Otoño en Cold Spring Capítulo 17. Conversaciones inesperadas
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Capítulo 17. Conversaciones inesperadas

Conversaciones inesperadas

«Esperemos que para Halloween no llueva», pensó para sus adentros, mientras observaba como las gotas de lluvia, que golpeaban el cristal, se deslizaban como suaves lágrimas.

Antes de regresar al libro miró el móvil y sonrió al acordarse del modo en el que Jared le había dado su número de teléfono; después, ella le había enviado un mensaje para que tuviese el suyo.

Sin borrar la sonrisa y con los truenos de fondo, continuó leyendo, aunque el móvil la interrumpió. Era Jared.

—¡Hola! —la saludó él.

—¡Hola!, ¿pasa algo? —le preguntó ella.

—Que yo sepa no, ¿por?

—Tu llamada es inesperada. —No contaba con eso, la cogió desprevenida.

—¡Sorpresa! —exclamó él, lo que la hizo reír—. Quería escuchar tu voz, es mi nueva afición.

—Soy un nuevo pasatiempo —lo bromeó.

—No, de eso nada, pero estoy cenando y me acordé de ayer.

—Y querías repetirlo porque me echabas de menos. —Imogen se tapó la boca al oírse a sí misma decir eso.

¡Había metido la pata hasta el fondo!

—La verdad que sí; primero, porque me lo pasé muy bien contigo; y segundo, no tengo esa infusión.

—Y no te olvides de mis amenazas con el cianuro.

—¡Eso jamás! —La línea se llenó con las carcajadas de él.

—Vamos, no lo quieres hacer solo. —Aquello le hizo ilusión y la alegró como a una adolescente enamorada.

—La verdad que no, ayer me recordaste a esas cenas que se hicieron en Nueva York, y, bueno, llevo cenando solo mucho tiempo y... —Se quedó callado durante un segundo—. La compañía fue de lo mejor. ¿Cenaste? —Quiso saber él e Imogen intuyó que tenía la boca llena.

—Sí, espaguetis a la carbonara, porque llevé a la cafetería el pastel de Teresa y lo compartí con Kendall —le contó—. Así tuvimos algo que llevarnos a la boca al levantarnos tan pronto.

—Eso no es cena —protestó él—, ya te prepararé algo.

—¿Me estás diciendo que como mal? —Ella alucinaba y movió los ojos hacia los lados.

—Sí, la pasta no es cena.

—Y dime, gran chef, ¿cuál es tu cena?

—Calabacines rellenos y gratinados al horno.

—Estás hecho un cocinillas. —Imogen alzó las cejas.

—Estás invitada cuando quieras, solo tienes que decírmelo...

—¡Me puedo invitar yo sola! —Aquello sí que le hizo ilusión, estaba disponible para ella.

Esa era la diferencia, Howie casi tenía que mirar el calendario para no solapar a la jefa con ella.

—Tú di el día, yo me encargo del resto, aunque tienes que alimentarte mejor.

—Y te encargarás de ello.

—Si estuviera en mi mano, sí.

—Ni mi padre me dijo nunca eso. —No salía de su asombro.

—Pues no me importaría hacerte la cena todos los días.

Ella soltó una sonrisilla nerviosa.

—Te lo recordaré.

—¿Le hablaste a Kendall de la cena? —Se interesó él.

—No, todavía no, voy a esperar. —Lo dejó así, no iba a decirle ni a insinuarle que según cómo fueran las cosas entre ellos, sí hablaría—. ¿Y tú a Mark?

—Tampoco, de momento no quiero que sepa de mis sentimientos, aunque creo que algo intuye, por una conversación, pero no hemos vuelto a sacar el tema. —Respiró hondo—. Habrá tiempo de contárselo.

—Eso mismo pienso yo, porque puedo meter la pata.

—O yo, ninguno de los dos estamos libres de ellos, Imogen. —Le gustaba cómo su voz acariciaba su nombre cuando lo pronunciaba, sonaba tan dulce que le cortaba la respiración.

—¿Cuándo ha comenzado todo esto? —preguntó más para sí misma que para él.

—En Nueva York, lo tengo claro, porque me impresionaste con ese aire fresco que desprendes, con tu alegría.

—Puede ser. —Ella se podía remontar a aquellas veces.

—Es mejor así, que estos sentimientos incipientes se queden entre tú y yo.

«Tú y yo», esa simple frase que solo los incluía a ellos dos, ese círculo cerrado que formaba una pareja.

—Sí, cierto —musitó.

—Quiero que lo que vivamos lo hagamos juntos sin ningún tipo de interferencia o intervención de amigos o segundas personas, hagamos que el tiempo sea nuestro. Ya lo diremos a su debido tiempo; mientras llega, disfrutemos de nosotros.

—Lo tienes claro. —La había asombrado, casi era lo mismo que pensaba ella.

—Sí, dedicarte el tiempo que tenga a ti. —Aquello era una declaración de intenciones en toda regla, no se andaba con ambigüedades. Jared era un hombre que sabía y tenía claro lo que quería—. Conocerte, que me conozcas, creo que es lo normal, ¿no?

—Al menos suena bien. —La dejaba sin palabras.

Un pitido la interrumpió.

—¿Qué fue ese sonido? —le preguntó Jared.

—Un mensaje. —Imogen había puesto a Jared en manos libres y vio cómo la habían metido en un grupo de WhatsApp llamado «Mujeres de Cold Spring», formado por Kendall, Tony, Cloe, Shannon, Lilian, Wendy, Flora y Teresa, en el que leyó: «Mañana sesión brujeril en la cafetería».

—¿Va todo bien? —Se interesó él.

—Hay una sesión brujeril, ¿sabes algo?

—No, pero suena a Flora —le aclaró.

—Ya. —«Maldita brujilda», pensó, y escuchó beber a Jared—. ¿Terminaste?

—Sí, y por cierto, antes de que se me olvide, mañana entro a trabajar más temprano, así que te dejaré en el porche una caja de calabazas.

—¡Ah!, sí, las queremos para vaciarlas y ponerlas de adorno.

—Me lo contó Mark.

—¿Vas a venir a la fiesta de Halloween de la cafetería? Se nos ha ocurrido hoy mientras cerrábamos. —Lo estaba invitando de un modo casi informal.

—De acuerdo, allí estaré —afirmó con rotundidad—. Gracias por la invitación.

—¡Genial! —Sonrió de un modo amplio a la vez que un trueno hizo temblar los cristales.

—Te tengo que dejar, debo recoger y me iré a la cama. —En su tono de voz percibió que no lo hacía de buena gana.

—Vale, en un rato me iré también. —La misma sensación de no querer la vivió ella.

—Mañana te veré —le dijo él.

—Si vienes por un café, ahí estaré.

—Me cuesta decirte «hasta mañana»...

—¿Por qué será?

—Porque no entiendo una despedida cuando a ti se refiere.

—Lo dejamos en un «hasta luego», entonces. —Imogen cambió la despedida.

—Mañana me pasaré por la cafetería.

Con esa promesa colgaron, y a ella le quedó el corazón palpitante, tanto que no fue capaz de concentrarse de nuevo en la lectura.