Capítulo 23. Planes románticos para dos
Planes románticos para dos
—G racias por esta noche, Mog.
—¿Por qué? —Metió la llave en la cerradura y se giró hacia él—. No hice nada.
—Me has regalado el mejor Halloween. —Posó la mano sobre su mejilla y le acarició el pómulo con el pulgar—. Y los mejores besos de mi vida, me has revivido.
—Ni que fueras Drácula.
—Casi; cuando la vida no te ha sonreído mucho, te agarras a la primera estrella que pasa, tú.
—Imogen tragó con fuerza, aunque quería saber más sobre su vida, no deseaba entrometerse ni meter la pata cuando era el primer hombre que le dedicaba palabras tan bonitas, ya que estaba acostumbrada a todo tipo de excusas—. Te has sonrojado.
—Es que a veces las relaciones no siempre permiten que la pareja diga cosas tan gentiles como las tuyas.
—Te las diré siempre, porque salen directamente de mi corazón. —Le dio un dulce beso en los labios.
—¿Quieres pasar?
—No, mejor me voy, o mañana no podremos ir de pícnic.
—¿De pícnic?, ha estado lloviendo.
—Mañana es festivo y quiero que conozcas los alrededores naturales, y hará sol.
Entusiasmada, le contestó:
—Vale. ¿Qué llevo?
—Tú pones el café o las infusiones, del resto me encargo yo. —Le dio otro beso y se despidió—. Hasta mañana.
Cuando Imogen se metió en casa lo hizo a oscuras, dando un salto de alegría, su cuerpo copiaba lo que su corazón hacía, y no solo eso, sino que la emoción la hizo quedarse dormida muy tarde y soñó todo el tiempo con los besos de Jared.
Ella todo eso lo recordaba montada en el todoterreno de Jared de camino a algún lugar de las montañas de Cold Spring o del valle del Hudson. No le había dicho el lugar específico. No le importaba, ella estaba feliz compartiendo horas con él.
—¿Es secreto todavía? —insistió Imogen, girando el rostro hacia él, que iba concentrado, pero al mirarla sonrió, las líneas de su rostro alargado se relajaron.
—Ya lo verás.
—Conoces de memoria estos caminos. —Le asombraba, era como si tuviera un GPS en la cabeza.
—Sí, he trabajado siempre aquí, aunque ya de estudiante, me gustaron las Highlands del Hudson, son un ecosistema único.
—Te gusta donde vives. —Esa afirmación de Imogen no era crítica, sino que había poca gente que estuviera tan cautivada de su entorno como él.
Sí, vivir en Nueva York estaba bien, a mucha gente le gustaba, pero el ritmo frenético del ir y venir de personas, de turistas todo el año, no era del agrado de muchos otros.
—Me encanta, soy un enamorado de la naturaleza, nací en esta tierra y quiero cuidarla, o hacer lo posible para lograrlo. —Giró hacia la derecha—. Al principio de comenzar mi carrera como guardabosques estuve en Tennessee, en el Parque Nacional de las Grandes Montañas Humeantes.
—Estuve, fui con mis padres y los de Kendall, y nos quedamos asombradas.
—Trabajé varios años, es una maravilla natural con la mayor biodiversidad del país.
—Contó él escuetamente antes de llegar a una gran explanada donde aparcó el coche.
Era el Día de Todos los Santos y festivo, así que mucha gente aprovechaba para salir, como habían hecho ellos.
Le puso una mano en el muslo—. Lo que te voy a enseñar no lo cambiaría por ningún otro lugar.
Se bajaron del coche casi al mismo tiempo.
Imogen miró el reloj y habían llegado en unos veinte minutos, más o menos.
Se dirigió al maletero de donde Jared había sacado las mochilas; sin embargo, se detuvo para mirarlo.
El chándal negro que vestía le quedaba fenomenal, ¿había algo que le sentara mal a ese hombre?
Como le había advertido cuando la llamó por la mañana, en esa zona hacía frío, más que frío era humedad, que se podía inhalar en cada respiración y que poco a poco se fue filtrando por el pantalón forrado de Imogen.
Cogió su mochila, que se la tendía Jared, y en cuanto cerró el maletero y el coche, la abrazó por la cintura pegándola a su cuerpo y dejó caer su boca sobre la de ella.
Imogen se puso de puntillas, enredó las manos en su cabello y tocó con audacia la lengua de él, mientras se inclinaba contra su cuerpo, lo que le arrancó un gemido a Jared, a la vez que lo besaba aún más profundamente.
Eso era con lo que había estado soñando durante toda la noche: su sabor, su calidez o la fuerza con que la tomaba, que lo hacía distinto a cualquier hombre con el que había estado, sobre todo con respecto al último.
Jamás la habían besado con esa intensidad. Le besaba el alma.
—Vaya, esto sí es dar los buenos días —dijo ella casi sin aliento.
—Acostúmbrate, es mi beso de buenos días —confesó en voz baja, solo para ellos.
—Creía que ya me lo habías dado.
—Me supo a poco, estábamos bajo la atenta mirada de Teresa.
—¡¿Nos vio?!
—¿No notaste que las cortinas se movían?
—Pues mira por dónde, no. —Cayó en algo que hasta ese instante no se dio cuenta—. Anda, que como se lo diga a Kendall... — A Imogen se le desprendió la mandíbula al suelo y se llevó las manos a la cabeza.
—No, al principio quedará entre Lilian, Wendy y ella, luego ya no sabría decirte. —Se encogió de hombros.
—Parece que te da un poco igual.
—En el fondo, sí, porque creo que ya no puedo contenerme aunque quiera, ¿te molesta?
—No.
—Bien, eso me gusta. —Le dio otro beso en los labios que la dejó anhelante de más—. Vamos o no conocerás nada de lo que quiero que veas.
En esa ocasión, no caminó sola como aquella primera ruta senderista, sino que, cogidos de la mano, Imogen se dejó guiar por un experto Jared que no era capaz de borrar la sonrisa de sus labios.
Ella tampoco. En silencio la condujo por un sendero bordeado por árboles que, para su asombro, ya estaban completamente desnudos y otros cuyas ramas aún sostenían las últimas hojas marrones, y aunque algunos mantenían un tono naranja, los rojos como los ocres habían desaparecido.
No obstante, alguna hoja perdida, roja o dorada, se podía ver muy desperdigada entre los árboles.
—Vaya, pensé que vería el típico colorido de otoño.
—No —él la arrimó a su cuerpo para rodearle los hombros con un brazo—, tendrías que haber venido las dos últimas semanas de septiembre, finales, más bien, entonces sí verías el manto del otoño en todo su esplendor, con sus tonos naranjas, rojos y ocres.
—Los vi desde las cercanías —apuntó Imogen.
—Sí, te creo, pero solo quedan esos árboles que son más pequeños que otros que los protegen; si te fijas, la mayoría de las ramas ya están desnudas, eso quiere decir que la naturaleza ya está preparada para que el invierno entre.
—Es su modo de sobrevivir.
—No como mi corazón.
—¿Qué?
—Mi corazón ya no conoce el modo de sobrevivir si no es contigo. —Ella se llevó las manos a las mejillas y él se rio por la nariz.
—No te burles de mí.
—No lo hago, me hace gracia el modo en el que te sonrojas.
—Como para no hacerlo con esas palabras que no sé qué decir.
—No digas nada y solo permanece a mi lado, es lo que quiero. —La besó en la frente.
Continuaron caminando en un cómodo silencio en el que sus cuerpos pegados hablaban más que las palabras, pues no eran capaces de separarse, y en mitad de ese paraje Imogen comprendió lo que era tener una pareja de verdad.
En los últimos años no había tenido nada, había estado en una red de engaños que la hicieron creer que lo suyo con Howie era real cuando no era más que un espejismo.
Jared le estaba mostrando un modo de amar distinto, le enseñaba que si era amor de verdad las palabras rozaban el corazón para curarlo.
Miró al otro lado, entre la vegetación y algún que otro árbol que parecía que iba a deslizarse ladera abajo, para ver el río Hudson, que se mecía y se bamboleaba por algunas zonas creando un ambiente, junto con la naturaleza de allí abajo, un tanto cargado de condensación que convertía sus aguas en un muro opaco.
A medida que avanzaban, el camino se estrechó, y parecía que la naturaleza más salvaje los quería rodear para no dejarlos irse; aunque, en mitad de todo ello, pudo ver además de ardillas, algunos otros animales que habitaban el valle del Hudson y que hasta a Jared le sorprendió, al ser esquivos como los mapaches.
—Hay unos cuantos que se han hecho un hueco en Main Street —le dijo riéndose.
—No los vi, los animales se me escapan.
—Huelen que eres peligrosa.
—¡Serás tonto! —Le dio un suave codazo entre risas.
De pronto, la vasta naturaleza dejó un claro en cuyo centro, rodeado por una verde hierba moteada de hojas caídas de otros árboles que seguro el viento había arrastrado, había un roble con un ancho tronco.
—¡Qué bonito! —exclamó Imogen, que se soltó de Jared y caminó hacia el árbol.
Era un verdadero espectáculo, pues aún tenía algunas hojas doradas, aunque la mayoría de sus ramas estaban desnudas, pero el sol se filtraba a través de ellas y parecía coronarlo como el rey de aquellas tierras.
—Es un roble rojo, también conocido como «triple». Se cree que es uno de los árboles más antiguos del valle.
—Si tuvieran voz contarían miles de historias increíbles.
—Así es, y este además es uno de los sobrevivientes de la tala masiva que se sufrió por los agricultores; esto no solo ocurrió aquí, sino por todo el país.
Al irse, los bosques se han podido regenerar y recuperar la tierra que el hombre les había robado, por eso ahora podemos decir que en este lado del país hay millones de árboles.
—Este es muy bonito.
—Lo es, y por eso es mi lugar favorito. —Le dio unas palmadas en la corteza rugosa—. Este sí que es tu anciano de los bosques.
Ante esa mención, Imogen se rio.
—Lo es.
La volvió a coger de la mano y la condujo por el mismo sendero, pero en esa ocasión descendían, y cuando lo hicieron llegaron a la orilla del río.
Tenía delante una parte larga y amplia, en la que el agua corría lisa y pacífica, un lugar en el que el agua parecía olvidar que era un río y se entretenía lamiendo la tierra.
Las vistas eran espectaculares: al otro lado del Hudson, se podían contemplar los picos vecinos con sus afloramientos rocosos y cumbre boscosas.
—Te he traído al monte Taurus, por el que bajamos, y como sé que te gustan las historias...
—Sí —respondió contenta, interrumpiendo.
—Este monte es conocido por este nombre debido a un toro que solía aterrorizar la montaña y fue perseguido por habitantes indignados.
Una partida de caza condujo al animal colina abajo.
En un intento por huir de los montañeros, el toro se precipitó al vacío y cayó, dejando un cuerpo roto sobre las rocas.
Por eso, en su recuerdo, esta montaña que el toro solía frecuentar lleva su nombre en su honor.
—Vaya, es un tanto triste.
—Lo sé, y se une a otras leyendas fantasmagóricas de las que estas aguas son protagonistas.
—Todo esto es espectacular —le confesó. Imogen, con esa historia en la cabeza, contempló el paisaje a través de los ojos y la sabiduría de Jared.
El río Hudson no solo serpenteaba por aquellas tierras, las moldeaba, se adueñaba de esa naturaleza exuberante, mientras sus orillas estaban flanqueadas por colinas con sus propias historias, bosques que resguardaban con celo sus secretos y valles mágicos.
Se acercó más a la orilla para agacharse y poner una mano encima del agua, permitiéndole al río que le lamiese la piel con pequeñas ondas, cuyo frescor le subió por el brazo.
Estuvo un rato; cuando se levantó, se limpió la mano en el pantalón y le sonrió a él—.
Pero dime, ¿cómo sabías que me iba a gustar?
—Cuando hiciste la primera ruta, se notaba que estabas disfrutando, y esta zona precisamente no es de fácil acceso, por eso supe que no te aburrirías si te traía hasta aquí.
—Jared Read —ella ladeó la cabeza—, te tengo miedo. Eres el único hombre que me lee el alma. —Fue hacia él, le rodeó el rostro con las manos y se elevó sobre las puntas de sus pies para rozar sus labios contra los de él, luego besarlo.