí, todavía me acuerdo —le recordó él.
—Sí, pero estos días contigo han sido un cambio.
—Espero que para mejor.
—Sí. —Aunque tenía miedo, lo iba a decir igual—: Tengo un revuelo extraño en la cabeza y el estómago, si escucho una canción pienso en ti, me acuerdo de cada momento que pasamos juntos repitiendo cada detalle.
—Ya somos dos. —Él tomó un sorbo de té—.
Me pasa lo mismo. Kendall me dijo que tenías pareja y me supuso un gran esfuerzo no pensar en ti, sobre todo cuando quedábamos contigo.
Te arrinconaba en una esquina de mi cerebro, pero desde que te vi en la ruta, pues, bueno, no pude controlarme, aunque al principio luchaba contra mí mismo, por eso te bromeaba.
—No culpes al amor de nada de lo que te sucedió —afirmó ella.
—No, aunque muchos te dirán que sí, por rechazar a las mujeres.
—Ya he oído que has dado muchas calabazas. —Se centró en su pastel.
—Todo tiene una explicación, puede que te suene cortante lo que voy a decir: no quiero que nadie pierda el tiempo conmigo ni yo con ella, y a eso se le llama «ser sincero con uno mismo».
—Terminó el postre y el té, luego se limpió en la servilleta—.
Por eso no me arrepiento de nada de lo que hice, todo me ha conducido a ti.
—Sonrió de modo tímido—. Como me decía mi padre: «El tiempo te conducirá al amor de tu vida, la reconocerás porque solo pensarás en ella».
Imogen casi se atraganta.
—Vaya, unas palabras muy sabías.
Él tendió una mano y ella se la cogió.
—Puede que no se haya equivocado, sobre todo desde que vives en Cold Spring. Estás en todo lo que hago, en lo que pienso. Si primeramente, cuando apenas te conocía, no te podía arrancar de mí, ahora menos.
—¿Por qué no me di cuenta antes? —murmuró Imogen, embargada por los sentimientos.
—El pasado ya no importa, teníamos otra vida, otros pensamientos, no estábamos preparados, pero aquí estamos, en el ahora.
Pegó su cara a la de ella y se besaron.
La besó con nostalgia, abrazándola como si fuera un momento que había esperado, con dulce y trémula anticipación, con sabor a chocolate y crema.
Sin embargo, lo que sucedió en aquel comedor fue que no era un simple beso, sino dos almas que se unieron a través de los labios en un gesto íntimo, secreto e inesperado.