Capítulo 22. La magia de la noche de las brujas
La magia de la noche de las brujas
Y así sucedió.
Jared no la separó, sino que arrastró la silla para sentarla y acomodarla sobre sus piernas, mientras sus dedos se enterraban en su melena y abría la boca para darle la bienvenida a su lengua.
Era un beso con una desesperación casi salvaje, con todas las emociones reprimidas que se habían acumulado y agitado a lo largo de las horas.
Parecía que el deseo de ambos se había cumplido en esos instantes solos en la cafetería, alejados de todo.
Sus lenguas entrelazadas respondían de la misma manera al ardor del otro a la vez que Imogen aspiró su aliento, su calidez como propia, y dentro de ella se sintió natural y correcto, como si hubieran estado destinados a unirse así, pues se besaban con avidez, sin disfraces, mientras ella seguía con las yemas de los dedos la línea de su mandíbula, notando cómo le rascaba un poco la incipiente barba que le estaba naciendo.
La agarró por las caderas para hacerla partícipe de su deseo más oscuro y carnal, y coló una mano por debajo de la sudadera y la camiseta para tocarle solo un pequeño palmo de piel, lo que consiguió que ella gimiera en su boca, en tanto que Jared la besó aún más a fondo, sin delicadeza ni moderación, como si no hubiera besado a una mujer en años y ella fuera la elegida para recibirlo.
Con la respiración entrecortada, él rompió con mucha delicadeza el beso hasta acariciarle con su labio superior el inferior de ella, para luego, donde sus labios estuvieron posados, reseguirlos con la yema del pulgar.
Él sonrió y le plantó un ligero beso entre las cejas antes de apoyar su frente contra la de ella.
—Vaya, eres la primera mujer que me besa. —Bajó la vista hacia sus manos entrelazadas, que no supo cuándo se unieron en un nudo casi irrompible, antes de mirarla y regalarle una sonrisa un tanto tímida que no le pegaba, aunque mostraba un poco su vulnerabilidad.
—Creo que este beso llevaba bailando en mis labios desde hacía tiempo, ¿cuánto? —Ella se encogió de hombros—. No lo sé.
—En mi caso, desde que te conocí en Nueva York.
—Una de esas noches te decidiste a darme un beso en la mejilla.
—Y recuerdo que no me separaste.
—Cierto. —Sonrió Imogen ante esa verdad aplastante.
—Desde entonces una pregunta rondó mi cabeza.
—¿Cuál? —Quiso saber.
—A qué sabrían tus labios. —Le dio un beso rápido.
—¿Y a qué saben?
—Están entre ponche y café con calabaza. —Ese último podía ser, porque se había preparado un pumpkin spice descafeinado—. Me gusta, aunque podemos correr el riesgo —acercó su boca a su oído— a que me vuelva adicto.
—No me importaría. —Ella le colocó las manos en su cuello, donde pudo sentir el pulso acelerado en la vena.
—En esas ocasiones en las que cenábamos los cuatro en Nueva York para visitarte, siempre descubría algo nuevo de ti que me fascinaba más que lo anterior, que me atraía más. —Le acarició una pierna por encima del vaquero negro que ella vestía—. Ahora, lo quiero todo.
—Y yo quiero conocer cada uno de tus rincones, de los más brillantes a los más oscuros. —Le rodeó el rostro con las manos y le acarició sus amplias mejillas—. Lo quiero saber todo de ti.
—Lo iremos desvelando juntos. Lo primero que quiero aprender es el mapa de tu corazón.
—Creo que ya lo tienes. —Ella se acercó a su boca.
—¿Sí? —Alzó las cejas fingiendo asombro.
—Sí.
Él le puso una mano en la nuca, se detuvo un momento para saborear la expresión de su dulce rostro y la besó profundamente de nuevo.
Imogen, entrelazando sus dedos en su cabello, presionó su cuerpo contra el suyo.
Volvía a ser tan intenso, con un toque más ardiente, que notó cómo se le espesaba la sangre y percibió cómo el calor de su palma la envolvía por completo.
Empujada por el deseo, ella le desabrochó la camisa para tirar por la camiseta que llevaba por dentro del pantalón para meter la mano, y con dedos separados le recorrió la suave piel de su vientre, poniéndose a hacer espirales alrededor de su ombligo, porque la postura no era la mejor.
Notó cómo tembló bajo su suave caricia, pero la consecuencia fue que rompió el beso mucho antes de lo que ella esperaba.
—Para o no podremos frenar —le dijo, acunando su rostro.
—No quiero que frenes.
—Y yo quiero hacerte el amor en el momento que más me desees. —Rozó sus labios contra los de ella—. No te estoy rechazando, Mog, si lo piensas es porque no me conoces.
—¿Se puede desear aún más a una persona?
—Te aseguro que sí. —Con esa promesa, volvió a besarla con tal avidez que la pasión y el deseo se fundieron en uno.
La cafetería desapareció mientras sus labios permanecieron unidos.