Otoño en Cold Spring Capítulo 19. Érase una vez el valle del Hudson
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Capítulo 19. Érase una vez el valle del Hudson

Érase una vez el valle del Hudson

E n las profundidades del valle del Hudson, allí donde muy poca gente se internaba por miedo a no salir nunca, pues era muy fácil perderse, había una extraña elevación rocosa que ocultaba una pequeña casa de madera que propios y extraños consideraban de otra época, motivo por el que no le concedían mucha importancia, porque quien la viese pensaría que en cualquier momento se podría venir abajo.

Difuminada en la oscuridad que la rodeaba, a todos le pasaba inadvertido el tejado a dos aguas, en cuyo centro había una chimenea que le confería más altura de la que realmente tenía, cubierto por antiquísimas láminas de pizarra entre las que crecían líquenes, hierba o musgo que casi la mimetizaban con la vegetación colindante, y seis enormes troncos bien clavados en la tierra la elevaban sobre un charco que nunca se secaba.

Se accedía a ella a través de una larga fila de escalones de madera un tanto raídos por el paso del tiempo así como por la humedad que el río Hudson desprendía.

La puerta de entrada era una lámina gruesa de madera vertical anclada entre un pequeño ventanuco y una ventana triple que se desprendía de la casa a modo de balconcillo.

Cuando siempre tenía las luces apagadas, en esa noche de Halloween, estaba muy iluminada, y en su interior una sombra encapuchada se movía con mucha presteza.

Resguardada por esas cuatro paredes orientadas hacia los puntos cardinales, sus oídos solo captaban los saltos de los cuervos que estaban posados en la techumbre o los pasos de los atrevidos mapaches.

En el suelo, hecho de madera de sauce, al igual que el resto de la edificación, había hecho un nudo de brujas, en su interior colocó un pequeño altar con ramas de manzano unido a las primeras hojas que habían caído de algunos árboles del valle, pero lo que sobresalía era la manzana donde anudó dos pelos, uno de hombre, otro de mujer, que había adquirido con disimulo sin que sus dueños se percatasen.

De rodillas ante él, comenzó un lento ruego formulado en una lengua antigua que se había perdido en los albores del tiempo y que ya nadie conocía.

Lo fue repitiendo hasta que a la tercera vez los extremos del nudo se prendieron en llamas que rodearon la manzana; de seguido, los ramilletes de enebro que había puesto en los puntos cardinales empezaron a humear para proteger a la pareja de las larvas astrales.

La naturaleza enmudeció salvo por el ulular de un búho. El hechizo había sido enviado a las fuerzas del orbe mágico. Ellas harían el resto.